Opinión
Brutal cambio de atmósfera
Lo que valía hace una semana ahora ya no vale hoy. El accidente ferroviario de Urda (Toledo) ha cambiado el ambiente en el que transcurría la campaña electoral. El estado de ánimo social se ha decantado hacia la tristeza. En una escena política cambiante, acelerada, es previsible que la convocatoria de huelga general del 11 de noviembre remueva de nuevo las pasiones que agitan la campaña electoral, pero el duelo por las muertes en el segundo accidente masivo de este 2026 llegará de una forma u otra hasta las elecciones.
El cambio de atmósfera afecta especialmente al partido que trata de reducir la ventaja perdida en las encuestas electorales porque altera toda su estrategia y afecta definitivamente al que hasta hace una semana era uno de sus principales activos. El ministro de Transportes, uno de los grandes emisores del PSOE en la batalla cultural contra la derecha ha pasado a ser mercancía estropeada.
Óscar Puente no es el máximo responsable de la liberalización del sector ferroviario. De hecho esta es una hipoteca contraída con la Unión Europea, es decir, es un consenso de las dos grandes familias políticas del continente. El ministro tampoco inventó la apuesta por la alta velocidad, este es un proyecto de país (por cierto, muy contestado) que, como la liberalización, responde a una demanda del sector privado. Puente se ha comprometido con las explicaciones del accidente, ha dado la cara por el sistema de la alta velocidad como un gestor capacitado y, sin embargo, todo eso no es suficiente.
Si la apuesta del PSOE era la de un conservadurismo amable el accidente de Toledo nos devuelve a una realidad dolorosa: no basta con pequeñas reformas, algo tiene que cambiar de manera urgente
Si al final de la cadena de mando hay un trabajador que no debe soportar el peso de todas esas apuestas, corresponde exigir las responsabilidades políticas al inicio de la cadena. Sin rendición de cuentas, el mensaje que se lanza es que el Estado no se responsabiliza de las consecuencias de la apuesta por un modelo económico y geográfico determinado. Un mensaje que subraya que la política de la representación, finalmente, no opera nada más que en el marco de la comunicación y que, por tanto, esos representantes solo ejercen un papel pautado que les lleva a pedir dimisiones cuando gestiona el contrario y repetir que dimitir es de cobardes cuando gestiona el propio. En el plano táctico ese marco de “todos los políticos son iguales” perjudica especialmente a un PSOE que basa todas sus expectativas en movilizar a través del contraste entre Feijóo, Abascal y Sánchez, es decir, entre la ferocidad y la simpatía.
Mercancía estropeada
De cara a la campaña electoral no solo se rompe la figura de Puente como vector de agitación contra la derecha, sino que el mensaje general de campaña de Sánchez se debilita. Después de ocho años de mandato, la carrera por la reelección estaba basada en un mensaje simple: Sánchez promete un estado de moderada alegría, incluso de buen humor frente al sadismo de la derecha y la extrema derecha, confundidas ya completamente en una misma misión histórica.
El inicio no oficial de la campaña electoral daba prueba de ese tono. La entrevista del presidente con David Broncano (La Revuelta, RTVE) tuvo una audiencia del 33% de cuota de pantalla. El presidente exhibió su capacidad de seducción. La propuesta no era competir en seriedad con el PP, sino destacar eso que le sobra a Sánchez y le falta a Alberto Núñez Feijóo: el carisma. Un beso a Begoña Gómez, un guiño salao a El Mundo Today, un lema en el que se destaca algo tan abstracto como el amor frente al mal fario, y la promesa de que es posible conservar los buenos tiempos en un momento de incertidumbre global en el que concurren las señales tecnológicas que preceden al fin del mundo, la crisis climática, y los incendios figurados y reales en las calles (y los bosques) de medio planeta.
Tras el accidente de Urda ese plan ya no funciona. La gran pregunta que está presente en todas las sociedades europeas persiste: ¿es posible desacelerar la marcha de destrucción de los servicios públicos, de los derechos humanos y los lazos sociales? Solo que ahora la respuesta se tiñe de una atmósfera de tristeza y duelo. La capacidad de Sánchez de plantear la respuesta en positivo ha caído después de un accidente que plantea otra pregunta desasosegante sobre si no es demasiado tarde para cambiar el modelo económico que, cada cierto tiempo, rompe en tragedias como las de la Dana, la de Adamuz y Urda y que, cada día, arrastra consigo miles de vidas en otras tragedias sin nombre ni banderas a media asta.
Si la apuesta del PSOE era la de un conservadurismo amable, el accidente de Toledo nos devuelve a una realidad dolorosa. Las pequeñas reformas no son suficientes y no basta con ser la cara amable de un sistema que se desmorona: algo tiene que cambiar de manera urgente. Posiblemente la huelga del 11 de noviembre refuerce ese deseo radical de transformación, pero no cerrará la pregunta de si el PSOE es capaz de cabalgarlo o si el cambio deberá producirse enfrentándose a un futuro Gobierno que representará la versión más sádica del sistema.
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