La manda son los otros, o " yo siempre tengo razón

De cómo Félix de Azúa, representante de la generación de la transición, se desdice de su pasado maoísta y lo que esto revela
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J. Rodher
22 sep 2026 01:02

Decía un famoso presentador de televisión que escuchaba a Iñaki Gabilondo para saber qué tenía que pensar. Durante años yo leí a Fernando Savater en El País con idéntico propósito. Sin llegar a tal nivel de identificación, también leía a otros ilustres columnistas del diario en cuyos textos creía reconocer mis propias ideas, pero sin duda mucho mejor expresadas; entre ellos, Félix de Azúa, que no solo provocaba mi adhesión intelectual sino buenas dosis de admiración por su elegancia y encanto personal.

Es cierto que ya en las mismas páginas de El País, tanto uno como otro autor, comenzaron hace tiempo a escribir artículos que, a mi juicio, desmerecían su autoría y contradecían su trayectoria anterior, pero sin llegar a alcanzar en esa etapa los niveles de encono que rezuman los textos que vienen publicando en The Objective y que, por nostalgia de esa admiración pasada, sigo leyendo, a pesar de no encontrar ahora esa iluminación del pensamiento que antes regalaban con largueza sino indignación y pesar por no hallar en sus textos sino hiel, grosería y tinieblas mentales.

Por hacer una breve referencia al origen de esta situación, el objetivo inicial de los ataques de estos y otros articulistas fueron Podemos y los partidos y líderes nacionalistas o independentistas. En el caso de Podemos, desde su aparición, o más bien desde su éxito en las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2014, los comentarios y artículos críticos con esta formación política han sido muy numerosos, desde todo el espectro político y desde todo el abanico mediático, dejando de lado por supuesto la mucho más grave trama policial creada para acabar con la formación y que todavía se está juzgando.

Lo sorprendente entonces no era tanto la beligerancia de los ataques de los políticos de otros partidos, lo cual se puede dar por descontado y forma parte del juego democrático, ni por supuesto la de los representantes del mundo empresarial, financiero o económico, que veían en el éxito de Podemos un peligro para los poderes a los que sirven, sino la frecuencia con que periodistas, escritores, tertulianos o comentaristas habitualmente moderados en sus expresiones públicas caían en el recurso casi permanente al insulto cada vez que aludían de forma verbal o escrita a Podemos y señaladamente a su líder Pablo Iglesias. Con bastante estupor y cierto malestar hube de asumir que Savater y Azúa (por citar dos referentes) enseguida militaron en esta tropa.

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No merece la pena detenerse en las injurias y ofensas de quienes han hecho de la insolencia y la grosería una profesión y un modo de relacionarse con la realidad, pero creo ilustrativo analizar lo que escribían o escriben quienes, desde un justamente ganado prestigio profesional en el periodismo, la literatura o la cultura en general y desde la legítima discrepancia ideológica, no pudieron evitar recurrir a la afrenta personal cada vez que mencionaban antes a Podemos o a Iglesias o cuando aluden ahora con similar inquina, si no mayor por el poder que ostenta, contra Pedro Sánchez.

En el caso de Podemos, desde su aparición, o más bien desde su éxito en las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2014, los comentarios y artículos críticos con esta formación política han sido muy numerosos

Supongo que habrá lectores que sean de mi misma opinión sobre este cambio entendido como involución reaccionaria y otros, sin duda, considerarán que es ahora cuando estos autores han visto la luz y describen la realidad tal como ellos también la perciben. Es un fenómeno similar al de quienes fueron rabiosos opositores al Felipe González presidente del gobierno socialista y ahora lo ven como un sensato hombre de Estado.

En concreto, una reciente columna publicada por Azúa en The Objective, bajo el título de “Una comedia”, ha suscitado diversas respuestas en las redes sociales, por verter en ellas el autor furibundos ataques contra el Gobierno de Sánchez, al que considera fruto de una estafa y “una banda de malhechores” que no va a respetar el resultado de las elecciones, contra el propio presidente, al que tilda de “jefe del hampa internacional” y más en general contra la izquierda y los progresistas españoles (leninistas en realidad) que “han saqueado el Estado, han colocado a sus lacayos al frente de las instituciones, han intentado cargarse al Poder Judicial, se han saltado la Constitución, han arruinado a las clases medias, han logrado que nadie pueda vivir con libertad o que toda la población juvenil carezca de vivienda” y, para colmo, van a nacionalizar a un millón (o más) de inmigrantes “para ver si así cambian el censo y los compran como a los pensionistas” 

Este cúmulo de exabruptos no hace sino dar continuidad a la larga lista de tronantes ataques que a lo largo de los últimos años ha venido difundiendo Azúa en dicha cabecera hacia Pedro Sánchez y sus ministros o colaboradores, rozando en ocasiones el contenido injurioso: no es lo mismo llamar caraduras, ineptos ineficaces, corruptos, lacayos a los miembros del Gobierno que decir de Félix Bolaños, como hace en una de sus recientes columnas, que está soltando a los asesinos de bebés de guardias civiles, cayendo con relativa frecuencia en lo soez y grosero, y esto es lo que sorprende en un hombre que, fuera de estos desplantes (que quizá son los que justifican su estipendio) hace gala siempre de su extraordinaria erudición, profunda cultura y solvente pluma. 

“Los más descerebrados nos hicimos comunistas prochinos sin tener ni la menor idea de las carnicerías de Mao” dice Azúa

Muchos de estos insultos van revestidos de afirmaciones difíciles de sostener con datos objetivos, como que los servicios de transporte españoles son propios de Burkina Faso (sin necesidad de haber viajado al país, basta una búsqueda en la red para desmentirla), que Irán ha financiado a Podemos (algo que la justicia reiteradamente ha declarado no probado) o su empecinamiento en considerar España como una tiranía sanchista (algo que la publicación de sus propias diatribas desmiente cada semana). 

Además, recorre todo el articulado de Azúa una recurrente intención de vincular a la izquierda y a la progresía con lo peor del siglo XX, es decir Hitler, los nazis, Carrero Blanco o el franquismo, como si ya no bastase con tildarles de comunistas o terroristas, en un ejercicio de proyección psicológica digno de estudio.

Y así llegamos a la columna que más ha llamado mi atención y a la que quiero dedicar unas palabras. Se trata de la titulada “La fiebre amarilla”, que lleva una jugosa entradilla; “¿Quién de los mil asesores que le estamos pagando al tiranillo sabe algo de aquel continente? ¿Algún día conoceremos sus nombres y sus sueldos?”.

Todo el texto rezuma aversión hacia China, no solo hacia el gobierno actual sino al conjunto de su civilización, para enmarcar por supuesto el habitual aborrecimiento que dispensa en todas sus columnas hacia Pedro Sánchez (tiranillo) y sus colaboradores (en este caso Albares, lacayo de incompetencia colosal, y Zapatero, buhonero del sanchismo), en este caso con ocasión del viaje del presidente del Gobierno al país asiático.

Pero además contiene una confesión personal que es la que me interesa destacar: “los más descerebrados nos hicimos comunistas prochinos sin tener ni la menor idea de las carnicerías de Mao” dice Azúa. A bote pronto, esta crítica retrospectiva parece mostrar un remordimiento sincero por las equivocaciones pasadas (de hecho afirma también que “el maoísmo europeo de los años setenta es uno de los ejemplos más brillantes de la estupidez humana”), pero en el fondo lo que esconde ese reconocimiento tardío, a mi juicio, es una justificación de la postura actual del autor, que obviamente ha cambiado respecto de la sostenida en su juventud.

Recorre todo el articulado de Azúa una recurrente intención de vincular a la izquierda y a la progresía con lo peor del siglo XX, es decir Hitler, los nazis, Carrero Blanco o el franquismo

Como decía al principio, vengo siendo lector de Félix de Azúa desde antiguo, cuando devoraba El País desde la cabecera hasta la última línea de la última página, y esta reciente columna del escritor me ha traído a la memoria otra suya en el diario de referencia, publicada en abril de 2016 con el título “Viral”, en el que venía a sostener las mismas tesis que mantiene en la actualidad.

En dicha remota columna, Azúa comienza recordando cómo los intelectuales españoles se volvieron maoístas en torno a 1970 por seguidismo o al dictado de los mandarines intelectuales franceses y admite el calificativo de idiotas que les dedicó el único sinólogo que no se rindió a la admiración del tirano, Simon Leys.

De este episodio de su pasado personal, al que él mismo llama la majadería maoísta, el escritor extrae una reflexión general sobre el virus de la chifladura mística que misteriosamente infecta a las sociedades y una conclusión, a la que sin duda desde el principio quería llegar: la peste afecta a los cerebros de quienes tienen a Pablo Iglesias por un político respetable cuando es un evidente oportunista.

Es decir, ya entonces como ahora, la referencia al maoísmo y a quienes lo siguieron no sirve sino de excusa para desprestigiar a Pablo Iglesias o a Pedro Sánchez, y a sus votantes, dotando de verosimilitud a la crítica (el verdadero objetivo de la disertación) por ese reconocimiento previo de la propia insensatez juvenil.

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Sobre la base de ambos textos de ayer y hoy, aunque es algo que podría extenderse a numerosas columnas de opinión de otros muchos escritores, intelectuales, periodistas y políticos de la generación de Azúa o incluso más jóvenes, me permito plantear una serie de consideraciones generales.

Una primera reflexión tiene que ver con la intencionada ligereza con que los artistas o intelectuales en general y los representantes de la llamada “generación de la transición” en particular, pasan (sobrevuelan casi) sus errores de juicio político y moral durante los años de “loca” juventud para justificar sus opiniones de hoy.

Todos los de su generación, tenían razón cuando eran radicales (es decir, marxistas, leninistas o maoístas, o todo a la vez); tenían razón luego al devenir reformistas o socialdemócratas; también tenían razón más tarde cuando se hicieron conservadores; y quieren seguir teniéndola ahora cuando han devenido, en muchos casos, reaccionarios.

El reconocimiento de las equivocaciones pasadas, siempre pasadas, no es sino una palanca para apoyar mejor su posición, siempre acertada, claro, sobre el presente. Algo así como decir: “cómo no voy a tener autoridad ahora para señalar los errores de los demás cuando admito con toda humildad mis equivocaciones del pasado”.

Si además esa equivocación la cometieron muchos, y ¡qué muchos!, mejor, pues más se diluye la culpa propia y de paso se incluye uno entre tan egregios compañeros de desliz. Si se pone en un platillo de la balanza el nombre del desconocido Leys, el denunciador de los crímenes de Mao “cuando” se estaban produciendo (al que el articulista despacha con un inmisericorde pobrecillo), y en otro los de Sartre, Malraux, Foucault, Barthes y Godard, que ensalzaban “entonces” el genio político de Mao, es fácil entender por qué Azúa no se avergüenza en admitir que él estuvo entre los idiotas errados.

Los artistas o intelectuales en general y los representantes de la llamada “generación de la transición” en particular, pasan (sobrevuelan casi) sus errores de juicio político y moral durante los años de “loca” juventud para justificar sus opiniones de hoy.

De forma refinada en el estilo, como corresponde a un académico, con ese sutil “nos volvimos todos maoístas”, Félix de Azúa no hace sino elevar a rango literario lo que el vulgo con más precisión y menos delicadeza conoce desde antiguo como “mal de muchos, consuelo de tontos”. 

En el fondo, autobombo aparte, de lo que se trata es de tener siempre razón. No sólo el autor del artículo, sino todos los de su generación, tenían razón cuando eran radicales (es decir, marxistas, leninistas o maoístas, o todo a la vez); tenían razón luego al devenir reformistas o socialdemócratas; también tenían razón más tarde cuando se hicieron conservadores; y quieren seguir teniéndola ahora cuando han devenido, en muchos casos, reaccionarios.

Admitiendo el argumento de Azúa de que existe el virus de la chifladura mental, nada nos impide pensar que si él mismo se contagió en su día del maoísmo es posible que ese mismo virus le haya inoculado en la vejez la ceguera ante la realidad y le haga ver oportunismo donde hay una respetable denuncia de la corrupción y la desigualdad.

¿O es que el virus de la majadería es algo que sólo les pasa a los demás?


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El León dormido... despierta es un blog de temas de historia y memoria especialmente enfocado a la recuperación de la categoría de pueblo en la historia contemporánea del Estado español, su ausencia en la cultura de la democracia y el esbozo de una alternativa a la Gran narrativa de la modernidad española.
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