Literatura
Kiko Amat: “El extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta”

En su nueva novela, Antes del huracán, el escritor Kiko Amat sigue hablando del extrarradio y de personas que se rompen. La novedad, reconoce, es que ya no juzga.

El escritor Kiko Amat
El escritor Kiko Amat presenta nueva novela, ‘Antes del huracán’. Víctor Serri

publicado
2018-04-19 06:00:00

El último libro de Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1971) es un punto de inflexión en su carrera como narrador. Un punto y aparte. Antes del huracán (Anagrama, 2018) es un drama silencioso de un extrarradio con más descampados que oportunidades. Un canto a la sordidez de una comarca maltratada, el Baix Llobregat, un quiero y no puedo. Mejor dicho, un quiero y no me dejan, una comarca no invitada a las fiestas. Un grito al vacío en una habitación insonorizada. El drama transcurre en Sant Boi, pero podría ser Leganés, Getafe, Dos Hermanas. Qué más da. La clase obrera que se arremolina en los alrededores de las grandes urbes suele compartir rasgos. Ante la mirada altiva de los de ciudad, los otros, aquellos que sí están invitados al guateque, Amat alza la vista y mira de frente, desafiante. Orgullo extrarradial.

Curro es el principal protagonista de Antes del huracán, un niño que se va rompiendo poco a poco ante nuestros ojos y sin que podamos hacer nada. No tiene piedad Amat con sus personajes: no hay salvación posible en el extrarradio que describe. Los vapulea y los machaca ante el lector, que asiste atónito al devenir de un libro escrito magistralmente. Una historia quijotesca, esperpéntica, con pocas dosis de humor y muchas lágrimas derramadas. Deliciosa novela, sí, pero amarga. Amat pone el dedo en la llaga y no lo retira hasta que la herida vuelve a sangrar.

Has escrito un libro magistral, pero con muchas referencias a un contexto muy concreto: el extrarradio barcelonés a mediados de los años 80. Más concretamente, la vida en Sant Boi, un pueblo del Baix Llobregat con la característica de poseer uno de los psiquiátricos más importantes del Estado español. ¿No te da miedo que la gente pierda el interés en la novela porque no entiende los referentes?
Para nada. El extrarradio de clase obrera es un concepto ultra universal, de hecho, esa es la intención del libro: mostrar una realidad particular con una intención angular. Antes del huracán va sobre la rareza patológica, que no tiene nada que ver con pertenecer a una tribu, que es de lo que había hablado en mis libros anteriores. No creo que sea difícil de entender, he hecho otros libros más esotéricos, como Rompepistas, que trataba sobre el orgullo de pandilla subcultural. Con este libro he pretendido hacer algo más grande, más angular, para que todo el mundo lo entienda. Todo el mundo es raro, ¿no? El pueblo que no tiene un psiquiátrico tiene un vertedero, o una central nuclear… Creo que es fácil empatizar con la rareza que se explica en el libro, ya que es una rareza universal y muy periférica. He querido explicar qué significa estar en los márgenes de algo, pero mirando hacia adentro. On the outside looking in, como la canción.

Hablas sobre la verdad de la comarca. ¿Cuál es la verdad sobre las periferias?
Las periferias no son una capital de provincia, tampoco son urbes románticas. Hay una gran diferencia entre los escritores periféricos y los de ciudad: los periféricos estamos doblemente aislados del romanticismo. Hay un escritor al que admiro mucho, Carlos Zanón, que habla exactamente de lo que hablo yo, de la separación de lo guay de lo sórdido, de lo patético. En el caso de la gente que vivía en Barcelona, podía ir al Raval, al Tibidabo, y encontrar un poco de belleza romántica. Eso no nos pasa a la gente que hemos crecido en el extrarradio. No quiero que suene a competición, a ver quién es más desgraciado, pero los de la periferia siempre hemos estado doblemente jodidos. Cuando intentábamos encontrar la belleza, nos encontrábamos con otro extrarradio.

¿Cómo te relacionas con el extrarradio ahora que vives en Barcelona?
La huida fue natural. Vengo de un mundo donde nadie se quedó donde estaba, quizás por eso empatizo mucho con los sureños norteamericanos, a pesar de que su contexto es distinto. Sí, entiendo mucho esa diáspora que se va de su lugar de origen pero que nunca consigue quitárselode encima, porque esa ha sido precisamente mi circunstancia. Harry Crews lo explica muy bien: se fue de Georgia, pero nunca consiguió arrancársela de dentro.

Creo que las cosas son de un sitio, no de diez. En mis otras novelas, iba y volvía a mi sitio de origen, ahora me he dado cuenta de que ese origen es el que me ha dado mis historias. Mi origen continúa vivo, existe y constituye el ayer, porque nunca ha cicatrizado. De hecho, creo que la incapacidad de cicatrizar es una característica distintiva de los narradores. Mi ayer es el Baix Llobregat y mis magulladuras de infancia. Esto es lo que da relevancia a los libros: yo estuve allí ayer. No necesito hacer un gran viaje para narrarlo.

La relación con el extrarradio, y te lo digo por experiencia, es fluctuante, como las identidades. Primero sientes amor: el extrarradio es lo conocido. Luego, durante la adolescencia, sientes odio: te das cuenta de que posiblemente no puedas escapar de allí. Más tarde sientes orgullo: vuelves a él y te reafirmas, “yo soy de extrarradio”. Es una relación muy compleja.
Y así tiene que ser. Tienes que salir. Yo tardé treinta años en escribir Rompepistas porque era incapaz de distanciarme de lo que había vivido. Yo era triplemente raro: raro porque era particular, raro porque era de extrarradio y raro porque pertenecía a una subcultura. Éramos los raros de los raros. Para escribir novelas, tienes que estar fuera, a mi me costó mucho.

Crecer en los 80 no debía de ser nada fácil.
Los 80 fueron muy poco benignos. Había muy poca compasión hacia el débil, muy poco respeto hacia el nerd. Era un mundo implacable con el que era poco atlético, con el que no encajaba con los retos sociales… Ahora hay una mínima voluntad de inclusión, antes no. En Antes del huracán me he querido desprender de cualquier tipo de romanticismo, cosa que no conseguí hacer con mis otros libros, en los que adopté una postura orgullosa y bélica, típica de los adolescentes. Antes intentaba hacer de cualquier defecto una virtud, ahora ya no. Esto era muy común en las subculturas de pringados de los 80. Este libro es distinto: habla desde la rareza, pero sin romanticismo.

La rareza como condena. El lector sabe desde el minuto cero que aquello no acabará bien, los personajes en Antes del huracán están condenados.
Una de las ideas del libro es que la rareza no tiene nada de positivo. Todos mis personajes manifiestan un anhelo de encajar. Anteriormente había enarbolado la bandera del frikismo para sobrevivir, en este libro es diferente: mis personajes viven angustiados, aislados del mundo. Antes del huracán también va sobre la separación y la tristeza que provoca la incapacidad de encajar.

Kiko Amat, durante la entrevista
Kiko Amat, durante la entrevista. Víctor Serri

La escritora Bel Olid, en sus cursos de cuentos, dice que tenemos que salvar mínimamente a nuestros personajes. Tú no lo haces.
También depende de lo que entendamos por salvación. En otras novelas intenté pintar con dignidad situaciones poco épicas y salvé a mis protagonistas. Ahora solo pretendo que el lector entienda a los personajes, incluso a los chungos.

No tan solo no los salvas, sino que los maltratas.
Yo no lo veo así. En los 80, en Sant Boi había mucha gente colgada, era una realidad, no estoy hablando de algo romántico, ni de historias ambientadas en Los Ángeles. Yo quería explicar la forma en que viví mi infancia y adolescencia inventándome una historia, pero con aspectos de la realidad. Mi madre trabajaba en el psiquiátrico y yo iba allí a verla, por una extraña razón pedagógica que aún no he logrado entender. Esto me daba semanas de pesadillas.

Crecí, como tú, que también eres de allí, viendo a gente rota, ¿cómo puedes pensar que algo va a salir bien? En el Sant Boi de esa época, de niño solo veías a gente que en el camino se había roto, no era agradable. En algún momento podía resultar divertido, porque algunos locos tenían delirios exquisitos, pero en general, era una situación sórdida.

[El psiquiátrico de Sant Boi se encuentra en el centro de la ciudad, y durante los años 80 y 90, los enfermos que estaban allí ingresados podían salir con regularidad a pasear por el pueblo. La interacción entre la gente de dentro del psiquiátrico y la gente de fuera era muy habitual].

Sé de qué hablas.
Uno de los casos que menciono en el libro, el del hombre que intenta construir un submarino de cristal en su habitación, fue un caso real, me lo contó mi madre. ¡Hostia puta! ¿Qué nivel de delirio tienes que tener para construir coherencia alrededor de algo como eso? Me alucinaba. La imposibilidad de la coherencia a veces da risa. La locura y este libro son una negación de la normalidad, un concepto que ya es absurdo. De hecho, diré que, en comunidades de clase obrera, siempre pasan cosas muy raras y la gente convive con ellas y las acepta. Yo me acostumbré a ver a familias desestructuradas, gritos en los bloques de pisos… Era muy habitual, y eso no es una característica de extrarradio barcelonés, es muy ibérico, europeo incluso.

La novela gira en torno a por qué hay gente que se rompe y otra que no lo hace. Escribes: “¿Por qué alguna gente permanece intacta hasta el día de su muerte pero otra se parte en pedazos mucho antes?”. ¿No crees que todos nos rompemos, pero que unos lo disimulan mejor que otros?
No lo sé. En otras novelas sí he planteado preguntas y las he respondido, pero no en esta. No tengo respuestas como tenía en Rompepistas. Antes del huracán es una confesión: no sé por qué la gente se rompe. En este libro he intentado desaparecer, mis ideas no están ahí. Yo solo canalizo una voz y una historia, pero mi juicio no se encuentra entre las páginas. En mis otras novelas indicaba al lector hacia dónde pensar, en esta no, porque no lo sé.

La relación entre Curro y Plácido es quijotesca. Hay mucho de Cervantes en esta novela.
Vía inglesa, pero sí, puede ser. Don Quijote es un arquetipo, un mito. Yo vengo de la tradición literaria inglesa, pero la idea del caballero incapaz y el escudero solvente es universal.

El lenguaje entre estos dos personajes es rimbombante, resulta incluso irritante, en alguna parte. Imagino que es intencionado.
Los personajes lo exigían: el caballerete con su servidor. Al principio quería escribir una novelita ligera y leve sobre un tío que está en el psiquiátrico y que se cree que tiene un mayordomo, pero entonces me topé con la infancia del protagonista, empecé a escribir y salió este libro. Quería hacer una novelita ligera rollo Tom Sharpe o Wodehouse, uno de mis mentores, pero cuando empecé a escribir sobre la infancia de Curro, vi que no iba a ser una novela ligera y cambió el tono.

Es un libro tristísimo, que hace sufrir, con momentos muy duros. Curro se esfuerza en ser un buen hijo y todos lo tratan fatal. Es terriblemente injusto.
Como narrador es difícil no hacer un fuck you! Ha habido gente que me ha dicho que se lo ha pasado muy bien leyendo el libro, pues bien, deben de ser unos psicópatas. Es un libro triste, sí. La impotencia es un elemento clave. Superé la tentación de que el protagonista se convirtiese en un héroe para dotarle de realidad. Hace dos novelas, Curro hubiese matado a sus padres; yo vengo de una cultura novelística donde la gente reacciona de maneras épicas, pero Curro acepta su realidad e intenta que las cosas no caigan del todo, como todos los niños hacen.

Pero se intenta fugar.
Es otra de las claves del libro: la huida, de la vida que se tiene y del extrarradio. El sueño de salir de los márgenes, como si así se pudiese solucionar algo. El deseo de huir siempre existe, pero nunca nadie nunca se va del todo. En el caso de Sant Boi, la huida resulta casi imposible: los ferrocarriles te llevan a Cornellá, a Hospitalet. Crees que te has ido, pero continuas allí.

En su último libro, Ciudad Princesa, la filósofa Marina Garcés escribe “la clave de todo son los retornos. Huir es lo fácil. El reto es cómo volver sin claudicar”. Tú entras y sales del extrarradio, al que, desde siempre, pero ahora aún más con el procés, se está atacando continuamente por sus opciones políticas, básicamente su voto masivo a Ciutadans. ¿No te ofende que se mire por encima del hombro a tu extrarradio, el lugar del que vienes?
Evidentemente. Yo siempre he vivido en el clasismo, esto lo hemos hablado con Carlos Zanón. Nosotros éramos los que se quedaban fuera de la fiesta, los del “acompáñeme, por favor”. No lo quiero romantizar, yo soy el tío al que siempre echaron de los sitios de postín, ese era mi destino. He notado las miradas de condescendencia. Ante esta situación, puedes adoptar una postura u otra, dependiendo de las herramientas que tengas. Yo he tenido la suerte de tener las herramientas necesarias para que nadie me hiciese sentir inferior. El clasismo me ha hecho enfadar, pero nunca me ha hecho claudicar, sino reafirmarme en mi cultura. Nunca me he sentido solo. Vengo de la cultura de la autosuficiencia. Respecto a la pregunta… Creo que el extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta. Siempre que te niegan la voz, te radicalizas.

Te construyes hacia el contrario.
Yo entiendo la ira política del extrarradio, pero es una ira mal canalizada. Lo que sí es aberrante es que la clase media política no entienda esta ira. Hay que ser pedagógico y canalizar la ira correctamente.

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2 Comentarios
#14580 12:09 22/4/2018

Otro listo dando lecciones al que se levanta a las 5 de la mañana. Que lleve él esa vida, si puede y hable desde ahí. Izquierda burbuja modo on.

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Godzila73 17:39 19/4/2018

Tal vez por lo que cuentas,es que al extrarradio le ha venido de largo la educación en la cultura bicultural catalana mayoritaria que no la representa bien,la crisis de la industria,el boom inmobiliario y la caída en desgracia sin poder salir de allí, lleva a la misma rabia que en Francia votando al Frente Nacional,no les representa

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