La Jornada de las Barricadas de 1648: una insurrección parisina

La Fronda fue una rebelión popular contra la política fiscal de Giulio Mazarino, primer ministro de Luis XIV.

Traducción: Gladys Martínez

publicado
2017-01-27 06:04:00

L a Fronda (1648-1653) fue una serie de disturbios sediciosos que se produjeron en los últimos años de la minoría de edad de Luis XIV, cuando Francia se encontraba en guerra contra España y el Estado estaba en quiebra. Antes de convertirse en guerra civil entre facciones de la clase dirigente salida del sistema feudal (“la Fronda de los nobles”), fue primero una revuelta popular (“la Fronda parlamentaria”) contra la política fiscal del primer ministro, el cardenal italiano Giulio Mazarino, muy íntimo favorito de la regente, y la madre del joven rey, Ana de Austria. Ese prelado de origen oscuro, tan prudente como próspero, pues cobraba sin sonrojarse sobornos sobre todos los ingresos de la Corona, se había ganado el odio, teñido de xenofobia, tanto del pueblo como de los aristócratas.

A finales de agosto de 1648, los magistrados del Parlamento de París se rebelaron, apoyándose en el levantamiento de la ciudad entera, que pasó a la historia como la Jornada de las Barricadas. Esta fronda parlamentaria era la vanguardia de una burguesía ascendente, que rugía desde hacía meses contra el alza de los impuestos y el uso sospechoso que de ellos hacía Mazarino. Es a esa facción a la que eligió ligarse al principio el ambicioso pero versátil Paul de Gondi —pasó a la posteridad con el título de cardenal de Retz y como autor de Mémoires (“Memorias”), una de las joyas de las letras francesas—, coadjutor de su tío el arzobispo de París y maquinador que se creía hacedor de reyes.

Hastiados por las tasas e impuestos que crecían y se multiplicaban, así como por el impago de las obligaciones y de otros créditos del Estado, los notables y comerciantes encontraban un apoyo natural en el seno de la plebe, cuya supervivencia estaba ligada a la prosperidad del comercio y de la artesanía. Pero, rompiendo los diques que mantenían a la multitud en la sumisión, la propia burguesía corría el riesgo de ser arrastrada por el torrente popular. Frente al calentamiento de los espíritus y a la profusión de las quejas, ya no era tan solo un primer ministro codicioso y enojoso el que corría el riesgo de ser derrocado: eran la renta y el negocio, era todo el orden social. Atrapado entre el Estado, la nobleza y la “canalla”, amenazado tanto por los castigos de la corte como por los estallidos de los pordioseros, el bando parlamentario renunciará poco a poco, tras la demostración de fuerza de agosto de 1648, a imponer su voluntad al poder real, y su papel no dejará de disminuir durante los disturbios que se sucederán hasta el triunfo final de Mazarino. La hora del gobierno de los abogados y de la desacralización de los monarcas todavía no había llegado.

Subyugando a los magistrados indóciles y a la alta aristocracia obsoleta, es el astuto Mazarino quien, a fuerza de estratagemas y de moratorias, saldrá mejor parado: su objetivo era salvar el trono para salvarse a sí mismo, y esa resistencia vital, así como su habilidad política, lo convertirá en el vencedor del juego de la Fronda. Este arribista seguirá después la obra centralizadora de su mentor Richelieu, casará a dos de sus sobrinas en la familia real y dejará en herencia a los borbones no ya su inmensa fortuna, sino a su intendente Colbert y un poder absoluto que permanecerá casi incontestado durante casi 150 años.

Las barricadas

El 26 de agosto de 1648, la reina ordenó el arresto de tres magistrados entre los más opuestos a Mazarino y, por tanto, entre los más populares: Broussel, Charton y Blancmesnil. El pueblo reaccionó en seguida levantando barricadas en todo París. Gondi le dio el apoyo decisivo del pequeño clero parisino y se autoproclamó jefe de la insurrección. Los insurrectos se convirtieron rápidamente en dueños de la ciudad, mataron a algunos soldados, maltrataron a dignatarios. El grueso del Ejército se hallaba guerreando en Flandes contra los españoles, y las pocas tropas reales presentes en París estaban atascadas en las calles llenas de obstáculos. El Parlamento, dirigido por su primer presidente, Mathieu Molé, se dirigió en cortejo al Palacio Real y pidió osadamente la libertad de los tres campeones del pueblo bajo.

La reina rehusó con altanería pero los parlamentarios, de regreso a la ciudad, se encontraron rodeados por la multitud enfurecida

La reina rehusó con altanería pero los parlamentarios, de regreso a la ciudad, se encontraron rodeados por la multitud enfurecida. Un capitán de la milicia ciudadana lanzó a Molé estas palabras: “Da media vuelta, traidor, si no quieres que tú y los tuyos seáis masacrados, ¡y tráenos a Broussel, o a Mazarino como rehén!”. Hubo, pues, que volver al Palacio Real, donde la reina se echó atrás frente a la imprevisible ira popular y consintió en soltar a sus rehenes. Solo una vez que los magistrados liberados, triunfales, regresaron a casa, las barricadas se levantaron y el pueblo se calmó, mientras que la corte preparaba su repliegue hacia Saint-Germain-en-Laye para sitiar la capital y someterla a distancia. Así comenzó la Fronda, así terminó su único episodio verdaderamente insurreccional.

En la noche del 26 al 27 de agosto de 1648, París se cubrió en unas horas con 1.260 barricadas. Esas barricadas ya existían en cierto modo: cada cruce estaba equipado de cadenas que se podían extender para bloquear las calles. Se reforzaba el obstáculo con vigas y toneles llenos de arena, de piedras e incluso de estiércol. Cada calle se convertía así en una ciudadela, cada ventana era una almena desde donde el habitante podía rociar a los intrusos con proyectiles y heces.

Este dispositivo podía ponerse en marcha por la milicia ciudadana, por decisión de los notables de un barrio (magistrados, ediles, sacerdotes). Esas barricadas, listas para su empleo, estaban destinadas a impedir que un eventual motín se propagara y a proteger las tiendas, talleres y casas del saqueo en una época en la que los pordioseros eran legión y los rangos de las “fuerzas del orden” eran escasos. De hecho, París casi entero era un dédalo de callejuelas rodeadas de tugurios superpoblados, y las tropas de caballería o la artillería no podían maniobrar con facilidad para atacar a la multitud.

En una época en la que los motines y tumultos eran frecuentes en París, esas barricadas solo servían para las ocasiones en las que la “canalla” “se agitaba”

En una época en la que los motines y tumultos eran frecuentes en París, esas barricadas solo servían para las ocasiones en las que la “canalla” “se agitaba” en tal o tal barrio para cortarle el camino a las riquezas que sus ojos codiciaban. La dimensión revolucionaria de las barricadas de agosto de 1648 se debe a su generalización en todo París. La última vez que la ciudad entera fue bloqueada así se remonta a las guerras de religión, cuando el partido católico en armas, la Liga, se hizo con el control de la capital en 1588. La insurrección de agosto de 1648 tenía como líderes a pequeños propietarios cansados de ser exprimidos, curas sediciosos, cadetes nobles en búsqueda de la gloria. La participación activa del pueblo trabajador, sin el cual no se habría podido levantar tal cantidad de barricadas, fue indispensable para este arranque de revuelta urbana. Los trabajadores manuales, convertidos en sublevados, estaban agrupados en gremios disciplinados. Y, factor decisivo del éxito de la insurrección, los proletarios andrajosos de la época participaron en hordas, y eran muchos y daban miedo.

Las barricadas parisinas de antaño fueron, pues, un instrumento de mantenimiento del orden que se volvía ocasionalmente contra el poder establecido. Habrá que esperar a los grandes levantamientos populares del siglo XIX para que las barricadas insurreccionales sean el arma predilecta de la gente común. Bajo el Segundo Imperio, el prefecto Haussmann le puso remedio abriendo en París avenidas rectilíneas propias para el despliegue de las tropas y de la artillería. Cuando los comuneros levantaron poco después las últimas grandes barricadas de la historia de la ciudad, las tropas reaccionarias no tuvieron problemas en rodearlas o arrasarlas a cañonazos.

En la noche del 10 al 11 de mayo de 1968, las memorables barricadas del Barrio Latino tuvieron una dimensión más emblemática que táctica: solo se extendieron algunas manzanas en un barrio que ya se había deshecho en gran medida de su población humilde, empujada a los suburbios. Y los automóviles fueron los principales materiales de esos obstáculos montados a toda prisa, lo que en sí era todo un símbolo en la Francia de la “sociedad de consumo” naciente que la revuelta de 1968 se supone que combatió.

La barricada, baluarte efímero del motín y de la utopía, aunque rara vez sea inexpugnable, toma su fuerza estratégica de su potencia simbólica universal: multiforme y precaria, señala el desafío, el paso a la acción, la rebelión. Permite excluir de un área a las fuerzas del Estado, recobrar el espacio público, paralizar los flujos del comercio y del trabajo asalariado. Mientras haya calles y antagonismos sociales, habrá barricadas. Y como lo muestran muchos ejemplos desde principios de siglo —de Oaxaca a El Cairo, pasando por Notre-Dame-des-Landes—, las barricadas surgen en la mayoría de los casos cuando y donde no se las espera.

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