Análisis
El delicado papel del ataque a Irán en la estrategia global de Trump

Para entender la nueva guerra de Trump en Irán es importante comprender que lo que Israel ofrece no son solo ventajas geoestratégicas ‘externas’ a las sociedades occidentales. Solemos poner el foco en el apoyo que el sionismo recibe de las potencias occidentales, pero es también mucho lo que el sionismo contribuye al imperialismo y, específicamente, al auge del fascismo.
Trump Irán
Trump supervisa el ataque a Irán con su equipo de seguridad desde su residencia en Florida. Foto: Casa Blanca
6 mar 2026 09:17

Trump, que olió sangre en las protestas contra el régimen iraní, se suma de nuevo a la guerra regional sionista que está convirtiendo todo Oriente Medio en un matadero racial con tal de alcanzar el sueño bíblico del ‘Eretz Israel’. Interviene con la esperanza de que mientras los pueblos se matan por abajo, la supremacía militar israelí se extienda pronto a toda la región y las manos de Washington queden libres para la disputa estratégica con China. De esta manera, el magnate inmobiliario que llegó a la Casa Blanca bajo la promesa de acabar con las interminables guerras ideológicas ha iniciado una nueva guerra contra un país de más de 90 millones de personas dispuesto a librar una guerra asimétrica.

Cualquiera que comparta conmigo la desgracia de seguir las declaraciones de Donald Trump con cierta asiduidad habrá comprobado que su especialidad es decir una cosa y la contraria, ya no con 24 horas de diferencia, sino en una misma entrevista. Este estilo de comunicación que, aturdiéndonos, dificulta que nos hagamos una perspectiva global de lo que ofrece, es su aporte personal. Pero la esquizofrenia estratégica viene de lejos y toca a todo el imperialismo yanki en declive: llevan más de 15 años, desde que Obama anunciara su ‘Pivot to Asia’, prometiendo que saldrían de Oriente Medio para llevar sus tropas al Pacífico. Sin embargo, la región pesa mucho en la estructura de poder yanqui e Israel aporta demasiado al sostenimiento de la hegemonía occidental —y más específicamente a su reconfiguración fascista—como para marcharse sin dejar todo atado y bien atado.

La catarsis patriótica

Mientras Trump dice y se desdice, es importante que tratemos de entender la lógica subyacente a sus acciones. En este sentido, el gigantesco aparato ideológico que lo ha aupado al poder sí está esbozando una estrategia a más largo plazo para tratar de salvar la hegemonía estadounidense.

La militarización permanente de la sociedad capitalista es la espina dorsal de dicha estrategia. En su vertiente interna, busca resolver la profunda crisis social que vive Estados Unidos mediante la disciplina, con la caza del migrante como punta de lanza, a todo el que no se sume a la catarsis patriótica. De cara al exterior, Estados Unidos mantiene la primacía militar mientras pierde la económica y, de forma incipiente, la ideológica. Aquí la madre de todos los debates entre los think tanks estadounidenses es cómo derrotar a China y su desvelo fundamental es que el ejército estadounidense, sin la pujanza industrial de antaño, no sea capaz de abarcar los múltiples frentes militares abiertos (Ucrania, Oriente Medio y, de fondo, la posibilidad de guerra en Asia-Pacífico).

Todo este discurso civilizatorio que luego han continuado los altos cargos trumpistas se define en la nueva estrategia como la erradicación de la “subversión cultural” o la “migración masiva”

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y su aplicación al ámbito militar en la Estrategia de Defensa Nacional 2026 son documentos que merece la pena leer para entender el proyecto trumpista. Hay en ellos una ruptura conceptual doble con la doctrina exterior estadounidense desde el final de la Guerra Fría. Se introduce la “revigorización de la salud espiritual americana” como un problema existencial para la soberanía estadounidense. Todo este discurso civilizatorio que luego han continuado los altos cargos trumpistas se define en la nueva estrategia como la erradicación de la “subversión cultural” o la “migración masiva” para reestablecer el “ethos guerrero americano”. 

Su traducción práctica es la vía libre a la acción de los brazos armados, tanto estatales como paramilitares, para librar la ‘guerra cultural’ al interior del territorio estadounidense todo ello bajo el rótulo de la ‘seguridad nacional’. Por otro lado, en lo que a política exterior se refiere, se desestima como una abstracción quimérica la idea de un ‘orden internacional basado en reglas’ y la defensa de ‘valores democráticos’ para declarar de forma explícita que la maximización del poder estadounidense es el leitmotiv de la política exterior.

Reconoce, Washington, que Pekín es ya una gran potencia y que no es posible derrotarla de forma inmediata

En cuanto a cómo afrontar la rivalidad con China, hay en los documentos un reajuste importante. Reconoce, Washington, que Pekín es ya una gran potencia y que no es posible derrotarla de forma inmediata. Tratar de mantener el dominio global sería un despilfarro de fuerzas que hoy ya no es posible, por lo que se impone una estrategia más pragmática de cara a una rivalidad bipolar prolongada. La ‘brújula’ sigue apuntando a China, pero la prioridad es consolidar el área de influencia estadounidense. De acuerdo al plan, Washington debe concentrar sus fuerzas en el continente americano y en Asia-Pacífico. Se trata, por un lado, de asegurar el dominio en América Latina y Groenlandia y poner así fin a la penetración de China en su retaguardia —el “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”—. Por el otro, se trata de acumular fuerzas en Asia para tratar de evitar que China pueda imponerse en la región, que ya es el centro de gravedad demográfico y económico mundial. Esto requiere la reindustrialización militar con base en el ‘trabajador americano’, que aparece como el medio para recomponer la clase media americana y garantizar la preeminencia militar en el largo plazo.

La contraparte necesaria de toda esta reconfiguración del reparto imperialista del trabajo, que la administración Trump llama ‘traslado de cargas’ (“burden-shifting”), es que los aliados occidentales deben asumir el grueso del gasto y la operativa militar en aquellas regiones importantes pero menos prioritarias para Estados Unidos. Israel es presentado como un ‘aliado modelo’ por su voluntad para defender los intereses occidentales en Oriente Medio y se insta a que Europa haga lo propio frente a Rusia. Este proceso, dicho sea de paso, comenzó hace tiempo: la ‘autonomía estratégica europea’ está siguiendo los pasos del programa trumpista para Europa: reindustrialización militar, gasto militar del 5% del PIB, financiación de la ayuda militar estadounidense en Ucrania… Y cristaliza ahora en lo que se ha bautizado como ‘OTAN 3.0’: el traspaso del peso operativo de la OTAN a los países europeos.

Una ‘ventana de oportunidad’ táctica y las posibilidades de fracaso

Siendo este el plan general de Estados Unidos, puede parecer un sinsentido estratégico la decisión de iniciar una nueva agresión contra Irán, esta vez a mucha mayor escala que la Guerra de los doce días del pasado junio, y enormemente impopular incluso entre las bases electorales de Trump. Sin embargo, la debilidad que evidenció el régimen de los ayatolás en las protestas masivas con las que comenzó el 2026 en Irán, y muy especialmente los levantamientos de las minorías nacionales, han sido codificadas en Washington como una ‘ventana de oportunidad’ táctica de la que sería posible obtener una solución relativamente rápida y relativamente definitiva al problema iraní. Es cierto: a Trump le gustaría una solución más negociada al estilo Venezuela, pero la tentativa de que Irán colapse en un pandemónium nacional le es suficiente para lograr sus objetivos en Oriente Medio.

Trump se ha lanzado así a una apuesta que, si fracasa, pondría en riesgo toda su estrategia global. Y aquí fracasar puede significar que la capacidad de respuesta iraní se alargue más de lo esperado, en un país de más de 90 millones de personas, con una larguísima tradición cultural propia y cuyos dirigentes llevan décadas preparándose para una resistencia asimétrica. 

Sin embargo, los objetivos en la región y la afinidad trumpista con el sionismo no son cosa menor. Aunque la oficialidad estadounidense afirme que Oriente Medio ya no es tan importante, lo que allí ocurra es vital para el proyecto trumpista. Estados Unidos es hoy exportador neto de petróleo, sí, pero la supremacía financiera del ‘petrodólar’ sigue dependiendo de la prevalencia de Israel y las petromonarquías del Golfo, aliados que enraízan el poder occidental en la región donde convergen Asia, África y Europa. La ‘Junta de Paz’, esa negación de la autodeterminación palestina con amparo de la ONU, ha tomado vida propia y actúa hoy como proyecto que aspira a reconstruir el orden internacional como un club de accionistas. Su sueño fundacional es dar un pelotazo urbanístico en el gueto gazatí y, de paso, recuperar el proyecto de un corredor económico de India a Europa, con epicentro en Israel, que compita con la Nueva Ruta de la Seda china. El ataque a Irán permite proseguir en todo esto y, como en Venezuela, golpear el suministro energético de Pekín.

Objetivo: consolidar a Israel

Existen diferencias reales en lo que quieren de la región Israel, Estados Unidos o los países europeos (que suelen delegar hasta que es preciso el refuerzo moral y militar). Pero todos comparten la meta de consolidar la supremacía militar de Israel en Oriente Medio. Y, por tanto, de eliminar las capacidades militares de Irán (los misiles balísticos, la flota naval, la alianza con el Eje de la Resistencia y todo tipo de enriquecimiento nuclear), que era de lo que iban las negociaciones entre Trump y los ayatolás. Se les pedía el desguace voluntario de toda capacidad de respuesta convencional. Y si no, adelante con la guerra étnica sionista.

Netanyahu ve en esta guerra la oportunidad para dar ‘solución final’al objetivo fundacional israelí de extender su dominio a todo Oriente Medio

Los intereses occidentales en su conjunto están implicados en la limpieza étnica de los palestinos que, desde hace casi tres años, Israel ha convertido en una guerra regional que se extiende a Líbano, Siria e Irán. Netanyahu ve en esta guerra la oportunidad para dar solución final al objetivo fundacional israelí de extender su dominio a todo Oriente Medio, esa promesa bíblica de un ‘Eretz Israel’ que hace unos días aplaudió el embajador estadounidense en Israel. La lógica es el divide et impera que siempre ha empleado el colonialismo: enfrentar las naciones de la región, mientras Israel aprovecha su predominio tecnológico para expandirse. Y es que hablamos de los últimos tres años, pero el sentido histórico del sionismo ha sido explícito desde que su fundador, Theodor Herzl, declarara ya en 1896 que la constitución de un Estado judío en Palestina formaría “un baluarte de Europa contra Asia, un puesto de avanzada de la civilización opuesto a la barbarie".

A su vez, para entender la nueva guerra de Trump en Irán, es importante comprender que lo que Israel ofrece no son solo ventajas geoestratégicas ‘externas’ a las sociedades occidentales. Solemos poner el foco en el enorme apoyo que el sionismo recibe de las potencias occidentales. Esto es necesario y prioritario: el combate al imperialismo debe comenzar siempre por el propio. Pero es también mucho lo que el sionismo contribuye al imperialismo y, específicamente, al auge del fascismo.

En el ámbito ideológico, todo el conglomerado de ideas racistas y mesiánicas del sionismo religioso está consiguiendo entrelazarse con la numerosa base evangelista del trumpismo

Si Israel es un ‘aliado modelo’ para Occidente, como defiende Pete Hegseth, no lo es solo a nivel militar, sino cada vez más como avanzada de lo que la oligarquía financiera busca a nivel social. En Gaza y en Cisjordania se ensayan los modelos de control social y tecno-militar que empresas como Palantir ofrecen al ICE, la inteligencia militar española o la resurrección del ejército alemán. En el ámbito ideológico, todo el conglomerado de ideas racistas y mesiánicas del sionismo religioso, especialmente radical entre los colonos que ocupan Cisjordania por la vía paramilitar, está consiguiendo entrelazarse con la numerosa base evangelista del trumpismo. Así, cuando Marco Rubio advierte a sus aliados europeos sobre los peligros de la decadencia de la civilización occidental causada por la migración masiva, se hace eco de figuras como las de Yoram Hazony, colono israelí, ideólogo y organizador del nacionalismo trumpista, cuyas conferencias reúnen entre otros a J.D. Vance, Peter Thiel o Giorgia Meloni, y articulan toda una fantasiosa teoría de la historia universal que, en base a los preceptos bíblicos, sitúa los valores nacionales del ‘pueblo hebreo’ como la esencia de la civilización occidental.

Israel viene actuando como un laboratorio avanzado de esa mezcla de nacionalismo étnico-religioso y control tecno-militar de la sociedad que la oligarquía financiera ofrece como solución a la crisis social. De manera correlativa, no debemos entender, como en ocasiones se hace, la solidaridad con Palestina como el apoyo a unas meras víctimas externas a nosotros, sino como una lucha que apoyar y de la que aprender, en la que se prefigura el futuro del mundo.

Lo que ya expresara Herzl hace más de un siglo, lo revivió hace un par de años Borrell cuando presentó a Europa como un ‘jardín’ en medio de la ‘jungla’

En este sentido, si los altos cargos europeos han aplaudido el ‘discurso civilizatorio’ de Rubio en la Conferencia de Múnich, presentándolo como una visión más moderada y amable de la relación transatlántica que la de otros jerifaltes trumpistas, es porque comparten una misma visión de fondo. Lo que ya expresara Herzl hace más de un siglo, lo revivió hace un par de años Borrell cuando presentó a Europa como un ‘jardín’ en medio de la ‘jungla’. Es lo mismo que venía a decir Merz cuando, en medio de la Guerra de los doce días, planteó que Israel estaba haciendo por Europa el “trabajo sucio” frente a Irán. O Aznar al afirmar que “si Israel perdiese lo que está haciendo [el genocidio palestino], tendríamos un problema en el mundo occidental”. Da igual qué mandatario de la Unión Europea lo diga, porque el telón de fondo es el mismo, el sentido común del imperialismo europeo: salvaguardar la paz social en casa mediante la guerra contra los bárbaros al otro lado del muro. Esta lógica presupone y amplía la persecución del pobre y el disidente local. Y por supuesto, este discurso no es solo palabras: los países europeos han dado un apoyo constante a la preparación bélica israelí-estadounidense y los que pueden ya han enviado refuerzos, mientras Macron aprovecha para anunciar el aumento de cabezas nucleares.

De acuerdo a nuestros dirigentes, parecería que no hay alternativa al autoritarismo y a la guerra imperialista. Hoy todo ese militarismo se concentra en Irán, mañana Cuba volverá a las portadas. Esto no se puede detener con una estrategia cortoplacista ni en clave nacional. Requiere pensar a largo plazo y que quienes repudiamos esta barbarie abramos una discusión profunda para desarrollar una alternativa internacionalista.

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