Opinión
Ayuso, Maximiliano y la derecha mexicana

La cancelación del viaje de Ayuso a México ha expuesto el límite de la derecha transnacional: solo funciona cuando el terreno local está preparado para recibirla y el de la derecha mexicana no lo estaba.
Ayuso México - 13
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante su intervención en el evento Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México. Diego Fernández González
10 may 2026 12:00

Isabel Díaz Ayuso canceló los últimos días de su gira por México alegando que el gobierno de Claudia Sheinbaum había creado “un clima de boicot” que la obligaba a volver a Madrid antes de tiempo. El comunicado de su equipo habla de “expulsión”, de amenaza a la cultura y a la libertad de empresa. Omite que en la agenda oficial no figuraba ningún acto desde el jueves y que ningún Estado soberano tiene obligación de facilitar el paso a una política extranjera que llamó a ese país un narcoestado. El grupo Xcaret, organizador de los Premios Platino, ha desmentido cualquier presión gubernamental y retiró la invitación por las propias declaraciones de Ayuso.

La cobertura mediática en ambos países se ha concentrado en el homenaje a Cortés cancelado a última hora, en el cruce de declaraciones entre Ayuso y Sheinbaum, y en los 300.000 euros que la gira le cuesta a los contribuyentes madrileños según el PSOE. Todo esto es relevante pero pasa por alto que esto no es una visita institucional que salió mal, sino el despliegue coordinado de un producto cultural como infraestructura ideológica.

La derecha mexicana lleva años sin poder articular una alternativa funcional. El Partido Acción Nacional (PAN) impulsó esta visita desde una profunda debilidad estructural, sin intelectuales orgánicos con tracción propia y con el desgaste acumulado por no poder ofrecer un relato de país que compita con el del obradorismo.

Esa debilidad explica el intento de importar una derecha que ha hecho de la polarización y la guerra de relatos su principal activo político. El itinerario lo confirma: Basílica de Guadalupe, Universidad de la Libertad de Ricardo Salinas Pliego, reuniones con gobernadores panistas, una Medalla de la Libertad en Aguascalientes, un reconocimiento institucional por la “defensa de la Hispanidad”. Y como telón de fondo, el Frontón México con Nacho Cano y su musical Malinche.

La crítica obvia al musical es que convierte a Malintzin en protagonista de una “historia de amor” con Cortés, borrando la destrucción de civilizaciones, lenguas, territorios y cuerpos que fue la conquista. Pero Malintzin era intérprete de náhuatl, maya y español en un momento de colapso civilizatorio, con una inteligencia política operativa que los propios colonizadores no tenían. El musical de Nacho Cano la vacía de esa agencia para convertirla en símbolo decorativo del “mestizaje como mensaje de esperanza”, en palabras de la propia Ayuso.

El vínculo con el musical de Cano es más relevante de lo que parece. David Hatchwell Altaras, empresario español y cofundador del principal lobby sionista en España, es coproductor junto a Nacho Cano y María Laura Medina, esposa de Ricardo Salinas Pliego, propietario de TV Azteca y crítico abierto del gobierno de Sheinbaum. Hatchwell figura además en la lista oficial de donantes privados de la campaña de Netanyahu publicada por el gobierno de Israel en 2014, y diversos medios lo describen como mentor político de Ayuso sin que él lo haya desmentido.

El entramado de las alianzas va haciéndose más claro, desde el vínculo con Salinas Pliego hasta el acto que organizó Ayuso en Madrid para homenajear a María Corina Machado mientras en Barcelona se reunían líderes progresistas con Sheinbaum, pasando por su participación en el acto MAGA de Mar-a-Lago donde llamó narcoestado a México. Un modelo que la derecha transnacional ha replicado en Brasil, Argentina y El Salvador: capital concentrado, industria del entretenimiento y política exterior de los populismos de derecha.

La cancelación del viaje no es un fracaso de esta red, pero sí expone su límite principal: funciona cuando el terreno local está preparado para recibirla, y el PAN no lo estaba. La derecha mexicana invitó a Ayuso desde la misma lógica que en 1864 llevó a los conservadores a cruzar el Atlántico en busca de un emperador. Le dijeron a Maximiliano de Habsburgo que el pueblo mexicano lo esperaba con ilusión, lo trajeron en barco y le montaron un imperio que duró tres años antes de que la República restaurada de Benito Juárez lo fusilara en el Cerro de las Campanas. La simetría no es perfecta, pero la lógica sí: importar credenciales europeas no sustituye tener un proyecto propio, y sobreestimar la capacidad de controlar lo que llega tiene consecuencias. Ayuso al menos pudo volver a Madrid en avión.

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