El Mundial de fútbol, ante el desafío de Trump

A lo largo de casi un siglo, el Mundial de fútbol ha sido objeto de deseo de gobiernos y jefes de Estado. Donald Trump es el último de una larga lista de mandatarios políticos ansiosos por levantar la copa.
Trump Infantino
Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, anuncian la sede de la Copa Mundial de la FIFA 2025. Whitehouse.
13 abr 2026 06:00 | Actualizado: 13 abr 2026 08:26

Al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le gusta presumir del Mundial de fútbol como un evento que mantiene al mundo unido. Llegó a declarar que el del próximo verano será “el mayor acontecimiento que la humanidad ha visto y verá”. Sin embargo, desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, la organización del torneo no ha dejado de estar rodeada de obstáculos, tensiones e incertidumbre, ante la pasividad del máximo órgano del fútbol mundial.

No es la primera vez que la FIFA debe gestionar una crisis alrededor de un Mundial. De hecho, ha convivido con la política desde la primera edición del torneo, cuando Uruguay fue elegido como sede después de que su gobierno se comprometiera a correr con todos los gastos. A lo largo de casi un siglo, ha sabido beneficiarse de las ambiciones de los diferentes jefes de Estado para hacer crecer el torneo, haciendo equilibrios para evitar ser identificado políticamente con cada uno de los Gobiernos. Nunca había llegado a comprometer su imparcialidad política como ahora. Tampoco cuando tuvo que lidiar con gobiernos más decididos a apropiarse del torneo.

Fútbol bajo el totalitarismo

Después del éxito del primer Mundial en Uruguay, la vanidad de Mussolini encajó a la perfección con las necesidades financieras de la FIFA. En 1932, Italia era elegida, por delante de Suecia, como sede para el Mundial del 34, después de que su gobierno se comprometiera a asumir las pérdidas económicas que pudieran producirse y a la promesa de una fuerte inversión.

El gobierno de Mussolini construyó estadios, nacionalizó jugadores para reforzar a su selección y utilizó el torneo para transmitir la grandeza de Italia y el ideal del nuevo hombre fascista

La FIFA se aseguraba la implicación de un gobierno muy interesado en el torneo y permitió que lo convirtiera en escaparate del fascismo. El gobierno italiano, a su vez, se volcó en el Mundial. Construyó estadios, nacionalizó jugadores para reforzar a su selección y utilizó el torneo para transmitir la grandeza de Italia y el ideal del nuevo hombre fascista.

Mussolini asistió a varios partidos de la selección azzurra y estuvo presente el día de la final en el Estadio del Partido Nacional Fascista de Roma. Al término del encuentro, hizo entrega del trofeo, por entonces una representación de 35 centímetros de la diosa Niké. El presidente de la FIFA, Jules Rimet, permitió que Mussolini entregara también la Coppa del Duce, un trofeo de un tamaño seis veces mayor y que requería de varias personas para levantarlo.

Fue el último capricho de Mussolini en un Mundial que ha pasado a la historia como uno de los ejemplos de utilización del deporte como propaganda política. La FIFA transigió con los deseos del gobierno fascista, pero, dos años más tarde, en plenos JJOO de Berlín, Rimet aguantó las presiones de la Alemania de Hitler y Francia fue elegida, por delante del país teutón, como sede para el Mundial de 1938.

Fútbol bajo el terror

La FIFA siempre ha valorado el interés del país anfitrión y su disposición a invertir en el torneo. A cambio, ofrece una gran herramienta de propaganda que todos los gobiernos han utilizado en mayor o menor medida y que, en los últimos cincuenta años, ha contribuido al crecimiento de la FIFA como un gigante económico y una de las instituciones más influyentes en la esfera internacional.

Cuando Joao Havelange fue elegido presidente en 1974, las oficinas de la FIFA no ocupaban más que un piso en el centro de Zurich. Sería durante su mandato cuando la institución creció, apoyada en los contratos de patrocinio firmados con Adidas y Coca-Cola y en el desarrollo del fútbol por televisión, al que Havelange contribuyó a través de su asociación con la cadena mexicana Televisa.

Cuando en 1976 se produjo el golpe de Estado de la Junta Militar, Argentina se preparaba para el Mundial que debía organizar dos años más tarde. La política de imparcialidad de la FIFA volvía a ser cuestionada ante la multiplicación de denuncias por torturas y desaparición de personas

Cuando en 1976 se produjo el golpe de Estado de la Junta Militar, Argentina se preparaba para el Mundial que debía organizar dos años más tarde. La política de imparcialidad de la FIFA volvía a ser cuestionada ante la multiplicación de denuncias por torturas y desaparición de personas. Havelange insistió en que Argentina estaba “más preparada que nunca”, al tiempo que mediaba para la liberación de Paulo Antonio Paranagua, hijo de un embajador brasileño, preso en Argentina por su militancia comunista.

La FIFA se limitaba a hablar de fútbol, mientras periodistas neerlandeses aprovechaban el Mundial para acercarse a la Plaza de Mayo y entrevistar a las Madres, obteniendo las declaraciones que posteriormente se han utilizado infinidad de veces. Para asegurar su imagen en el exterior, la Junta Militar había contratado a la agencia de publicidad estadounidense Burson-Marsteller. Terminado el torneo, consiguieron la imagen que buscaban cuando Videla entregó el trofeo de campeones al capitán de la selección argentina, Daniel Passarella.

Aquel Mundial terminaría costando al gobierno argentino cuatro veces más de lo que costó el de 1982, lo que no impidió que Havelange nombrara vicepresidente de la FIFA a quien había presidido el comité organizador, el contralmirante Lacoste. Cuando la justicia argentina inició una investigación por el enriquecimiento de Lacoste durante sus años al frente de la organización del Mundial, el presidente de la FIFA declaró que él mismo le había prestado el dinero.

Fútbol bajo Donald Trump

Durante la presidencia de Havelange, la FIFA contribuyó a la dinámica globalizadora de la economía, liderando la mercantilización de este deporte a través de las televisiones, mientras el Mundial crecía hasta las 32 selecciones que participaron en Francia 98. Al mismo tiempo, implantó un modelo de organización opaco y clientelista, en el que el soborno y las comisiones ilegales se convirtieron en práctica habitual y que terminaría saltando por los aires años después. Toda una generación de dirigentes terminó apartada bajo acusaciones de fraude, soborno y lavado de dinero, en el marco de la operación conocida como FIFAgate. En ese momento crítico para la institución, emergió como nuevo presidente y encargado de su restitución el suizo Gianni Infantino.

Desde el FIFAgate, las televisiones estadounidenses han reforzado su posición en países con tanta tradición como Brasil, Argentina o México, mientras las inversiones de las monarquías árabes se han extendido por el fútbol europeo. Desde la presidencia de la FIFA, Infantino ha contribuido a esta dinámica. Confirmó a Qatar como sede del Mundial 2022, a pesar de las acusaciones de soborno en el proceso de selección. En la primera votación presidida por él, Estados Unidos fue elegido, junto a México y Canadá, como sede del Mundial que se celebrará este verano. El de 2034 sería concedido, por aclamación y sin que hubiera más candidaturas, a Arabia Saudí. Al mismo tiempo, las inversiones procedentes de estos países contribuyeron a financiar el nuevo Mundial de Clubes, uno de los proyectos estrella de Infantino.

Tanto para la edición de Rusia 2018, como para Qatar 2022, Infantino mantuvo la política de neutralidad tradicional de la FIFA. De cara al próximo Mundial, en cambio, ha ido un paso más allá en su respaldo a la Casa Blanca. Estuvo presente en la firma del tratado de paz de Sharm el Sheij y en la puesta de largo de la Junta de paz creada por Trump. Allí anunció la participación de la FIFA en la reconstrucción de Gaza, motivando una investigación por parte del COI y la denuncia de varias organizaciones ante el Comité de Ética de la FIFA y la Corte Penal Internacional.

Mientras tanto, el intervencionismo de Trump en el Mundial se hizo evidente cuando nombró una comisión, presidida por él mismo, para supervisar su organización. Desde entonces ha rechazado medidas de la FIFA para facilitar la entrada de aficionados al país, ha confirmado la presencia de agentes ICE en los partidos y amenazó a los presidentes de los otros dos países organizadores. Los ataques sobre Irán y el asesinato de su líder supremo, Ali Jamenei, llevaron a la federación iraní a anunciar la renuncia de su selección al próximo Mundial. A poco más de dos meses para su inicio, la FIFA sigue tratando de asegurar su presencia. De no lograrlo, sería la primera selección ya clasificada en renunciar desde el Mundial de 1950.

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