Medio ambiente
La mole que nunca abrió sus puertas
Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com
Difícil solución. De hecho, es posible que no exista y que el dilema en cuestión sea solo resoluble de forma temporal en función de con qué pie se haya levantado quien se lo plantee.
Veamos. Hay una mole de hormigón de 21 pisos a medio construir levantada a 14 metros del agua, en una salvaje playa del litoral almeriense y en pleno parque natural Cabo de Gata-Níjar, que sigue en pie tras la friolera de dos décadas después de que se dictase el primero de los tropecientos anuncios de su derribo. ¿Es esto un ejemplo de impotencia y frustración ante las todopoderosas capacidades de las fuerzas vivas y la falta de músculo ciudadano y ecologista? ¿O, por el contrario, que semejante elefante blanco no se haya terminado y sus promotores no hayan conseguido poner en marcha su explotación comercial es un paradigma del 'sí se puede' y de cómo, con perseverancia, el vulgar ser humano de a pie puede ganarle la partida al todopoderoso capital turístico-inmobiliario?
Por supuesto, hablamos del archiconocido complejo hotelero El Algarrobico, un mamotreto con 411 apartamentos, diría que especialmente feo, que la promotora Azata del Sol lleva un cuarto de siglo intentando poner en marcha y se ha convertido en el símbolo del ladrillo y sus excesos en España.
El número de sentencias a favor de su demolición en dos décadas de procesos judiciales supera de largo los años que lleva en pie el hotel.
Respecto al dilema, hoy vamos a ser optimistas, que 20 años de lucha ecologista en este caso son para celebrarlos y no está el horno para no ver las victorias, aunque no sean absolutas. Además, los vientos parecen favorecer un futuro derribo del complejo. En 2025 ha habido anuncios y resoluciones importantes que encaminan hacia esos derroteros. Aunque hay que decir que quien empezó todo esto y consiguió, en el comienzo de esta historia y “en absoluta soledad”, parar su construcción con aquella primera denuncia presentada en 2005 no lo ve nada claro.
Jaime del Val, presidente de la asociación Salvemos Mojácar y el Levante Almeriense, me cuenta sobre los anuncios de derribo: “No nos fiamos nada, ni el abogado —en referencia a José Ignacio Domíngez, el letrado al que convenció para llevar el caso hace 20 años— ni yo. Del Ayuntamiento cero absoluto; cero absoluto de la Junta [de Andalucía], casi al mismo nivel que el Ayuntamiento; y del Gobierno, pues un poco menos radicalmente, pero tampoco nos fiamos nada”.
No es fácil resumir la extremadamente enrevesada maraña judicial —y política— que ha acompañado la polémica sobre la construcción de El Algarrobico. Basta decir que el número de sentencias a favor de su demolición en dos décadas de procesos judiciales supera de largo los años que lleva en pie el hotel.
Las resistencias y desobediencias del Ayuntamiento de Carboneras, responsable de dar la licencia de obras y en cuyos terrenos se levanta, junto a los vaivenes de la Junta de Andalucía, que ha estado en todos los flancos de esta guerra, y los balones fuera del Gobierno central han hecho del caso un cóctel de vergüenza administrativa que hace sonrojar a cualquier defensor del sistema democrático y judicial español.
Incluso llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que investigó las presuntas irregularidades en las sentencias judiciales en torno al complejo. Agüita, por no decir otra cosa
El culebrón incluye acusaciones de prevaricación y desobediencia por parte de la Fiscalía para el ex alcalde de Carboneras, Salvador Hernández; imputaciones contra otro exregidor, Cristóbal Fernández, y su equipo de Gobierno por declarar urbanizable el paraje; y casi una decena de resoluciones de multas coercitivas semanales contra varios alcaldes del municipio por desobedecer al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA).
El caso es tan complejo que ha pasado por tribunales de toda índole geográfica y de competencias: de los juzgados locales de Vera (Almería) al citado TSJA, el Supremo o la Audiencia Nacional. Incluso llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que investigó las presuntas irregularidades en las sentencias judiciales en torno al complejo. Agüita, por no decir otra cosa.
La última hora del embrollo arranca en febrero del presente año, cuando la vicepresidenta primera, María Jesús Montero, montaba toda una puesta de escena ante el hotel y anunciaba que la parte de los terrenos de titularidad estatal en los que está construido parcialmente El Algarrobico —la maraña administrativa se complejiza por las disputas sobre la titularidad del suelo, en donde entran varias administraciones y competencias— será expropiada con cargo a las arcas públicas. Los recursos contra esta resolución, que afecta solo al 40% del terreno donde se asienta el hotel, se han ido desestimando en estos meses, lo que es una buena noticia para los partidarios del derribo. Pero queda por ver la parte construida en terrenos del parque natural y fuera del dominio marítimo-terrestre afectado por la Ley de Costas, un 60% del complejo, donde es la Junta quien lleva la voz cantante y debe coordinarse con el Ayuntamiento.
Jaime del Val: “No nos dejemos distraer por este Algarrobico concreto, aquí el problema es los miles más que hay sin denunciar, y los miles más que se quieren hacer”
Y aquí viene un nuevo embrollo de ultimísima hora, no resuelto al cierre de esta revista. El número de apercibimientos y amenazas de multas coercitivas contra alcaldes de Carboneras para que el municipio cambie su Plan General de Ordenación Urbana y declare ese suelo no urbanizable, algo que el Supremo ratificó allá por 2018, ronda la decena solo en los últimos cuatro años. Pues bien, Carboneras cambió por fin el PGOU en julio, pero la Junta acusó al Consistorio de 'prácticas dilatorias' y de no cumplir, en una batalla dialéctica sobre la letra grande y pequeña de las leyes que afectan al caso y de las triquiñuelas posibles que solo puede calificarse de bochorno, por no decir un improperio. Y en esas estamos mientras el tiempo pasa y el Algarrobico no se tira.
Volvamos al optimismo parcial, que lo contrario anima a tirar la toalla, y eso nunca. Sí, Del Val está de acuerdo en que el hotel es un símbolo de la lucha contra el ladrillo. Pero lejos de sacar pecho por lo ganado, no se cansa de repetir una idea: “No nos dejemos distraer por este Algarrobico concreto, aquí el problema es los miles más que hay sin denunciar, y los miles más que se quieren hacer”.
Los inicios de Salvemos Mojácar no se centraron en el monstruo protagonista de este artículo, sino que denunciaban, allá por 2005, los planes para construir 500.000 viviendas en la costa almeriense. “Hay un resurgir de la burbuja inmobiliaria que nos parecía algo imposible cuando pinchó, pero por desgracia ese fantasma está aquí otra vez”, advierte. Y visto lo poco que queda de la costa mediterránea hispánica sin ser arrasado por el ladrillo, a lo que hay que sumar la espiral de precios de la vivienda con la que se están forrando tantos que ya acaparan demasiado, la lógica parece decir que habría que tener sus palabras muy en cuenta mientras esperamos que el feo monstruo de hormigón de la playa del Algarrobico desaparezca de la vista.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!