Análisis
La reducción de la jornada laboral desde el ecologismo
@luisglezreyes.bsky.social
@luisglezreyes@mastodon.social
El 10 de septiembre de 2025 el Congreso tumbó el proyecto de ley para reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas semanales sin merma salarial. Sin embargo, este no ha sido el final de esta reivindicación, pues desde este abril se aplican 35 a las y los funcionarios del Estado. Más allá de este éxito, la reducción de la jornada laboral como herramienta de reparto del empleo sigue siendo una lucha clave no solo para el sindicalismo, sino también para el ecologismo.
Actualmente, nuestras sociedades se enfrentan a un complejo abanico de problemáticas ambientales entre las que destacan el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y las crisis energética y material. No son crisis de las generaciones futuras, sino de las presentes que, incluso en el mejor de los escenarios, se van a ir agravando durante el trascurso del siglo XXI. Dicho de otro modo, ya no existe la posibilidad por la que optaron las sociedades capitalistas en el siglo XX de ignorarlas, pues afrontarlas es una realidad inapelable.
Esto pasa inevitablemente por una triada de medidas: reducción del consumo material y energético, localización de la economía e integración del metabolismo humano dentro del ecosistémico o, dicho de forma más clara, una economía de base agroecológica y no industrial o de servicios.
Los cambios en las condiciones ambientales van a obligar a las sociedades humanas a ir adoptando medidas de corte ecológico se quiera o no
Pero este momento histórico no viene solo marcado por las crisis ambientales, sino también por las sociales: incremento de las desigualdades, que deben analizarse desde una perspectiva interseccional, erosión democrática y crisis de los cuidados, entre otras. Mientras los cambios en las condiciones ambientales van a obligar a las sociedades humanas a ir adoptando medidas de corte ecológico se quiera o no, que estas sean más o menos justas depende exclusivamente de las luchas sociales que articulemos.
De este modo, las estrategias que pongamos en marcha deben tener en cuenta la situación ambiental y la social al mismo tiempo. Sin descuidar ninguna de las dos dimensiones, ni sus múltiples expresiones (caos climático, pérdida de biodiversidad, crisis energética y material, erosión democrática, incremento de las desigualdades, crisis de los cuidados, genocidios, etc.).
Durante los últimos años, desde el ecologismo hemos realizado varios estudios que modelan el impacto en el trabajo en general y el empleo en particular de poner en marcha las políticas ambientales que son necesarias para enfrentar las múltiples crisis. En todos los casos, los estudios se circunscriben al marco de lo económica y políticamente factible sin romper las reglas del juego vigente (pero poniendo las bases para hacerlo) en un plazo temporal de 10 años. Lo hemos hecho a nivel estatal poniendo el foco en el cambio climático y la biodiversidad, y a nivel balear, con una mirada más amplia de las crisis ecológicas. En todos los casos, los resultados cualitativos son similares.
En primer lugar, el número total de horas que trabajaríamos las personas (sumando las remuneradas, las de cuidados no remuneradas y las de trabajo comunitario) sería similar o inferior a las actuales. Una buena noticia.
La segunda conclusión es que la tipología de esas jornadas de trabajo cambia de forma importante, incrementándose algo las de cuidado en los hogares (con reparto entre géneros), mucho las comunitarias (avanzando en la desalarización y la construcción de autonomía económica fuera del mercado) y descendiendo las realizadas en el marco del empleo asalariado. Esto último, en una sociedad atravesada por fuertes desigualdades, un paro estructural y una alta dependencia del empleo no se puede calificar más que de drama, por más que el incremento en las otras dos tipologías de trabajo aumente la autonomía económica de la población. Es ahí donde cobra sentido la reducción de la jornada laboral, ya que si esta se realiza, nuestros modelos muestran un aumento del empleo neto, no una destrucción.
Hay bastantes sectores, muy importantes en la economía actual, que disminuyen de forma apreciable y que son los responsables en la pérdida neta de horas de trabajo asalariado: turismo, construcción, transporte o finanzas
Finalmente, dentro del mundo del empleo asalariado, del sector productivo de la economía, se producen importantes modificaciones. Aparecen nuevos sectores tractores de empleo, destacando la alimentación, la silvicultura, la energía y la gestión de residuos. Esto es lo que suelen destacar quienes planean las oportunidades de una transición ecológica, pero esta mirada es incompleta. A la vez, hay otros que no varían apreciablemente su número de horas de trabajo totales (aunque sí el tipo de trabajo, pues se modifican de forma apreciable). Entre ellos pueden destacar el industrial y los cuidados provistos por el Estado (que por más que se apueste por ellos, en un escenario de reducción general de la actividad económica es difícil modelar de forma creíble un aumento). En tercer lugar, hay bastantes sectores, muy importantes en la economía actual, que disminuyen de forma apreciable y que son los responsables en la pérdida neta de horas de trabajo asalariado: turismo, construcción, transporte o finanzas, entre otros. Es en ellos donde es más importante la reducción de la jornada laboral.
En resumen, es en este contexto de avance inexcusable hacia la sostenibilidad, que conlleva un decrecimiento neto de la economía productiva, en el que cobra todo el sentido la reducción de la jornada laboral como medida clave que permita que los impactos recaigan mayoritariamente en el empresariado y no en el proletariado. En caso contrario, lo que tendremos es el ajuste típico capitalista que hemos vivido una y otra vez: despidos y que cada palo aguante su vela.
Para esta transición ecosocial no vale cualquier tipo de reducción de la jornada laboral. Esta debe ser:
No ligada al incremento de la productividad, pues en realidad un elemento determinante de la transformación ecosocial que requerimos no es producir más ni más rápido, sino justo lo contrario. El objetivo no es sostener la competitividad en el marco capitalista de las empresas, sino romper el corsé del mercado como agente regulador de la economía y de nuestras vidas.
Sin merma salarial, pues el objetivo no es precarizar más las vidas, sino todo lo contrario. Esto requiere un reequilibrio en el reparto de la riqueza entre quienes la han concentrado de forma exuberante en las últimas décadas y quienes han sufrido cómo se la arrebataban. La reducción de la jornada sin merma salarial contribuye a este reparto más justo de la riqueza.
Sin opción de realizar horas extra, pues en caso contrario se estaría escamoteando el objetivo de reparto del empleo. Además, sabemos que las horas extra no pagadas (la mayoría de las que se realizan) son una puerta trasera para la rebaja efectiva del salario que se usa de forma extensiva en nuestra economía.
En cómputo semanal, pues la medida se inscribe en una estrategia más general no solo de reparto del empleo, sino de los trabajos de cuidados, que no se pueden agrupar en una temporada del año, sino que son diarios.
La reducción de la jornada laboral no sería la única medida a impulsar, pues se puede y debe acompañar de otras como la renta básica de las iguales, la fiscalidad redistributiva, la universalidad y calidad de los servicios públicos, las expropiaciones de los medios de producción o la desmercantilización de elementos clave para la satisfacción de las necesidades humanas (vivienda, alimentación, energía, etc.). En todo caso, sin ser la única, sí es una importante que podría ser un buen medio para el verdadero fin: la desalarización y la recuperación de nuestra autonomía económica como mecanismos indispensables para trascender el capitalismo. Solo así podremos tener la capacidad real de toma de decisiones que nos permitan tener una relación armónica con el resto de la vida.
Como cualquier lucha importante y con impacto en el vigente sistema, no se puede ganar en dos días y menos mediante una tramitación parlamentaria con muy débil lucha social detrás. Es un objetivo de largo aliento que tenemos posibilidades reales de alcanzar, como de hecho ya ha sucedido en varios momentos de la historia, como la conquista de la jornada laboral de 40 horas. Necesitamos salvar a las personas y no los empleos, como mostraron, con sus claroscuros, la reconversión de las cuencas mineras con garantías sociales. En todos los casos, los éxitos solo fueron posibles gracias a la organización colectiva y la lucha de décadas.
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