Stanislaw Lem: cartografía de un universo de azar, desconcierto y fantasía

El escritor polaco Stanislaw Lem tomó la ciencia ficción como terreno de referencia, pero también cultivó el género negro, la novela realista o el ensayo. Su obra es un monumento a la sed de conocimiento y a la imposibilidad de alcanzarlo, a la preocupación ética y al pesimismo respecto al presente y futuro del ser humano.


publicado
2018-05-26 06:00:00

Stanislaw Lem (1921-2006) a menudo es conocido como el escritor de Solaris. Esa novela, llevada al cine por autores como Andrei Tarkovs­ki y por Steven Soderbergh, incorpora alguno de los principales temas del narrador polaco, como la dificultad de comunicarse con una forma de vida extraterrestre. Pero Lem es mucho más que su obra más conocida. Firmó novelas de ciencia ficción de tono grave y de tono satírico, peculiares novelas negras, kafkianas desventuras entre aparatos burocráticos infinitos, monólogos filosófico-científicos de máquinas inteligentes o reseñas de libros nunca escritos.

Enriquecidas por estas variaciones de tono y, en parte, de iconografía, las obras de Lem resultan variadas pero también reconocibles. Son recurrentes sus consideraciones sobre el lugar del ser humano en el universo, sobre los límites de su capacidad de percibir y de comprender esas percepciones. Y suele dominar una prosa tan sencilla en el relato de acciones como compleja en la exposición de ideas.

Su autor mostraba mucha astucia narrativa y sentido del juego literario, mientras se alejaba de la ciencia ficción pulp a base de rigor y algunos despliegues de erudición. La reflexión existencial a veces llegaba tamizada por conceptos de la astrofísica, la cibernética, las matemáticas o la medicina. El mismo autor se burlaba de ello: “Todos sabemos que Lem se tragó todas las enciclopedias y que basta con sacudirle un poco para que hormigueen por doquier logaritmos y fórmulas”, escribió sobre sí mismo en Vacío perfecto

Variaciones sobre la novela detectivesca

El nombre de Lem se asocia inevitablemente con la ciencia ficción, pero también cultivó la novela detectivesca. La fiebre del heno es la historia de una investigación que, tratándose de una creación del novelista polaco, solo puede ser desconcertante. Un astronauta retirado debe seguir los pasos de un estadounidense que se suicidó en Italia después de sufrir delirios.

El protagonista prácticamente debe convertirse en Adams, mimetizar sus acciones. Si hace exactamente lo mismo que aquel, ¿se encontrará con ese alguien o algo que pudo provocar su muerte? Otros visitantes del país mediterráneo, siempre asiduos de un balneario, siempre hombres asmáticos y calvos, han acabado muriendo tras sufrir crisis psiquiátricas durante las que hablaban de persecuciones y envenenamientos. ¿Se trata de un enrevesado plan al estilo de las intrincadas tramas que destapaba Sherlock Holmes?

Los juegos de identidad del narrador polaco toman una nueva forma: aquí el protagonista es, de alguna manera, él mismo y otra persona al mismo tiempo. A la vez, es sujeto investigador y objeto investigado dentro de un experimento: esa reproducción de las últimas horas de Adams. De nuevo aparecen algunos temas habituales en el autor, comenzado por la dificultad para determinar de manera taxativa qué es casual y qué es causal en un universo donde la vida es un improbable producto del azar. Si un intento previo de novela detectivesca, La investigación, no terminó de colmar las ambiciones de su autor, La fiebre del heno le resultó mucho más satisfactoria.

La ciencia ficción, una broma seria y triste

Después del auge de la novela utópica de tintes socialistas, después de novelas como El año 2000, una visión retrospectiva, la publicación de las distópicas Nosotros, Un mundo feliz o 1984 alteraron el rumbo de la ciencia ficción. Algunas obras del popular H. G. Wells ya habían anticipado, a veces de manera involuntaria, que utopía y distopía tendían a entrelazarse. La lucidez más bien pesimista de Lem encajó en la atmósfera de desencanto generada por el auge de los totalitarismos y el posterior miedo a la aniquilación nuclear.

Tras iniciar su andadura en la literatura fantástica de manera más convencional, el polaco despuntó con Solaris o La voz del amo, en las que partía de la sci-fi clásica y la dotaba de un rigor especial. No abandonó completamente ese camino, pero fue ramificando su producción, potenciando el humor juguetón y las situaciones de desconcierto. Su producción acabaría repleta de investigaciones confusas y enigmas que no acaban de resolverse. Como se dice en una de sus novelas, Paz en la Tierra, en situaciones complejas “la verdad deja de existir. Quedan solo hipótesis. Diferentes versiones”.

El polaco potenció un toque humorístico que puede recordar las fantasías de Kurt Vonnegut (Las sirenas de Titán). Ambos miraban de frente a la insignificancia del individuo ante el cosmos y ante la misma historia humana, pero no perdían la sonrisa por ello. Su humor podía ser amargo, puesto que llegaba marcado por la II Guerra Mundial. Vonnegut escribió que, después de haber sobrevivido a la masacre de la ciudad alemana de Dresde, solo pudo soltar una carcajada con la que exhalar parte del horror. Lem, por su parte, trabajó temas que podían derivar en lo trascendentalista... y los fue fisurando mediante el humor y el distanciamiento desmitificador.

Muchos de sus héroes, más sobrios o más bufos, acaban comportándose de la manera que el lector imagina propia del mismo Lem: sabiendo que no podrá comprender todo aquello que quiere comprender, pero intentándolo de todas maneras. De esa inquietud surgen tanto La voz del amo, las memorias de un científico que intentaba decodificar un posible primer contacto con extraterrestres, como Ciberíada, una versión intergaláctica de Los viajes de Gulliver, con dos sabios y avaros robots que se encuentran con dragones y monarcas crueles. En esta última obra se encontraban referencias a cuentos populares, vestigios del cuento filosófico de Voltaire y, quizá, ecos de la parodia del enciclopedismo que Flaubert ensayó en Bouvard y Pécuchet.

La Guerra Fría, absurdo; la historia, misterio

Lem no fue especialmente proclive al comentario político explícito y concreto. Si el género de la ciencia ficción puede impulsar a examinar la realidad a vista de pájaro, o de fotografía desde una lejanísima estación orbital, Lem parecía sentirse con ese punto de vista. Pero no por ello dejaba de tratar la realidad de su época, fuertemente marcada por la Guerra Fría.

Paz en la Tierra, una especie de thriller satírico, estaba protagonizado por un personaje recurrente en la producción lemiana: el astronauta Ijon Tichy. En la novela, las diferentes naciones habían acordado trasladar la carrera armamentística a la Luna y se comprometían a desconocer sus evoluciones para no saber quién estaba ganando. A pesar de ello, en la Tierra comienza a crecer el miedo: ¿los ejércitos automatizados de la Luna podrían decidir atacar el planeta? El argumento puede resultar delirante, pero el presente real también lo era: regía aquella doctrina de la destrucción mutua asegurada que condicionó el tablero geoestratégico posterior a la II Guerra Mundial.

En Manuscrito encontrado en la bañera, Lem trató la Guerra Fría en clave futurista. Un prólogo sitúa al lector en el marco narrativo: tiempo después de un apocalipsis civilizatorio basado en la descomposición del papel, unos humanos del futuro descubren un antiguo escrito en un búnker gubernamental. Esta pesadilla kafkiana es una de las obras de Lem que más se sumergen en el absurdo. Su protagonista, un nuevo agente completamente desconcertado, vive un vía crucis de perplejidad y confusión que envía estímulos múltiples a los lectores. El resultado puede remitir a obras como El proceso, del mencionado Kafka, o El palacio de los sueños, de Ismail Kadaré. Pero Lem lleva su sátira de la burocracia a lo existencial y a lo cósmico: el delirio securitario de la Guerra Fría, sus agentes dobles y triples, alcanzan una especie de delirio extático, de hiperbólica incomprensibilidad.

Los mismos agentes del Pentágono no tienen muy claro para quién trabajan, si dicen la verdad o mienten, al estar perdidos en un flujo de acontecimientos de interpretación múltiple que son planificados (o no) por fuerzas invisibles. Para su desesperación, el protagonista comienza a temer que quizá no hay nada que comprender. Un personaje demuestra entender su abatimiento, cuando le dice: “Es seguro que el misterio es una salida mejor, mejor que el absurdo. En el misterio cabe lo que quieras, la esperanza...”. Por el camino, Lem riza el rizo de la incomunicación entre civilizaciones: los humanos del futuro postapocalíptico de la novela acumulan los malentendidos sobre el pasado de su propia especie.

Skynet quiere perdernos de vista

Uno de los tópicos de la ciencia ficción posterior al nacimiento de las computadoras es la posibilidad de una inteligencia artificial asesina de seres humanos. El corpus lemiano incluye un buen número de robots más o menos conscientes de sí mismos, pero Lem consiguió uno de sus acercamientos más peculiares al concepto de máquina pensante mediante Golem XIV. Su propuesta rehuía lo estrictamente narrativo. Enmarcado dentro un nuevo juego de prefacios y epílogos firmados por científicos inventados, el grueso del volumen está compuesto por tres conferencias emitidas por el ordenador que da nombre al libro.

La máquina de la ficción no es una computadora genocida, sino una filósofa que integra las matemáticas y otras ciencias en sus consideraciones sobre la naturaleza del hombre, la teoría de la evolución, la existencia de vida y el carácter infinito, y a la vez limitado, del conocimiento: “Vuestro conocimiento puede ser infinito, aunque tan solo humano. De ello se deduce que los conocimientos adquiridos igualarían a todos los tipos de Inteligencia únicamente en un mundo que durara infinitamente, porque solo en uno de estas características las paralelas pueden encontrarse en el infinito”, afirma. La máquina también es consciente de sus limitaciones: no pretende disponer de una sabiduría total, sino únicamente de una perspectiva más amplia.

Mediante Golem XIV, el polaco se acercó al ensayismo con componentes de ficción. Ofreció otras transgresiones de la narrativa convencional. Un ejemplo es Vacío perfecto, recopilatorio de críticas de libros inexistentes. No hay que entenderlo como un juego metaliterario árido, donde se vuelcan comentarios estilísticos sobre obras nunca escritas. Lem sigue narrando y haciendo gozar a sus lectores con la explicación de las ideas y situaciones que incluirían estos productos de su imaginación que no quiso, no supo o no pudo escribir con ropajes narrativos más usuales.

Entre sus reseñas podemos encontrar la historia de unos fugitivos nazis que reconstruían la corte de Luis XVI en unos parajes abandonados de Argentina: todos ellos viven las veinticuatro horas un simulacro extraído de la imaginería de la novela folletinesca, pero experimentan una represión absolutista completamente real. Otro texto versa sobre Gigamesh, una versión hiperculturalista de los versos sumerios de El poema de Gilgamesh: su ficticio autor sigue el camino del Ulises de James Joyce como versión de La odisea, y los juegos léxicos y referenciales del posterior Finnegans Wake, elevándolos a la enésima potencia a través del uso de computadoras. Cada palabra tiene decenas de significados que se acumulan. Como escribe Lem en un burlón prólogo crítico con su propio libro, en el conjunto trasluce “la nostalgia de algo imposible de realizar”. Y la atracción por lo inabarcable.

4 Comentarios
#17417 9:58 28/5/2018

Enhorabuena a Ignasi Franch. Magnífico artículo/homenaje a uno de los más grandes escritores del siglo XX. Solo he echado un poco en falta alguna mención a la que es quizá su mejor y más compleja novela: "Fiasco".

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Marc 15:57 26/5/2018

Excelente panorámica, aunque se echa en falta sus "Diarios de las estrellas", de lo mas desternillante que he leído en el género de ciencia ficción.

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#17182 11:44 26/5/2018

Trurl y Clapaucio, Tichy y, en general, todo lo escrito por Lem,... me han regalado momentos inolvidables, llenos de ideas y situaciones alucinantes capaces de darle la vuelta a todo. Gracias Lem.

X cierto, un hecho relevante de su vida... Lem fue el único escritor extranjero admitido en la sociedad de escritores estadounidense de Ciencia Ficción. Y creo recordar que se largó, alucinante.

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#17180 11:06 26/5/2018

No entiendo la necesidad de mencionar a Soderbergh y su mediocre adaptación frente a una obra maestra como la de Tarkovski.

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