La burbuja beat en Tánger

Cuando Tánger era zona internacional —entre 1923 y 1956— se convirtió en refugio para quienes
querían disfrutar de cierta transgresión y vida al margen, bajo el influjo magnético de una ciudad asimétrica.


publicado
2018-03-17 07:00:00

Entre bocanadas de kif y la bruma atlántica, el mito tangerino. La Tingis romana. Oriente y Occidente y un Estrecho ahora repleto de vidas perdidas, las de quienes, intentando llegar a las puertas de una Europa de posibilidades, se han quedado en tránsito. El Atlántico y el Mediterráneo y esos peñascos escarpados que separan un continente de otro.

Corren los años 50 y Tánger es libertad, transgresión, bohemia, drogas, alcohol, prostitutas y prostitutos. Tánger es Nembutal, fiestas en casa de los Bowles. Exotismo. Para Genet (1910-1986), Tánger era “la reencarnación de la traición”; para Chukri (1935-2003), “una ciudad histérica”; y para Burroughs (1914-1997), una “colonia penitenciaria”.

Imaginemos un cafetín, el Café Central en le Petit Socco. En una mesa, Genet, quien se aloja en el Minzah o en el Hilton —“para ver a personas remilgadas sirviendo a un perro como yo”—, bebe café mientras mira de reojo a un joven marroquí que se contonea camino al Gran Zoco. Con él está Mohamed Zerrad. En otra mesa encontramos a Tennessee Williams, acompañado por el huraño Baxter. Beben Fundador. En una tercera mesa están los Bowles. Jane parece ida, no deja de pensar en Cherifa, su amante. Acaba de regalarle una casa en la Kasbah y Paul anda molesto. Este conversa con Yacoubi (1928-1985), quien le explica acerca de una nueva receta.

Al rato, llega Chukri con Zafzaf. Van borrachos como cubas. Chukri intenta que todos se sienten en una misma mesa a comer un tajín de pollo, pero Genet necesita su dosis de Nembutal y quiere irse al Minzah cuanto antes, parece que el chico que se contoneaba le espera; Jane tiene una crisis psicótica y el único que la puede consolar es su amigo Truman Capote (1924-1984). Paul asegura que quiere irse a casa a probar la nueva receta de Yacoubi y Tennessee Williams suelta una carcajada de las suyas, sonora y profunda. A él le da todo igual.

También andan por ahí Hopkins, escribiendo su Tanger Diaries y Hamri (1932-2000), que aún no ha conocido a Brian Jones, de los Rolling Stones. Llegan Gysin (1916-1986) y Burroughs e invitan a todo el personal a “Las 1001 noches”, donde les esperan los músicos de Jajouka. Gysin está ayudando a Burroughs a escribir Naked Lunch. Más tarde, en 1997, en una entrevista en The Guardian, Burroughs diría de Gysin: “Es el único hombre al que he respetado en mi vida. He admirado a diferentes personalidades, incluso me han gustado, pero él es la única persona a la que he respetado”. Un buen cumplido, viniendo de Burroughs.

La sombra de Gertrude Stein (1874-1946), quien le recomendó a Bowles que viajase a Tánger, sobrevuela el Zoco Chico. También la de Matisse, quien viajó a Tánger en 1912 y 1913 para reencontrarse a sí mismo. Su estancia de siete meses en la ciudad cambiaría para siempre su concepción de la luz. Desde la habitación 35 del Hotel Ville de France pintaría su famoso Paisaje visto desde una ventana. Siete meses de desarrollo capital en los que el francés encontró la fórmula perfecta para sintetizar el arte occidental y arte decorativo oriental. No pudo quedarse más tiempo: “El gran interés que Marruecos me dio y las obras que hice allí no pudieron hacerme olvidar la sensación de ansiedad que tenía”, diría.

Los gatos pasean entre los orines y el vómito. Anochece. En el puerto, Azel, el protagonista de Partir de Tahar Ben Jelloun, se esconde entre las raspas de pescado. Han pasado un par de horas y Genet, puesto de Nembutal, tiene compañía masculina en el Minzah. Aún no ha conocido a El Katrani pero al día siguiente llamará a su editorial, Gallimard, para prohibir que publiquen sus libros en edición de bolsillo porque no quiere “encontrarlos en los quioscos, entre periódicos y la lotería”.

Jane se ha acostado con Cherifa y Paul tiene problemas para digerir el plato de Yacoubi, así que se pone a transcribir unos cuentos orales de Mrabet que ha estado grabando esa misma mañana.

Esta hubiese podido ser, perfectamente, una escena de un día cualquiera en el Tánger internacional, de no ser porque algunos de estos personajes no coincidieron en el tiempo. Era el Tánger del libertinaje, los contrabandistas, los placeres carnales y la psicodelia de los barbitúricos. Ensueño oriental a caballo del Mediterráneo y el Atlántico. La vieja Europa en el horizonte, pero… ¿quién querría volver al vetusto y castigado viejo continente?

Tánger, la liberación

Entre 1923 y 1956, fecha en que Marruecos consiguió su independencia, Tánger fue zona internacional. “Puedes ser quien quieras en Tánger. Puedes reinventarte, reescribir tu historia, reformarla o deformarla, complacer tu subconsciente, cultivar tu némesis o, simplemente, empezar de cero”, escribe Shoemaker en Tangier.

Abarrotada de espías durante los años 30, enclave de las rutas comerciales entre África y Europa y libre de impuestos, punto militar estratégico, Tánger se convirtió en el Babel soñado. Crisol de artistas venidos de todo el mundo para encontrarse a sí mismos y paladear la libertad que no tenían en sus países de origen. Fue en ese periodo cuando se produjeron las sofisticadas narrativas con sello tangerino. También Dumas, Andersen y Twain, años atrás, habían pasado por Tánger. Sin embargo, quizás su oriundo más internacional fuese Ibn Batuta, viajero y explorador, el más grande del mundo árabe.

Capote escribió: “Si estás escapando de la policía, o simplemente estás escapando, tienes que venir, de todas todas, a Tánger (…) Antes de venir, sin embargo, debes hacer tres cosas: vacunarte contra la fiebre tifoidea, sacar todo el dinero que tengas en el banco y despedirte de tus amigos —¿quién sabe si los volverás a ver jamás? Este último consejo es el que debe ser tomado más en serio, es alarmante el número de viajeros que han llegado para unas breves vacaciones y se han quedado para siempre. Porque Tánger es una ensenada que te atrapa, un sitio eterno”.

Mirando al mar desde Tánger
Mirando al mar desde Tánger. Álvaro Minguito

Burroughs, en Tánger desde 1953 hasta 1961 de manera intermitente, dijo: “Tánger es uno de los pocos lugares que aún quedan en el mundo donde en la medida que no cometes un atraco, empleas la violencia ni asumes abiertamente una conducta antisocial puedes hacer exactamente lo que quieres. Es el santuario de la No Interferencia”.

El norteamericano escribió en esta ciudad El almuerzo desnudo, una novela surrealista y legendaria que dinamita los códigos literarios. Escrita mayoritariamente en Villa Muniria (conocida como Villa Delirium) bajo el efecto de todo tipo de sustancias, Burroughs contó con la ayuda de Kerouac, Ginsberg y Orlovsky, que también disfrutaron de los encantos de la ciudad norteña.

Explicaba Juan Goytisolo (1931-2917) que “Burroughs se sentía a sus anchas en Tánger, pero no simpatizaba en exceso con los marroquíes. Si no se creía amenazado de muerte por estos”.

Y es que la comunidad de occidentales se relacionaba poco con los marroquíes. Encerrados en hoteles y cafetines, en sus fiestas de lista cerrada y bajo los influjos de sustancias a las que los marroquíes no podían acceder, los beats usaron a mendigos, buscavidas, prostitutas, maleantes y cambistas para protagonizar sus novelas.

Atrapados entre dos mundos, Tánger y el conservadorismo consumista norteamericano, los beats se dedicaron a medinear, a perderse por las medinas marroquíes sin destino, a beber y a drogarse, a exhalar el exotismo de esta ciudad frontera. Los beats no se mezclaron con los tangerinos, y cuando lo hicieron, siempre fue por interés propio: para traducir historias, para investigar sobre sus costumbres, por sexo o con la intención de buscar una compañía exótica. Puro trabajo etnográfico.

Jane Bowles, reclusa en Tánger

Chukri escribió un libro titulado Paul Bowles, recluso de Tánger donde explicaba las vicisitudes del escritor norteamericano en la ciudad. Pero si de verdad hubo una reclusa de esta ciudad, fue Jane Bowles (1917-1973). Nacida en Nueva York, siempre fue una mujer compleja e inusual. Capote la llamaba cabeza de gardenia. Cuando Paul y Jane se casaron en 1937, Jane era bisexual y Paul homosexual. Un matrimonio imantado por la atracción intelectual. Bajo el sello “Los Bowles”, Paul y Jane viajaron por Centroamérica, Asia y Europa, hasta que Gertrude Stein, literata y mecenas, les recomendó que viajasen a Tánger.

La vida de Jane cambió cuando conoció a Cherifa, una marroquí que la conquistó al momento. Sintiéndose abrumada por la popularidad de Paul, Jane se refugió en Cherifa, a quien contrató como empleada del hogar. Poco a poco, Cherifa se hizo un lugar en su corazón y en su cuenta bancaria. Jane solía decir que Cherifa la tenía embrujada, en el sentido más literal de la palabra. Lo cierto es que una Jane psicológicamente muy debilitada se dejaba manipular por esta mujer con pocos escrúpulos.

Escasa fue la producción literaria de Jane, que murió a los 56 años en Málaga después de un derrame cerebral y numerosas crisis psicóticas, causadas por el abuso del alcohol y las drogas, pero su Dos damas muy serias está considerada una obra de culto. “Mi única queja contra la señora Bowles no es la calidad de su obra sino simplemente la calidad”, escribió Capote.

Juguete roto y eterna reclusa en Tánger, Jane no pudo soportar su propio delirio. Atormentada, de espíritu excesivo, nunca logró escapar de la maldición tangerina, la de Cherifa, quizás, o la del estrecho y su bruma, la de la luz que se cuela por entre las callejuelas angostas de la medina.

Chukri, el gran anfitrión

No se puede hablar de Tánger sin mencionar a Mohamed Chukri, enfant terrible de las letras marroquíes. Nacido en Beni Chiker, un pueblo del Rif azotado por la hambruna, Chukri vivió una infancia llena de pobreza, y palizas a manos de su padre. Analfabeto hasta los 20, todo cambió cuando se fue a Larache a estudiar. Mendigo a tiempo parcial, Chukri se buscó a sí mismo a través de sus relatos, sobre todo a través de El pan desnudo, obra autobiográfica prohibida en Marruecos hasta el año 2000.

Chukri fue un pájaro libre, fuertemente marcado por la pobreza y la figura de su padre, que llegó a matar a unos de sus hermanos de una paliza. Vida en la calle y en algún psiquiátrico, este gigante de las letras, por fin ocupa el lugar que se merece. Antes de morir, escribió en El País: “Más tarde me di cuenta de que la escritura podría ser también una forma de denunciar y de protestar contra aquellos que me habían robado la infancia, la adolescencia y parte de mi juventud”.

Atrapado entre dos memorias, la de una oscura infancia y una madurez rodeada de intelectuales, Chukri se descompone magistralmente en todos sus libros. Su obra es el mejor retrato del Tánger de la época, la verdad más fiel.

Los otros tangerinos

Chukri no fue el único anfitrión marroquí en Tánger. Una serie de personajes acompañaron a los beats en sus aventuras. Entre ellos, Mrabet, quien nunca aprendió ni a leer ni a escribir y quien dictó sus historias a Bowles, que se dedicó a recopilarlas en 14 volúmenes. Fue y es uno de los grandes exponentes de la tradición oral marroquí. Boxeador, pintor, pescador y buscavidas, Mrabet primero conoció a Jane, quien se quedó prendada de su capacidad para contar historias. Hizo varios viajes a Estados Unidos, pero siempre supo que su lugar estaba en Marruecos. Es el último superviviente de la generación.

¿Qué decir de Yacoubi? Pintor y chef, embajador cultural nacido en Fez, también encontraría el éxito de la mano de los Bowles, quienes le ayudaron a exponer sus cuadros en todo el mundo. Desde que se encontraran, Paul Bowles y Yacoubi se volvieron inseparables, viajaron juntos por Estados Unidos, África, Asia, Europa. Burroughs decía de sus obras: “Las pinturas de Yacoubi son una ventana que se abre al espacio. El espectador no ve las pinturas, sino que ve a través de ellas”. La relación paternalista que se estableció entre Bowles y Yacoubi también se observa en la relación entre el carismático Hamri, pintor y maleante adolescente, y su inseparable Gysin.

Mohamed Zafzaf, que tuvo una infancia distinta a la de Chukri, Mrabet o Layachi porque pudo estudiar filosofía, también frecuentó la compañía de los beats, al igual que Layachi (1937-1986), otro cuentista que, de la mano de Bowles, publicó sus historias orales. En España se pueden leer en Capitán Swing, que ha tenido a bien traducirlas y recopilarlas en Una vida llena de agujeros.

Los beats, si bien no terminaron de mezclarse con los marroquíes, sí actuaron como mentores y tutores con muchos de ellos, a menudo estableciendo relaciones asimétricas más o menos sanas. El Tánger internacional, tal y como apunta Latifa Serghini, transmitía una energía erótica, una magia endémica, que atrapó a más de uno. Todos ellos quedaron reclusos de Tánger, esa ciudad de las mil y una noches, envuelta en bocanadas de kif y la bruma atlántica, custodiada por las montañas del Rif y los acantilados del Cabo Espartel y la Punta Malabata.

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9 Comentarios
Teresa 13:37 23/3/2018

Muy buen artículo, aunque incompleto. Falta esa amplísima población compuesta por gentes españolas, francesas, inglesas, indias, judías... Ésta población vivía al margen de ese grupo de intelectuales. Eran trabajadores, de clase media y baja también, que convivían en armonía pese a sus diferencias culturales y religiosas. Soy tangerina y me enorgullece haber vivido esa época y, sobre todo, el conservar algunos amigos españoles, marroquíes y franceses de entonces. Lamento que cuando se habla del Tánger Internacional no se nos mencione. No es por vanidad, simplemente que cabría destacar aquella convivencia que muchos tangerinos echamos de menos, hoy en día, en este intolerante mundo en que vivimos...

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Alejandro e Tánger 16:52 18/3/2018

Un accidente en la historia..... algo que fue y no tuvo por qué haber sido..... Tánger no fue sólo Bowles, Capote, etc.... Juan, Jacques, Pietro, Joao, Mustafa, Khadija, etc.... gente anónima, que vivió Tánger con mayúsculas, trabajando y mezclándose entre ellos. Eso es y fue verdaderamente Tánger... Y ya no existe

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Tanyaui 17:20 21/3/2018

Nada dura siempre. Esa ciudad descrita del siglo pasado nada tiene que ver con lo que hoy puedes encontrar, esencia queda en sus rincones, abierta y moderna en sus avenidas, luz de día, luz de tarde, luz de noche y verde por donde la mires. El Estrecho perdura infinito, Cap Spartel y Malabata, Cuanto has cambiado la vida de quien te conocimos. Juguete roto, Brazo dislocado, Muñeca sin ojo,...me atrapa a tu lado..

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Pepe Moral. Tangerino 12:35 18/3/2018

Original descripción con matices desmitificadores y realismo imaginativo cotidiano sin florituras. Me ha sorprendido, la mirada del autor. Gracias.

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Javier Galván Guijo 10:21 18/3/2018

Magnífico artículo

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#11081 6:13 18/3/2018

Gracias por todo

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Mohamed rifi 20:05 17/3/2018

Gracias por todo

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Mohamed rifi 19:58 17/3/2018

Choukran

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Anónimammm 12:13 17/3/2018

Bravo. Es precioso. Gracias por este estilo. Qué bonito

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