españoles presos en Mauthausen y Gusen
Los españoles presos en Mauthausen y Gusen recibieron con una pancarta a las tropas aliadas.

Exiliados, esclavizados y exterminados: el destino de los deportados españoles durante el Holocausto

Tras la derrota republicana, miles de personas quedaron atrapadas en la Europa ocupada, sin protección diplomática, convertidas en mano de obra forzada y condenadas al silencio durante décadas.

Investigadora histórica y memorialista.

27 ene 2026 05:30

Hace 81 años, el 27 de enero de 1945, el ejército soviético abría las puertas del infierno del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. A pesar de los años transcurridos hoy más que nunca hay que involucrar a las generaciones futuras para prevenir; hay que rechazar a quien niega lo ocurrido y condenar cualquier manifestación de intolerancia y por último hay que honrar la memoria de las víctimas de esta tragedia para que no sea olvidada.

En el siglo XXI no debería haber espacio para la intolerancia, pero estamos asistiendo a una visión terrible: la intolerancia está asentada en la política, atenaza a las minorías y de forma particular a los refugiados. Por ello también ahora más que nunca debemos defender los derechos humanos, los valores universales de un mundo basado en la igualdad.

Hoy vamos a recordar a todas las víctimas, y en especial a los españoles y españolas que padecieron el horror nazi. Una pequeña parte de un contingente humano a los que el franquismo enterró en la sombra y a los que debemos reconocimiento, recuerdo y homenaje, porque en esta España tan precaria en memoria, hay que seguir insistiendo en que el olvido es inadmisible.

Holocausto

La palaba Holocausto proviene del griego holókaustoholossignifica todo y kauston, quemado, quemarlo todo, y es así como se definía el sacrificio por el fuego.Hasta la década de 1950 los judíos eran considerados unas víctimas más de la Segunda Guerra Mundial. Fue a finales de esa década cuando algunos historiadores judíos comenzaron a utilizar el término holocausto, y es a raíz del proceso a Adolf Eichmann, uno de los responsables de la “solución final” a principios de la década de 1960 cuando comienza a difundirse el término holocausto, pero aún habrían de transcurrir muchos más años más hasta que este genocidio pasara a formar parte de la conciencia colectiva. La emisión de la serie televisiva Holocausto en 1978, el documental Shoah de 1985 o películas como La Lista de Schindler, contribuyeron a ello.

Hasta no hace mucho tiempo, la palabra holocausto solo se utilizaba para designar el exterminio de judíos durante el conflicto más terrible de la historia de la humanidad. Es cierto que ellos fueron víctimas específicas de un genocidio sin precedentes, pero no las únicas. El régimen nazi exterminó a cualquiera que no cumpliera con el estándar de pureza de la raza aria, a cualquiera que consideraran inferior, a cualquier opositor político.

Las cifras son abrumadoras: seismillones de judíos. Dos tercios de los judíos que vivían en Europa en 1939 fueron exterminados;200.000 romaníes o gitanos. Las interpretaciones de las Leyes de Nuremberg de 1935 que definían a los judíos por sangre fueron adaptadas para incluir a los romaníes; 250.000 discapacitados físicos o mentales, como parte del programa de eutanasia, en su mayoría ciudadanos alemanes confinados en instituciones.

A medida que la tiranía nazi se extendía por Europa, se persiguió y asesinó a más de dos millones y medio de prisioneros de guerra soviéticos; decenas de miles de polacos y soviéticos no judíos fueron deportados y sometidos a trabajos forzados; disidentes políticos como comunistas, socialistas, anarquistas, demócratas cristianos y líderes sindicales; sacerdotes católicos, pastores protestantes, que se oponían al nazismo; testigos de Jehová, que se negaban servir en el ejército alemán; homosexuales, sobre todo hombres, pues consideraban que su conducta “impura” era un obstáculo para la preservación del pueblo alemán; también a otras personas cuya conducta no se ajustaba a las normas sociales prescritas, a las que consideraban “asociales”, como delincuentes comunes; y también españoles, republicanos españoles.

No debemos olvidar que esto ocurrió en Europa, en un pueblo civilizado, culto y avanzado, y ocurrió contra todas las previsiones. Una vez que los nazis alcanzaron el poder en 1933, la persecución de los judíos y de otros grupos étnicos se convirtió en la política del gobierno de Alemania, pero fue el comienzo de la guerra, la guerra en sí misma, la que proporcionó la oportunidad para implementar las políticas nazis más extremas, entre ellas “la solución final”.

En 1933 en Alemania, a propuesta de Himmler, jefe de las SS, se establecieron campos de concentración con el fin de encarcelar a los enemigos políticos del régimen nazi. El primero de ellos fue Dachau. Las SS, y en especial sus Unidades de la Calavera, comandaron, administraron y custodiaron todos los campos. La Gestapo tenía autoridad exclusiva para encarcelar, liberar y ordenar oficialmente la ejecución de los prisioneros.

Paralelamente y para concentrar y vigilar a la población judía de Alemania con vistas a las deportaciones que comenzarían en 1941, se establecieron guetos, campos de tránsito y campos de trabajos forzados. En Chelmno, el primer campo de exterminio y el primero en usar gas venenoso, los judíos y los gitanos fueron gaseados en camiones. Tras la invasión de la Unión Soviética los Einsatzgruppen llevaron a cabo el asesinato masivo de comunidades enteras de judíos y romaníes, así como de funcionarios del partido comunista y del estado soviético. Más de un millón de hombres, mujeres y niños.

En 1942, se abrieron los campos Belzec, Sobibor y Treblinca, destinados al asesinato de los judíos de Polonia. Y como todos ya conocemos, el campo más grande fue Auschwitz-Birkenau. Cuatro cámaras de gas operaban a la vez con Zyklon B y alrededor de 8.000 seres humanos eran gaseados cada día.

En 1937, había 4 campos de concentración en Alemania. En 1944, la cifra era de 30 campos principales y miles de subcampos ubicados en el Reich alemán y la Europa ocupada. En los primeros años de la contienda los líderes de la SS expandieron el sistema de campos de concentración para aumentar la reserva de mano de obra disponible, sobre todo para la industria de la guerra.

Los lugares de Sachenhausen, Buchenwald, Flossenbürg y Mauthausen se eligieron para construir campos de concentración por su proximidad a tierra adecuada para producir ladrillos o a canteras de piedra. También se establecieron cientos de subcampos en terrenos cercanos a minas de carbón, fábricas de municiones y piezas de aviones, túneles subterráneos y otros lugares que favorecían al esfuerzo bélico alemán.

La política de “aniquilación a través del trabajo” llevada a cabo por los nazis, les proporcionó inmejorables resultados. Mano de obra a coste cero. Los prisioneros literalmente trabajaban hasta morir. Los campos de concentración resultaron un negocio muy rentable para las empresas y conglomerados propiedad de las SS y del estado alemán. La cúpula nazi se enriqueció con mano de obra esclava. Un gran número de empresas químicas, farmacéuticas, metalúrgicas y automovilísticas colaboraron con el nazismo y obtuvieron sustanciales beneficios. Entre ellas se encuentran varias multinacionales estadounidenses a las que hoy en día seguimos comprando productos.

Y todo esto ocurrió bajo la atenta mirada del pueblo alemán, de los países considerados neutrales y de la colaboración de los líderes y población de países ocupados y de los gobiernos aliados y socios del Eje que colaboraron en la persecución, el asesinato y las deportaciones. La Francia de Vichy participó estableciendo campos de internamiento en el sur del país y ayudando en la deportación de miles de judíos que residían en su territorio. El Gobierno de Vichy también entregó a los combatientes españoles, que acabaron sufriendo la persecución, deportación, explotación por trabajo esclavo y la muerte.

El Gobierno franquista que detentaba el poder en España desde abril de 1939 tuvo conocimiento de que miles de españoles habían sido hechos prisioneros por los nazis sin que en ningún momento se preocupara por su situación ni por la salvaguardia de sus derechos amparados por la Convención de Ginebra. Hoy sabemos en base a los hechos y los documentos que los españoles fueron deportados por una decisión política de Franco, Hitler y Pétain. Por ello recibieron un trato diferenciado del resto de los prisioneros. Hoy sabemos que las autoridades franquistas tenían conocimiento del destino que se reservaba a este colectivo de españoles dado que fueron consultadas por el gobierno alemán. No se prestó a estas personas ninguna protección. El internamiento de los españoles, que incluyó  a menores de edad, tuvo como consecuencia, para la mayor parte de ellos, la muerte.

La idolología nazi condujo a la persecución sistemática y al asesinato planificado de millones de personas. Como se comprobó entonces, y en repetidas ocasiones posteriores, la estructura ética de una sociedad puede desplomarse con mucha facilidad. El holocausto no tenía precedentes. Debía ser una advertencia para el futuro, pero se convirtió en un precedente al que han seguido muchos otros genocidios.

Ciudadanos españoles, ¿cómo comenzó todo?

A principios de 1939 medio millón de españoles cruzaron la frontera francesa huyendo del avance de las tropas franquistas. Otros se habían embarcado con destino al norte de África, el exilio más desconocido, plagado de cárceles, campos de concentración y trabajos forzados.

Francia había pedido formar una “zona neutral” en territorio español donde pudieran establecerse los refugiados republicanos bajo supervisión internacional, evitando abrir así los pasos fronterizos a varios miles de civiles españoles, pero Franco rechazó la propuesta. Desde abril de 1938, Édouard Daladier, que estaba al frente de la jefatura del gobierno francés, firmo ese mismo año los acuerdos de Munich, que suponían la anuencia a la anexión de Austria por la Alemania nazi y la cesión ante sus pretensiones en Checoslovaquia.

También el gobierno de Daladier en noviembre de 1938 aprobó un decreto que permitía el internamiento de “extranjeros indeseables” bajo vigilancia permanente por el peligro que pudiesen representar para el Estado. Los “indeseables”, “la escoria española”, como la denominaban muchos franceses, aquellos que también lucharían contra el nazismo para liberar Francia, se encontraron con que el territorio de su recién iniciado exilio era una playa. Llegaban exhaustos tras caminar varios días, con las manos vacías, hambrientos, y muchos enfermos o heridos. Habían perdido una guerra y tras la alambrada de espino perderían la libertad.

Sometidos a un régimen de miseria, hambre, sed, frío, humillación, separación de sus familias, fueron coaccionados por las autoridades francesas para regresar a España. Algunos regresaron, otros consiguieron llegar a Sudamérica y los que se quedaron en Francia acabaron enrolados en la Legión Extranjera o en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades militarizadas al servicio del ejército francés, a las que se les envió para acondicionar y mantener la que decían “inexpugnable” línea Maginot, 400 kilómetros de frontera que les separaban de la inminente invasión nazi y donde cayeron prisioneros miles de españoles que más tarde serían deportados a los campos de concentración del Tercer Reich.

Tras la firma del armisticio el 22 de junio de 1940, el mariscal Pétain pasó a gobernar los destinos de Francia y la situación de los españoles en el país se complicó aún más. La gran mayoría de los que integraban las Compañías de Trabajo y que no habían sido hechos prisioneros por los nazis acabaron desmilitarizados y formando parte de los llamados Grupos de Trabajadores Extranjeros, que bien en la zona ocupada o en la Francia de Vichy se vieron obligados a participar a través de la Organización TODT, como mano de obra esclava en la construcción de fortificaciones y en la industria de la guerra, o fueron utilizados para reemplazar la mano de obra francesa movilizada. Otros se alistaron por la duración de la guerra volviendo a tomar las armas. Una parte significativa fue apresada por el ejército alemán, trasladados a los stalag, recintos para prisioneros de guerra amparados por la Convención de Ginebra y más tarde confinados en los campos de concentración nazis.

Durante décadas, el mensaje que recibimos es que España no había participado en la Segunda Guerra Mundial y nada más lejos de la realidad. No hay un escenario en esta guerra que no pisara un español luchando con la esperanza de que derrotando al nazismo podría caer el régimen franquista.

Según datos recogidos por Carlos Hernández de Miguel en su libro Los últimos españoles de Mauthausen, los españoles que estuvieron recluidos en los campos de concentración nazis, de los que hay constancia documental, ascienden a 9.328. De ellos, murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y figuran como desaparecidos 334. Según los archivos americanos, alrededor de 30.000 españoles fueron detenidos por los nazis y aproximadamente la mitad acabaron recluidos en campos.

Mauthausen y sus subcampos albergaron el mayor número de españoles. En 1941 los nazis calificaron a Mauthausen como el único campo de categoría III, la categoría reservada a los campos de régimen más duro. Los internos eran sometidos a condiciones inhumanas, al extermino por el trabajo en la terrible cantera, desde la que tenían que subir los 186 escalones de la escalera de la muerte con pesados bloques de piedra.

Periódicamente eran sometidos a selección. Aquellos a los que no mataba el trabajo, el hambre, o las enfermedades y que los nazis juzgaban demasiado débiles o enfermos para trabajar eran separados de los demás, asesinados en el cámara de gas, o por fusilamiento, horca, o golpes y palizas, o eran llevados al cercano Castillo de Hartheim, uno de los seis centros de eutanasia del programa Aktion T4 del Tercer Reich, donde eran sometidos a experimentos médicos pseudocientíficos y perecían por inyecciones de fenol.

En total fueron encerrados allí 7.532 hombres, mujeres y niños, de los que murieron 4.816. La mayoría de estas víctimas perecieron en Gusen. Allí fueron a parar 5.266 españoles de los que fueron asesinados 3.959.

Tal vez a muchos les parezca que estos españoles y españolas representan una cifra insignificante de víctimas para tomarla en cuenta, pero no lo es. Son vidas que quedaron atrapados entre dos guerras, que representan la derrota republicana, el desgarro de la lejanía de la tierra por la que lucharon para alcanzar una sociedad más libre. Exiliados huyendo de la represión franquista, en busca de una libertad incierta y con la tibia esperanza de iniciar una nueva vida. Pero ni tan siquiera esto les fue permitido.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...