Recuperar a un hijo, remover la tierra herida

A Óscar lo asesinó el ejército colombiano y lo hizo pasar como “criminal muerto en combate”. Su cuerpo fue enterrado como no identificado, NN. Un crimen de Estado. Un crimen de Lesa Humanidad. Una década después su familia regresa al lugar donde sucedió todo para destapar el horror y la verdad que aguarda bajo la tierra. Para honrar su memoria y recuperar su cuerpo.

lauralanga@gmail.com

publicado
2017-07-29 06:15:00

El 31 de diciembre de 2007 Doris Tejada recibió la última llamada de Óscar. Nunca más volvió a escuchar su voz. Con el paso del tiempo comenzó a buscarlo. Emprendió una lucha y su día a día se llenó de preguntas: ¿dónde está? ¿por qué se fue? ¿será que se lo llevaron? ¿será que lo mataron? ¿por qué nadie nos ayuda? ¿por qué tanta indiferencia?

Esta escena la viven cotidianamente miles de familiares de personas desaparecidas en Colombia. Las cifras oficiales —siempre políticas y polémicas—  hablan de 82.998 (CNMH, 22/2/2018). Un dato que todavía no refleja la totalidad del dolor. 

Óscar fue una de las más de 7.000 víctimas de lo que se conoce como los “falsos positivos”. Una cifra no oficial, puesto que a pesar de su magnitud, las Instituciones no se ponen de acuerdo, por lo que no se sabe con la exactitud que se requiere, a cuánta gente ha matado el Estado bajo esta misma práctica. ¿Cuántas familias siguen esperando a que un día sus hijos, hermanas, padres… vuelvan a casa sin saber que el Estado los asesinó, que sus cuerpos yacen en fosas comunes enterrados como NN? ¿Hasta cuándo? En medio de la violencia esta ausencia es el dato más relevante. Puesto que las cifras son algo más que tecnología productora de información sobre las poblaciones.

Los llamados “falsos positivos” son asesinatos realizadas por el ejército colombiano (también otras fuerzas públicas del Estado como la policía). Generalmente un “reclutador” con falsas promesas de trabajo engaña especialmente a jóvenes -pero no únicamente- para después entregarlos al ejército quien los asesinará y torturará a cientos de kilómetros de sus hogares. Posteriormente, y a través de una performance, escenifican un supuesto campo de batalla: balean los árboles, les cambian las ropas, les ponen armas o riegan casquillos por los suelos. Todo un montaje que les permitirá cobrar primas, incentivos, incluso ascensos o periodos vacacionales al declarar que asesinaron en combate a guerrilleros o líderes de bandas narco-criminales. “Éxitos de batalla”.

Un crimen de Lesa Humanidad que evidencia una política sistemática de asesinatos por todo el país auspiciada por el Estado colombiano, que lleva décadas sucediéndose y que tuvo su mayor auge en la época del gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010) y continuada por su sucesor, Juan Manuel Santos (2010-2018).

Óscar nunca desapareció. La desaparición acá como tal no existe. Lo que existe es su cuerpo raptado y abandonado, sus asesinos impunes y la brutal incertidumbre para su familia. En enero de 2008 fue sometido y llevado con falsas promesas. Tenía 26 años de edad cuando fue asesinado a 800 km de su casa por miembros del Batallón de Artillería nº2 La Popa junto a dos jóvenes más, Germán Leal y Octavio Bilbao, en el Km 8 del corregimiento del Carocolicito, en el municipio de El Copey (departamento del Cesar).

En 2011 la Fiscalía aceptó la denuncia por desaparición interpuesta por la familia. A los pocos días les notificaron a los padres, Doris y Darío, que lo habían encontrado. Las huellas dactilares de Óscar coincidían con un cuerpo no identificado inhumado en el “cementerio” de El Copey. Ese día muchas de sus preguntas comenzaron a tener respuestas. Pero no bastó con saber que el ejército había asesinado a su hijo para seguir haciéndose más preguntas, para llenar con respuestas los dolorosos vacíos de la Historia de Colombia. Y no bastó tampoco con saber dónde estaba, querían recuperarlo, “limpiar su nombre”, darle sana sepultura y cerrar su duelo, sí es que esto es posible.

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El Copey, como no pocos lugares de la topografía de la violencia en Colombia, constituye un auténtico paisaje del terror. Entre caracolíes y ceibas, un camino de tierra muestra las huellas que ponen en evidencia la impunidad.

Muchas familias de campesinos que vivían allí tuvieron que abandonar sus tierras con el auge del paramilitarismo. La violencia es como una onda expansiva, un miedo que se corporaliza y que es utilizado para el control territorial y el saqueo constante por más años que pasen. De hecho, grandes extensiones de tierra fueron despojadas para plantar palma africana, agotando con ello las fuentes hídricas para su riego.

El mismo campesino que vio el cuerpo muerto de Óscar, de Germán y de Octavio a los pies de una ceiba, boca abajo, custodiados por los soldados que les habían asesinado, cuenta cómo en apenas cinco años -del 2003 al 2008- en ese mismo camino aparecieron 37 cuerpos más, todos asesinados bajo la misma práctica. Allí el ejército mató a jornaleros de la zona que tenían las marcas en sus hombros por cargar fumigadoras, lo que les permitía decir que eran guerrilleros que portaban fusiles. Cualquier excusa valía para asesinar.

Han pasado ya diez años de aquello y las cicatrices no sanan ni se olvidan. "Yo los estaba esperando. Sabía que algún día iban a venir los familiares de esos tres muchachos porque la tierra tiene fuerza y llama", les dijo un campesino antes de fundirse en un abrazo con Darío y Doris.

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El árbol que fue testigo de la escenificación, muestra todavía en su corteza las cicatrices producidas por las balas. El ejército baleo los árboles para simular falsos enfrentamientos poniendo en evidencia las texturas del horror. Decenas de árboles en los alrededores muestran estas mismas cicatrices.

No borrar las huellas del horror y no olvidar, nunca olvidar lo sucedido. Recordar.
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En memoria de Óscar a los pies de la ceiba, Doris se apropió de este paisaje del terror, prendió velas, rezó y junto a Darío plantaron tres árboles para sanar la tierra herida. Este acto de memoria cohabitó en un territorio donde el conflicto no está clausurado, sino dolorosamente abierto e irresuelto. Tras este reencuentro con el territorio en los días posteriores se procedió a la exhumación de un cuerpo que podría ser el de Óscar.

Desenterrar lo enterrado en una tierra llena de heridas.

El auge de la violencia paramilitar en la región implicó la falta de espacio para enterrar cuerpos en el cementerio del pueblo. Por ello los cuerpos no identificados comenzaron a ser enterrados en un potrero en la periferia del pueblo —propiedad de la Alcaldía— que al día de hoy aún pretende ser el nuevo cementerio. Es un paisaje inhóspito, donde se estima que han sido inhumados más de 60 cadáveres que comparten espacio con la basura, las vacas que pastan, estaderos y ropas tendidas por familias que han ido apropiándose de este terreno baldío. De hecho, uno de sus muros fue derruido para construir las casas de este barrio “27 de Abril”, conocido como “La invasión”.

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El día antes de la exhumación, Darío y Doris caminaron entre la maleza. ¿Dónde están? Se preguntaban constantemente. Los agravios y el abandono social y político al que son sometidos los cuerpos es tal, que no hay ninguna tumba marcada, no hay identificación posible. Óscar, Germán y Octavio fueron enterrados en este potrero como NN. Es decir, sus cuerpos deberían haber sido tratados bajo normativas y protocolos que asegurasen el respeto a la dignidad de la persona y que permitan su posible identificación así como ser encontrados. Si bien ahora es el testimonio de la persona que en aquella época los enterró quien señalará dónde pueden estar, orientado únicamente por sus recuerdos en función de unos árboles que ya han sido talados.

Con la caída del sol, varias familias del barrio se acercaron a conversar. Conocedoras de la cantidad de cuerpos enterrados allí, contaron cómo están acostumbrados a ver a fiscales,  antropólogos forenses... caminar por esas tierras. "Cavan huecos y se llevan huesos". Todos comparten su dolor con el de los padres, "me desaparecieron a tres hijos. Hace años que no sé dónde está el hermano de mi mamá". Rara es la familia aquí que no ha perdido a alguien.

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El 8 de mayo de 2018, más de diez años después, comenzaron las palas a fracturar la tierra. Una bandada de pájaros sobrevoló el lugar. Aseguraron el perímetro. Y la pulcritud del procedimiento técnico forense pretendió contrarrestar años de abandono de los cuerpos sepultados entre basuras.

En esta primera fosa fueron enterrados dos de los tres jóvenes asesinados. Fue el equipo del Cuerpo Técnico de Investigación, CTI, de la Fiscalía quien procedió a la exhumación. Pero los primeros restos humanos que recibieron la luz no fueron los buscados, sino los de un hombre mayor que se ahogó en un lago y como no tenía familia lo depositaron de nuevo en esa misma fosa. Volvieron a cubrirlo con tierra. La indiferencia no permitirá encontrar el justo lugar para una sepultura que lleve su nombre.

Casi al final de la jornada, apenas a 45 cm de profundidad, comenzaron a salir esos huesos que nos hablan de humanidad compartida y que fueron quebrados. Las heridas en los huesos muestran una verdad que ya no se podrá discutir, sino que se podrá tocar. Óscar recibió dos disparos, uno que le atravesó el cráneo desde debajo de la mandíbula y otro que le atravesó la ingle y salió por la espalda.

A pié de fosa, una delicada relación de intimidad y confianza brotó entre la madre y varios niños del barrio, quienes observaban atentamente como hueso por hueso era extraído por el antropólogo y depositado en bolsas. Doris buscaba algo que le permitiera saber que ese era su hijo. Era la oportunidad de volver a estar con él.

Terminados los trabajos forenses avisaron al sepulturero quien volvió a rellenar con tierra la fosa. Retiraron la cinta de seguridad y todo su material. Los huesos encontrados fueron precintados respetando la cadena de custodia y llevados a la morgue. Todo quedó reducido a un paquete de apenas unos centímetros que viajará por distintos laboratorios buscando su identificación, lo que puede demorarse hasta 8 meses más. O quién sabe cuánto.

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La exhumación dejó su huella en la tierra. La fosa parecía un vientre. Doris caminó sobre ella, mirándola y sintiéndose cerca de su hijo. La tierra cobró así un sentido que permitió venerar lo expuesto, lo encontrado, lo existente.
Al día siguiente los trabajos forenses se retomaron para proceder a una prospección. El área marcada por el sepulturero para el tercer cuerpo fue demasiado amplia. Por ello se procedió por cuadrantes a realizar agujeros para ver sí la tierra fue removida alguna vez. Casi ocho horas después no apareció nada. No hubo rastros. Lo que no fue una sorpresa para el personal de la Fiscalía. "Es algo cotidiano con lo que convivimos. Incluso muchos de los testigos que nos dicen dónde están o no las fosas son también paramilitares". Toda una red de complicidades e impunidad que permite que sucedan estos hechos.

Esos días hubo más actores acompañando a la familia. El caso de Doris y Darío es conocido en Colombia lo que implicó que varias organizaciones y “cineastas” quisieran estar presentes. De alguna forma el dolor se volvió mediático y la industria de la memoria con rostro de cine en este caso jugó el rol de poner sobre el debate el miedo a que el dolor y los recuerdos de nuestros seres queridos terminen efectivamente por ser trivializados y convertidos en una mercancía. ¿Cómo manejar todo esto sin caer en lo que Elisabeth Jelin denominaba “la pasteurización” del pasado, su mercantilización y explotación turística? ¿dónde quedó la capacidad de condolerse por el otro? ¿cuál es la motivación para relacionarnos entre nosotros? ¿por qué hacer lo que hacemos?

Darío y Doris, a pesar de la esperanza creciente de recuperar a su hijo, regresaron a su casa en Bogotá, a más de 800 km, para seguir viviendo con la cruel incertidumbre de no saber dónde está Óscar. Si seguirá abandonado en el potrero o con suerte en la morgue de Medicina Legal esperando su identificación.

Sus asesinos siguen impunes. Están acusados del crimen: el Subteniente Julián Andrés Díaz Medina, y los soldados Norberto Pinto Baraona, Jair David Medina España, Juan Elías Quiñonez Morales, Jorge Hernández Gutiérrez, Héctor Antonio Jaramillo Martínez y José Granados Peñaranda. Los responsables máximos de los mal llamados "falsos positivos" son Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, este último premio Nobel de Paz.

Todo esto es terrible no sólo por el hecho en sí, que lo es, sino también porque tienen beneficios económicos y políticos, es decir, que le está sirviendo a alguien. Es una política sistemática de asesinatos, no casos aislados. Y parte de lo brutal de lo que les sucede a madres y padres como Darío y Doris, que sobreviven al asesinato de sus hijos a manos del Estado, es que en su cotidianidad viven en un juego de relaciones de fuerza, de humillaciones, de abusos… y con la constante exigencia de que presenten las pruebas de su verdad, de lo que sucedió, de que sus hijos no eran lo que decían.

La violencia va más allá del asesinato de sus hijos.
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Una violencia que no ha cesado en estos diez años, sino que se ha ido transformando, articulando el despojo, la desigualdad y la violencia. Complicidades y negligencias. Diferentes formas de administrar la guerra y mantener la impunidad. Un régimen de desprecio a la vida que permite tratar sin dignidad y deshumanizar a los cuerpos. Ese hacer y ser del Estado colombiano.

Sobre este blog
Memorias Comunes son puntos de vista al interior de las memorias colectivas. Una apuesta por ofrecer una mirada crítica sobre cómo construir las narrativas del pasado sabiendo que todo pasa, todo cambia, nada queda. Excepto nuestros recuerdos, lo que recordamos y no queremos olvidar. Con este espacio buscamos (re)conocer como se están produciendo los discursos de la memoria pero también producir nuevos relatos que respondan a la necesidad de otras narrativas, de otros modos de expresarnos, de relacionarnos y de perdurar. Es la posibilidad de explorar qué son las memorias, entendiendo este espacio de reflexión en su dimensión transformadora y de resistencia con la cual nos vinculamos. En definitiva es un encuentro con la memoria viva, compartida y producida en común.
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Daniel Prado es abogado de la parte civil en el caso Los 12 Apóstoles y defensor de los Derechos Humanos en Colombia.

3 Comentarios
#22928 17:42 13/9/2018

Excelente artículo. Acá en Colombia los medios de comunicación no presentan con tanta claridad estos hechos. Se habla mucho de paz pero el conflicto está más presente que nunca... gracias por hacer visible estas luchas.

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#22725 0:13 10/9/2018

Laura y Ariel deben tener en cuenta que están dándonos informaciones que pueden poner en riesgo la vida de testigos, lo que me parece con falta de ética.

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#21223 20:00 30/7/2018

Excelente. Doloroso y valiente artículo,

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