Opinión
Dolores Vázquez: en el efecto mariposa, ¿cuánto dura el aleteo de una calumnia?

Unos medios de comunicación herederos de la RAI le aplicaron sin piedad la pena de telediario. Esta semana, el Ministerio de Igualdad le ha concedido la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad.
Dolores Vázquez Ana Redondo.
Dolores Vázquez junto a la ministra Ana Redondo minutos antes de dar comienzo el acto de entrega de la Medalla a la Promoción de los valores de Igualdad el pasado 27 de abril. Fotografía: Ministerio de Igualdad

1999. España se incorpora al Euro. El PP arrasa en las elecciones municipales, estatales y europeas. Se inaugura la España que va bien. Se aprueba la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, la cual sustituye a la de 1881. La audiencia de las cadenas privadas sube como la espuma: Telecinco es la emisora comercial con más cuota en pantalla. El efecto 2000 estaba a puntito de caramelo. El 9 de septiembre asesinan a Rocío Wanninkhof

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Si, como la mía, tu infancia transcurrió en los 80 y 90, puede que también vengas de un sitio en el que no destacar es lo que tiene premio. Te crían para pasar desapercibida, para que no te distingas de los demás y no puedan señalarte. Te crían para que lleves una vida modélica y encajes dentro del molde creado por otros en el que parecen encajar todos los demás. Y más te vale, porque el reverso del molde es mucho peor: los estereotipos de lo oficial. Y a ti, lesbianita noventera, ahí no te entra ni el dedo gordo del pie. Del chicazo o la machorra a la perversa femme fatale, para acabar siendo la vieja bruja comeniños (o la variante de ancianita con rarezas que vive con su prima).

Así somos las lesbianas. Además, se nos suman algunas virtudes que parecen defectos. La virtud hecha herida. Así que, por no destacar, ya aprendes a callarte tú solita, a invisibilizarte tú solita. Venga, pa’l armario, doble vuelta y a seguir. Supongo que te crían bajo la capa de una protección que en realidad esconde miedo, vergüenza, lesbofobia interiorizada. Debe de haber algo en la conciencia colectiva que intuye que la identidad propia y no común, la distinción entre iguales puede ser un arma de doble filo que se lo ponga fácil al que tenga los dedos rabiosos y deseantes de acusar.

Eso fue lo que le pasó a Dolores Vázquez, a quien unos medios de comunicación cada vez más rosas, herederos de la RAI, de las mamachicho, del tal y tal, e inaugurando la era Vasile, aplicaron sin piedad la pena de telediario. Vía libre para el linchamiento mediático. Esta semana, después de 27 años y varios documentales, libros e incluso trabajos de fin de grado dedicados al caso, el Ministerio de Igualdad le ha concedido la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad.

Veo a Dolores Vázquez recibir la medalla entre con humor y con la serenidad y la dignidad de una abusada que ha perdonado y siente orgullo por ello

La veo recibir la medalla entre con humor y con la serenidad y la dignidad de una abusada que ha perdonado y siente orgullo por ello. Mientras mira la insignia, pienso si será suficiente, si ese perdón institucional repara algo de cuanto se le arrebató. Si todos los que fallamos colectivamente como sociedad representada en ese jurado popular nos hemos disculpado lo suficiente. Dolores dice que quiere más; “ahora es el momento de Loli” (habrá quien vea en estas palabras una soberbia digna de la lesbiana arrogante). Durante el coloquio que precede a la entrega de la medalla, se repite como un mantra “es momento de nombrarte”. Y es que la reparación empieza por ahí. Nombrar para visibilizar lo que se es para realmente ser, para existir. Lo que no se nombra, no se ve, no existe o, con suerte, acaba en arrinconado. Y, en palabras de Paula Iglesias, ya se sabe que no hace falta legislar el margen.

Mientras preparo este texto, revisiono grabaciones de la época y no encuentro adjetivos que describan el nivel de escándalo y vergüenza de todo lo que sucedió, y la desconfianza en los medios y en las instituciones que genera. Tampoco puedo evitar pensar en La Calumnia (1961, William Wyler), en la que dos profesoras son acusadas de mantener una relación y acaban perdiendo un juicio por difamación, la escuela donde trabajaban y todo proyecto de vida. 

En el año 2000, a Dolores Vázquez se la echó a los leones. Situada en la intersección de género y orientación sexual que sirve de base de la lesbofobia sociocultural tradicional, sobre ella se descargó la tormenta mediática perfecta: cerrado el caso Alcàsser, la prensa estaba ávida por encontrar el nuevo true crime ibérico con el que eclipsar a la audiencia y se encontraron con una historia poblada de tópicos de lo que entonces se denominaba «crimen pasional» ¡y con una relación lésbica de por medio! Habían encontrado oro. Por si fuera poco, durante el proceso, Dolores les regaló sin saberlo otro ingrediente estrella: usó como arma de defensa el silencio. Y el que calla otorga… ¿Pero qué es lo que otorga: lo que tú piensas o lo que ella sabe? Pero ¿a quién le importa? Saca la tijera y sigue cortando el traje.

La prensa se sirvió del silencio de Dolores. Y lo que parecía que la ayudaría, vista la que le estaba cayendo en platós y redacciones, acabó yéndole en contra. El silencio que somete y esconde en el armario venció una vez más gracias al taimado modus operandi de la lesbofobia liberal: con sutileza, los medios cuya línea editorial condenaba el discurso homófobo decidieron (y es importante la voluntariedad de este acto) omitir cualquier referencia al lesbianismo para hablar del caso Vázquez. El lesbianismo, de repente, ¡pop!, se esfumaba. Y lo que parecía normalización y respeto a la intimidad de aquellas dos mujeres era realmente un borrado, la eliminación de una mujer lesbiana en el espacio público. Que nadie pensara que esto era siquiera posible. Asusta el arte sibilino que manipula desde la entrelínea.

Y así, poco a poco, de una sola cara de la medalla se hizo la medalla entera. Y esa fue LA verdad, toda LA verdad y nada más que LA verdad sobre Dolores Vázquez. A la prensa le supo a gloria, compró la historia, le puso un lazo, que cambió a placer y conveniencia, y a vender. Se ignoró el código deontológico del periodismo, que habla de la obligación de cotejar la información y contrastar fuentes. En este caso, la vergüenza no cambió de lado ni el dedo acusador se giró para acusar a quien sostuvo la perfidia. Nadie quiso ver el verdadero perfil de la acusada. Era una mujer fuerte, que hacía deporte, regentaba un negocio, tenía una carrera, conducía un coche grande… y le gustaban las mujeres.

Siguiendo el ejemplo que utilizó Marta Redondo en el acto del día 27, pieza a pieza, salió el puzle hecho ad hoc de la lesbiana diabólica, modelo heredado del siglo XIX. Dice Beatriz Gimenez en su libro La construcción de la lesbiana perversa que “al no poder aplicar en Dolores Vázquez el ideal de lesbiana erotizada, se aplica el de lesbiana masculina y monstruosa”, que seduce y engaña a otra doncella pobrecita, virginal y, sobre todo, femenina. Algo similar confirmó la letrada Beatriz de Vicente: a Dolores la condenaron por lesbiana y por no encajar en el canon de belleza. ¿Quién iba a dudar de la culpabilidad de alguien así? Si no se confirma la presunción de heterosexualidad, tampoco se confirma la de inocencia. Este es el peligro de crear un relato de los hechos que está más cerca de los demonios colectivos que de la verdad. 

27 años después, intentamos reparar, pero el dedo acusador sigue sin señalar a todos los que hicieron mal su trabajo. Me pregunto si parte de esta reparación necesaria no conllevaría también, en una Españita ideal, una sanción a aquellos que malmetieron

27 años después, intentamos reparar, pero el dedo acusador sigue sin señalar a todos los que hicieron mal su trabajo. Me pregunto si parte de esta reparación necesaria no conllevaría también, en una Españita ideal, una sanción a aquellos que malmetieron. Ni siquiera cuando se encontró al verdadero asesino de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes la prensa se retractó: ya no se podría decir que Dolores había matado a nadie, pero seguía siendo lesbiana. Si no hay reparación por parte de la prensa, esa prensa que construyó a (su) medida la historia y el personaje de Dolores Vázquez, ¿debemos reconsiderar el papel que innegablemente juega en la construcción de los hechos y, en consecuencia, de la memoria? 

Me pregunto también si no serán herederos de aquellos malos usos las acusaciones, violaciones de intimidad, insultos, amenazas, acosos que actualmente vivimos en las redes y en las calles las mujeres que decidimos señalar al que señala. 

Pero ¿dónde hay un lugar seguro en el espacio público, ya sea físico o digital? No hace falta llegar a este extremo para saber que, en cuestiones de la administración, todo depende del personal que atienda tu caso. El de Dolores nos muestra un ejemplo clarísimo: capitanes de la Guardia Civil que ignoraron otras vías de investigación, empecinados en condenar a la lesbiana criminal; jueces nombrando a Dios en los tribunales, como si la justicia emanase del cielo y no de nuestra Constitución ni del Código Penal; un policía que hablaba de corazonadas; un jurado popular sin pruebas concluyentes ni conocimientos jurídicos, pero que, con todo el esplendor de su mayoría cualificada, emitió un veredicto de culpabilidad; ¡una vidente! testificando en el juicio… Si no fuera por la gravedad de todo esto, me atrevería a decir que ni en una película de Berlanga y Azcona la sátira llegaría tan lejos para señalar la falta. ¿Qué diferencia hay entre esto y una caza de brujas? ¿Por qué ese linchamiento mediático, ese no querer ver lo evidente o, al contrario, ese empeño por ver lo que no había? ¿Qué necesitaba aplacar la justicia? ¿Qué necesitábamos saciar como sociedad? 

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La memoria y el hecho de nombrar nos hacen visibles en toda nuestra diversidad; son claves en la evolución de un Estado de derecho, social y democrático: mirar el pasado para aprender y reparar todo odio creado por los prejuicios, que imposibilita la empatía con el otro y nos discrimina. La memoria es vital para superar la lesbofobia larvada desde la que criamos seres invisibles, sin identidad por miedo o vergüenza. La memoria nos salva de la herida del silencio, del sometimiento del armario. La memoria hace que el único silencio necesario sea el silencio reivindicativo, el que señala actos lesbófobos como la condena injusta de Dolores en un momento de economía de la atención y saturación mediática, la cual no hace más que llenar páginas, horas y cabezas de humo, de polvo, de sombras, de nada.

Galicia
Dos años a la espera de reparación tras sufrir lesbofobia en un registro en Galicia
Un funcionario de un registro de Pontevedra se negó a inscribir al hijo de Antía y su pareja. Un error de redacción en la ley trans está detrás de los argumentos que el funcionario esgrime para defender su actuación.
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