Transición
De cuando el diario "El País" censuró a José Bergamín y la réplica del escritor

El artículo se titulaba "Del rey abajo cualquiera" y en la carta al director Juan Luis Cebrían ironiza sobre su respeto a la libertad de expresión y "su acatamiento y sumisión a la persona sagrada e inviolable de Su Majestad". 

Bergamín (segundo por la izquierda) preside un mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas
Bergamín (segundo por la izquierda) preside un mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas

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3 oct 2019 09:53

Con la mente bien dispuesta y provista para hacer memoria (todo es como se recuerda, escribió Valle-Inclán), y con un intenso y extenso caudal difícilmente superable de vivencias, semblanzas, relaciones, ediciones y editores, conocimiento, tertulias y lugares en relación con la vida literaria española de los últimos sesenta años, el escritor, editor, bibliófilo, crítico y pertinaz investigador de nuestra literatura más olvidada José Esteban acaba de presentar en sociedad sus memorias.

Lo ha hecho bajo el pertinente título, sencillo, claro y corriente de Ahora que recuerdo (Ed. Reino de Cordelia). Las inicia con un visita al escritor noventayochista Pío Baroja, en el Madrid de mediados de los cincuenta del pasado siglo, cuando el autor llegó a la capital de la dictadura -contra la que se opuso como militante del Partido Comunista de España-, y las concluye seiscientas páginas más adelante con una definición del mismo escritor, con ocasión de lo que don Pío le dijo que eran sus propias memorias (Desde la última vuelta del camino): un poco de anécdota y un poco de chismografía. En el caso de Esteban, se ciñen además a la cita de José Moreno Villa, distinguiéndolas de la autobiografía en que en ellas se escamotea la indagación del yo, la confesión de la intimidad.

Dicho esto, con el añadido de que la voluminosa obra es más que recomendable por la sensibilidad tipográfica de la edición y lo enjundioso y ameno del contenido, paso a uno de los capítulos del anecdotario de las muchas figuras literarias que la integran a cuenta de una a la que José Esteban conoció y quiso bien, y a la que debe asimismo el título de sus recordaciones. Lo hago porque también entre mis recuerdos personales, cuando empezaba a hacer vida estudiantil y periodística en el Madrid de los setenta, la personalidad de José Bergamín me resultó tan peculiar como atrayente, según tuve oportunidad de comprobar alguna vez en la Taberna del Alabardero, próxima a su casa y al Teatro Real, a la que acudía.

A Bergamín le dedica Esteban, además de muchas referencias a lo largo de sus copiosas y nutridas memorias, un extenso capítulo bajo el titular “Una paradójica pasión española”, en el que se glosa su trayectoria y carácter, así como se alude a algunos de sus libros, a sus poemas, amistades y actividades, antes y durante la guerra, en la Transición y hasta sus últimos años de autoexilio y final de trayecto en el País Vasco. Allí colaboró en varias publicaciones del nacionalismo abertzale, hasta su fallecimiento en Hondarribia (Fuenterrabía) en 1983.

Se trata de un escritor católico y republicano, que presidió durante la Guerra de España la Alianza de Intelectuales Antifascistas y el segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en 1937 en Valencia. Fue también quien propuso a Pablo Picasso el encargo del Guernica para la Exposición Internacional de París de ese mismo año. Se da el caso, con José Bergamín, de que tomó por dos veces el camino del exilio: la primera, como tantos otros escritores, artistas e intelectuales en 1939 -dejando al país ayuno de cultura-, y la segunda en 1962 -después de haber regresado en 1958-, cuando firmó un manifiesto en contra de la crueldad con la que fueron reprimidas las huelgas mineras en Asturias. Regresó a Madrid en 1970, después de que Manuel Fraga -impulsor de ese segundo exilio- dejara de ser ministro de Información y Turismo.


Tal como recuerda José Esteban, José Bergamín siempre negó la acuñada terminología de Generación del 27, a la que en sus últimos años llamaba Generación del 27, sociedad anónima. Para él se trataba de Generación de la República. Cuando yo le conocí, a finales de los setenta, vivía en un ático de la Plaza de Oriente, por lo que hubo de soportar las concentraciones en homenaje a Franco que todavía se celebraban cada aniversario de su muerte, algo en verdad insoportable para quien odiaba la dictadura y se sentía tan profundamente republicano que solo se entiende ese sentimiento como un modo de ser y de vivir. Por eso no encontró en aquel tiempo más publicación en la que escribir regularmente que la revista Sábado Gráfico, en la que -como pude comprobar como asiduo lector- denunciaba con acerada crítica la Transición en marcha y "la vuelta del tinglado de la antigua farsa".

Esta disconformidad o inconformismo con el tránsito político llevado a cabo desde la dictadura a la democracia, de la que participaron la mayoría de exiliados republicanos que yo pude tratar a su vuelta a España, no le permitió más que escribir algunos artículos de vez en cuando en el periódico más progresista de ese periodo, El País, gracias a la recomendación de su amigo Javier Pradera. Podría haber recurrido entonces como colaborador a un periodismo literario menos comprometido, pero para Bergamín –como afirma Esteban- escribir era un santo oficio que siempre ejerció hasta sus últimas consecuencias y sin ponerse límites, mucho menos autocensuras o acomodamientos asertivos al entorno político o mediático vigentes.

Cuenta José Esteban que el periódico de Prisa, que entonces dirigía Juan Luis Cebrián, quiso celebrar su número 1.000 con una serie de destacadas colaboraciones que honrasen su cabecera, entre otras la de don José, y que este, fiel a sus principios, aprovechó la ocasión para dar fe de su republicanismo impenitente con un artículo titulado Del Rey abajo cualquiera…, artículo que no llegó a publicarse. En su lugar, en cambio, sí apareció en la portadilla del suplemento correspondiente un texto censurado y medio borrado, que le sirvió a Bergamín para hacer uso de la mordacidad que lo caracterizaba y de cuya agudeza sabían sus amigos. Tal mordacidad quedó estampada en una Carta al director -sección sumamente leída de ese periódico-, de la que Esteban conserva copia, y que me parece una de las muchas páginas interesantes que podemos leer en Ahora que recuerdo. Se trata de un documento de indudable valor testimonial acerca de la naturaleza de aquel tiempo de transición de nuestra historia reciente, del que tuvieron constancia muchos otros exiliados a los que apenas se les prestó tribuna en los medios de comunicación más conocidos. Dice Bergamín:

“Señor Director:
Quiero darle las gracias muy de veras por la publicación que ha dado a mi artículo “Del Rey abajo cualquiera…”, que le envié para el número milenario de su periódico, contestando a su amable requerimiento, como otras veces hice. Lo envié al encargado de su confección, Sr. De la Serna, conforme me indicaba en su carta.
Me ha sorprendido verlo publicado en la primera página del suplemento memorable, ocupándola por entero. Honor que no merezco. Y admiro la sutileza de su ingenio encargando a la oportuna mano de un artista la negra censura que su juicio le merece; emborronándolo para impedir su lectura y mostrando con ello su respeto a la “libre expresión del pensamiento”; al mismo tiempo que su acatamiento y sumisión más rendidos y devotísimos a la persona “sagrada e inviolable”, “graciosa y divina”, de Su Majestad. De ese modo, esa extraña página se convierte en blasón o escudo, diría que amparador y corroborativo, del periódico mismo y de la independencia que ofrece a sus colaboradores. “Independiente de juicio y libertad de espíritu”, que dijo Azaña.
Ha sido doble acierto el suyo con esta página simbólica o, más bien, emblemática, tan significativa para El País, periódico, como el país mismo, “atado y bien atado” por el continuante consenso constitucional (o genotípico) de la Monarquía.
Con mi felicitación y agradecimiento. José Bergamín

P.D.-Espero, Sr. Director, que publique en la sección de sus cartas esta mía íntegra pues es breve. No hacerlo, no solamente podría parecer descortesía (rarísima en Vd.) sino algo peor, mucho peor, y en consecuencia (¡oh mágica virtud del ripio!) con su descortesía misma. Vale”.

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