Las personas migrantes de África de quienes nadie habla

Los etíopes que llegan a Somalilandia trabajan para los buscadores de oro o en los bares. El objetivo de la mayoría es ahorrar lo suficiente para cruzar el mar y buscar trabajo en Arabia Saudí o los países del Golfo Pérsico.
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Amanecer en la carretera principal de Somalilandia. En el horizonte, un grupo de jovenes caminan con apenas unas botellas de agua y algunas pertenencias rumbo a la costa. Álvaro Minguito

Arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio

18 may 2026 06:00 | Actualizado: 18 may 2026 07:42

El pasado mes de abril volvimos de realizar un proyecto arqueológico en Somalilandia. Este país independiente de facto en el Cuerno de África tiene un patrimonio riquísimo y poco explorado. Nuestro proyecto analiza la movilidad y las redes de intercambio de personas y bienes entre la Prehistoria y la Edad Media. Hemos tenido suerte y hemos dado con numerosos yacimientos arqueológicos que dan fe de los movimientos de gente a lo largo de los siglos. Pero también nos hemos encontrado otras movilidades, más recientes y más trágicas.

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Dos personas caminan al amanecer rumbo a la ciudad de Berbera, en Somalilandia. Álvaro Minguito

En nuestros viajes por Somalilandia nos cruzamos constantemente con pequeños grupos de hombres que caminaban al borde de la carretera. A veces son una pareja, a veces cuatro o cinco. Nuestros compañeros somalilandeses nos cuentan que vienen de Etiopía. Caminan todos ellos hacia el este del país y por un solo motivo: se ha descubierto oro. Y cuando aparece oro, llega la fiebre -más en un contexto global de precios desbocados y miseria extrema. Los jóvenes ven una oportunidad de mejorar sus condiciones, aunque esa oportunidad les pueda costar la vida.

Los etíopes que nos cruzamos no llevan casi nada con ellos. A lo sumo una botella de agua. Van calzados con chanclas o zapatillas viejas. Con este equipaje recorren a pie hasta mil kilómetros por terrenos montañosos y semidesérticos. Un paisaje, a veces, increíblemente hermoso, pero siempre implacable.

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Una persona, de las decenas de migrantes que a diario caminan por la ruta que une Hargeisa con la costa, descansa junto a la carretera.. Álvaro Minguito

Cuando llega la noche se dejan caer al borde de la carretera. Se tumban con la cabeza en la dirección que han de seguir al día siguiente, para no desorientarse en un territorio que puede ser desesperantemente monótono. Duermen en el suelo. La mayoría no tienen ni una manta con que taparse, aunque las temperaturas en las montañas, en invierno, sean de solo unos pocos grados sobre cero. En el desierto litoral, en cambio, el calor es abrasador y húmedo diez meses al año. Los etíopes se alimentan de basura o de las sobras que les dan en las casas de comida junto a la carretera.

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Alfredo González- Ruibal, arqueólogo, junto a parque de su equipo, sobre uno de los túmulos funerarios objeto de su investigación en Somalilandia el mes de abril de 2026. Álvaro Minguito

Su destino son las minas de la región de Sanaag, la mayoría ilegales. Hablamos con el gobernador de la región, que nos deja clara su impotencia: les gustaría atraer a empresas internacionales para que exploten el oro de forma organizada y que parte de los beneficios lleguen al Estado -de hecho, se lo ofrecieron a EEUU a cambio del reconocimiento de Somalilandia como Estado independiente. Pero por ahora no parece haber demasiado interés. Es difícil trabajar en un país que no existe a efectos legales. Y en una región disputada entre Somalilandia y Khatumo, un nuevo estado autónomo en el Cuerno de África.

Mientras tanto, el oro genera conflictos: los clanes y subclanes se pelean por los recursos y los límites de sus territorios -unos metros más allá o más acá puede significar la prosperidad o la miseria. En el pueblo donde trabajamos, Xiis, escuchamos por las noches disparos de Kalashnikov: son los buscadores de oro ahuyentado a la competencia.

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Uno de los campamentos de buscadores de oro con los que el equipo arqueológico se ha encontrado en sus campañas. Este, en la frontera entre Somalilandia y Etiopía. Álvaro Minguito

Los mineros cavan pozos en cualquier lado. En el yacimiento arqueológico que estudiamos, a pocos kilómetros del pueblo, han perforado monumentos funerarios de hace dos mil años para cavar galerías de varios metros de profundidad. Es un trabajo absurdo: los túmulos se levantan sobre playas fósiles, capas de coral y conchas en las que no ha habido jamás oro. El capitalismo global, la desesperación y los mitos ancestrales se combinan para dejar un paisaje devastado de cráteres. Junto al yacimiento pasamos cada día un campamento en el que viven tres o cuatro mineros: una carpa de plástico y unos bidones por todo mobiliario.

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Barcos de pesca en las costa cercana a la ciudad de Berbera, frente a Yemen. Álvaro Minguito

Los etíopes trabajan para los buscadores de oro o en los bares y tiendas que surgen por todas partes. Lo hacen en jornadas extenuantes, de doce o catorce horas y por un salario ridículo: uno o dos dólares diarios. El objetivo de la mayoría es ahorrar lo suficiente para cruzar el mar y buscar trabajo en Arabia Saudí o los países del Golfo Pérsico. Para ello, en el mejor de los casos se ponen en manos de pescadores locales; en el peor, de traficantes de personas. Cientos mueren ahogados cada año, pero si cuantificar su número es difícil en el Mediterráneo, en el Golfo de Adén es simplemente imposible.

Al otro lado del mar no terminan sus problemas. Tienen que atravesar las montañas y los desiertos de Yemen, donde muchos morirán de enfermedad o de sed o bajo las balas de los guardias fronterizos de Arabia Saudí, que disparan a matar. Y cuando lleguen a su destino los tratarán como esclavos. Las mujeres sufrirán abusos sexuales. Muchos no volverán a su país ni a ver a sus familias. Unos pocos conseguirán prosperar, pero a un precio desmesurado.

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Un niño sobre una barca en la playa de la ciudad de Berbera, en Somalilandia. Álvaro Minguito

Hace años nos cruzamos en el desierto de Yibuti a un niño de 10 u 11 años. Solo, deshidratado. Nos pidió agua. Caminaba hacia al puerto, a buscar pasaje en un barco para cruzar a Yemen. Nunca sabré si lo logró. Nunca sabremos cuantos niños se pierden en los desiertos del Cuerno de África o de Arabia.

Pese a la importancia que le damos y los ingentes recursos que se destinan a impedirla, la migración subsahariana a Europa es mínima. La gran mayoría de migrantes se mueven dentro de África o se dirigen a la Península Arábiga. Si de las historias de los que llegan a nuestra costa sabemos poco, de los otros no sabemos prácticamente nada.

Pienso en el contraste entre lo que excavamos y lo que vivimos. Lo que excavamos: un mundo de gente que viaja a pie o en barco, a veces lejísimos, que se encuentra con otra gente, que muere, a veces, por el camino. No tan distinto en cierta manera de lo que vivimos hoy, de lo que vemos. Pero en realidad sí es muy distinto. Porque el mundo que excavamos estaba regido por leyes de hospitalidad y cooperación: gente que cuida de otra gente, que los acoge en tierra extraña y que recuerda a quienes mueren en el camino o en casa, con monumentos que llegan hasta hoy.

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La carretera principal que atraviesa Yibuti, a su paso por la ciudad de Dikhil. Álvaro Minguito

El mundo que vemos, en cambio, el que nos cruzamos en nuestros viajes por Somalilandia, es de gente que no dejará rastro. Personas invisibles, que perderán sus vidas en hoyos en el desierto o en carreteras en las montañas o en el mar o en una ciudad desconocida donde nadie los llorará ni se acordará de ellos. Gente sin historia, con menos historia que las sociedades milenarias que estudiamos meticulosamente en un lugar remoto del Cuerno de África.

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