Opinión
“Vivan las cadenas y mueran los negros”: clases populares y conservadurismo en la España contemporánea
“Vivan las cadenas y mueran los negros” fue el grito de rebeldía de las clases populares —en el que las cadenas eran la alegoría del rey, y los negros la de los políticos liberales— contra las reformas liberalizadoras de las relaciones sociales impulsadas tanto desde las Cortes de Cádiz como desde la corte napoleónica de José Bonaparte en Madrid por los que fueron llamados afrancesados.
Estas reformas, que en realidad fueron una gran revolución que cambió las bases socioeconómicas de España, comportaron, especialmente a partir de los años 30 del siglo XIX, la abolición de los sistemas tradicionales de propiedad de la tierra mediante las desamortizaciones, la uniformización administrativa y fiscal, y la instauración del sistema de levas militares que arrebataba a las familias campesinas la mejor fuerza de trabajo cuando más la necesitaban. Para los liberales españoles, inspirados en los exitosos modelos económicos de los vecinos capitalistas europeos, estas medidas constituían un programa de modernización necesario para crear un mercado nacional y desmontar los “obstáculos feudales” al progreso (léase capitalismo).
La sustitución de contribuciones tradicionales (en productos agrarios) por impuestos monetarios afectó gravemente a los campesinos, poco o nada integrados en la economía mercantil o monetaria
Sin embargo, la historiografía agraria ha mostrado cómo estas transformaciones tuvieron efectos profundamente desestabilizadores en las comunidades rurales. La desposesión de las tierras y la pérdida de bienes comunales (montes, pastos, leñas, aguas, veredas, rutas de trashumancia, etc.) empobreció a las economías campesinas —prácticamente toda la nación— totalmente dependientes de recursos “no privados o no privatizados”. Asimismo, la sustitución de contribuciones tradicionales (en productos agrarios) por impuestos monetarios afectó gravemente a los campesinos, poco o nada integrados en la economía mercantil o monetaria.
Las clases populares españolas se rebelaron contra las políticas liberales y, carentes de un pensamiento político moderno, entendieron que era mejor conservar lo que ya se tenía (más vale malo conocido que bueno por conocer, dice el refrán). Además, el pensamiento político campesino no percibía el sistema establecido como “malo” o “injusto”; eran los señores, los ministros o los administradores los que “gobernaban mal”, quedando el sistema, representado por la figura del rey, al margen de la percepción cotidiana de la injusticia.
Ante el “desorden” que provocaban en las estructuras básicas de la vida campesina los liberales “que gobernaban” (los negros), se invocaba la vuelta del Rey, de ahí la metáfora de las “cadenas”, con el fin de conservar lo que se tenía y conocía. Ese es el motivo de tan desesperado grito de rebeldía de las clases populares españolas que la historiografía liberal (burguesa y capitalista) ha presentado siempre como el grito de la España negra y cutre que rechazaba la libertad, “pedía la esclavitud” y nunca supo valorar el esfuerzo de los liberales por traernos las “luces” europeas.
Más adelante, las clases populares, huérfanas de teoría política, abrazaron el carlismo —lo que explica su perdurabilidad durante décadas— identificándolo en su imaginario como un movimiento campesino-tradicionalista
Más adelante, las clases populares, huérfanas de teoría política, abrazaron el carlismo —lo que explica su perdurabilidad durante décadas— sin entender realmente lo que representaba, pero identificándolo en su imaginario como un movimiento campesino-tradicionalista que combinaba defensa de la comunidad, resistencia a la centralización estatal, oposición a la mercantilización de recursos, preservación de identidades culturales y religiosas, y rechazo de la atomización social y del individuo. En definitiva, rechazo del capitalismo y de la sociedad liberal burguesa. Entender esta relación es fundamental para interpretar el siglo XIX español y nuestra última guerra civil de 1936-1939 (en gran medida, la última guerra campesina de Europa) y, en definitiva, la evolución de la cultura política española contemporánea.
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Según Marx, era imprescindible e inevitable pasar por ese estadio de evolución –el capitalismo– para poder llegar al socialismo. Y durante mucho tiempo aceptamos la revolución liberal, o burguesa, y el desarrollo del capitalismo como una fase de progreso y “el único camino” para llegar a la tierra prometida del socialismo.
Lo que la izquierda marxista veía con tanta claridad, y como un proceso inevitable, supuso en su concreción histórica inmensos sacrificios para las clases populares. Hambre, miseria, enfermedades, esclavitud, muerte en definitiva. Muchos millones de personas murieron en ese tránsito “revolucionario” al capitalismo. Y millones siguen muriendo al día de hoy en esta feliz realidad del capitalismo. Es habitual oír en algunas conversaciones de café de sabios, de una izquierda que ya no es ni siquiera marxista, lo de… “Hay que reconocer que vivimos en el mejor de los sistemas conocidos”.
Esta argumentación fue expuesta de forma muy clara por el señor Borrell con aquella frase tan elocuente: “Los europeos hemos construido un jardín (…), somos la mejor combinación que la humanidad ha sido capaz de crear, de libertad política, progreso económico y cohesión social. Nadie lo ha hecho mejor que nosotros. No somos perfectos, pero ciertamente somos bastante buenos. Pero, fuera de nuestro jardín está la jungla, una jungla bastante poco habitable, y no conseguiremos que la jungla no invada nuestro jardín a base de levantar muros…”. Claro que evitó explicar algo que él sabe muy bien, que la “jungla”, es decir, la periferia del capitalismo, es la fuente que ha abastecido y abastece de todo tipo de recursos a las sociedades de las metrópolis capitalistas y que es condición indispensable para la construcción y mantenimiento diario del jardín capitalista. Es decir que aquellos que dan gracias de vivir en el “mejor sistema conocido” en realidad viven en la parte rica del sistema y a costa de la parte explotada, es decir, “la jungla”.
La izquierda socialdemócrata del siglo XX, en sus diferentes versiones nacionales, defendió con empeño la idea de que había que ayudar al capitalismo a desarrollarse plenamente para que maduraran las condiciones objetivas que, al final de los tiempos, permitieran la llegada de la sociedad sin clases (“mi reino no es de este mundo”). Y mientras tanto, se debía y debe participar en la gestión del capitalismo con gobiernos de izquierda, que haga menos dolorosa la vida de los trabajadores. Y sí, la vida de los trabajadores de hoy en las metrópolis es no solo menos sufrida que la de los trabajadores del siglo XIX, por poner un ejemplo, sino que es una vida privilegiada con respecto a los trabajadores que tienen la “mala suerte” de haber nacido en el otro lado del muro de Borrell: en la “jungla”.
Ante el “desorden” que provocaban en las estructuras básicas de la vida campesina los liberales “que gobernaban” (los negros), se invocaba la vuelta del Rey, de ahí la metáfora de las “cadenas”.
Es cierto que los trabajadores de las metrópolis han protagonizado una gran cantidad de luchas, muy duras y cruentas, contra las injusticias sociales y contra el capital. Pero hay que reconocer también que el capital accedió a permitir ciertas cuotas de bienestar social a los trabajadores, compartiendo con ellos una parte de los inmensos beneficios que produce la “jungla”. Mejor repartir un poco, que perderlo todo, debieron pensar los dueños de los capitales.
Y aquí entró en escena otro vector de evolución de la historia de la humanidad. En el primer tercio del siglo XX, una parte de la “jungla” se rebeló de forma contundente contra este orden de dominio establecido por las metrópolis capitalistas y contra la complaciente visión teórica de la socialdemocracia. Vinieron Lenin y sus Tesis de abril, la Unión Soviética, China y Mao, Vietnam y Ho Chi Minh. Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Fidel Castro, Che Guevara, Hugo Chávez y otros muchos locos, con distinta suerte, dijeron que no, que ese camino es absolutamente prescindible y se puede llegar al pleno desarrollo industrial, científico y tecnológico, y a la eliminación del hambre y la pobreza, sin pasar ni por las revoluciones liberales ni por el “jardín” del capitalismo. Y aquí estamos en la actualidad, con el mundo en una disyuntiva y en lucha: por un lado, el camino liberal; por otro, el camino antiliberal (anticapitalista), empeñado en “superar al capitalismo sin pasar por él”.
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Pero volvamos al suelo patrio. En la historia contemporánea española es posible seguirle el hilo a una relación compleja entre determinados sectores de las clases populares y opciones políticas conservadoras. Como ya hemos visto, esta relación apareció a comienzos del siglo XIX, expresándose con el conocido grito de “¡Vivan las cadenas!”. Más tarde cristalizó políticamente en el carlismo y otras variantes conservadoras durante los siglos XIX y XX. Incluso durante la II República, una parte importante de la población trabajadora se identificó con el conservadurismo de las posiciones anti republicanas.
En la actualidad, aunque el contexto histórico es diferente, pueden observarse ciertas continuidades estructurales. Importantes sectores de las clases populares muestran una tendencia creciente a respaldar opciones políticas conservadoras o de extrema derecha. Este apoyo no se explica fundamentalmente por factores ideológicos, sino por una percepción de abandono por parte de las fuerzas progresistas. Al igual que en el siglo XIX, el rechazo no se dirige contra las ideas de justicia social o de libertad, sino contra las transformaciones económicas, culturales y territoriales del sistema capitalista que han afectado de manera desigual a los trabajadores, y contra la dejación de quienes “mal-gobiernan” desde arriba. Hay una clara percepción de que no gobiernan para la gente corriente.
Sectores tradicionalmente vinculados al trabajo industrial, al empleo estable o al medio rural han experimentado una degradación progresiva de sus condiciones de vida: precariedad laboral, salarios bajos, encarecimiento de la vivienda, debilitamiento de los servicios públicos y pérdida de expectativas de ascenso social. A ello se suma la percepción de que los partidos de izquierda tradicionales han abandonado el conflicto de clase como eje central de su discurso, sustituyéndolo por agendas tecnocráticas o temáticas identitarias que saturan y desvían el discurso político de las preocupaciones materiales cotidianas.
Aparece entonces de nuevo el grito secular de “vivan las cadenas”. Las clases populares dejan de identificarse con quienes dicen ser sus representantes y vuelven a refugiarse en los que entienden, con mejor o peor acierto, que “de verdad” representan orden, autoridad, protección social, valores tradicionales, seguridad. En definitiva, un modelo de país comprensible para ellos y compatible con sus aspiraciones de bienestar social.
No obstante, es importante subrayar que no existe una continuidad histórica entre las clases populares y el conservadurismo. A lo largo de los siglos XIX y XX, amplios sectores populares protagonizaron la lucha por la justicia social, dieron vida a movimientos de masas progresistas, republicanos, antifascistas, sindicales, socialistas, anarquistas y comunistas, lo que demuestra que no hay una “naturaleza conservadora” del pueblo. Más bien, la historia revela lo contrario. No obstante, sí existe una relación ambivalente entre cambio social, inseguridad material y política: cuando las transformaciones se perciben como una amenaza y no como una mejora concreta de las condiciones de vida, el repliegue hacia opciones conservadoras se convierte en una respuesta, aunque llena de tensiones y contradicciones. Ayer el absolutismo o el carlismo, hoy partidos que no merece la pena nombrar.
En este contexto, que podemos llamar de “río revuelto”, los partidos conservadores y de extrema derecha consiguen “pescar” e integrar a una parte de las clases populares mediante discursos que, sin cuestionar de fondo las estructuras económicas que son las que generan la desigualdad, ofrecen explicaciones simples y emocionalmente eficaces. La apelación a una nación supuestamente amenazada, al deterioro del orden social, a la pérdida de autoridad o a la quiebra de valores tradicionales construye un relato político en el que el “español corriente” aparece abandonado frente a élites políticas, culturales y mediáticas percibidas cuando menos como distantes, o directamente como enemigas. Este marco conecta con experiencias reales y particulares de inseguridad: la inmigración es señalada como causa de la precariedad laboral o del deterioro de los servicios públicos, como por ejemplo, la sanidad, ocultando, sin embargo, los factores estructurales del sistema, como es la gestión capitalista de los hospitales, donde se provocan listas de espera, se reutilizan materiales de un solo uso o se descartan tratamientos no rentables para obtener beneficios económicos en claro deterioro de la salud de las personas, y en definitiva de las salud de la nación.
A ello se suma un estilo comunicativo que refuerza su atractivo: un lenguaje muy agresivo, de confrontación directa y anti-intelectual que se presenta como auténtico, frente a un discurso técnico o vacío de otras fuerzas políticas. Esta retórica actualiza una vieja desconfianza hacia las élites percibidas como ajenas a la vida cotidiana, y canaliza el malestar social hacia una oposición cultural y simbólica que ofrece robustas señas de identidad y pertenencia (familia, nación, patria, español, bandera, etc.), frente a la debilidad de los que han hecho dejación de estos conceptos, donde además faltan respuestas materiales y proyectos sólidos de transformación social.
Al igual que en el siglo XIX, el rechazo no se dirige contra las ideas de justicia social o de libertad, sino contra las transformaciones económicas, culturales y territoriales del sistema capitalista que han afectado de manera desigual a los trabajadores
Sin embargo, este giro conservador de las clases populares que constatamos en toda la dimensión trágica que supone, no implica una adhesión plena de los trabajadores a un proyecto ideológico coherente de derechas. Es un “vivan las cadenas” contemporáneo, un acto consciente de protesta y posiblemente de reafirmación de clase, aun a pesar de lo contradictorio que supone esta última afirmación. Al igual que ocurrió con el carlismo, que mezclaba tradición, religión y protesta social, el apoyo actual a opciones políticas de derecha debe entenderse como una respuesta defensiva ante un sistema político y económico que parece desmoronarse. No se trata de “ser de derechas”. Se trata de un deseo de “volver al pasado” reciente en el que existían las certezas de pertenencia de clase, las cuales han sido borradas, eliminadas, de la teoría y del lenguaje político en las organizaciones y proyectos de izquierda.
Para finalizar, queda indicar que esta tendencia no es irreversible. La historia demuestra que cuando los trabajadores, las clases populares, consiguen elaborar un proyecto de transformación articulado alrededor de la idea de justicia social y expresado políticamente por sus organizaciones de clase, el atractivo por las opciones de derecha disminuye exponencialmente o incluso desaparece. Ahora nos queda, por enésima vez, poner “ese” cascabel al gato…
Espartal, en el tiempo de la oliva
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