Fronteras
El retorno infernal de los refugiados a Calais

Nueve meses después del desmantelamiento de la Jungla, no deja de aumentar el número de inmigrantes que vuelven al norte de Francia. El gobierno de Macron combina la represión policial con la apertura de nuevos centros de acogida.

Calais
Migrantes reciben comida de una ONG en los alrededores de Calais, casi un año después del desmantelamiento de La Jungla. Enric Bonet
16 ago 2017 11:12

Son las doce de la noche en Calais y los voluntarios de la asociación Utopia 56 han encontrado por fin un sitio donde distribuir comida. Más de una cincuentena de refugiados recogen los envases que les reparten con arroz, judías y una salsa de tomate bien especiada. En grupos de cuatro o cinco, se asientan para comer con la ayuda de la luz de sus móviles en medio de un descampado. Tras haber esquivado durante toda la tarde los controles policiales, los voluntarios han hallado un lugar, en plena oscuridad, donde repartir comida con cierta tranquilidad. Es un ejemplo más de la persecución entre el gato y el ratón en la que se ha convertido la vida de los refugiados y las asociaciones de Calais.

Nueve meses después del desmantelamiento de la Jungla, el mayor campamento improvisado de inmigrantes en Europa, la vida de los refugiados de Calais ha devenido un infierno cotidiano. Entre 600 y 800 personas de origen afgano, sudanés o eritreo, la mayoría de ellas, residen actualmente en esta localidad del norte de Francia, convertida en un símbolo de la vergonzosa gestión de las fronteras de la Unión Europea. Las asociaciones calculan que entre 50 y 200 son menores no acompañados. Su número no deja de aumentar a pesar de la voluntad obstinada de las autoridades francesas de impedir la construcción de un nuevo campamento.

“Sin duda alguna, su situación actual es peor que cuando estaban en la Jungla. Ese no era un lugar digno, pero al menos allí podían comer con regularidad. Ahora ni tan siquiera tienen un lugar fijo donde dormir”, lamenta Gaël Manzi, el coordinador en Calais de Utopia 56, una asociación bretona fundada en enero de 2016 que no recibe subvenciones públicas y que se financia sólo con donaciones privadas.

Como Ahmed, los centenares de inmigrantes de Calais vagabundean por las afueras de esta ciudad, durmiendo debajo de los puentes o entre los matorrales

“Nuestra vida es muy mala, hace tres semanas que no me ducho”, reconoce Bilal Ahmed, 22 años. Este joven etíope estuvo durante seis meses en la Jungla: “Allí vivíamos bien, podíamos ducharnos cada día. Teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora es todo lo contrario”. Tras el desmantelamiento del anterior campamento, estuvo en un Centro de Acogida y Orientación (CAO) francés. La administración gala rechazó, sin embargo, su demanda de asilo. Desde mediados de junio, ha vuelto a Calais y ahora espera hacer realidad su sueño de cruzar el Canal de la Mancha y llegar al Reino Unido. “Allí vive mi tío”, asegura.

Como Ahmed, los centenares de inmigrantes de Calais vagabundean por las afueras de esta ciudad, durmiendo debajo de los puentes o entre los matorrales. Se alimentan gracias a las distribuciones de comida de asociaciones como Utopia 56, el Auberge des Migrants o la británica Refugee Community Kitchen. Sólo pueden beber y asearse a través de los barriles de agua y las jarras de té que les traen los humanitarios. Pese a estas precarias condiciones de vida, su principal preocupación es la represión policial. “Policía” y “gasear”, los refugiados evocan constantemente estas palabras.

Uso sistemático del gas pimienta

“Prácticamente no puedo dormir durante la noche. Debo vigilar si viene la policía”, se lamenta Ahmed R. Ghani Khel, 25 años. Tras haber vivido durante cuatro semanas como un vagabundo en Calais, este joven afgano asegura que “aquí no existen los días normales”. “La policía suele venir cada noche en la Jungla —el descampado en el que duerme— y nos gasea”, critica Ibrahim Mohammad, un afgano de 27 años. Estuvo durante un mes encerrado en un centro de detención de inmigrantes —el equivalente de los CIE en Francia—, después de ser detenido por las fuerzas del orden mientras intentaba esconderse en el cargamento de un camión para cruzar el Canal de la Mancha.

Según denunció Human Rights Watch el 26 de julio, la policía francesa utiliza de forma sistemática el gas pimienta para reprimir a los inmigrantes de Calais. Estas acciones policiales se producen cuando los refugiados “están durmiendo o en otras situaciones en las que no representan ninguna amenaza. Les gasean y les confiscan los sacos de dormir, las mantas y su ropa. Incluso en algunas ocasiones la policía ha lanzado gas a la comida y el agua de los inmigrantes”, explica la ONG norteamericana en un extenso informe titulado Es como vivir en el infierno.

Además del uso recurrente del gas pimienta, HRW también acusa a las fuerzas del orden francesas de “dar golpes de pie y porrazos a los refugiados mientras se les exige de abandonar los lugares donde se encuentran”. “Los policías suelen actuar durante la noche, cuando no estamos presentes los voluntarios”, critica Loan Torondel, el coordinador a Calais del Auberge des Migrants. Para él, los abusos policiales tienen el efecto contrario de lo deseado por las autoridades francesas: “Lo que sucede aquí, no les motiva para nada a pedir el asilo en Francia. Piensan que éste es un país horrible”. Esto les convence aún más de querer llegar al Reino Unido. Y, por lo tanto, de quedarse a Calais a la espera de conseguirlo.

El doble discurso de Macron

Ante el retorno creciente de inmigrantes al norte de Francia, la obsesión del ministro del Interior francés, Gérard Collomb, es evitar que Calais vuelva a devenir “un punto de fijación”. Después de que el presidente Emmanuel Macron configurara su gobierno, el nuevo responsable de interior anunció a finales de junio el envío de dos compañías suplementarias de la policía, lo que eleva a 700 el número de agentes en esta localidad fronteriza de poco más de 70.000 habitantes. “La situación ha empeorado después de la llegada al poder de Macron. Este aplica una política de cero inmigrantes en Calais”, afirma el coordinador de Utopia 56.

La represión policial que sufren los refugiados contrasta con el discurso oficial de Macron. “No quiero que haya más hombres y mujeres en las calles o en los bosques. Quiero que haya centros de acogida de urgencia para todos”, declaró el presidente el 28 de julio en Orleans durante una ceremonia con una treintena de nuevos franceses que acababan de obtener la nacionalidad gala. Para mejorar la situación de los solicitantes de asilo, el ejecutivo ha anunciado la creación de 3.500 plazas en los centros de acogida en 2018 y 4.000 en 2019. También pretende reducir de un año a seis meses el periodo necesario para que los solicitantes de asilo reciban una respuesta sobre su petición.

No obstante, el plan del gobierno de Macron no prevé medidas de urgencia para hacer frente a la situación dramática en la que se encuentran los inmigrantes de Calais, pero también los centenares de ellos que duermen en la calle en las afueras del centro de acogida de la Chapelle en París, cuya capacidad está saturada desde finales de noviembre, pocas semanas después de su apertura.

Además, el ejecutivo prepara un mecanismo para acelerar los retornos de los refugiados “dublineses”. Es decir, aquellos que ya han dejado sus huellas dactilares en otro país de la UE y que, de acuerdo con la convención de Dublín, sólo pueden solicitar el asilo en el primer país en el que fueron registrados. “Acogeremos a todos los que huyen de la guerra y las persecuciones, pero distinguimos los refugiados de los que inmigran por otros motivos, como los económicos”, declaró Collomb en una entrevista en el Journal du dimanche, publicada el 6 de agosto.

Ante la ayuda inexistente de las autoridades, el Consejo de Estado exigió a la administración que proporcione letrinas y agua potable para que los refugiados de Calais puedan beber y ducharse. Con esta sentencia, publicada el 31 de julio, la máxima autoridad judicial francesa dio la razón a las asociaciones humanitarias y al tribunal administrativo de Lille, que a finales de junio había pedido que se tomaran las medidas necesarias para dignificar la vida de los extranjeros en el norte de Francia. Después de que el Consejo de Estado calificara la situación de los inmigrantes de Calais de “inhumana y degradante”, el ministro del Interior anunció la creación de dos nuevos centros de acogida de refugiados en el norte de Francia. Podrán albergar un máximo de 300 personas y se encontrarán a un centenar de kilómetros de Calais, donde no hay ninguna residencia de acogida.

“Hay voluntarios que han sido gaseados”

“Mientras siga en vigor la convención de Dublín, los refugiados no podrán solicitar el asilo en Francia”, explica Torondel, que ve con un gran escepticismo el plan humanitario de Macron. “Buena parte de los refugiados vienen a Calais porque han rechazado sus peticiones en Alemania o en Francia”, asegura Manzi. De las 86.000 personas que pidieron el asilo en Francia el año pasado, sólo lo obtuvieron un tercio de ellas.

El coordinador de Utopia 56 también lamenta la represión policial que sufren los integrantes de las asociaciones. “Hay voluntarios que han sido gaseados, entre ellos, yo mismo”, asegura Manzi. Como ha podido comprobar este periodista de El Salto, los repartos de comida son interrumpidos constantemente por la llegada de las fuerzas de orden. Estos impiden a los voluntarios que realicen su tarea humanitaria y obligan a los refugiados a dispersarse, bajo la amenaza de su detención.

La alcaldesa de Calais, la conservadora Natacha Bouchart, aprobó a principios de marzo un decreto para prohibir las distribuciones de alimentos a los inmigrantes. Pero este fue tumbado por la justicia francesa. Desde entonces, la prefectura del Norte-Paso de Calais sólo autoriza los repartos que tienen lugar durante el día en un descampado en el puerto industrial de Calais, a menos de un kilómetro de los terrenos de la desmantelada Jungla.

En esta zona, suelen reunirse más de un centenar de refugiados, debido a su proximidad con la autopista que conecta con el túnel del Canal de la Mancha, cuyos accesos están protegidos con alambre de espinos. Un migrante murió el 3 de agosto en esta misma carretera al ser embestido por un vehículo después de haber saltado de una camioneta en circulación. Es la segunda persona que ha perdido su vida este año en la frontera entre Francia y el Reino Unido. Además del infierno cotidiano, la muerte planea a lo largo del exilio europeo de los refugiados.

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