Opinión
Burkinis homologados y la islamofobia del frus-frus

Mi piscina, en un barrio obrero de Madrid, suele ser un remanso de paz dentro del racismo cotidiano, pero el pasado martes la encargada interpeló a dos chavalas por “no llevar un burkini adecuado” y nos ha recordado que en España no hay paz para las mujeres musulmanas.

Las que no podemos permitirnos salir del infierno madrileño en verano tenemos una única opción no ya de ocio, sino simplemente para refrescarnos: las piscinas públicas. Yo llevo ya por lo menos unos cuatro años yendo a la misma piscina, la Blanca Fernández Ochoa, en el barrio obrero de Carabanchel.

Me gusta mi piscina y siempre estoy convenciendo a las amigas para que hagan el paseo hasta el sur de Madrid y pasen alguna tarde conmigo. Es un espacio en general bastante grande, con un vaso tamaño olímpico, uno mediano y un chapoteadero para bebés. Tiene sombras y césped natural, un lujo en la ciudad del asfalto. Pero sobre todo, a mí lo que de verdad me vincula a este lugar, es que es un espacio que casi siempre me parece seguro para cuerpos diversos: marrones, negros, gitanos, gordos, queer, disca; aunque su composición cambia drásticamente por las mañanas y por las tardes.

Por las mañanas, el césped se llena de jubiladas blancas que se tiran al sol durante horas en una especie de concurso de bronceado de inspiración Julio Iglesias. Sí, ese que no es ni rojo ni marrón, sino una especie de tono ladrillo moteado con pecas. Muchas se conocen desde hace años, lo sé porque yo misma las reconozco y otras tantas se hacen amigas durante las interminables horas de sol y frus-frus. Porque las marquesas, como las llamo yo, casi no se bañan en la piscina. Cuando el calor aprieta (y en Madrid puede apretar a casi 40 °C) se pulverizan agua sobre el cuerpo como si las refrescara una suave brisa mediterránea. Todas hacen topless y se embadurnan el torso de un aceite de dudosa protección solar. Casi todas fuman también, aunque esté prohibido fumar. Nadie les dice nada, ni los vigilantes ni los socorristas. A las señoras se les pasa todo, porque para eso son las marquesas.

Suelen llegar solas y de una en una, van colocando sus toallas muy juntitas para poder pasar el rato charlando. A veces hablan de los hijos, del marido, de que la próxima semana se van a Gijón o a Santander, aunque la siguiente semana yo las siga viendo en el mismo sitio y con la misma gente. Pero la conversación más recurrente es la de “la chica”, entiéndase las trabajadoras del hogar. Mujeres que posiblemente tengan más de 40 años, pero ellas las siguen llamando “la chica”: que si llegó tarde, que si llegó antes, que si no hizo tal cosa, que si lo hace muy bien y “como a mí me gusta”. Es un universo paralelo en el que ubican estas señoras a las trabajadoras del hogar, incapaces de entender sus circunstancias vitales, sus ritmos, su mera existencia.

Hace un par de días, una de ellas se atrevió a sacar el tema de “los gitanos”, porque por la tarde, como ya dije, la composición de la piscina cambia radicalmente. La señora en cuestión decía: “A la tarde esto se llena de gitanos y son unas gamberradas que no veas, no te dejan nadar tranquila” (¿mencioné ya que las marquesas pasan un 0,5% de tiempo dentro de la piscina?). Las otras tres marquesas con las que estaba de cháchara la secundaron obviamente, dando rienda suelta a toda la gitanofobia que lleva cada española promedio dentro de sí. Y así, entre pulverización y pulverización, se quedaron tan a gusto después de escupir prejuicio tras prejuicio. Hasta que me cansé y les pedí amablemente que dejaran de decir racistadas tan ricamente en un lugar público; a mi “¡ya está bien de gitanofobia!” le siguió el “¿por qué te metes en conversaciones ajenas” y bla bla bla. Por eso nunca voy a nadar por las mañanas. No las soporto a ellas ni a sus violencias constantes.

Por las tardes no hay toallas, hay mantas llenas de familias, no hay frus-frus, hay neveritas, hay bocadillos de chorizo, filetes empanados, pollito asado con arroz, refrescos y mate. Por las tardes la piscina es un día de campo en familia, en el que no te sientes ni sola, ni extraña, ni observada, ni juzgada. Hay muchas familias latinas: las abuelitas con sus bañadores de faldita, las adolescentes en bikini con pareos transparentes, de colores, de flores, de rejilla y las criaturas con los manguitos. Mujeres marrones y afrolatinas.

Las madres gitanas se sientan con sus criaturas en los bancos, no en el césped. Les montan siempre el bocadillo ahí mismo, chorizo o salchichón, nunca falla, mientras ellas meriendan café y galletas. Las chavalas gitanas se bañan con leggins cortos y sujetadores ajustados, con esos moños altos tan dignos y tan de barrio y luego se sientan en la orilla de la piscina a untarse de gelatina bronceadora exotic bronze. Los chavales palmean y entre concierto y concierto, se tiran algún clavado.

Las madres moras se bañan más bien poco, alguna en el área de bebés, pero es extraño que lo hagan en la grande. Las jóvenes que se bañan en la grande lo hacen con burkini, pero no hay tantas, quizás porque quieren evitarse la islamofobia que saben que les va a caer encima por el solo hecho de querer ellas también disfrutar del agua.

Esta tarde, la encargada de la piscina se acercó a dos de ellas a decirles que “esa ropa” que llevaban no era un burkini, así sin ningún tipo de duda. Supongo que uno de los requisitos para encargada de piscina pública es el cursillo Diferentes tipos de burkinis, ¿cómo reconocerlos? porque lo soltó con tal seguridad que pareciera que ella misma tuviera una empresa de artículos de natación para mujeres musulmanas. Una de las chicas le dijo que sí lo era y le enseñó en el móvil la composición de la tela y que estaba hecha para el agua. Entonces la encargada y el socorrista que acababa de unirse a la conversación (socorrista que por algún extraño motivo día sí y día también, riñe a personas racializadas por cualquier motivo) les dijeron que era por su propia seguridad, que ese no era un burkini ajustado y que era un peligro para ellas y para el socorrista.

Entonces, ¿cuál es el problema, que no es un burkini o que no es el que ellos esperan que sea? La encargada, una vez más desplegando todo su conocimiento en burkinis, dijo: “llevo aquí cinco años trabajando y estoy harta de ver burkinis y ese no lo es”. Una afirmación que, siendo rigurosas con la lengua, solo puede significar estar cansada, saturada, molesta, aburrida, ahíta, de ver burkinis, aunque ella defienda que en realidad lo que quería expresar es que ha visto los suficientes modelos en sus cinco años de desempeño laboral como para confirmar que el que llevaban las jóvenes no lo es. Y que incluso ha visto la página de Decathlon para revisar los burkinis y que la marca francesa le ha dado la razón. Su conclusión fue que deben llevar burkinis “homologados”; sí, utilizó la palabra homologados.

¿Será que ahora los burkinis tendrán que llevar el sello de la Federación Internacional de Natación para que puedan bañarse con ellos las mujeres musulmanas en una piscina de Carabanchel? ¿Basta con el de Arena o Speedo? Porque justamente Arena tiene uno igual de holgado que el que llevaban las chavalas.

Lo que sucede aquí es que nos gusta más un frus-frus que un burkini y eso tiene un nombre: supremacismo blanco e islamofobia.

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