Feminismos
Afroandaluzas, vecinas de la memoria

Ni negra ni blanca, ni de un lao ni de otro: Adá es afroandaluza, un término que la representa a pesar de que dice no parecer encajar en categoría alguna. 

Feminismo Afroandaluz
Natividad Adá Mañana de Gomar bailando flamenco.

publicado
2019-10-02 11:37

La sevillana Natividad Adá Mañana de Gomar (Sevilla, 1971) no sufre de la misma forma las discriminaciones que empiezan a hacerse eco desde los feminismos andaluces. A pesar de su acento sevillano, todo el mundo —cuando la oye hablar— le hace saber lo bien que lo hace. Nadie ridiculiza su forma de expresar como les ocurre a otras mujeres andaluzas porque a Adá (como la llaman las personas más cercanas a ella) ni siquiera la consideran andaluza. “Para ser de fuera” —se piensa— “habla bastante bien”.

La discriminación que ella sufre tiene que ver con que se le niega de manera sistemática su sentido de pertenencia y sus orígenes. La razón es que Adá es afroandaluza. Un término que, considera, la representa a pesar de que dice no parecer encajar en categoría alguna: “Date cuenta de que a mí no me consideran ni de un lao ni del otro. Aquí no me consideran andaluza. Es lo último que se imaginan. […]. No me consideran negra, pero tampoco soy blanca”.

Adá, que hoy trabaja en el servicio de limpieza del Ayuntamiento de Sevilla, sabe de la denostación que sufre su pueblo y del poco valor que en el mapa del Estado español se le da a Andalucía. Añora el sentimiento de comunidad que vivió de niña en la corrala del barrio de la Macarena en la que se crió. Allí, asegura, nunca la hicieron sentir diferente. Para ella, es la gente humilde y nuestras mayores quienes más nos tienen que enseñar de solidaridad, de arrejuntamientos y de feminismo.

Adá es bailaora de flamenco y en su historia como artista ha tenido que pasar por capítulos dolorosos también por no responder al estereotipo

De hecho, una de sus grandes referentes fue su abuela Rosalía que, como ella misma dice, sin llevar su sangre la consideró parte de su familia: “Simplemente era una más. Y eso a día de hoy con las experiencias negativas que me tocaron vivir pues siempre lo tengo mu presente porque digo quien menos tenía o quien menos conocía o menos mundo había vivido sí me trató de igual a igual y hoy por hoy muchísima gente que supuestamente está estudiá o está viajá o está más puesta al día por así decirlo, que para mí es todo lo contrario. Sí te miran por encima del hombro. Te hacen sentir que no encajas”.

La afroandaluza es además bailaora de flamenco y en su historia como artista ha tenido que pasar por capítulos dolorosos también por no responder al estereotipo. ¿Cuál es el lugar de Adá según el statu quo y qué dice su experiencia a los feminismos andaluces, todavía en construcción?

La pregunta que late de fondo es la siguiente: ¿quién es el sujeto del feminismo andaluz? Si entendemos que los feminismos andaluces los integran únicamente las mujeres que lidian diariamente con los limitados estereotipos de la mujer andaluza, Adá —a pesar de ser andaluza de clase obrera— no estaría ahí. En su caso, la experiencia es distinta. Ella no sufre el menosprecio histórico de ser mujer andaluza porque ni siquiera se la considera tal. Sí sufre, sin embargo, el racismo que ocurre en su propio territorio.

Como ella misma expresa contando sus experiencias personales y profesionales, Adá experimenta en gran medida la existencia de esos estereotipos de mirada única sobre las andaluzas que, en su caso, llevan a su exclusión. Los sufre en la medida en que ni siquiera esos estereotipos reduccionistas la tienen en cuenta. La lucha por generar imaginarios reales y diversos dentro de los feminismos andaluces es, por tanto, también su lucha. Generar relatos diferenciales en torno a cómo sufrimos esos imaginarios impuestos se hace urgente también para Adá. Contrarrestar el relato con la verdad: “Saber que por aquí pasaron muchos antes que nosotros y que la mezcla ha existido siempre y no solo aquí, sino en cualquier parte del mundo. Esa es la riqueza”.

La cuestión ni es tan sencilla ni acaba tampoco aquí. Aunque en el imaginario colectivo a Adá se le niega su identidad andaluza, ella nació y se crió en Sevilla. Cuando se reflexiona sobre el concepto de “mujeres andaluzas”, el hecho de haber nacido en Andalucía se considera sido clave y, dentro de la enorme diversidad que se desprende de ahí, lo que parece indiscutible es que el sujeto del feminismo andaluz son mujeres nacidas y criadas en Andalucía. Y que es ahí donde descansa la mirada territorial. En definitiva, mujeres andaluzas. Pero, ¿quiénes somos las mujeres andaluzas? ¿No construyen y resisten muchas mujeres en el territorio sin necesariamente haber nacido en la tierra? ¿Es realmente esto incuestionable?

Blessing Ulefe Nelson (Benin City, 1987) considera que los territorios tienen su propia historia y que esas historias son, en parte, desconocidas. Tras dieciséis años en un barrio obrero de Sevilla (Cerro del Águila, Sevilla), la diplomada en Enfermería y técnica de atención a personas en situación de dependencia reivindica como afroandaluza su sentimiento de pertenencia a su pueblo y plantea la necesidad de romper con la imagen homogénea de las andaluzas para hablar de feminismo andaluz: “Yo vine con quince años. Cuando tú vienes con quince años vienes sin saber el idioma. El primer año te sientes totalmente fuera de lugar pero conforme van pasando los años y vas a la adolescencia, que es cuando una se va formando su identidad, pues esos años los he pasado en Sevilla. Me guste o no me guste yo me siento sevillana. Me siento andaluza y nigeriana también. Yo no separo ni una cosa ni la otra”.

El devenir de la identidad en tránsito de Blessing le ha permitido ver semejanzas en sus dos territorios y también diferencias. Estas son, para ella, más importantes. El aporte de los feminismo territoriales, dice, debe pasar por la reivindicación de las diferencias. Eso es lo que le da sentido y lo que los convierte en necesarios: “Yo siempre digo que hay que educar en la diversidad, no en la igualdad. Porque, si se educa en la igualdad, en el momento en que ves una mínima diferencia, todo se viene abajo. Si se enseña desde la diversidad ya sabes que cada vez vas a encontrar cosas diferentes, pero si enseñas en la igualdad y encuentras algo diferente, te rompe los esquemas”.

La afrosevillana Blessing considera que el feminismo en el Estado español se sigue haciendo desde una mirada muy hegemónica y poco inclusiva

Para la afrosevillana Blessing, el feminismo en el Estado español se sigue haciendo desde una mirada muy hegemónica y poco inclusiva. Resalta que esto es incluso más destacado en las comunidades del sur. Los movimientos del norte o centro, dice, tienen un mayor recorrido en esto incluir la interseccionalidad en la mirada. “En Andalucía es ahora cuando estamos intentando romper ese veto histórico”, asegura.

Rescatar el pasado histórico de Andalucía desde esa diversidad es tan fundamental para Adá como para Blessing, que expresa que hace poco vio el documental Gurumbé en el que se daba el dato de que el 20% de la población andaluza eran personas negras: “Yo creo que si eso en los institutos se pusiera, aunque fuera una vez cada dos meses, poco a poco la gente se iría acostumbrando a nuestra presencia […]. Sobre todo, que Andalucía debe saber que es una tierra de mezcla. Nos guste o no, es una tierra de mezcla”.

El mismo documental es reivindicado por Adá. Ella, como estudiosa del flamenco, ya sabía de sus influencias y de la importancia que tuvo la presencia de personas esclavas negras en Andalucía. De hecho, la sevillana forma parte de la Hermandad de los negritos de Sevilla a la que también perteneció su padre y pertenecen hoy sus hijos: “Yo interpreto que mi padre se une a esa Cofradía en agradecimiento porque esa hermandad se funda en principio como un hospital para ayudar a personas negras. Ellos se involucran en la hermandad como agradecimiento […]. Me bautizaron en la pila de los negritos y mis hijos todo lo han hecho ahí. Es como parte de lo nuestro”.

La vecina como sujeto político es revivida y rescatada también por ambas voces. Blessing ve en esta forma de colaborar de los barrios pobres una fuente de riqueza cultural y patrimonial: Son apoyos y son formas de vivir que dan mucha riqueza a un entorno que al final es tu familia social y hace que tu vida sea más llevadera. Aquí, en Cerro del Águila, a partir de las ocho sacan sus sillas a la calle, tú pasas y te saludan… Al final entablas conversaciones con personas que no conoces. También ocurre que en el supermercado estás comprando en una cola y empiezas a hablar con alguien en ese momento. Son cosas que parecen insignificantes, pero que se notan cuando vas a otras partes de la ciudad.

La vecina como sujeto político, sin embargo, no sirve a todos los propósitos sociales si no se trabaja para que la vecindad considere como propias a personas que siempre son leídas como “las otras” dentro de los propios territorios. Generar una antropología de lo cercano con el fin de que quienes nunca están formen parte de esa categoría. Desde el punto de vista de Blessing, se trata de superar la barrera del rechazo que hace que existan vecinas de primera y de segunda.

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En definitiva, superar complejos, cambiar imaginarios, ensalzar las diferencias de las práctica culturales que nos llevan a mundos distintos y no a una única forma de hacer las cosas y acudir a la memoria es fundamental para la construcción de los feminismos andaluces. Pero no solo eso. Hay algo mucho más potente que se desprende de las reflexiones y experiencias de las mujeres afroandaluzas entrevistadas. Y es que los feminismos territoriales deben entender el territorio como un ente vivo en continuo tránsito. Como un cuerpo que habla, que se expresa y que no permanece quieto y pasivo ante los acontecimientos. Ponerle el micrófono al territorio implica asumir que éstos son el cuerpo de nuestras historias y experiencias colectivas. Un lugar de pasados que son presentes, de cruces, presentimientos y formas propias que son producto de muchas.

Interacciones y conversaciones con la huella de la tierra y su ser identitario que nos da lecciones, formas de vivir y de resistir; y que nos muestra capítulos y cotidianos de exclusión que, a pesar de la autocrítica, seguimos reproduciendo. 

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