Homo postacademicus. De la reproducción a la supervivencia

Ofrecemos un extracto de la introducción del ensayo “Homo postacademicus. De la reproducción a la supervivencia” (Editorial Universidad de Granada, 2026).
Aula Universitaria
Aula vacía con ventanas abiertas a la ciudad. Foto de ddlogg

Filósofo y escritor.

6 nov 2026 13:10 | Actualizado: 6 nov 2026 14:14

Ofrecemos un extracto de la introducción del ensayo Homo postacademicus. De la reproducción a la supervivencia (Editorial Universidad de Granada, Granada, 2026), con el que Javier López Alós completa su trilogía sobre las condiciones de posibilidad de la vida intelectual y académica tras Crítica de la razón precaria. La vida intelectual ante la obligación de lo extraordinario (2019) y El intelectual plebeyo. Vocación y resistencia del pensar alegre (2021).

Este no es un libro únicamente sobre la universidad. Es un libro sobre un después, un más allá de la universidad, una indagación acerca de algunas consecuencias de las lógicas actuales en la institución y las personas a ella vinculadas. Por eso, no se presenta como una investigación empírica sobre la universidad neoliberal en el mundo o en España, sino que atiende a cuáles pueden considerarse rasgos comunes o líneas de fuerza significativas de este objeto en nuestro tiempo y entrever aquello que, aunque da señales de su presencia, todavía no es del todo descriptible. En todo caso, no se quiere especular en el vacío y se apoya en un buen número de trabajos académicos y no académicos en torno a cuestiones universitarias y a la producción de subjetividad de nuestra época que, a mi juicio, pueden servir a la comprensión de las transformaciones de las que nuestro postacademicus habla. Como explicaré más adelante, y ésta es una diferencia con respecto al clásico de Pierre Bourdieu,1 aquí no nos estamos preguntando por el modo en que se producen las élites universitarias o sus mecanismos de reclutamiento, sino por la posibilidad de su misma continuidad. No es, por tanto, una investigación sobre el poder universitario. En cierto modo, podría decirse que más bien lo contrario: es una investigación sobre la impotencia universitaria, su percepción, sus perspectivas y las respuestas adaptativas que surgen de una nueva realidad.

Lo diré de entrada y lo iré argumentando a lo largo de varios capítulos: a medio plazo, el paradigma neodarwinista imperante en el gobierno y funcionamiento de las instituciones universitarias compromete seriamente la supervivencia de la mayor parte de ellas, forzándolas a la desaparición o a mutaciones de tal calibre que las vuelva algo irreconocible y por completo extraño a lo que aún hoy entendemos por universidades.

El paradigma neodarwinista imperante en el gobierno y funcionamiento de las instituciones universitarias compromete seriamente la supervivencia de la mayor parte de ellas

No presento esta conclusión como el resultado de ningún plan o conspiración, sino como un desarrollo plausible de lógicas que están operando con extraordinaria eficacia y, en cierto modo, ya con notable autonomía. La naturalización neoliberal es de tal grado que sencillamente hemos llegado a un punto en el que parece imposible imaginar que las cosas puedan funcionar de otro modo. Esto ocurre también en el seno de la esfera cultural y, más en concreto, de la institución universitaria, precisamente los ámbitos desde los que más posibilidades hay para la generación intelectual de alternativas a lo existente. En el fondo, y ello encierra una dimensión trágica de nuestra época, la racionalidad neoliberal propicia que la autodestrucción sea una conclusión del todo coherente. Ocurre con la vida humana en el planeta, ¿por qué no iba a ocurrir con la universidad?

La condición institucional de los modos de transmisión social del conocimiento ha cambiado mucho los últimos años y parece que aún lo hará de forma más rotunda. Por supuesto, porque muchos agentes de esa comunicación ni siquiera estamos institucionalizados, pero sobre todo porque: 1) las nuevas tecnologías han abierto un campo que primero multiplica la producción y luego concentra la difusión; y 2) se ha producido la implantación de estructuras y criterios empresariales en la universidad. Una fatal combinación de ambas lógicas, expondré más adelante, permite pensar –y estaré encantado de equivocarme– que en el medio plazo la mayor parte de las universidades del mundo serán un recuerdo del pasado.2

Uno de los objetivos de este libro es mostrar cómo un buen número de aberraciones, injusticias y abusos ocurridos en la universidad, lejos de ser fallos del sistema, son estructurales a él. Forman parte, por decirlo así, del reino de lo lógico y previsible, y no por una constitutiva maldad o debilidad humana que quepa remediar con nuevos mecanismos de control y transparencia –que es la opción del discurso institucional–, sino porque tales comportamientos sí son funcionales al imperativo de supervivencia al que la razón neoliberal definida por Laval y Dardot nos aboca.3 Esto es, proporcionan (o al menos así se considera) ventaja competitiva en un marco donde siempre han de identificarse nuevos retos por los que luchar.

En ocasiones anteriores, he defendido que la precariedad es mucho más que un accidente o un problema individual. Asimismo, fenómenos como el plagio, el fraude, la endogamia o el acoso piden ser analizados desde una perspectiva que escape del caso particular y la moralización, de manera que nos ayuden también a entender el tipo de dinámicas que animan tales conductas, su significado estructural y la impotencia de las respuestas oficiales ante las mismas.

Ahora bien, si nos quedásemos sólo en el objetivo de mostrar la afinidad estructural entre la universidad neoliberal y un abanico de expresiones sin duda vergonzantes de la condición humana que no pueden sino brotar bajo estas circunstancias, con un cuadro de esa clase, incurriríamos en un determinismo tan injusto como fatalista. En primer lugar, ignoraríamos la pluralidad de respuestas y formas de adaptación, negación, enfrentamiento y resistencia presentes en la vida académica, convirtiendo las críticas a la institución en condenas morales a sus miembros a partir de un todo homogéneo y sin fisuras. En segundo término, un juicio tal, que concluye la irremediable corrupción del cuerpo institucional y sus componentes, conduce a la tremenda conclusión de que no hay nada que hacer y que no merece la pena mover ni un dedo por cambiar el actual estado de cosas. Porque no hay remedio. Ése es precisamente el momento propicio para toda laya de oportunistas sin escrúpulos y depredadores, que podrán campar a sus anchas sin que nadie se lamente por la suerte de cosas y personas que de todos modos –se dirá– tampoco valían gran cosa. También será la ocasión idónea para el milenarismo académico y quienes depositan sus esperanzas en el día después de un apocalipsis del que no debieran estar tan seguros de que brotará algo bueno. De ahí que, en el análisis y comprensión de un presente frente al que deseamos rebelarnos, también debamos interesarnos por aquellas prácticas que desafían la lógica de la inevitabilidad de lo existente y nos alumbran nuevas caras. Por fortuna, no hay sistema social que cierre herméticamente y en esas grietas,4 que hay que ir ensanchando, radica también un principio de esperanza.

Hipótesis de partida

La universidad se encuentra en un momento histórico inédito, en el que confluyen factores sociales, políticos, económicos y culturales que ejercen una enorme presión sobre un sistema muy cuestionado desde dentro y desde fuera. Persisten ciertos hábitos del pasado, no necesariamente negativos, al tiempo que se han incorporado reformas no necesariamente positivas. Pero también continúan reflejos de las viejas inercias seculares que se han visto perfeccionadas con procedimientos técnico-burocráticos cuya eficacia a menudo parece inversamente proporcional a criterios de justicia, igualdad y libertad intelectual. No puede sorprendernos que el progresivo alineamiento de la investigación y la educación superior con los fines y métodos de la comprensión hegemónica de lo que significa la voz «mercado» tenga como consecuencia la generación de un enorme descontento y malestar, tanto entre el estudiantado como entre el colectivo académico. Una de sus características más novedosas es que su pertenencia e inclusión no siempre está ratificada por un contrato laboral y, cuando éste se da, en la mayoría de los casos es precario.

Observamos, pues, que a la serie de críticas a la universidad tradicionalmente asociadas al postestructuralismo (universidad como dispositivo articulador de las relaciones entre saber y poder, elitista, reproductor de relaciones de dominación y discriminación, con una mentalidad y usos todavía medievales en cuanto a servidumbres y transmisión de autoridades…) se han sumado, como mínimo, las críticas a los efectos más visibles de su mercantilización en curso. Con la cláusula «como mínimo» quiero decir que no estoy seguro de que podamos afirmar que el cuestionamiento del modelo universidad-empresa sea general o mayoritario, pero sí estoy bastante persuadido de que sus efectos son casi unánimemente deplorados. Creo que, incluso ahora, cuando parece que la «ortodoxia económica» parece moderar su entusiasmo en torno a las bondades de la globalización,5 cabe recordar estas palabras de Monserrat Galcerán en un importante libro colectivo sobre los cambios que vinieron a cristalizar en la primera década de este siglo: «La mercantilización forma parte de la reconfiguración del sistema capitalista en su conjunto y a escala global. Así pues no basta con denunciarla aisladamente, sino que hay que enmarcarla en el nuevo tipo de capitalismo emergente».6 Hoy, tras las sucesivas crisis sistémicas que venimos padeciendo y el despliegue de una agenda política, económica e ideológica que hace de tales períodos excepcionales el estado de normalidad, ese capitalismo no es ya ni tan nuevo ni tan emergente, pero la advertencia nos sirve igual con una mínima actualización. Se trata de enmarcar la evolución de la universidad-empresa hasta su situación actual y su heteronomía con respecto a los procesos de reestructuración económica a nivel global y toda una serie de daños que, no sin razones de peso, se han podido calificar como «criminales»,7 pero a esto se añaden algunos desarrollos y preguntas que no me consta se hayan articulado de un modo similar y que creo que pueden ser útiles.

Una parte sustantiva de este libro se dedica precisamente a mostrar ese puente entre algunos de los fenómenos más lamentables de la universidad actual y el paradigma que los propicia y estimula como soluciones plausibles para competir con alguna ventaja. Es decir, persigo aquí la racionalidad específica de ciertos comportamientos y situaciones que no considero puedan explicarse a partir de meras decisiones individuales. Al contrario, procuro desentrañar cuál es la funcionalidad sistémica de una serie de fenómenos que producen sufrimiento y, con más o menos tino, generan justa protesta. Dejémoslo claro desde el principio, nada de lo cual excluye la responsabilidad individual de cada cual. La cuestión es que la explicación no se agota ahí. Dicho en pocas palabras, que todos podemos ser «buenos» o «malos» y que mejor que seamos buenos; eso, ya lo tendríamos. Lo que merece la pena preguntarse es por qué, bajo ciertas circunstancias, hay conductas que se perciben como legítimas y beneficiosas aunque entren en contradicción con los propios valores a los que uno se siente vinculado. Qué circunstancias son ésas y cómo operan es lo que hay que esclarecer. Si estoy en lo cierto, ello permitirá comprender mejor qué permanece y qué ha cambiado en la condición académica. O en su corolario: qué merece la pena conservar, recuperar o traer de otros lugares.

Esta doble dimensión de continuidad y cambio ofrece la posibilidad de reconocer la emergencia de algo distinto, pero no completamente desconectado de su pasado. La condición académica ha mutado de suerte que incorpora no sólo tareas nuevas (burocráticas, administrativas, pastorales, comunicacionales, de captación de fondos…), sino sobre todo un ethos nuevo relacionado con la empresa y el emprendedurismo, en lo que podríamos denominar el giro postindustrial del mundo universitario. Además del tiempo que todas estas funciones requieren –en detrimento de las energías dedicadas a la investigación y/o a la docencia–, demandan una disposición especial, una mirada sobre el día a día profesional capaz de rentabilizar al máximo cada acción y cada esfuerzo. Hay una exigencia de cálculo constante, un imperativo de aprovechamiento y retorno de la inversión.

El extrañamiento y el sentimiento de inadecuación forman ya parte de cualquier descripción del malestar universitario

Estaremos de acuerdo en que nada de esto tiene que ver con una comprensión de la condición académica en su significado tradicional, vinculado básicamente al ideal de, por las razones que sea, contar a otros parte de lo que uno había estudiado o estaba estudiando y consideraba importante conocer.8 En una estampa de este estilo es normal encontrarse con que muchos hombres y mujeres de la academia tienen dificultades para identificarse con su empleo, al que incluso pueden llegar a considerar como un paradójico obstáculo para el desempeño de su profesión. El extrañamiento y el sentimiento de inadecuación forman ya parte de cualquier descripción del malestar universitario.9

En un contexto ideológico neodarwinista, la principal inquietud laboral consiste en la supervivencia. Para la mayoría de quienes tienen empleo, sus esfuerzos habrán de destinarse a tratar de conservarlo. Para quienes no lo tienen, claro, la prioridad es conseguir uno; en el caso que nos ocupa, uno que sea compatible con el mantenimiento de la vocación y la actividad académica. Este biologicismo elemental del campo universitario ha penetrado tan profundo que, en la jerga propia de estos ambientes, se utilizan también los calificativos de «vivo» y «muerto» para referirse incluso a los proyectos de investigación en curso o administrativamente concluidos. Como siempre, las metáforas importan y nos señalan algo más que una relación figurada. Así que, incluso quienes dirigen proyectos, funcionarios con su supervivencia laboral garantizada, tampoco escapan de estas dinámicas mórbidas ni de la constante competición por una prórroga que los mantenga en pie o los permita respirar. Por lo demás, el fomento de la competitividad entre individuos, entre grupos, entre proyectos, entre áreas de especialización, entre centros, es una auténtica fábrica de sospecha y suspicacia que acaba contaminando todo el conjunto. Sumemos a todo esto las restricciones financieras como herramienta de control político y es muy probable que convengamos en que, de un modo u otro, todo el mundo tiene argumentos para sentirse, como poco, bajo alguna amenaza existencial.

Precariedad, academia y la figura del intelectual

Teniendo estos factores en cuenta, es inevitable trazar ciertas afinidades con la situación general de la figura del intelectual. Voy a destacar dos aquí: la dificultad para plantearse un proyecto a largo plazo y los problemas para una legitimación social de su propia actividad. El primero de los casos parece bastante evidente, pues las condiciones institucionales (e incluso para muchas personas, las condiciones materiales de vida más básicas) en las que habría de desarrollarse un proyecto de largo aliento son un misterio y, por qué no decirlo, un proyecto en sí mismo. El segundo punto tiene una motivación adicional, que resumiré así: desde un punto de vista funcional, en un sistema que hace de la competitividad su piedra angular y de la supervivencia el objetivo estratégico de todos sus individuos, los recursos deben dirigirse a incrementar las opciones de éxito, o sea, lo que más convenga a tal fin. El sistema empuja a una adaptación individualista al medio y esto, entre otras consecuencias, produce una incómoda contradicción cuando se trata de buscar una sanción social positiva. Es decir, el sistema fomenta el individualismo al mismo tiempo que apela al beneficio social para su conservación.

Confío en que se entienda que estoy hablando del discurso, no digo que esto se cumpla por completo ni que la argumentación sea del todo justa, pero creo que aquí se localiza uno de los motivos fundamentales de la pérdida de consideración social de la universidad: «si las agendas responden a criterios de interés particular, ¿por qué habría de importar a nadie más que a ustedes si llevan a cabo o no eso que hacen?». Bastantes páginas de este libro podrían leerse como un comentario a este reproche, que tiene parte de razón. La otra parte, sin embargo, es la que también debe tenerse en cuenta y desde la que se pretende razonar de una manera distinta.

Hay cada vez más personas con formación y acreditación académica fuera de las instituciones que dentro. Y, entre las que están dentro, también son más las que se encuentran en una situación precaria.

Otro elemento diferenciador a la hora de analizar la condición académica del presente es la irrupción de la precariedad. Como he señalado anteriormente, precariedad aquí no equivale a pobreza,10 que evidentemente tiene una historia mucho más larga y complicada. Hablamos de precariedad para referirnos a un fenómeno vinculado a las transformaciones en las relaciones laborales sobre todo desde los años noventa y su coincidencia con lo que se conoce como desmaterialización del trabajo merced a, entre otros factores como la desregulación del mercado laboral, las nuevas tecnologías. La cuestión es que nos encontramos ante la insólita circunstancia de que hay cada vez más personas con formación y acreditación académica fuera de las instituciones que dentro. Y, entre las que están dentro, también son más las que se encuentran en una situación precaria. Un dato fundamental de este estado de cosas: la circulación y renovación de las plantillas, así como lo que podría llamarse la producción industrial de nuevo personal académico, ha sido tan desacompasada que las diferencias de estatus entre unos y otros no necesariamente son proporcionales ni a la cantidad ni a la calidad de trabajo realizados. Como es natural, esto sólo puede conllevar nuevos problemas y disfunciones, pero lo fundamental ahora es subrayar que uno de los rasgos del precariado intelectual es que su condición académica no tiene por qué aparejar una inserción institucional regular; incluso, como ese extraño eufemismo de «investigador independiente» (¿independiente de qué?) pretende homologar para hacer acaso más respetable, ni regular ni irregular, ninguna inserción en absoluto.11 En consecuencia, para un número nada despreciable de individuos, su condición académica está desgajada del tiempo y del espacio: no saben cuánto durará ni dónde se desarrollará, ni cuándo. Por tanto, ignoran también cómo y junto a quién y si encontrarán la posibilidad de mantenerla. Lo iremos viendo, se trata de modificaciones lo suficientemente importantes en términos cuantitativos y cualitativos como para defender que estamos autorizados a revisar nuestro marco de análisis.

1 Bourdieu, P. (2008): Homo academicus, trad. Ariel Dilon, Siglo XXI, Buenos Aires.

2 Al menos en el sentido y función que ha merecido este nombre, tal y como argumentara hace más de quince años el crítico británico Terry Eagleton en una tribuna de prensa. Véase Eagleton, T. (2010): «The death of universities», en The Guardian, 17 de diciembre. Recuperado de https://www.theguardian.com/commentisfree/2010/dec/17/death-universities-malaise-tuition-fees

3 Laval, C. y P. Dardot (2013): La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, trad. Alfonso Díez, Gedisa, Barcelona.

4 Y atender a ellas, como recuerda Erik Olin Wright, puede ser también un principio estratégico: «Una forma de retar al capitalismo es construir relaciones económicas más democráticas, igualitarias y participativas siempre que sea posible en los espacios y grietas de este complejo sistema». Wright, E. O. (2020): Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI, trad. Cristina Piña Aldao, Akal, Madrid, p. 62.

5 Recordemos, cuando hoy el llamado antiglobalismo se ha convertido en una de las señas de identidad de la extrema derecha (global), cómo a finales de los noventa y primeros 2000 se caricaturizaba la crítica de los movimientos antiglobalización como radicalismo izquierdista.

6 Galcerán, M. (2010): «La educación universitaria en el centro del conflicto», en Edu-Factory y Universidad Nómada (comps.): La Universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado global del saber, Traficantes de Sueños, Madrid, p. 31.

7 Cf. García López, I., Montemayor Delgado, I., Vila Viñas, D. y Jiménez Franco, D. (coord.) (2020): La Academia Criminal. Daño social, conflicto y resistencias en el Mercado de la Educación Superior (una década de Plan Bolonia). Grupo de Trabajo Fear and Looting in the Periphery / European Group for the Study of Deviance and Social Control. Recuperado de https://unenormecampo.files.wordpress.com/2020/03/la-academia-criminal.-x-aniversario-bolonia.pdf

8 Este genérico «contar» tiene múltiples concreciones a partir de factores históricos, culturales y, desde luego, también caracterológicos: persuadir, instruir, adoctrinar, acompañar, descubrir, son sólo algunos modos en que el contar docente puede tener lugar.

9 Cf. Jaremka, J. et al. (2020): «Common Academic Experiences No One Talks About: Repeated Rejection, Impostor Syndrome, and Burnout», en Perspectives on Psychological Science, Vol. 15 (3), pp. 519-543. Recuperado de https://doi.org/10.1177/1745691619898848.

10 López Alós, J. (2019): Crítica de la razón precaria. La vida intelectual ante la obligación de lo extraordinario, Los Libros de la Catarata, Madrid.

11 A decir verdad, expresiones más justas de todo esto serían fórmulas como «académica sin adscripción», «académica con adscripción intermitente» o hasta «académico en busca de adscripción».

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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