Extrema derecha
Durmiendo con el enemigo: el supremacismo blanco es terrorismo

Existe todo un contexto que propicia que se pueda convivir con la atmósfera del supremacismo. De ahí, que se dé una completa normalización de la presencia de partidos, de organizaciones, y de personas con estas ideologías en las instituciones políticas, culturales, económicas y sociales en Europa y Estados Unidos.

Chemnitz 4
Manifestación neonazi en la ciudad alemana de Chemnitz. Foto de De Havilland.

publicado
2019-10-06 07:30

El pasado 20 de septiembre podíamos leer un titular en el periódico El País que decía: “EE UU añade a su lista de terrorismo el supremacismo blanco”. Esta noticia salía unos días después de esta otra: “El gran experto del 11S: el nuevo terrorismo no se formará en Siria sino en Ucrania”. Parece que ya es imposible invisibilizar y negar esta realidad incluso desde la propia administración Trump (uno de los fuertes trampolines para este terrorismo en los últimos años).

Resulta cuanto menos curioso comprobar ciertas similitudes, a pesar de todas las diferencias —que son muchas—, entre Ucrania y Afganistán. Es en el país asiático donde se estructuró el llamado terrorismo yihadista a partir de las intervenciones de Estados Unidos, y como reconocería Hilary Clinton hace ya años en una entrevista para Fox News, con el proyecto de crear esas organizaciones con un propósito geopolítico frente a la Unión Soviética. Se sabe también todo el apoyo económico, material e intelectual (desde 2014 más de mil millones de dólares para mejorar su capacidad militar) que ha tenido la extrema derecha en la formación de grupos paramilitares de neonazis en Ucrania durante el conflicto con Rusia. De nuevo, pareciera que el fortalecimiento de estas corrientes terroristas tiene mucho que agradecerle a la inteligencia estadounidense a partir de intereses geopolíticos. Y de nuevo, parece que el monstruo se les ha venido encima. A ellos y a todos.

Algunas diferencias problemáticas de este tipo de terrorismo comparado con otros, que son esenciales para entender la dimensión del problema, son que estas personas forman parte de partidos políticos gobernando en Europa y Estados Unidos. Es decir, el supremacismo blanco está en espacios de poder. Podemos recordar cómo Trump se negó a condenar al KKK –los mismos que le apoyaron públicamente durante la campaña electoral-; equiparó las demandas de miembros de grupos supremacista con otros antirracistas situando a ambos en espacios de extremos tras el asesinato de una mujer en una manifestación antirracista; denominó países de mierda a los países africanos; propuso disparar en las piernas a los inmigrantes, y así toda una lista de declaraciones cuanto menos peculiares.

El supremacismo blanco está en espacios de poder. Podemos recordar cómo Trump se negó a condenar al KKK, denominó países de mierda a los países africanos o propuso disparar en las piernas a los inmigrantes.

A su vez, estas personas forman parte de partidos políticos con representación en los congresos de diferentes países (Alemania, Italia, Hungría, Holanda, Bélgica, Francia o la misma España entre otros) y dentro de la Comisión Europea y la Eurocámara, sobre todo desde las últimas elecciones consiguiendo más de un 10% de representantes. Esto ha llevado a que, por ejemplo, se sitúe el área de inmigración en la “Vicepresidencia para Proteger nuestro Estilo de Vida Europeo” [decisión revertida posteriormente] asumiendo las tesis de la invasión cultural del supremacismo, pero también poniendo de manifiesto y de forma explícita la postura histórica desde la que se han venido elaborando las políticas de inmigración en los últimos años.

En España, donde ha irrumpido VOX con fuerza en un tablero político cada vez más escorado a la derecha y con resultados muy importantes en las últimas elecciones, hace poco más de un mes el Partido Popular, junto al mismo Vox, se ponían de acuerdo para darle la alcaldía de Los Santos de la Humosa al partido de ultra derecha España 2000.

Por otro lado, estos partidos tienen sus sedes legalizadas, institucionalizadas y muchos de ellos reciben préstamos de bancos y empresas para sus campañas políticas. A VOX irónicamente se le ha financiado desde Irán, lo cual ha sido admitido por el propio partido, y no ha tenido ninguna consecuencia legal o política, pero ese es asunto para otro momento.

Hay supremacistas que son directivos de importantes empresas con una alta capacidad para movilizar personas. Forman parte de los comités de empresas de industrias como la armamentística y de seguridad, como el caso de Rafael Bardaji y la compañía Expal Systems. Otros integran medios de comunicación privados. Uno de ellos es Breitbart News o Rebel Media. En España podemos encontrar varios medios de comunicación franquistas como Alerta Digital, Arriba, Radio Ya y Diario Ya, así como otros más conocidos como Intereconomía y 13TV (cuyo máximo accionista es la Conferencia Episcopal) donde es habitual ver noticias y escuchar a tertulianos defendiendo las tesis de la supremacía blanca y la invasión cultural.

En cuanto a los medios públicos, aún resuena por América Latina las palabras del ex presidente de la Corporación RTVE, José Antonio Sánchez, en el 2017 en un acto en Casa América con un discurso que buscaba rescatar el carácter positivo de la llegada al continente americano por los españoles, “España no fue colonizadora, sino evangelizadora y civilizadora”. La idea de la civilización española superior sigue muy vigente.

No sólo forman parte de medios de comunicación, tienen sus propios medios y programas que se pueden ver en televisión o escuchar por la radio o son tertulianos del show mediático que conforma el mundo de los programas de actualidad. Sino que su importancia dentro de los medios de comunicación es quizás pequeña, comparada con la capacidad para crear y difundir las llamadas “fake news”.

Desde organizaciones ultras, y vinculadas con algunos de los principales ideólogos a día de hoy de la ultraderecha a nivel internacional, se han creado think tanks como Gatestone o plataformas con la finalidad de inferir de la opinión pública a partir de la creación y difusión de noticias falsas y la manipulación de los big data. La más conocida es Cambridge Analytics –obra de Steve Bannon—, pero hay otras como Palantir, y se ha podido saber la gran influencia que tuvieron en los resultados de las elecciones de Estados Unidos, de Brasil o el referéndum del Brexit. Porque, como sugiere Owen Jones, “Necesitamos hablar del papel que han desempeñado los medios en la racialización de la extrema derecha” ya que un elemento esencial, es que los discursos supremacistas se han mediatizado.

Desde organizaciones ultras, y vinculadas con algunos de los principales ideólogos de la ultraderecha a nivel internacional, se han creado think tanks o plataformas con la finalidad de inferir de la opinión pública a partir de la difusión de noticias falsas y la manipulación de big data.

Esta es otra de las diferencias en comparación con otros terrorismos, y es que estas personas tienen como medio de altavoz los mass medias. Como bien señalaba Owen Jones, “quienes alientan este tipo de violencia son políticos, analistas y medios de comunicación hegemónicos”. Diferentes activistas antirracistas en España como Daniela Ortiz, o plataformas como Somos Migrantes, vienen señalando cómo los discursos del supremacismo blanco están acompañados muchas veces del foco mediático, en entrevistas, comunicados en platos de televisión, conferencias y foros donde tienen la capacidad de crear agendas políticas.

Y es que el supremacismo tiene mucho dinero y muchas fuentes de financiación: Robert Mercer es un multimillonario administrador de fondos de cobertura y CEO de Renaissance Technologies. Mercer, donante de Trump, trabajó con el estratega de Trump, Steve Bannon, para hacer de Breitbart News una plataforma para la llamada derecha alternativa, o “derecha superior”. El término derecha superior fue acuñado por Richard Spencer, un blanco supremacista y partidario de Trump apoyado financieramente por el multimillonario William Regnery II a través del Instituto de Política Nacional. Regnery ha publicado una serie de libros antiislámicos, anti-izquierdas de, entre otros, David Horowitz, director del Centro de Libertad. Después de haber ayudado a que Trump fuera elegido, Mercer se desvinculó de Bannon, Breitbart y la derecha superior. Trabajo hecho.

Otros nombres como Robert Mercer, Arron Banks, Stephen Yaxley-Lennon, Robert Shillman, Ezra Levant, Harris Media o el propio Steve Banon son algunos de los principales promotores económicos del supremacismo blanco internacional actual.

La presencia de supremacistas no se reduce al campo de la política y los medios de comunicación. Estas personas las encontramos dentro de la propia Iglesia con ejemplos como los Kikos, los Legionarios de Cristo o el Opus Dei, este último con una presencia importante en los espacios de poder en España. También, hacen parte de los ejércitos y cuerpos de seguridad de los estados. Son muchos los informes que vinculan el KKK con la policía de diferentes estados del sur de Estados Unidos. En España tenemos el caso de la Legión Española o el de la propia policía municipal de Madrid de quienes pudimos ver las conversaciones del chat que salieron a la luz de una serie de policías que hablaban de tirar al mar a los inmigrantes, electrificar la valla de Ceuta o alabar a Hitler. Este supremacismo está en cada uno de los miembros de seguridad privada que hemos podido ver, gracias a vídeos virales, en los que no han dudado en arremeter contra personas racializadas, insultándolas, amenazándolas y encarándolas como matones, e incluso directamente pegándolas sin justificación alguna.

El supremacismo está en todos esos anuncios de alquiler que dicen que no quieren a negros, o que sin decirlo se deshacen rápidamente de ellos cuando se presentan para ver las viviendas y los caseros comprueban que son personas racializadas. En quienes no contratan personas racializadas, vinculan inmigración con delincuencia y reproducen frases comunes como que “los metas en tu casa”, “no caben todos” o “vienen a vivir de las ayudas sociales”.

Muchos de los europeos y estadounidenses blancos vienen a defender o justificar, en mayor o menor medida, premisas esenciales de este supremacismo cada vez que se demoniza a las poblaciones inmigrantes (en las encuestas Euroestat la inmigración es uno de los principales problemas según las percepciones de los ciudadanos) y cada vez que se banaliza o minimiza el racismo y a las personas que lo denuncian y lo sufren.

El supremacismo blanco está en aquellas personas que, amparándose en un relato creado mediáticamente sobre las mafias o cualquier otra cosa, no dudan en apoyar que no se rescate a personas que se están muriendo. Se encuentra en esas personas que deciden ir a un centro de menores extranjeros a darles una paliza, y en todas las que lo justifican y lo alientan desde las conversaciones de bares o en los foros de Internet. Muchos son cómplices con sus silencios al escuchar justificaciones en amigos o familiares.

El supremacismo blanco está en aquellas personas que no dudan en apoyar que no se rescate a personas que se están muriendo. Se encuentra en quienes van a un centro de menores extranjeros a darles una paliza, y en quienes lo justifican y lo alientan

Vimos el supremacismo en Inglaterra cuando una parte de la sociedad británica se escandalizo por tener una princesa afrodescendiente cuando Meghan Markle se casó con el príncipe Enrique. Lo vemos en Alemania estos días con manifestaciones de miles de neonazis retomando las calles de algunas ciudades del país. Lo vemos cuando son separados menores de sus familias y son encerrados llegando al punto de terminar muriendo bajo custodia, como ocurre en la frontera sur de Estados Unidos. Se reconoce, cuando se sabe que “el 73 por ciento de homicidios políticos registrados en Estados Unidos desde el 12 de septiembre de 2001 son actos violentos que vienen de la extrema derecha” pero no se cambia el relato mediático ni se pone en la agenda política, mientras se sigue hablando de inmigrantes, musulmanes y yihadistas. Lo vemos cada vez que se desconocen los informes que el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) elabora sobre los países y se decide no hacer nada al respecto.

Está en las intervenciones militares bajo el pretexto de ayuda humanitaria o el “envío de democracia a través de misiles”; en las injerencias extranjeras a partir de multinacionales. La imposición de coyunturas que hacen que las excolonias sigan siendo dependientes, en mayor o menor medida, de las antiguas metrópolis como por ejemplo con los llamados pactos coloniales de Francia con las excolonias a partir del Franco CFA como denuncia el activista Kémi Séba. En el paternalismo cada vez que un presidente europeo visita una excolonia, como cuando Sarkozy no dudó en asumir las tesis de Hegel sobre la no-historia del continente en su paso por Senegal. Se aprecia cuando nos damos cuenta de que la Corte Penal Internacional se dedica prácticamente en exclusiva a perseguir figuras no europeas, especialmente africanas.

Supremacismo blanco es las más 50 mil personas muertas en el Mediterráneo en los últimos 30 años por las políticas de inmigración europeas. Sobre todo, la indiferencia con ellas. Son los Cíes y las redadas con perfiles raciales. Es la ley de extranjería. Son los contenidos curriculares de los colegios cuando invisibilizan o banalizan los periodos coloniales y la esclavitud. Es el hecho de que el día a partir del cual se construye la identidad nacional española, es decir, el día de la Hispanidad, sea el 12 de octubre por la llegada de Colón al continente americano como denuncian diferentes organizaciones de inmigrantes de Abya Ayala en España cada año.

Es el programa “1492: un nuevo mundo” que se va a poner en marcha en Andalucía bajo la batuta del PP, Cs y VOX. Está en las posiciones verbalizadas de políticos —el bueno de Almeida— que ponen la defensa de las “simbologías” y “valores europeos” “frente a quienes nos quieren separar” por encima de la protección de algunos de los ecosistemas más importantes del mundo en otras regiones como la Amazonía, y que cuando tiene la oportunidad de retractarse se reafirma en afirmar que los valores europeos están por encima de la naturaleza. Está en cada calle y estatua que hacen referencia a una suerte de gloria de pasado colonial. Es, como señala la periodista y activista afrodescendiente Lucia Mbomio, la falta de referentes no blancos en los medios de comunicación. Es decir, imponer una hegemonía cultural blanca.

¿Cuántas personas en Europa no piensan realmente, en mayor o menor medida, que la civilización blanca —blanqueada porque nunca lo fue del todo— es mejor que las otras a partir de categorías como desarrollo, modernidad, eficiencia, etc,? ¿Cuántas no han llegado a justificar procesos coloniales pasados a partir de ideas tales como que ahora esos pueblos que fueron colonizados por lo menos tienen universidades y no van en taparrabos?

Existe todo un contexto que propicia que se pueda convivir con la atmósfera del supremacismo. De ahí, que se dé una completa normalización de la presencia de partidos, de organizaciones, y de personas con estas ideologías en las instituciones políticas, culturales, económicas y sociales en Europa y Estados Unidos. Al final, enunciar las tesis de la invasión cultural, avalar las categorías del nuevo barbarismo y del racismo cultural o asumir jerarquías civilizatorias es normalizar los postulados del supremacismo. Y eso se hace continuamente a nuestro alrededor.

En definitiva, el supremacismo blanco se define a partir del racismo, y el racismo es una de las bases estructurales de nuestras sociedades desde hace 500 años, de ahí que este peligro sea extensivamente mucho más grande que cualquier otra forma de terrorismo por la capacidad que tiene de ser relativizado por sociedades profundamente racistas. No acaba de nacer, ni siquiera en el siglo pasado con los postulados nazis, nació en 1492 con el orden racista colonial.

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1 Comentario
#42097 18:13 28/10/2019

Solo para matizar, el racismo lleva existiendo desde mucho antes, desde la necesidad de crear una identidad que nos defina y nos haga sentir seguros. El racismo no es más que una cara de la importancia personal

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