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El 2 de octubre no se olvida

Un año más, el 2 de octubre las organizaciones de izquierda de la capital de México, con amplia participación estudiantil, volvieron a llegar al Zócalo tras recorrer el camino que lo separa de la Plaza de las Tres Culturas, donde hace 37 años las fuerzas del Estado dispararon contra los asistentes a un mitin de estudiantes. Este año, las críticas estuvieron destinadas principalmente al poder judicial, al que los manifestantes acusan de complicidad con los culpables.

Matanza de Tlatelolco
Miles de estudiantes se concentran en la plaza de las Tres Culturas, conocida también como Tlatelolco por la torre que la corona, el 2 de octubre de 1968.

publicado
2013-05-15 15:54

Publicación original 15/05/2006


En los últimos años se ha empezado a hablar más de aquellos hechos, y las nuevas generaciones han empezado a conocerlos. Sin embargo, no se ha avanzado demasiado en la lucha contra la impunidad. El presidente Vicente Fox prometió crear una comisión de la verdad, pero ésta finalmente quedó en una Fiscalía especial. Ésta calificó los hechos como “genocidio” y lanzó una orden de aprehensión contra varios funcionarios federales de entonces, entre ellos Luis Echeverría, secretario de Gobernación en 1968 y presidente de la República en 1971, cuando se produjo una nueva matanza de estudiantes. La juez encargada de revisar los hechos del 71 refrendó la narración de los hechos, pero su conclusión exculpa a los acusados. El Comité 68 avisa de que, si no consigue su objetivo en México, pasará a los tribunales internacionales.

Las reivindicaciones de los estudiantes en 1968 no tenían que ver con la educación: fin de las leyes de control social y de algunos cuerpos represivos, destitución de los responsables de la represión y libertad de los presos políticos, que no eran sólo los ‘suyos’ sino también, por ejemplo, los ferrocarrileros que 10 años atrás habían intentado crear un sindicalismo independiente.

El 26 de julio, la policía atacó dos marchas. A partir de ahí, todo se desarrolló muy rápido. Los estudiantes se pusieron en huelga y tomaron las instalaciones. La dirección del movimiento pasó a una dirección colectiva de 300 estudiantes bautizada como Consejo Nacional de Huelga (CNH), al cual cada facultad o escuela enviaba sus delegados. La base del movimiento eran las brigadas, dedicadas a recaudar dinero, pintar muros y autobuses y realizar mítines relámpago en la ciudad.

El Gobierno respondió a las enormes manifestaciones y a la propuesta de diálogo público con una actitud cerril, caracterizada por el recurso a la siempre presente “agitación comunista” y la fuerza bruta, ocupando en varias ocasiones los centros educativos con policías y militares. Desde el principio, muchos estudiantes fueron ingresando en el hospital, la cárcel o incluso el cementerio. El poder no toleraba disidencias y temía que la protesta manchara el escaparate de los Juegos Olímpicos de octubre.

La cifra oficial de muertos fue de 33, pero investigaciones de la prensa extranjera en ese momento y documentos desclasificados de EE UU la elevan a 200 o 300

El movimiento, ya semiclandestino, convocó un mitin para el 2 de octubre en la céntrica Plaza de las Tres Culturas. De repente se lanzaron unas bengalas, y el Batallón Olimpia, compuesto por militares y policías, comenzó a disparar contra la multitud. Mientras tanto, el Ejército cercó la plaza y comenzó a disparar en cualquier dirección. La versión gubernamental de una “provocación de estudiantes armados” perdió pronto su credibilidad. La cifra oficial de muertos fue de 33, pero investigaciones de la prensa extranjera en ese momento y documentos desclasificados de EE UU la elevan a 200 o 300.

Finalmente, la huelga fue levantada en diciembre, pero tres años más tarde la historia se repitió a menor escala. El 10 de junio de 1971, el movimiento estudiantil se había recuperado en cierta medida, y se convocó una nueva marcha. Un grupo entrenado y financiado por el Gobierno dejó una veintena de muertos.

El movimiento estudiantil tardaría casi 15 años en recobrar su fuerza. No todo el saldo fue negativo, pues se insufló aire fresco en la sociedad y muchos jóvenes pasaron a otros frentes: la democratización universitaria, la lucha en las colonias o las guerrillas urbanas que sufrirían la feroz ‘guerra sucia’ de los ‘70.

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