Elecciones 10N
Sánchez se prepara para encabezar la “segunda transición”

El PSOE apuesta por una campaña electoral de perfil bajo, marcada por el enfrentamiento entre Más País y Unidas Podemos, y por la ganancia del voto de la confianza ante la inestabilidad del sistema de partidos.

Comparecencia de Pedro Sánchez y Josep Borrell en la sede del PSOE en Madrid, tras las elecciones.
Comparecencia de Pedro Sánchez y Josep Borrell en la sede del PSOE en Madrid, tras las elecciones. Álvaro Minguito
29 sep 2019 06:58

“Felipe VI necesita un orden nuevo”. Bajo este epígrafe, el investigador del comportamiento electoral Jaume Miquel concluía la primera parte de su ensayo La Perestroika de Felipe VI (RBA, 2015). Miquel explica en un libro publicado antes de las elecciones locales de mayo y las generales de diciembre de 2015 que España se encuentra en una zona de ruptura cuyo “centro teórico [...] es joven, ultraurbano, con una buena formación, internauta, crítico, emprendedor, europeo y occidental. Es global: no necesita nación, ni patria, ni bandera, ni raíz, ni gen, ni historia de ningún género, porque el problema es otro. Son personas normales del mundo global que habitan en un Estado endeudado y corrupto del sur de Europa, y que a pesar de eso es una de las regiones más ricas del planeta”. Miquel, más adelante, escribe en referencia a la llegada de ese nuevo orden —sustitución del terminal régimen del 78—, que “quien lo tiene que entender es Íñigo Errejón”, en un epígrafe en el que se deshace en elogios hacia el entonces estratega de Podemos.

Aunque las crónicas periodísticas se han centrado en el papel de Iván Redondo como gurú y asesor de Pedro Sánchez, es en el análisis de Miquel —que desde octubre de 2018 forma parte del equipo de Redondo y es asesor del presidente en funciones— en donde se puede rastrear la base tecnopolítica del proyecto socialista para cerrar el ciclo abierto a partir de 2011 en España. Confiado en el comportamiento electoral “cauteloso” de una mayoría de votantes en el próximo “negocio de los votos” del 10 de noviembre, el candidato del PSOE espera aumentar su base para el liderazgo de un orden nuevo: un proceso constituyente que, como ha indicado recientemente el periodista Guillem Martínez, no requiere necesariamente una modificación de la Constitución. La “zona de ruptura” se está cerrando para dar paso al orden de Felipe VI: un orden que, en contra de lo que proponía Jaime Miquel, no es plurinacional —aunque Madrid pierde peso virtual en el encaje táctico de Sánchez— y que no aporta una solución novedosa a la crisis de identidad y del modelo territorial español.

A pesar de esos capítulos inconclusos en el diseño del nuevo orden, el escenario —según coinciden todas las encuestas— es propicio para la consecución del plan. Las declaraciones de los líderes del PSOE la pasada semana dan fe de la convicción de los socialistas de que van a encabezar esa segunda transición: Pedro Sánchez dijo que el traslado del cadáver de Franco desde Cuelgamuros a una tumba privada cierra “el círculo democrático”; posteriormente, en otra entrevista, valoró que la monarquía actual “representa los valores” de la II República, y, por su parte, la vicepresidenta Carmen Calvo, aseguró que la salida de la Transición se hizo “sin ningún roce de violencia, salvo la de ETA”, en un ejercicio de revisión histórica que más que sobre el pasado habla sobre el presente —pacificación vía Ley Mordaza— y sobre un futuro basado en la ausencia de conflicto social.

El ganador se lo lleva todo

Tras el periodo multipartidista que se desarrolló desde 2014 y que ha concluido con la incorporación de Más País, el PSOE plantea los comicios de noviembre como una “segunda vuelta”, al más puro estilo presidencialista, que debe refrendar el mensaje de que Sánchez es el único candidato con capacidad de sumar mayoría de gobierno. “La mayoría cautelosa decide”, repiten los gurús socialistas.

El hartazgo hacia la política y los políticos que refleja el último CIS no perjudica a los puntales del bipartidismo —los dos partidos “conservadores” de izquierda y derecha— ya que su base de votantes está más consolidada que la del resto de fuerzas, con la excepción del PNV. En un barómetro marcado por la desafección al sistema político y a las y los políticos en particular, el PSOE ha recuperado la estructura de su voto tradicional. Y la alta abstención no es un problema para la consecución de su plan, más bien al contrario.

Especialmente relevante es el voto de personas mayores de 65 años: un 14,8% de las personas de esa edad encuestadas responden que “votarían siempre” al partido de Pedro Sánchez. Pero su partido aspira además a conquistar en noviembre la única franja de edad en la que no venció en votos el pasado abril: la de las personas de entre 18 y 24 años, nuevos votantes que optaron en la misma medida por PSOE y Unidas Podemos. En las próximas elecciones, Sánchez tiene en su mano incorporar, a pesar del paro y la precariedad, a la generación post-crisis a un proyecto de país que retome la política “para las clases medias” que entró en crisis a partir de 2008.


La irrupción de Más País en el mapa político permitirá a Sánchez reorientar su campaña hacia la persecución del 5% de votantes de Ciudadanos que en el pasado mes de abril que se declaró más proclive a votar al PSOE en las próximas generales. Pero, aunque el actual presidente en funciones tiene motivos para creer que la disputa entre Errejón e Iglesias permite centrar a su partido y recoger el voto de desencantados con la “división de las izquierdas”.

El CIS de septiembre quedará como una reliquia o como la que pudo ser la última gran noticia para Unidas Podemos. Tras la negativa de la coalición a investir a Sánchez en julio, el barómetro mostraba una recuperación de más de un punto respecto a abril. El periodo desde las elecciones de abril no ha pasado en balde para Sánchez: un 40% de las personas que votaron al PSOE en abril declaran que el presidente en funciones les genera poca o ninguna confianza y un 18,7% valoran negativa o muy negativamente la intervención de Pedro Sánchez en el debate de investidura de julio. 

Una campaña de perfil bajo, que establezca las distancias entre Sánchez y Casado como autoproclamados “estadistas” y sitúe al resto de candidatos como “inestables”, favorece las aspiraciones del PSOE de superar el 30% del voto y subalternizar con ello al partido de Albert Rivera para que garantice la gobernabilidad del partido socialista y, más a largo plazo, el cambio de orden al que aspira Sánchez. Un cierre de régimen al que no se quiso sumar Ciudadanos en abril, en la confianza de que el acuerdo con Iglesias precipitaría a Sánchez definitivamente al catálogo de los “enemigos de España” y dejaría el camino claro a Rivera para la jefatura de la oposición “salvadora” de España.

Como consecuencia de ese error estratégico, Ciudadanos es el partido que sale peor parado de la encuesta llevada a cabo por el organismo que dirige José Félix Tezanos y, aunque su intención de voto modera su caída respecto al último barómetro del mes de julio, el electorado que votó en abril a Ciudadanos se muestra como el más proclive a no votar o votar por otro partido en noviembre. No obstante, la lectura de Ciudadanos, según ha publicado la periodista Marta Monforte, es que la aparición de Más País es una garantía que les permitirá consolidar su tercer puesto en noviembre. 

Errejón lo entendió

Una semana después de la convocatoria de elecciones para el 10 de noviembre, el panorama político ha estado agitado por la presentación de Más País. El proyecto de Íñigo Errejón introduce una nueva variable en el sistema de partidos. Pese a que solo se presentará en aquellas circunscripciones con siete o más escaños en juego, Más País —que desde el viernes sabe que tendrá como socio a Equo— aspira a rebañar votos de Unidas Podemos y el PSOE desde una imagen de “transversalidad”.

La campaña, no obstante, ha comenzado como una continuación, y una extrapolación al resto del Estado, del enfrentamiento a cara de perro que vive la izquierda madrileña y que es explícita desde el pasado mes de enero. Errejón ha apostado por convertir a su anterior partido en “vieja política” y, pese a que está rodeado de personas con un largo historial de birlibirloque ideológico y liquidación exprés de pactos, encarna hoy la ilusión de reencauzar el “ánimo destituyente, difuso y fragmentado” sobre el que escribía en 2014 hacia las costas cálidas de los grandes consensos tras el pánico desencadenado por la corriente global de resurgir del fascismo.

Con el salto a la política nacional, la presión sobre Unidas Podemos se extiende también a una serie de circunscripciones donde la confluencia mantuvo sus resultados en abril. Pero el audaz movimiento tendrá consecuencias a medio plazo: como sucedió en Madrid el pasado mes de mayo, la propuesta de superación de la vieja política de izquierdas no tendrá éxito completo si se basa en la humillación de los actores y movimientos de la “vieja” política de izquierdas.

Relacionado con eso, aunque no sea lo mismo, la apuesta por la transversalidad y la restauración del orden social a la que aspira el errejonismo no es compartida por quienes se resisten a dar por perdida la posibilidad de participación de las mayorías en el proceso constituyente en curso. Si son cuatro ‘pelaos’ o centenares de miles de votos, eso se sabrá el 11 de noviembre pero, sobre todo, más adelante, cuando la falta de programa y la indefinición del proyecto más allá de su garantía de aportar “estabilidad” comience a ser cuestionada.

Unido a la evanescencia de su programa —más allá del acople a los movimientos ecologista y feminista, el proyecto político presenta lagunas y auténticos océanos en materia territorial— y a la extraña composición de sus filas —solo el paso a la política nacional ha postergado la crisis que se cierne en la Asamblea de Madrid entre las distintas fracciones que compusieron Más Madrid—, el proyecto de Errejón repite los aciertos del Podemos de 2015 —guerra relámpago— y también los errores —poca claridad en la relación con sus socios en el nivel programático y organizativo— y los riesgos: ser un meme que solo funciona con el viento de cola.

Murcia como ejemplo

Está previsto que la entrada de Errejón en la ecuación de sondeos y encuestas corte la progresión que estaba experimentando la confluencia de Unidas Podemos. Murcia, en la que la confluencia ha mantenido su escaño desde el inicio del ciclo político funciona como objeto de estudio sobre las posibilidades de que todas las partes pierdan en el juego: en 2015, la suma de Podemos e IU, que se presentaban por separado obtuvo 132.799 votos, los más de 20.000 votos de Izquierda Unida se quedaron sin representación y Podemos quedó a 7.330 sufragios de obtener un segundo diputado, en la disputa de un escaño que fue a parar al PP. Seis meses después, la coalición Unidos Podemos obtuvo 103.522 votos. En 2019, fueron 79.650. La circunstancia es que esa lista incluía al sector desgajado la pasada semana para formar Más Región Murcia.

En este ejemplo, y ante un escenario probable de bajada de participación en las elecciones, la división del voto puede sumar el diputado de Unidas Podemos al PSOE… o al bloque de la derecha. En abril, el partido más cercano a obtener el último escaño fue el PP. El trasvase de votos de Ciudadanos y Vox al PP tendría como resultado el tercer incluso el cuarto escaño popular en una región tradicionalmente escorada a la derecha. Es decir, el PP obtendría hasta el doble de diputados sumando solo unos pocos de miles de votos más.

En unas elecciones que apuntan a poco participadas —y que ya apuntan a que convocarán a un abstencionismo militante que se ha mantenido bajo el radar desde 2015— la ecuación señala una realidad desoladora para Unidas Podemos. Por encima de la retórica acerca del bloque progresista, la posible pérdida de escaños de la confluencia en las circunscripciones medianas en donde consiguió mantener sus resultados el pasado mes de abril beneficia al partido de Errejón incluso en el caso de que Más País tampoco obtenga representación. Y lo hace porque de quedar ambos partidos en la misma franja —por debajo de los 20 escaños— las sensaciones serán contrarias: la euforia contra el desencanto. “Ganadores” contra “perdedores”, un relato con un atractivo fabuloso para las televisiones y las redes sociales. 

El hígado de un boxeador veterano

El 1 de septiembre, Pablo Iglesias lanzaba un mensaje sobrecargado de épica, que rememoraba el combate más famoso de la historia del boxeo, el que enfrentó a Muhammad Ali y a George Foreman en Kinshasa (Zaire) Paréntesis: el más famoso en América; en España hasta hace poco tiempo fue el de Pernell Whitaker contra Poli Díaz. Cierra paréntesis: Ali, boxeador en baja forma, un símbolo de la lucha por los derechos civiles de los  afroamericanos. Un rebelde contra el sistema, imprevisible en el ring y virtuoso. También una figura con tendencia a la egolatría. Foreman, técnico y con golpes directos que son un martillo pilón sobre el cuerpo de su rival. Más frío, más calculador. Más integrado.

Cuatro años después de su irrupción en la vida política, el cuerpo de Pablo Iglesias —y el de Podemos— es un rosario de moratones. Muchos golpes han sido autoinfligidos, otros, al hígado, han sido producto de las cloacas del Estado o de eso que cándidamente se llamó “la trama”, pero, a estas alturas de la carrera, la pregunta es saber si el partido es capaz de sostenerse una vez más o si, esta vez, llegará el KO definitivo.

Los últimos meses de reducción de la política a un posible pacto con el PSOE de Sánchez señalan los límites de la campaña que puede llevar a cabo Unidas Podemos. El retorno al orden no beneficia a Unidas Podemos ya que no es un partido para el statu quo —y la amenaza de imputación de cuatro diputados de la coalición indica que eso no es un mero discurso—, pero esa es la única premisa de Sánchez para formar su Gobierno. Del fallido pacto de julio, y de la palanca que el Gabinete del presidente está haciendo del episodio —Sánchez ha dicho que Podemos es “el pasado”—, se infiere que realmente la confluencia encabezada por Pablo Iglesias sí ha sido considerada una amenaza por parte del poder y debe ser destruido. O, al menos, de que se trata de un compañero de viaje incómodo. Ese es el argumento que la confluencia enarbolará en campaña frente al orden nuevo propuesto por Sánchez y la transversalidad complementaria con dicho orden que ofrece hoy por hoy Más País.

El sábado, Podemos Andalucía cerraba la posibilidad de que Adelante Andalucía forme una lista unitaria con el objetivo de crear grupo propio. Un problema menos para Unidas Podemos, que  se juega sus resultados en el País Valencià —donde Podem ha sido capaz de comer terreno a Compromís en las pasadas generales—, País Vasco, Catalunya —en la que se ha estabilizado el acuerdo de mínimos con En Comú—, los archipiélagos y Madrid, el punto en el que empezó la descomposición tras la victoria pírrica del “pablismo” en el segundo congreso de Vistalegre en febrero de 2017. Un posible sorpasso en Madrid de Errejón a Iglesias sería la imagen del peso pesado besando la lona. Menos metafóricamente, precipitaría la crisis con sus socios, muy especialmente la Izquierda Unida de Alberto Garzón, que ya ha dado muestras de impaciencia ante el modo de dirigir la coalición por parte del círculo de confianza de Iglesias. De nuevo, Podemos aspira a sobrevivir a su propio entierro; repetir los resultados de abril sería para la confluencia una victoria milagrosa como la de Ali en Kinshasa.

A pesar de su fortaleza dialéctica, y de que probablemente vuelva a salir reforzado de los debates electorales (caso de que Sánchez no maniobre para esquivarlos), Iglesias tiene difícil superar una campaña en la que el argumento principal de sus adversarios ya es la estabilidad —y la trayectoria de inestabilidad de Podemos— y la “confianza” que debe transmitir el Gobierno ante un futuro incierto para el continente —Alemania no carbura, Trump no es “aliado”, y el Brexit arroja toda la incertidumbre sobre la provincia España—. El presidente en funciones, que pintará la confianza en el futuro con los tonos pastel de la transición ecológica y el I+D, ya ha apostado a que su mayoría cautelosa, y la transversalidad inspirada en Manuela Carmena de Más País, asesten el golpe definitivo a Iglesias y reduzca de nuevo a la izquierda española de tradición comunista.

Personas normales de un mundo global

Con el flanco izquierdo dividido entre lo “extremo” y lo posibilista —según los cálculos del PSOE—, la posibilidad de que se frustre la ambición de Sánchez de encabezar esa instauración del orden de Felipe VI solo existe para un PP que aún está lejos de haber recuperado completamente el resuello tras la sentencia del Caso Gürtel. Aunque el PP recuperó votos netos en las autonómicas de mayo con respecto a abril, los socialistas parten con suficiente ventaja —y con los factores dispersores del voto a Ciudadanos y Vox— como para no temer un acercamiento definitivo de Casado el próximo noviembre. En cualquier caso, el líder del partido conservador de la derecha es el que, a día de hoy, más asegurado tiene que algún día llegue su turno.

El orden nuevo para Felipe VI, que no es plurinacional —menos desde el discurso real del 3 de octubre de 2017— pero tampoco exclusivamente madrileño, que está diseñado para cabalgar sobre la coyuntura económica sin transformar las relaciones vigentes entre clases, y que es consciente de que España es poco más que un territorio poblado “por personas normales del mundo global que habitan en un Estado endeudado y corrupto del sur de Europa, y que a pesar de eso es una de las regiones más ricas del planeta”, se dirige hacia su consolidación en una segunda vuelta electoral que debe dejar atado el nombre de quien lo pilota desde La Moncloa. Entonces, la Segunda Transición podrá comenzar, como la primera, con un político “vacío” que es idóneo para cumplir el encargo. Hasta que deje de serlo.

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3 Comentarios
#40478 20:53 4/10/2019

El sistema siempre encuentra a un Judas...

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#40125 22:43 29/9/2019

Otra transición sin referéndum. Continúa la timocracia.

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minúscula 14:55 29/9/2019

El artículo es maravilloso. Eso si, la foto muestra un panorama bastante realista y muy, muy gris... A no ser que aparezca 'un cisne negro'

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