Historia
La oscura fuerza telúrica de Logroño: los casos de Escrivá de Balaguer y de Aznar

¿Qué tiene Logroño para alentar las inspiraciones providenciales? Dos acontecimientos singulares, tal vez no lo suficientemente conocidos, con dos rasgos en común: el compartido logroñés y el contraste entre la mediocridad de los protagonistas con la inmensidad de sus ambiciones.


Jose María Aznar, Escrivá de Balaguer, Logroño
Aleix Romero Peña
15 jul 2019 00:35

Por regla general, en un país donde, a pesar del recurrente alarmismo sobre una apocalíptica desmembración territorial, las conciencias continúan siendo acérrimamente centralistas, una ciudad ensimismada –una forma no tan ofensiva de llamarla provinciana– apenas suele aparecer en titulares ni merecer un interés especial, salvo causas de fuerza mayor o sequía informativa. Parece que allí la existencia transcurre de manera plácida, sin grandes estridencias. Son esos sitios donde nunca pasa nada; y si pasa, lo hace en un lapso de tiempo tan prolongado, y con una cadencia tal, que es como si se hubiera producido un equilibrado movimiento de la naturaleza.

Mas hete aquí que quien dejándose llevar por una curiosidad realmente insana –para su propia salud–, y husmeando ante hechos aparentemente banales, puede terminar hallando fuerzas telúricas capaces de trastocar el curso de los acontecimientos con una potencia no apreciable por un ojo habituado a lo tangible. Algo misterioso debe de haber en el subsuelo de esta urbe que hace aflorar entre sus habitantes iluminaciones y vocaciones. De otro modo se hacen difícil de entender los dos casos sobre los que hablaremos a continuación, cuya trascendencia se hace patente en el hecho de que han condicionado la historia española del siglo XX.

San Josemaría Escrivá de Balaguer: el “barrunto” de la Obra

Escrivá de Balaguer –nacido al mundo como José María Escriba Albás, lejos de las pretensiones nobiliarias que después se arrogaría– era el segundogénito de una familia oscense que se había trasladado a Logroño en 1915, cuando al patriarca le ofrecieron trabajar en un conocido establecimiento textil de la localidad.

Aquellos debieron de ser unos años duros y difíciles para los Escriba, que habían descendido en el escalafón social como consecuencia de la ruina de la empresa familiar en Huesca. De forma paralela, aquel tiempo supuso también una coyuntura delicada para la Iglesia católica, pues el anticlericalismo era uno de los temas más candentes de la llamada cuestión social e incluso el gobierno Canalejas había tratado de limitar el número de las órdenes religiosas.

Inmerso en un ambiente familiar marcadamente confesional, según atestigua entre otros Jaime Toldrá –autor nada menos que de una tesis doctoral sobre la etapa logroñesa del santo, defendida en la Universidad de Navarra–, Josemaría sintió la llamada de Dios en la huella dejada por el pie de un fraile carmelita en una calle nevada. Retrospectivamente, se explica que este episodio le hizo plantearse al muchacho de los Escriba cómo podría sacrificarse él ante el Altísimo, lo que le llevó a ingresar en el Seminario de Logroño, si bien los más escépticos, como Jesús Ynfante, apostillan que la sacerdotal era una de las carreras más plausibles para un joven del medio social del futuro fundador del Opus Dei.

De cualquier modo, fuese el cielo o la tierra el último responsable, Logroño es el inicio del “camino”, siempre en ascenso, emprendido por Escrivá de Balaguer que desembocó en la aparición del Opus Dei al calor del activismo católico alimentado por la dictadura de Primo de Rivera. En vez de conformar una militia Ecclesiae al servicio del papa, como hizo la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola –de quien se han señalado analogías con Escrivá de Balaguer, a mayor gloria de este último–, la Obra sabría interpretar como pocos la importancia del lábil y manoseado concepto de hegemonía, afiliando sacerdotes y seglares, y haciéndose fuerte en plazas políticas, económicas y culturales, tanto en contextos democráticos como no democráticos.

José María Aznar: el derechista visionario

El destino laboral del marido llevó al joven matrimonio Aznar a trasladarse a Logroño en 1978. José María Aznar era inspector de hacienda, pero la situación fiscal de los contribuyentes logroñeses se le quedaba pequeña. Los cambios que estaban acompañando a la Transición agitaban a quien, apenas nueve años atrás, se definía “falangista independiente”, y aunque en aquel entonces rehusara incorporarse al Movimiento Nacional, ahora, tras haber votado a la Unión del Centro Democrático del presidente Adolfo Suárez, lamentaba en el periódico Nueva Rioja que se retirasen medallas y nombres de calles a Franco.

Conocidas de sobra sus orientaciones políticas –en otros artículos defendía la abstención en el referéndum constitucional y se mofaba de la nueva organización autonómica–, diferentes fuerzas derechistas cortejaron a Aznar con vistas a las elecciones generales de 1979. La Acción Ciudadana Liberal de José María de Areilza se adelantó ofreciéndole ir de número uno en la lista por La Rioja, pero el inspector de hacienda declinó la invitación. Posiblemente le pareciera una formación demasiado personalista y minoritaria. No sucedió lo mismo con la Alianza Popular de Manuel Fraga, acrisolada representante de lo que se denominaba franquismo sociológico, pero se mostró en principio cauteloso: solo les echaría una mano en la campaña. Y AP se llevó el gran batacazo.

A falta de datos, no es difícil imaginar que entonces Aznar tuvo la gran visión. Si el objetivo era mantener bajo supervisión y control las novedades políticas, evitando que desembocasen en algo parecido a una ruptura con los tiempos pasados, escribir artículos en un pequeño periódico no tenía ningún eco, no servía de nada. La única posibilidad era entrar en política, aun cuando fuera en un territorio periférico del centro de poder. Aznar se convirtió por tanto en secretario general de AP de la entonces llamada provincia de Logroño, se pateó los pueblos y participó en la redacción del Estatuto de Autonomía de la Rioja, con las miras puestas según su muy posterior versión en hacer frente a la presión del nacionalismo vasco.

Aquella intensísima iniciación política culminó cuando en 1980 se incorporó a la Inspección Tributaria de Madrid. Si después de salir de Logroño Escrivá de Balaguer creó su Obra, Aznar fue perfilando sus ideas sobre el futuro de AP hasta configurar el actual Partido Popular que, nacido con el objetivo de aglutinar el voto derechista, fue sometido a un lifting para ocultar los vestigios del pasado.

Coda final

En ambos casos, Logroño fue el inicio de una trayectoria exitosa que comenzó como una inspiración o como una decisión forzada por la coyuntura. Algo hay. La valoración de la repercusión que esto haya tenido queda a juicio de quienes lean estas líneas pero, por si acaso, manténganse lejos de las corrientes telúricas logroñesas.

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