Galicia
Se mueren los ‘venancios’
No se ha muerto un vecino. Se ha muerto un venancio. Cuando llegamos a esta aldea de una veintena de personas nosotros sumamos dos, pero a los pocos meses, cuando se murió Venancio, se perdieron muchos más. No se murió solo un vecino, se murió el que conocía los montes y hacía la matanza, el que daba la hora al pasar saludando con su tractor, el que te cortaba la leña para el invierno, el que empleaba a dos obreros y nunca se quedaba con su plusvalía. Se murió también el que le labraba la tierra a quien no podía, el que se ocupaba de traer las castañas y comprar el licor para la fiesta de otoño. Se murieron todos y cada uno de ellos, en un mismo día, hora, segundo. En un mismo instante. Y aun así, el censo, esos fríos números sin corazón, ni sentimiento, ni hambre, ni padecimiento, solo han bajado un punto.
En la España que se vacía, se mueren los venancios. Venancio era un pilar, uno de esos que sostiene la comunidad, que entrega y nunca pide, porque tiene fe en ella. Hace falta mucha fe para seguir luchando por una tierra que se vacía. Se levantaba cada día para llevarle calabazas a sus puercos celtas, raza autóctona que únicamente se cría si se hace con suficiente libertad. Aprovechaba entonces para acudir a su cita diaria en la que tomaba un café con su hermana, no una de sangre, sino de tierra, porque cuando habitas un territorio en el que puedes contar a tus vecinos con los dedos de las manos, la sangre se espesa y de ella crece familia.
Se murió Venancio y todos lo lloran. Su primo, sus cabras, su huerto y hasta los dos recién llegados que notan que no solo se murió Venancio, sino que se murió, un poco más todavía, la aldea moribunda, la España vaciada, y sobre todo, la comunidad que mantiene viva la tierra que nos alimenta.
Para Venancio tener empleados no se trataba de hacer dinero. Compartir la faena de los campos y la madera, el almuerzo en la única casa de comidas que queda y la cerveza del atardecer en el banco de delante de su casa, es mucho más; es la cura para esa epidemia de soledad que sufre la población urbana, la rutina que le da sentido al día, es cuidar la vida, eso tan preciado y que estamos dejando morir.
Los venancios lo saben, saben que cuidar la vida es lo que le da sentido a tener una, aunque se acorte demasiado pronto como le ocurrió a este venancio. Ellos no ven dinero en el tiempo porque saben que el tiempo no tiene precio, que las horas que el echaba ayudando a sus vecinos valían mucho más de lo que ellos podían gastar.
En una comunidad, concepto extraño en algunos ámbitos, no puedes pedirle a tu vecino aquello que no puede dar, eso lo hacen los empresarios porque no miran a la cara ni a sus trabajadores, ni a los compradores de bienes básicos. Venancio no era capitalista, pero movía mucho dinero. Movía la economía del valle, aunque no se basaba en la teoría del derrame. Como un buen nativo, de esa economía que él movía, cogía solo lo que necesitaba para seguir viviendo. Sí, movía mucho dinero y seguía siendo humilde como lo son sus antiguos empleados o sus viejos clientes, pues aquí no es necesario explicar como se viviría si decreciésemos.
Y a pesar de no haber riqueza, el valle disfrutaba de abundancia porque tenía a un venancio que mantenía esa red de contactos y sabidurías. Venancio era un “conseguidor” aunque la única comisión que cobraba era la amistad y el aprecio. Todavía se notan algunos de los hilos que él tejió entre vecinos, lo que no se sabe es cuanto tiempo pasará antes de que la tela de araña que sostiene a la comunidad ya no se renueve tras cada escobazo del sistema neoliberal que arremete.
Nos acercamos a una catarata que desemboca en una gran crisis, un colapso que no puede ser descrito debido a la incertidumbre que lo opaca. Lo único seguro es que si te pilla el colapso, que sea siendo miembro de una comunidad en la que hay un venancio, uno o muchos, porque los venancios mueren y se lloran, pero con su sangre de tierra y las lágrimas del vacío que dejan, a los venancios se les cultiva. Ellos, antes de irse, siempre siembran.
Medio rural
¿Quién vacía la España vaciada?
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