Exdirector de Carta de España y Subdirector General de Emigración entre 2020 y 2025
14 abr 2026 01:18

 Cuando buscaba citas para elevar el nivel intelectual de la edición del catálogo de la exposición “Memoria Gráfica de la Emigración Española”, me topé con una frase de Baltasar Gracián: “los españoles trasplantados son mejores”. La cita, que quizá por deformación profesional enseguida vinculé a la emigración, finalmente no se incluyó en el libro, en beneficio de otras más transparentes, oportunas y poéticas, pero debió de quedarse alojada sin ruido en mi memoria.

Años más tarde, al leer el libro de David Divita Historias de lo no contado. Legados del autoritarismo entre los emigrantes españoles mayores en Francia (Postmetropolis, 2025) encontré, en boca de una de las mujeres entrevistadas por el autor, Amalia, una reflexión que me hizo recordar aquella frase: “me gustan más los españoles de Francia que los españoles de España”. Con más de tres siglos de distancia, el celebrado autor del Siglo de Oro y una anónima emigrante huida de la larga noche del franquismo llegaban al mismo desenlace con dos maneras diferentes de formularlo. De forma más prosaica, ese juicio de valor puede emparentarse con el sentimiento habitual que surge en muchos de nosotros en los viajes al extranjero: cuántas veces no hemos pensado que personas con quienes confraternizamos sin problema en ese entorno viajero nos parecerían detestables si nos las encontrásemos en la tienda, la calle o el trabajo.

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Sé que el testimonio de Amalia, la autora de la frase, es tangencial al eje central de Historias de lo no contado y que el objetivo del libro de David es muy otro, como él mismo dice: “introducir el análisis discursivo en el estudio de la edad madura emigrante”, dando voz a un grupo de hombres y mujeres, hoy octogenarios, que participaron en la ola migratoria de los años sesenta del siglo XX y todavía se reúnen regularmente en un centro social de mayores a las afueras de Paris. El análisis de esas conversaciones permite al investigador, desde los postulados de la antropología lingüística, mostrar el impacto de ese pasado, o de la memoria del pasado, en el presente, a partir tanto de lo dicho como, sobre todo, de lo callado, y de qué manera el silencio permea la creación de significados sociales. Sin embargo, el contexto en que Amalia emite ese juicio sobre sus paisanos es significativo, pues lo dice tras regresar a España, en principio con voluntad de permanencia, y sentir que “se ahoga” durante el año que aguanta en un país que ya no reconoce y decidir volver definitivamente a Francia.

La salida de España, fundada en principio en razones económicas, ha transformado al emigrante, a través de un proceso de aprendizaje personal, político y social, en “mejor persona”

Durante la emotiva presentación del libro en la librería Traficantes de sueños, aparte de confesar mi ignorancia en materia de aantropología lingüística (de hecho, hube de rastrear internet en pos de unos mínimos rudimentos para no desprestigiar el nivel de la mesa), manifesté mi desacuerdo con la creencia de que no existen relatos sobre la emigración económica desde España hacia el norte de Europa y de que quienes la protagonizaron constituyen una “población olvidada”. El volumen España fuera de España, recopilación de textos y datos estadísticos llevada a cabo en 1988 por el Instituto Español de Emigración con ocasión de la exposición del mismo título, contiene una bibliografía sobre la emigración española “de los últimos 150 años” (clasificada por comunidades de procedencia y países de destino) que abarca ¡50 páginas y contiene en torno a 1.500 entradas!

Esta abundancia de material se ha visto incrementada por el caudal de publicaciones de los últimos años dedicadas a analizar, recoger testimonios o divulgar estudios sobre el fenómeno migratorio y, especialmente, al exilio republicano, a raíz de la promulgación de la ley de “niños de la Guerra” de 2005 y de las leyes de “memoria histórica” de 2007 y “memoria democrática” de 2022. Esta constatación empero no resta valor al esfuerzo de David Divita. Todo lo contrario, a mi juicio el mérito de Historias de lo no contado reside en haber encontrado, entre todos los árboles del bosque, un hueco para plantar la semilla de una especie que faltaba: el silencio como cauce de recuerdo y la pervivencia del miedo imbuido por la dictadura en el lenguaje y la forma decomunicarse de quienes la padecieron antes de emigrar al extranjero, incluso tanto tiempo después de su salida. Pareciera que los emigrantes, en esto igualados a quienes se quedaron, hubiesen decidido “bajar la voz”, como exhortaba a hacer a los niños de España César Vallejo en los versos de España, aparta de mí ese cáliz.

Como este aspecto, tan relevante, del silencio y el miedo, del dolor del pasado y el olvido, se desarrolla con detalle y excelencia en el libro, prefiero centrar esta reseña en esa circunstancial alusión a la diferencia entre los españoles en Francia y los españoles en España, y el impacto que la convivencia con las sociedades y los pobladores de los países de destino de la emigración, singularmente en Europa y en Francia, causó en la forma de ver el mundo de los emigrantes y, sobre esta base, reflexionar en la mejora del individuo a través del desplazamiento geográfico y cultural, de ese “trasplante” al que se alude en El Criticón de Gracián no solo como un movimiento físico, sino una estrategia de adquisición de caudal cognitivo y moral.

El silencio como cauce de recuerdo y la pervivencia del miedo imbuido por la dictadura en el lenguaje y la forma de comunicarse 

A mi juicio, lo que Amalia quiere decir, con el aval erudito del escritor conceptista, es que la salida de España, fundada en principio en razones económicas, ha transformado al emigrante, a través de un proceso de aprendizaje personal, político y social, en “mejor persona”, alguien que ha superado la barbarie en que siguen anclados quienes se han quedado. Lo que era inicialmente una pura estrategia de supervivencia, con el paso de una sociedad cerrada y agraria, sumida en un atraso estructural, a una Europa urbana y democrática, se convirtió en una escuela de ciudadanía y alentó en los expatriados una mejora personal vinculada al cambio de tierra. De hecho, Marisol, otra de las mujeres entrevistadas por Divita, formula un planteamiento similar al enorgullecerse de ser receptáculo de dos culturas, la española y la francesa, y de la riqueza personal implícita que ello supone frente a quienes solo disponen de una cultura.

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El concepto de Gracián de la vida como peregrinación, durante la que el sujeto debe pulirse mediante el “artificio” y el conocimiento del mundo, sugiere que el entorno local puede ser una limitación para el desarrollo del “ingenio”. Esta idea se acomoda a la condición itinerante por naturaleza del ser humano siempre en busca de una vida mejor, como hicieron los emigrantes españoles a mediados del siglo XX. Para los más de tres millones de españoles que cruzaron los Pirineos hacia una Europa en plena reconstrucción entre 1950 y 1975 —como demuestra el estudio de Joaquín Riera, el más reciente sobre el tema—, la emigración supuso un proceso de “despabilamiento” que transformó su identidad, dotándolos de una cosmovisión que el entorno cerrado de la dictadura franquista les negaba. Podría recordarse como antecedente el impacto que supuso para los emigrantes de los años de la “emigración en masa” (entre 1880 y 1930) la llegada a Cuba, Argentina o Brasil o, quizá más acertadamente, el choque cultural de quienes emigraron a los Estados Unidos a partir de la Primera Guerra Mundial.

Para entender por qué nos atrevemos, Gracián, Amalia, Marisol o yo, a decir que el español “mejora” al trasplantarse a Europa, es preciso detenerse a ojear el terreno que dejaba atrás el emigrante.

A mediados del siglo XX, España padecía un estancamiento económico profundo derivado de la política autárquica y el aislamiento internacional. En lo educativo, los estudios describen un país con un atraso secular, donde en 1956 aún existía un déficit de 30.000 escuelas y cuatro millones de analfabetos. El sistema de relaciones laborales se basaba en un binomio de autoritarismo-paternalismo heredado de la posguerra, donde la arbitrariedad de los empresarios era la norma y la voz del trabajador era sistemáticamente silenciada. La sociedad española estaba sumergida en la desmovilización y el miedo. En palabras de Jaime Gil de Biedma, “media España ocupaba España entera con la vulgaridad, con el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”.

En este contexto, la salida del país se presentaba no solo como una huida de la miseria, sino como una búsqueda de oxígeno vital y oportunidades que el suelo patrio negaba. La emigración no fue solo un desplazamiento físico motivado por la precariedad económica, sino un proceso de transformación personal, aprendizaje político y maduración cívica “al contacto con la libertad” que permitió a millones de españoles superar las limitaciones impuestas por un régimen autoritario. Al contrario de lo que sucedía en la España nacionalcatólica, el emigrante en Europa vivió en sociedades donde el conflicto social se gestionaba a través de sindicatos y el voto. No solo encontró más oportunidades laborales y aprendió nuevas técnicas de trabajo, sino que adquirió una “cultura de la democracia” por impregnación. Además, las relaciones entre los exiliados políticos de 1939 y los emigrantes económicos de los años 60 facilitaron, como ha sido señalado, una transferencia de conciencia política que abundó en esa “formación de la persona”.

El emigrante español, al insertarse en las democracias de Europa occidental (Alemania, Bélgica, Francia, Suiza), experimentó un proceso de “resocialización política”. Al trasplantarse, el español pasó de ser un “no ciudadano” en un país sin ciudadanos a ser un “no ciudadano” en un país de ciudadanos.

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Este proceso de mejora personal se manifestó en varios ejes fundamentales: el descubrimiento de la autonomía laboral (frente a la arbitrariedad del mando), el aprendizaje de las virtudes cívicas, asumiendo hábitos de conducta cotidianos basados en la tolerancia, el respeto a las ideas ajenas, la negociación y la responsabilidad cívica, y la ampliación del horizonte vital al contacto con la experiencia ajena, con el consecuente incremento de la autoestima.

Otra dimensión implícita en el comentario de Amelia (y en general presente en los de todos los asistentes al centro visitado por David) es el factor de la solidaridad entre los emigrantes. El fenómeno del asociacionismo migrante, tan extendido en América desde el siglo XIX, pero también presente en Europa, no se entiende sin la voluntad de ayuda de los emigrados ya instalados hacia quienes iniciaban su estancia en el extranjero, especialmente relevante en Europa por la diferencia de idioma. En la creación de las sociedades de beneficencia o socorros mutuos en América y del movimiento asociativo en Europa, estuvo presente, junto al deseo de fomentar las relaciones personales entre individuos de un mismo grupo lingüístico, étnico, nacional, regional o local, la finalidad de proporcionar seguridad al recién llegado y amortiguar el choque cultural frente a un medio desconocido, posibilitando de esa forma su incorporación-y adaptación al nuevo país.

Al trasplantarse, el español pasó de ser un “no ciudadano” en un país sin ciudadanos a ser un “no ciudadano” en un país de ciudadanos.

El asociacionismo fue sin duda una escuela de ciudadanía que contribuyó a la superación de la limitación (lingüística, cultural, cívica) impuesta por el lugar de origen. Los centros y clubes creados por los propios emigrantes en Europa no fueron solo lugares de recreo, sino espacios de sociabilidad “protegida” donde se practicaba la democracia antes de que esa forma de participación política se fraguara en España. En estas asociaciones, los españoles aprendieron a organizar reuniones, a votar decisiones, a gestionar recursos públicos y a articular demandas ante las autoridades locales. Este “capital militante” acumulado sería fundamental tras el retorno, impulsando la cultura democrática durante la Transición.

Si la vida en el extranjero mejoró al español en general, en el caso de las mujeres emigrantes el impacto fue, si cabe, más radical y meritorio. Para muchas mujeres, la emigración representó una vía de emancipación económica, política y moral. En Europa, la mujer española protagonizó la normalización de su relación con el trabajo asalariado. Mientras en España el empleo femenino solía verse con el estigma de la necesidad extrema o estaba limitado por prejuicios tradicionales, en el extranjero las mujeres se convirtieron en figuras competentes que gestionaban la economía familiar y aprendían el idioma antes que sus maridos por la necesidad de lidiar con médicos, tenderos y profesores. Esta mejora personal les otorgó una imagen valerosa de sí mismas, descubriendo una libertad de movimiento y una autonomía que en sus pueblos de origen habrían sido impensables.

Toda esta mejora, que no fue solo un proceso individual sino un aprendizaje cívico activo, aupado por esos rasgos de solidaridad y voluntad de auxilio, se hace evidente, como revela la frase de Amelia, en las visitas al terruño, cuando los nuevos hábitos de consumo y ahorro, la visión secularizada de la vida y las experiencias democráticas chocan con las viejas costumbres y las perennes rivalidades que “esclavizan” a quienes se han quedado en España.

Ese aprendizaje terminó por ser uno de los motores, invisible pero potente, de la democratización de la propia España

No obstante perdurar como sentimiento predominante el de la transformación positiva, la mejora de quien vive en el exterior no es gratuita. El perfeccionamiento personal tiene un coste emocional elevado y el emigrante corre el riesgo de perder su identidad en el contacto con la alteridad. El “trasplante”, sea para salir de la familia, del pueblo o del país, implica una ruptura que a veces genera un desarraigo difícil de sanar. En la caso que nos ocupa, los estudios muestran que muchos emigrantes en Francia enfrentaron la exclusión, tanto por razones lingüísticas como de clase, y, sobre todo al llegar a la jubilación, sufrieron vacíos legislativos y soledad.

Sería erróneo equiparar mejora a éxito económico, en el sentido del éxito material rotundo. El relato del “emigrante de éxito” que vuelve millonario (trasunto del indiano o el “tío de América”) fue a menudo un mito edulcorado por el régimen. Muchos “cuerpos” regresaron gastados por jornadas interminables y una alimentación deficiente supeditada al ahorro extremo (el llamado “síndrome del emigrante”). Sin embargo, la mejora real se dio en la movilidad social de la segunda generación. Los emigrantes se volcaron en la educación de sus hijos e hijas, percibiendo que en Europa la capacidad y el mérito pesaban más que el enchufe o la recomendación habituales en España. Al ver a sus descendientes acceder a estudios universitarios europeos, los padres sentían que su sacrificio había logrado trasplantar un futuro mejor para su linaje.

Tal vez sea exagerado recurrir a la máxima de Gracián para ofrecer una validación intelectual a la experiencia de la emigración, pero su idea de que el aislamiento conduce al estancamiento y de que el español se completa a sí mismo en el extranjero trasciende en el tiempo y subyace en esa creencia de que los españoles son mejores fuera que dentro de España.

Si la vida en el extranjero mejoró al español en general, en el caso de las mujeres emigrantes el impacto fue, si cabe, más radical y meritorio.

Parece innegable que, en términos generales, el emigrante que regresa a España, especialmente a partir de la crisis de 1973, ya no es la misma persona que partió con una maleta de cartón diez, quince o veinte años antes. Traía consigo nuevos hábitos, herramientas y repertorios de acción. Había aprendido a vivir en libertad, a respetar las reglas por su utilidad social y a negociar en lugar de someterse. Y esta misma reflexión es válida para quienes decidieron quedarse en el país de destino, con independencia de que, como sostiene David Divita, perduren en ello atavismos de silencio: “las narrativas no habladas han llenado la fisura entre la represión y el olvido”.

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En definitiva, en el reciente sentir de Amalia se verifica el antiguo vaticinio de Gracián: el “trasplante” mejoró al emigrante, al forzarlo a salir de su estancamiento vital y permitirle conocer otra realidad, más libre y plural. En la Europa de los años 60 y 70 del siglo XX, el español, hombre o mujer, no solo mejoró su bienestar material, se descubrió a sí mismo como ciudadano, y ese aprendizaje terminó por ser uno de los motores, invisible pero potente, de la democratización de la propia Españacuando culminó el camino del retorno. El emigrante fue el primer europeo de una España que aún soñaba con romper el triste maleficio del verso de Gil de Biedna y evitar que su historia terminara mal.

 

 

 

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