Opinión
Solo hay dos bandos, amiga
INST: @bedebego
“¿Cómo vais por ahí amiga?”, le pregunto por WhatsApp a una excompañera de clase que ahora vive en Madrid. “¿Cómo vamos de qué?”, me responde.
Me encuentro muy lejos de mi País Vasco natal. Le escribo desde una ‘casa’ que no es mía. Una casa con cama, baño y nada más. Lo justo. Es mi ‘casa temporal’ en el puerto de Palma de Mallorca, donde me he desplazado para cubrir un puesto, también temporal, en Salvamento Marítimo. Dormir bajo techo en Palma es hoy un lujo casi obsceno: si decidiera quedarme a trabajar aquí de forma permanente, la ‘casa’ se tragaría más del 70% de mi sueldo en alquiler.
Paredes como estas en las que me alojo pertenecen a las Casas del Mar, una red pública de alojamientos concebida en la posguerra de los años 40 para que los marineros en tránsito tuvieran siempre cobijo, asistencia y plato caliente al desembarcar. Hoy, la mayoría de aquellas hospederías han ido desapareciendo, engullidas por el olvido o el ladrillo. Las ‘casas’ en esta isla ya no están para alojar a la gente trabajadora —ni a los del mar ni a los de la tierra—; están para engordar la especulación rentista y alimentar las fauces del turismo masivo.
En el puerto conviven ahora mismo muchos tipos de ‘casas’. Hay cientos de yates de lujo atracados y vacíos y a pocos metros de esta vieja institución de Casas del Mar se levanta una mucho más nueva: el módulo de atención “temporal” a migrantes. En tan solo mi primera guardia hemos rescatado tres embarcaciones precarias. Tres pateras con una media de 16 personas a bordo. Esas cuatro paredes de plástico y metal son su “casa temporal”.
Al atardecer, cuando el calor por fin da un respiro y termino mi guardia me acerco a la Plaza Mayor. Hay convocada una concentración para poner freno al disparate de la vivienda. Me sobrecoge la escasa concurrencia. Charlo con un par de chicas de aquí; ellas también viven en régimen de alquiler volátil, saltando de “casa temporal” en “casa temporal”. Cuando les explico a qué me dedico, les cuento que durante años temí no tener una ‘casa’ o un sitio donde caerme muerta, y que fue precisamente el mar el que me dio la certeza de que siempre podría enrolarme en un barco. En la mar no existía el miedo a no llegar a fin de mes ni a no poder pagar la ‘casa’.
Por mucho que te reconfortes pensando que lo tuyo es distinto o “temporal”, que no tienes nada que ver con esas tiendas de campaña de Sol, la realidad es aplastante: solo hay dos bandos, amiga
Les hace gracia. Les choca que la idea de ‘seguridad’ de alguien sea ''tirarse al mar''. Pienso en los casi cincuenta chavales que acaban de desembarcar hoy en el puerto, deshidratados, exhaustos y aliviados tras haberse arrojado al Mediterráneo a buscar una ‘casa’. Que se lo digan a ellos.
Me preguntan qué más he hecho en la vida. Les hago un resumen rápido: empecé a cotizar con 17 años y luzco con cierta ironía el hito de haber pasado por casi todos los regímenes posibles. He cotizado en el ISFAS con las Fuerzas Armadas, en el Régimen Especial del Mar (ISM), en el General y acumulo más de 400 días como autónoma. Hasta he facturado como influencer. Sí, soy parte de esa pretendida élite que gana dinero contando su vida en redes sociales —aunque ahora, según dicen, el sector esté en crisis—.
Aclaro las dudas de mis interlocutoras por si queda alguna: tengo 30 años, no tengo dinero ni de lejos para la entrada de una ‘casa’ y mi perfil financiero para pedir una hipoteca es un chiste de mal gusto.
Me pregunto cuánta gente habrá hoy en la Puerta del Sol o en las plazas de cualquier ciudad exactamente en mi misma situación. Y, sobre todo, cuánta gente no estará en Sol ni en ninguna plaza y desde su “casa temporal” seguirán pensando que esto no va con ellas.
Tengo 30 años, no tengo dinero ni de lejos para la entrada de una ‘casa’ y mi perfil financiero para pedir una hipoteca es un chiste de mal gusto
El eslogan repetido hasta la saciedad es claro: “Las calles serán siempre del pueblo”. Pero, ¿quién coño es el pueblo hoy? ¿En qué momento nos tragamos la falacia de la clase media, la trampa de la meritocracia, la narrativa del esfuerzo infinito como anestesia contra la explotación y esa libertad tramposa que se traduce en la asfixiante responsabilidad individual de apañártelas siempre sola.
Os habla la voz del ‘privilegio’. La chica rubia de colegio concertado, dos carreras, un máster.
Y cero ‘casas’ en propiedad.
Este es un aviso directo a las ‘privilegiadas’ como yo, a las que os consoláis pensando que pertenecéis a una clase media a salvo, a las que creéis que vuestros títulos o vuestro sueldo os compran inmunidad frente a la intemperie. Que el esfuerzo y el trabajo duro os llevará a la seguridad del éxito social. La auténtica élite —los rentistas, los fondos buitre, las socimis, las grandes tenedoras, las plataformas de alquiler vacacional, la banca y los cómplices políticos que sostienen este decorado a punto de colapsar— son una minoría ridícula a la que, por cierto, no pertenecemos. Por mucho que te reconfortes pensando que lo tuyo es distinto o “temporal”, que no tienes nada que ver con esas tiendas de campaña de Sol, la realidad es aplastante: solo hay dos bandos, amiga. Despierta, porque esto también va contigo.
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