Feminismos
Daniela Osorio: "Lo económico incluye las relaciones y la materialidad, pero también los afectos”
Daniela Osorio es una activista feminista uruguaya, doctora en Psicología Social, docente e investigadora. Su mirada nos invita a repensar la economía solidaria desde la sostenibilidad de la vida, incorporando la importancia de los vínculos afectivos y las relaciones. Daniela participó en los inicios de la Comisión de Economías Feministas de la XES.
Daniela, ¿cuál es la principal aportación de la economía feminista a la economía social y solidaria?
La economía feminista desde la sostenibilidad de la vida es una herramienta teórico-política que nos permite generar marcos de reconocimiento y visibilidad, particularmente en aquellas tareas y trabajos que hacen posible que la vida exista en todas sus formas. En este sentido, creo que la economía feminista ha sido clave para reconocer cuáles son esos trabajos que hacen sostenible la vida y, al mismo tiempo, también reconocer qué cuerpos los hacen posibles. Es una manera de romper con una visión productivista de entender lo económico, que aún tiene mucha fuerza dentro del movimiento.
También hablas de los componentes afectivo-relacionales. ¿Qué importancia tienen?
Para mí, una de las sinergias y aportaciones de la economía feminista ha sido justamente introducir el tema de que lo económico incluye no solo las relaciones y la materialidad, sino también los afectos. Este lugar de lo afectivo puede ser una potencia o un freno en los procesos de transformación social. Muchas organizaciones del ámbito de las economías alternativas a menudo se sostienen en el tiempo incluso cuando los números no cuadran. O al contrario, cuántas veces hemos visto proyectos colectivos muy sostenibles económicamente que se ven atravesados por conflictos relacionales que no se abordan como un problema o una responsabilidad colectiva. Hay una cantidad de tiempos que deben organizarse y hacerse visibles para poder pensar una forma de hacer juntas que ponga la vida en el centro.
¿Qué implica “poner la vida en el centro” en el día a día de una organización? ¿Cómo se traduce en prácticas concretas?
Implica repensar la cuestión de los tiempos, cuestionar y criticar esa mirada que no reconoce las dobles o triples jornadas que muchas veces se generan en estas experiencias.
Puede pensarse desde la creación de espacios de cuidado dentro de los colectivos, moderar reuniones para trabajar también el tema de los conflictos, hasta cuestiones relacionadas con la creación de espacios de ocio y de tiempo libre que permitan recomponer desde otro lugar la tarea cotidiana.
También es necesario reflexionar sobre cómo asumimos colectivamente el autocuidado: en lugar de considerarlo una cuestión externa al colectivo, se trata de pensar cómo lo integramos y cómo sostenemos, conjuntamente, los procesos necesarios de autocuidado.
En los últimos diez años, ¿has visto avances en estas “transiciones feministas”?
Sí, ha habido un cuestionamiento de las relaciones de poder jerárquicas que se dan en las organizaciones, al pensar la lógica representativa que muchas veces condiciona qué cuerpos se hacen responsables de esos espacios de decisión —a menudo masculinizados—. Creo que algo de eso se ha tensionado. También ha habido un avance en el reconocimiento de cuáles son las condiciones de sostenibilidad de la vida, en definitiva, hacer visible lo invisible. Pero para estabilizar estos avances hace falta un apoyo “macro”. En primer lugar entiendo necesario fortalecer redes de solidaridad e intercooperación global-local para hacer visibles los cambios y sostenernos colectivamente. Y por otro lado me refiero también a políticas públicas que sustenten y refuercen esas apuestas, para que no todo recaiga sobre los cuerpos de quienes han hecho posibles los avances. Sobre todo, aquellas políticas que refuercen la gestión público-comunitaria y que respeten los procesos de gestión colectiva.
¿Y qué diferencias ves entre las experiencias del Norte y del Sur global?
No tengo una visión de “todo” el Cono Sur, y por supuesto tampoco de todo el Sur. Hay una variedad inmensa de experiencias difíciles de agrupar. Pero sí puedo decir que, en términos de politización de lo reproductivo, ha habido un avance en ambos lados, en esto de pensar que el cuidado de la vida está en el centro. Después hay elementos que dependen más de la diversidad y heterogeneidad de las prácticas. Pero lo que sí diría es que no es lo mismo pensar en emprendedorías cuyas bases materiales en el Norte Global están más consolidadas, que en experiencias más informales o con mucha precariedad en sus condiciones materiales, más comunes en el Sur.
Después del Congreso de Economía Feminista de Sevilla, ¿cuál es la siguiente frontera para la economía feminista?
Hay que profundizar en eso que antes mencionaba sobre la mirada de la política afectiva, en la dimensión de lo sensible. Profundizar en herramientas que tienen que ver con poner el cuerpo, con el arte, con esa dimensión estético-política que permite conmover, que permite generar desde otro lugar. A veces no basta con marcos analíticos que nos den explicaciones racionales sobre las cosas que están pasando y cómo debemos cambiarlas; también hay algo que tiene que pasar por el cuerpo, en un sentido amplio.
Marina Reig
Miembra de la Comissió d’Economies Feministes de la XES
Esta entrevista se ha realizado en el marco del proyecto “Por unas finanzas éticas y solidarias, globales y locales en clave feminista” financiado por la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo (ACCD).
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