Galicia
La ‘década prodigiosa’ de Ana Pontón
El pasado 28 de febrero se cumplió una década desde que Ana Pontón asumió la portavocía nacional del BNG. Su liderazgo marca un punto de inflexión: en apenas diez años, la formación pasó de una crisis existencial a disputarle la hegemonía al PPdeG, logrando de manera consecutiva los mejores resultados autonómicos de su historia. Pero reducir esta etapa a una simple mejora electoral sería insuficiente. Lo que está en juego es algo más profundo: una renovación del propio nacionalismo gallego, de su imagen pública, de su discurso y de su relación con la posibilidad real de gobernar. El escritor Suso de Toro, la escritora María Reimóndez y el doctor en Ciencia Política Roi Pérez analizan las luces, sombras y perspectivas de futuro de Ana Pontón, una auténtica zoon politikon. ¿Qué significa su liderazgo? ¿Estamos ante la dirigente política más importante de la historia del nacionalismo gallego? ¿Será la primera mujer en presidir la Xunta?
De la crisis a la recomposición: el “efecto Pontón”
La “década prodigiosa”, tal y como la definió la propia Pontón en un vídeo conmemorativo, estuvo precedida por una crisis severa. La recesión económica mundial y la crisis de representación abierta en el Estado afectaban también al BNG. Primero llegó la experiencia frustrada del bipartito en 2009; después, la pérdida del grupo parlamentario propio en el Congreso tras las generales de 2011; más tarde, la escisión de Amio; y finalmente, la caída de cinco escaños en las autonómicas de 2012. Fuera se abría un ciclo destituyente al que el Bloque llegaba sin códigos claros para interpretarlo. Dentro, la fuerza de la organización permitía resistir, pero ya no bastaba. A la limitada proyección pública de los liderazgos de Guillerme Vázquez y Xavier Vence se sumaban las tensiones internas y los efectos de la disgregación. En 2015, se certificaba la crisis: el BNG se quedaba fuera del Congreso de los Diputados por primera vez en veinte años. Su posición en el tablero se había desplazado hacia los márgenes. Se vislumbraba el colapso.
Año 2016. Estamos en pleno ciclo político post-15M. El 28 de febrero de ese año, en la XV Asamblea Nacional celebrada en A Coruña, Ana Pontón asume la portavocía nacional del BNG. Con la llegada de la sarriana a la primera línea política se alteraba una norma no escrita sobre el reparto de papeles de la formación: históricamente se trataba de mantener un equilibrio, un binomio, otorgando la portavocía a alguien que pertenecía a la UPG y poniendo como candidato a alguien independiente. Era el caso de Xosé Manuel Beiras o Anxo Quintana. Pontón acumulaba, así, una “posición de base especialmente sólida” para su liderazgo, subraya Roi Pérez, doctor en Ciencia Política por la USC y autor de la tesis Movilización nacionalista, marcos interpretativos y estilo político: un análisis del Bloque Nacionalista Galego (2020-2024).
Comenzaba así la etapa de recomposición de la formación. Politóloga de formación, su trayectoria venía marcada por la secretaría general de Galiza Nova, su vinculación a la UPG y más de una década como diputada en el Parlamento gallego. Era el recorrido esperado para alguien que había interiorizado tanto una cultura militante como un sentido de misión histórica. Pontón cerraría filas con los suyos durante las escisiones, igual que cuando expresó su negativa a aliarse con la izquierda confederal. Su llegada al frente del Bloque tenía, en ese sentido, algo de continuidad natural: era la irrupción en primer plano de una auténtica “hija de la organización”, resume Suso de Toro.
Esta rigidez podía parecer una limitación en un tiempo de crisis. Lo que se decía en aquel momento, especialmente en el espacio del cambio, era que los partidos eran medios, no fines. Como una rémora en tiempos nuevos, parecía que el BNG apenas se adaptaría. Era un espejismo: solo una hija de la organización estaba habilitada para operar los cambios precisos. Como señala Roi Pérez, hay aquí una paradoja decisiva: “la capacidad de cambio de Pontón depende, en buena medida, de su condición de continuidad”. Buena parte de las reformulaciones impulsadas en el nuevo ciclo (en la estética, el tono y la estrategia electoral) habrían sido mucho más difíciles de asumir desde un perfil ajeno a la interna. Solo alguien tan vinculada a la organización podía modernizar el partido sin provocar una fractura mayor. Cuando el espacio del cambio comenzaba a declinar, esa legitimidad se convirtió en fuerza de transformación.
El mandato político era claro: estabilizar una organización desgastada, cerrar heridas y devolverle credibilidad. Apenas medio año después, en septiembre, había elecciones Autonómicas. Las encuestas dibujaban un escenario inquietante: el BNG podía quedar fuera del Parlamento gallego. Obtuvo finalmente algo más de 119.000 votos y 6 escaños. El resultado estaba lejos de los mejores registros históricos, pero cumplía una función decisiva: frenar la caída y demostrar que el Bloque seguía vivo. El “efecto Pontón” salvaba los muebles.
Pontonismo: 2020-2024
En las Autonómicas de 2020 el BNG bate su récord histórico en escaños y se convierte en la principal fuerza de la oposición. El éxito electoral abría las posibilidades de Pontón para establecer nuevos centros de gravedad. Un año después, se produciría un episodio muy revelador: ante algunas resistencias internas, la líder nacionalista deja entrever la posibilidad de no repetir candidatura. Más allá del gesto concreto, el movimiento desvelaba una realidad: la dirección del BNG ya no podía pensarse sin ella. La líder muestra su auctoritas y certifica su autonomía para definir la orientación de la formación. Ante la duda, los destinos del liderazgo y de la organización se pusieron en el mismo surco. Es el verdadero punto de arranque del pontonismo: “si la primera fase fue de supervivencia y reorganización, la segunda expresa ya un BNG creciente que se parece mucho más al que quiere Pontón: una fuerza más amable, moderna, inclusiva y con perfil presidencial”, observa Pérez.
Estamos en 2023 y el nacionalismo amplía su presencia municipal hasta las 36 alcaldías, reforzando una implantación territorial que nunca había desaparecido del todo, pero que ahora recupera centralidad. Era un avance, pero quedaba muy lejos del éxito autonómico. Ni que decir de los resultados en las Generales o las europeas. El gran salto llegaría en 2024, cuando se rompe de nuevo el techo del Bloque: 25 escaños, 467.074 votos y casi un tercio de los sufragios. “Es el gran hito de Pontón”, resume Roi Pérez, “lograr de forma consecutiva los mejores resultados de la historia de la formación”. El BNG deja de ser percibido como una fuerza identitaria y pasa a aparecer, ante amplios sectores, como una alternativa a la hegemonía del PPdeG. En un contexto de orfandad política, su liderazgo moviliza a personas que no votarían al Bloque ni en las Generales ni en las municipales.
En tan solo ocho años, Pontón se consolida como uno de los referentes progresistas más sólidos del conjunto del Estado. Es la respuesta sui generis del nacionalismo gallego al ciclo político post-15M: la formación de un liderazgo que, a diferencia de los surgidos en el espacio del cambio, no emerge de forma abrupta o improvisada. Pero ¿en qué consistía esta renovación endógena? ¿Cuál era, en último término, su singularidad?
El estilo Pontón: una renovación endógena
La renovación pontonista puede interpretarse desde tres planos: el generacional-personal, discursivo-simbólico e ideológico.
Con respecto al primero, cabe decir que Pontón, debido a su extracción generacional, está en condiciones de confiar en la posibilidad de gobernar. Suso de Toro, autor de Descubriendo Ana Pontón (Xerais, 2023), señala que Ana pertenece a una generación que no está marcada directamente por la experiencia de la dictadura: “ella no es pesimista, carece de la carga de desesperación que marcó a la izquierda verdadera y al nacionalismo gallego nacido bajo el franquismo”. Eso se traduce en una mayor autoconfianza, en una relación menos defensiva con el poder institucional y en un estilo más abierto, plural y atento a los cambios sociales del país.
Este factor generacional está, a su vez, relacionado con una dimensión biográfica fundamental: “Ana nace, vive y convive en Sarria”, comenta María Reimóndez. Según la escritora, autora del libro de conversaciones con Pontón La semilla, el árbol, el fruto (2020, Xerais), “su vida en el interior del país le permite conectar con preocupaciones que suelen quedar fuera de los centros mediáticos y administrativos”. A esto añade una serie de rasgos personales como su “proximidad, disposición para escuchar y seriedad”. A este ethos pontonista cabría añadir la estabilidad de sus posicionamientos, un valor añadido en tiempos de desmesura y vaivenes mediáticos.
El segundo plano de la renovación es de índole discursiva-simbólica. Son dos las grandes aportaciones discursivas del pontonismo. La primera es la proyección del BNG como una fuerza de gobierno útil, en positivo. “Se da una curiosa coincidencia”, señala Pérez, “tanto PPdeG como BNG se acusan mutuamente de representar al partido del no, mientras ambos procuran presentarse como actores afirmativos”. El cruce de acusaciones revela que el Bloque ya no es tratado por el PPdeG como una fuerza testimonial, sino como su competidor real. La lucha electoral, en este sentido, se traduce en una disputa entre dos perfiles presidenciales (Rueda vs. Pontón).
El perfil presidencial se articula, a su vez, con un intento de renovación simbólica. El pontonismo intenta revertir la identificación del BNG con la pureza identitaria. Eso se expresa en una reordenación de prioridades que tiene como propósito vincular al Bloque con emociones positivas como la ilusión o la esperanza. Puede observarse en los lemas de campaña, pero también en elementos estéticos: “hubo un tránsito desde los colores fuertes y llamativos de la simbología nacionalista hacia gamas más suaves y afectivas; desde las poses con iconografía clásica hacia nuevas performatividades, como el conocido gesto del corazón con las dos manos”.
En este reordenamiento pierden presencia elementos esenciales del nacionalismo, tales como la defensa de la lengua gallega, la proclama de autodeterminación o el uso público de la bandera de la patria. Señala Pérez que “salvo en los actos de consumo interno, resulta complicado encontrar imágenes recientes de Pontón con la tradicional bandera de la patria; habría que remontarse hasta 2018, a la cadena por la autodeterminación realizada en el Obradoiro, para ver una aparición pública de Pontón en esas claves”. Lo mismo ocurre con la idea de autodeterminación nacional, a la que Pontón lleva años sin referirse en sus redes.
Esta serie de elementos atañe a la identidad nacional, ahora formulada de una forma abierta, plural e inclusiva. En el “hay muchas formas de sentirse gallego, de sentirse gallega, y todas son necesarias para abrir un tiempo nuevo” se atiende a las formas de identificación mayoritarias del país. Por ejemplo, la de una joven castellanohablante que se considera más gallega que española. El liderazgo de Pontón, en este sentido, lidia con la tensión entre un estilo renovador hacia el exterior y un esencialismo interno. Recuerda Roi Pérez que “mientras se flexibilizan códigos y lenguajes, continúan vigentes las nítidas formulaciones consolidadas tras 2012, entre ellas la referencia explícita a la consecución de una República Gallega”.
Llegamos, por último, al plano de la renovación ideológica. A nivel práctico, Reimóndez señala que el liderazgo de Pontón no se correspondió con la simple instrumentalización de una figura femenina, sino que vino acompañado por el trabajo de otras parlamentarias y alcaldesas. Además, añade que el liderazgo feminista de Pontón entronca con un olvidado legado histórico, “el de la participación activa de las mujeres en el galleguismo político de preguerra”. El BNG de Pontón recoge el compromiso histórico con la igualdad de género y lo actualiza con un lenguaje más atento a los cuidados, la conciliación o la violencia machista.
El ecologismo mantiene una importancia semejante, tal y como refleja la integración organizativa de Alicerce o la lucha contra Altri. Según Reimóndez, no se puede entender la consagración política de Pontón sin atender a este último conflicto: “frente a la ambivalencia mostrada por otras fuerzas, especialmente el PSdeG, el BNG supo adelantar una idea de país alternativa, crítica con el extractivismo y centrada en la defensa del territorio”. A nivel formal, los documentos resultantes de las últimas Asambleas Nacionales reflejan la importancia de estos dos vectores, que se presentan como fundamentales a la hora de mostrar al Bloque como una fuerza contemporánea, capaz de abordar los desafíos del presente.
Después del ascenso: manejar las contradicciones
Tras una década de liderazgo, el reto de Pontón es convertir al BNG en una fuerza de gobierno. La operación no está exenta de tensiones y contradicciones.
La primera tiene que ver con la naturaleza misma del éxito logrado. El BNG creció cuando consiguió presentarse menos como fuerza identitaria clásica y más como partido útil. Pero ¿hasta qué punto es compatible esa apertura con el maximalismo ideológico o con la rigidez de la cultura política militante? El anuncio de la candidatura de Noa Presas a la portavocía nacional y determinadas advertencias formuladas por la Unión do Povo Galego contra los excesos del marketing político recuerdan que la renovación dista de ser armónica.
También cabe reabrir la pregunta por la relación entre transversalidad y transformación. El marco interclasista de los “intereses gallegos” resulta especialmente eficaz. Desborda el eje izquierda-derecha y permite articular, bajo una misma apelación nacional, múltiples demandas: desde reivindicaciones del mundo del trabajo hasta intereses de grandes grupos empresariales, pasando por las peticiones de la pequeña y mediana empresa. En esa clave pueden leerse las visitas a Inditex o la reciente reunión con directivos de Denodo, empresa presentada como ejemplo de innovación estratégica para Galicia. El movimiento es comprensible, señala Roi Pérez, pero activa contradicciones evidentes: “la proximidad con Inditex puede ser cuestionada desde la crítica a las cadenas globales de subcontratación y al impacto ambiental de la industria textil”. El riesgo no es una simple derechización, sino que la búsqueda de solvencia institucional diluya parcialmente la vocación de cambio.
La segunda contradicción es más personal y simbólica. Pontón se presenta como una figura renovadora, pero lleva más de dos décadas como diputada en el Parlamento gallego. Es una política profesional, y eso, en un tiempo de descrédito de la representación, podría desgastarla. A la anterior crítica podemos añadir la referida a su hiperliderazgo: a día de hoy resulta complicado imaginar un BNG exitoso sin Pontón. Se está produciendo una fuerte dependencia entre el BNG y su líder, lo que impone no solo la necesidad de construir otros liderazgos, sino la de alcanzar mejores resultados en otras citas electorales. Un partido con vocación de gobierno debe, en este sentido, apuntar alto.
El siguiente escalón presenta, además, límites estructurales. En un sistema como el gallego, una mayoría absoluta nacionalista parece improbable. La vía más verosímil al gobierno pasa por una mayoría alternativa en la que el PSdeG siga siendo pieza necesaria. La paradoja es clara: el BNG necesita crecer, pero también necesita un socialismo gallego que sume. ¿Cómo articulará este principio de realidad el discurso presidencialista de Pontón?
El tiempo dirá si la promesa latente de Ana Pontón se consuma. Si la “feliz realización de una política creada desde el nacionalismo gallego para este país”, en palabras de Suso de Toro, consigue ir más lejos que quienes la precedieron. A diferencia de Pontón, las grandes figuras del nacionalismo (Castelao, Beiras) combinaban su faceta dirigente con la producción de un respetado corpus teórico. Según Roi Pérez, eso no debería impedirnos reconocer la enorme relevancia histórica de su liderazgo. Si Pontón alcanza el gobierno de la Xunta, ¿podrá alguien negar que estamos ante la dirigente nacionalista más importante de la historia de Galicia?
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