Franquismo
El archivo como dispositivo de la violencia franquista
PABLO SANCHEZ LEON (PSL): Venimos aquí a hablar de una publicación que has hecho en la sección de historia de la editorial Comares en 2025, que se titula Papeles que atrapan. La policía franquista y el Archivo Documental de la Cruzada, 1938-1977. Mi primera pregunta surge del subtítulo del libro: ¿qué es el Archivo Documental de la Cruzada y cómo es que tiene una cronología tan larga que ocupa el franquismo entero, desde antes del final de la guerra y hasta una vez muerto el propio Franco?
ALEJANDRO PÉREZ-OLIVARES (AP-O): Bueno, el Archivo Documental de la Cruzada fue un proyecto en el más puro y más extenso sentido de la palabra que surge en el verano de la Victoria, mientras España está inmersa en misas de campaña, desfiles de Falange, marchas militares, patriotismo, etc. Hay gente del nuevo régimen que impuso contar cómo era esa nueva España que ya no era un campo de batalla contra el enemigo de su tiempo, sino el de una guerra triunfante que ahora necesitaba procesar a un enemigo interior, que había antes que identificar.
El subtítulo del libro es provocador porque como tal, el “Archivo Documental de la Cruzada” nunca existió, nunca existió una institución llamada así, pero sí fue un proyecto que se amparó en la existencia de un archivo construido a partir de la incautación de documentos de partidos políticos, sindicatos, Instituciones… Esto es, de toda la legalidad republicana; un archivo que adoptó varios nombres, ya en plena guerra de ocupación, desde el año 1938, cuando se llamó Delegación para la Recuperación de documentos, una vez que el régimen de ocupación se instituye; y que más adelante en la dictadura se denomina Delegación Nacional de Servicios Documentales. Más tarde adoptará otros nombres, pero en esencia el proyecto que se que se empezó a instituir en el ecuador de la guerra civil llegó hasta los años de la transición, ¿no? Un archivo formado por documentos incautados que son reclasificados, que son que son reordenados y que se proyectan hacia el control de la sociedad.
PSL: El enfoque de tu estudio hace una relación interesante, que me gustaría que abordaras, sobre policía y archivo.
AP-O: Sí, desde el origen, este proyecto gira en torno de la idea de crear un archivo policial, entendido como una herramienta para definir conductas que se quieren hacer desaparecer del conjunto de la sociedad, un archivo como herramienta para identificar a esos “culpables” y poder procesarlos. Digamos que la propuesta o el enfoque, como tú dices, de este libro va en la idea de pensar la policía más allá de la institución o pensar lo policial más allá de la institución que tradicionalmente asociamos con el gobierno o la vigilancia de los comportamientos y de las actitudes. Se trata de entender la policía en un sentido amplio, lo que me motiva como historiador interesado por el control social. Ello me lleva a reflexionar sobre que la primera herramienta de control policial de la dictadura fue el propio archivo. Esto es quizá la propuesta, el gancho, lo novedoso de este libro: entender la policía franquista más allá de la institución.
Y en ese sentido plantear, como me gusta decir, que este libro es de alguna forma fruto de un fracaso, que no es solo mío, sino una suerte de fracaso colectivo de nuestro régimen democrático actual. Y es que seguimos sin tener acceso normalizado al archivo que nos podría ayudar a entender el funcionamiento de la policía franquista, que es el Archivo del Ministerio del Interior. Entonces yo le busco un poco la vuelta a esta idea y lo que propongo es pensar la policía franquista a través o desde sus márgenes aún inaccesibles, en torno del archivo, una instancia en principio colateral si pensamos lo policial.
PSL: Para el lector aquí podría haber una confusión, y por eso tú lo aclaras muy bien con el uso gráfico de la expresión. Distingues entre un archivo concreto, los “archivos”, lo que uno asume cuando piensa en un archivo, es decir, el lugar físico donde se acumulan documentos. Y por otro lado el Archivo con mayúscula. ¿Qué es ese Archivo con mayúsculas? Hablas de que no es un simple repositorio de información, sino un generador de conocimiento, y por lo tanto un creador de realidad, no un medio o no solamente un medio, sino también un fin ¿Cómo justificas esto que es la matriz, un poco la categoría central de tu libro, tu estudio y tu trabajo?
AP-O:Sí, claro, entendemos los archivos en plural o el archivo con minúscula como un lugar, al que sobre todo acudimos las personas que nos interesamos por la investigación sobre el pasado; vamos a un lugar que es una suerte de portal temporal, una especie de vía de entrada al pasado, donde está la documentación con la que podemos reconstruir el pasado. Pero desde hace ya unos años, un par de décadas, desde finales del siglo XX, viene dándose un debate acerca de cómo los archivos en realidad no son repositorios documentales neutrales a través de los cuales podemos tener una visión de la realidad pasada, sino que los archivos son productores de esa realidad. El archivo es una institución que forma parte de un programa de gobierno desde al menos finales de la Edad Media, desde el siglo XV y el XVI. Sabemos que los regímenes políticos, las monarquías, pero también las repúblicas de la temprana modernidad desarrollaron archivos bastante complejos con tecnologías de ordenamiento de la documentación bastante sofisticadas para que fueran parte de un programa de gobierno que aspiraba a imponer orden en una realidad que se quería controlar: su población, su territorio, etcétera. Lo que hago con mi investigación es plantear la conexión del Archivo con mayúscula y la Policía con mayúscula, dos instituciones sin las cuales no se pueden entender las políticas de control de la dictadura franquista. Lo cual, cuando uno piensa que utilizamos esa misma documentación para reconstruir la dictadura franquista, tiene implicaciones de mucho tipo, epistemológicas, conceptuales, políticas, éticas.
PSL: Es definición de Archivo con mayúscula es un cuestionamiento sobre la manera convencional que tenemos de entender qué es lo policial y la policía. Pues dicho Archivo funciona como un espacio total de definición del “otro”, de gestión entera de un orden social. Y al mismo tiempo, descendiendo más a la práctica, a la narrativa y al recorrido histórico que tú haces, los diseñadores de ese Archivo policial son una combinación —que se puede leer muy bien en el libro, pues está lleno de interesantes retazos biográficos— de integristas religiosos, por un lado, y rigoristas castrenses implacables por otro; pero ninguno de estos dos son sujetos típicamente policiales, burocráticos, en fin, propios de la “jaula de hierro” weberiana o de lo que es la policía entendida de manera habitual como un cuerpo que venía existiendo desde bien antes del año 38 y contaba con un cierto abolengo. ¿Puedes contar algo sobre cómo trabajas el modo en que se va desarrollando ese Archivo, que implica una policía un tanto distinta de la que uno tendría de partida en la cabeza?
AP-O: Bueno, pues primero entendiendo el archivo más allá de la imagen que quiere crear el régimen como programa de gobierno, como institución que se encarga de mantener el orden a un régimen político. Lo que he hecho es pensar el Archivo a través de sus categorías, a través de una secuencia ordenada de acontecimientos y de documentos que posee una lógica interna. La idea es plantear cómo se construye ese archivo, no con la finalidad de dar forma a ese cuerpo que llamamos Policía, sino desde una lógica más amplia que lleva a rastrear no solo los momentos iniciales de creación del Archivo, sino en todo momento una tensión que lo define derivada de un régimen que quiere controlar comportamientos y actitudes de la población, para lo cual hay que entender el control social más como una creación de realidad que como una intervención en una realidad ya construida. Y en eso, como dices, colabora gente muy diversa, gente que desde mi punto de vista tienen una labor policial porque intentan fijar conductas, pero algunos de los cuales no son policías de carrera —salvo tal vez Eduardo Comín Colomer, quizá el más conocido, que es el único policía de carrera—. Y entre ellos hay, como tú dices, integristas religiosos como Marcelino de Ulibarri, quien para mí también es el principal archivero y arquitecto del Archivo, porque desde el golpe de julio del 36 se había destacado en la persecución del enemigo desde la retaguardia utilizando documentación incautada de la prensa republicana para la identificación de individuos, y que contaba con toda una serie de colaboradores, creadores del Archivo con su trabajo, que ven en el “nuevo Estado” franquista y la construcción del Archivo Documental de la Cruzada una oportunidad para desarrollar su carrera profesional. Estos especialistas se van empapando de procedimientos que hoy vemos en otro tipo de archiveros y archiveras de instituciones públicas, pero que los años 40, 50 y 60 dichos procedimientos están orientados a la identificación de sospechosos, y la persecución de conductas que, a los ojos de la dictadura, eran delictivas.
PSL: Al hablar de delincuencia, está claro que estás hablando de un nivel ideológico elevado, y ahí es donde me gustaría que entraras en lo que primero vienes a mostrar en tu libro, y que me parece realmente revelador: esa conexión que estableces entre la represión vía archivo —el archivo como dispositivo central de la posibilidad de la represión— y el origen del Documento Nacional de Identidad aún hoy en uso, o sea, la gestación de una información archivada y de un conocimiento instituido acerca del conjunto de una población nacional entera.
AP-O: Sí, uno de los antecedentes más directos y casi más definitorios del Documento Nacional de Identidad es un proyecto de ese Archivo Documental de la Cruzada, que se tituló el Certificado de Antecedentes y constituye uno de los proyectos estrella en el verano de 1939, un poco fruto de la colaboración personal, pero también institucional, entre Eduardo Comín Colomer como policía y Marcelino de Ulibarri como Delegado del Estado para la Recuperación de Documentos. Lo que luego será el Documento Nacional de Identidad se basa en una realidad percibida por la naciente dictadura, y es que no hay certificación documental, no hay conocimiento documental de los antecedentes de la población: es un régimen que surge de la mano de una sospecha institucionalizada.
¿Cómo se podía generar un documento que sirviera para certificar la conducta pasada de la población española? De este modo, el propio Archivo Documental de la Cruzada en Salamanca dio comienzo a una investigación en colaboración con otras instituciones, con juzgados, con comisarías, etcétera, para dictaminar si una persona tenía una conducta que le podía inhabilitar para tener un trabajo, para sacarse el permiso de conducir o cualquier tipo de licencia, de forma que es el archivo el que clasifica la población, dividiéndola en, digamos, peligrosa o no peligrosa en función de sus antecedentes políticos y sociales: es la construcción del delito político-social a través de la documentación.
PSL: La conclusión aquí es que ahora que tanto se está hablando de las herencias y las continuidades del régimen franquista a la democracia, lo más elemental que tenemos es que el DNI es una continuación evidente entre ambos. Con los cambios que alguien pueda aducir, pero hay una cuestión genética, que tu libro vuelve muy interesante de entender, y es que esa relación tiene que ver con la forma en la que durante décadas se represalia ideológicamente, y no con el puro interés por la gestión administrativa de una masa poblacional.
A P-O: Claro, hemos naturalizado que el DNI sea un documento que obtenemos yendo a una comisaría de policía, que esté certificado por el Ministerio de Interior. Pero esto no es natural. Y si miramos alrededor en otros países, en otras sociedades, esto lo desarrolla el Ministerio de Justicia, el Ministerio de Asuntos Exteriores, en forma de pasaporte, etcétera. En cambio no es así en países que han sufrido una ocupación. Si pensamos, por ejemplo, la ocupación nazi de Francia, algo muy parecido se instauró en los años 40, o si pensamos en la ocupación nazi de los Países Bajos, también entonces se desarrolló una tarjeta de identificación. Pero, una vez acabada la guerra, se abandona el sistema. En España podemos hablar de una ocupación interior y duradera, de tal forma que, como tú dices, uno de los vínculos retroactivos más naturalizados con la dictadura franquista es que el DNI lo confeccione en una democracia una comisaría de policía, el Ministerio de Interior.
PSL: Y en cambio, hay en tu libro o en la en la manera en la que trabajas descriptivamente el proceso largo de gestación de distintos proyectos —que van un poco solapándose entre sí, pero también decayendo, siendo semi abandonados—, una contradicción, al menos yo la veo en cierta medida. Una Contradicción entre la lógica de implacabilidad de un orden que se establece a través del archivo, buscando el control y definir a los sujetos, a los que clasifica y gestiona, y en cambio una dinámica, una evolución y una trayectoria un tanto renqueantes, con idas y venidas, con una provisionalidad de partida que se va estableciendo en el tiempo y dando pie a cambios y vaivenes que dependen mucho de nombramientos concretos de personas concretas que, si desaparecen, se desarticulan aparentemente los proyectos;proyectos, que son a veces eso: más proyecto que realidad, aunque otras no. O sea, hay ahí un punto como de chapuza que yo me he planteado al leer el libro, preguntándome hasta qué punto se nos está contando una historia de la falta de eficacia subyacente a lo que a la vez se nos presenta como un proyecto muy implacable.
AP-O: Sí, es una reflexión muy interesante también para pensar en cómo explicamos el pasado, y a través de qué herramientas creamos esa construcción del pasado. Porque creo que podemos correr el riesgo de reproducirlo tal y como quisieron las autoridades de la época, y no como “realmente fue”. Yo creo que entender el Archivo como proyecto nos despega un poquito de pensar que esa documentación refleja el pasado tal y como fue. Y nos permite cuestionar que las políticas de control de la dictadura o los proyectos policiales de la dictadura tuvieran un éxito total, de tal forma que esa sociedad se manejaba en los códigos que ordenaba la propia dictadura. El título del libro, Papeles que atrapan, pretende funcionar un poco como una vacuna, una llamada de atención sobre la posibilidad que tenemos de reproducir la voz del poder, de los gobernantes en el pasado, reproducir las intenciones de la dictadura, las sospechas de los policías, los procedimientos de los jueces, o en este caso el proyecto de Archivo. Aquello fueron una serie de proyectos que se intentan y se abandonan, que necesitan de una financiación que no es constante. De ahí la idea de entender el Archivo como sometido a una tensión, y no como una realidad construida y terminada. Lo que podemos ver es cómo esa documentación que ahora consultamos con una perspectiva histórica, en la época formaba parte de un proyecto. El Archivo hay que entenderlo en esa tensión interna, donde hay archiveros que se quejan de sus condiciones laborales, donde hay responsables políticos que se pasan el tiempo pidiendo financiación y solicitando a las autoridades que tomen cartas en el asunto. El Archivo es también es un espacio para entender esas tensiones y esas contradicciones.
PSL: En otro orden de cosas, el libro deja abiertos muchos temas, y hay uno fundamental que acabas de señalar. Tiene que tiene que ver con qué relación con la realidad tiene la documentación que queda archivada. La reflexión entera sobre qué enemigo es el que construye el franquismo se abre en este punto, pues al fin y al cabo toda la documentación de ese Archivo, como tú bien planteas, gira en torno de la construcción de un enemigo. Pero ese enemigo tiene una nomenclatura dual muy singular: una, comunismo; y la otra, masonería. La pregunta que surge de ahí es: ¿qué es el comunismo visto por un anticomunista? Es decir, ¿a qué se está refiriendo un anticomunista furibundo cuando habla y cuando crea un boletín entero que se titula Boletín de información antimarxista? ¿Qué saben de marxismo estos represores y archivadores de información? ¿A qué se refieren cuando hablan de comunismo? ¿Y a quién? ¿Qué categoría es esa de masonería que aplique a un sujeto real de la España de los años 40 o 50?
Mi pregunta abre a un debate acerca de la distorsión. Esto son categorías distorsionadoras. Porque alguien podría pensar que estos represores estaban realmente identificando a comunistas, de modo que la conclusión es que el comunismo es lo que digan de él los anticomunistas. La cuestión permite aislar la lógica de la construcción de la identidad, muy “a lo Carl Schmitt” Cómo las categorías que se utilizan para definir al enemigo tienen el problema de que se pueden malinterpretar si alguien espera que sean un reflejo de la realidad, pues en este caso no hace falta ser demasiado perspicaz en la lectura del libro para entender que muchas veces se disparaba a moscas con cañonazos.
A P-O: Sí, es una de las grandes preguntas: cómo el Archivo produce una realidad que se basa en una sospecha o en el peligro de una amenaza. El Archivo forma parte de la tensión entre las políticas de exclusión y políticas de inclusión de la dictadura franquista, eso que la dictadura llamaba “contubernio judeo-masónico-comunista” y que creo que hemos tendido a no darle importancia, corriendo el riesgo de incluirlo en una suerte de folklore, una locura de la dictadura, un discurso sin más para la legitimación de un aparato judicial, policial, legal, y cultural también, que tiene que ver con definir cualquier tipo de amenaza al orden, ya sea un orden político, social, de género también.
A la hora de definir quién es el amigo yo he venido en años anteriores estudiando las políticas de control, el accionar de los informes de conducta por parte de la policía, por parte de la Iglesia, de los párrocos, los informes de conducta de Falange o de la Guardia Civil, y lo que se ve es que hay un intento continuado, reiterado, de definir la conducta política, la conducta social, la conducta pública, la conducta privada. En realidad, “comunismo” y “masonería” son términos que hablan de una amenaza, y de una dictadura que quiere poner orden porque se está construyendo, porque el franquismo no estaba llamado a durar 40 años de manera obligada, y tendió a crear un enemigo interno para legitimar la construcción de un aparato y para generar toda una serie de disposiciones de cara a definir unas conductas permitidas, distinguiéndolas de otras no permitidas.
Entonces creo que tenemos que tomarnos muy en serio cómo se construye esa dicotomía, y mi trabajo es una invitación a seguir explorando esta vía, la de cómo se construye un enemigo interno, y un enemigo que cambia de rostro, porque lo que en los años 40 llamaban “comunismo” no se refería al accionar de los partidos comunistas, al igual que hoy, cuando se están creando en términos discursivos o mediáticos enemigos amplios, también tenemos que ver cómo se identifican esas esas amenazas.
PSL: Se produce entonces la paradoja que a mí me ha venido muy a la cabeza cuando leía y trabajaba tu libro. Y es que el propio franquismo reconstruye el concepto de comunismo que en cierta medida lega a la historiografía una imagen acerca de cómo es la oposición potencial o real al régimen. Quiero decir, por ejemplo, que el anarquismo no ocupa el mismo lugar en ese ranking de enemigos, no cuenta con una palabra denigratoria englobadora o genérica del enmigo ni da pie a un dispositivo institucional específico. Y, ello a pesar de que se leo está represaliando con dureza y a partir de la misma información que se archiva, incluso valiéndose de ese mismo Boletín, pero que solo nombra en su título el marxismo, de modo que se califica, clasifica y archiva así sujetos como comunistas cuando no tienen por qué serlo. Visto así, hay algo que yo no he leído en las investigaciones, ni en las síntesis sobre el período: que el propio régimen franquista generó la idea de que había un opositor comunista más allá de que fuese cierto. Y el efecto inintencional es que tenemos una memoria de que la oposición antifranquista es esencialmente comunista. Pues bien, una parte de ese lugar común la avala el archivo y las políticas públicas y el discurso del régimen.
Pero quiero centrarme ya para ir terminando en otra cuestión más teórica y de fondo. La pregunta es así de sencilla: ¿qué es control social? Personalmente, a mí es una categoría que me resulta muy problemática, básicamente porque es muy pequeña para lo que tú esbozas en tu trabajo. Es una categoría que arranca en el siglo XIX y que más bien se utilizó en un tiempo anterior a la gran política de masas, aplicada a las aspiraciones fascismo, etcétera. Luego ha reaparecido en la literatura sobre totalitarismo, que es una producción ideológicamente confusa, viene a decir que da igual el contenido sustantivo de un régimen tildado de totalitario: lo que lo define es que pretende un control total de la población.
¿Qué se quiere decir cuando se habla de control social? Porque se trata de una categoría sociológica muy débil. ¿Cómo lo cómo lo distingues y cómo se relaciona con otras categorías que han aparecido en los últimos treinta años en la filosofía política y moral, donde se ha hecho notable la influencia de otras categorias ,como son biopolítica o necropolítica?
AP-O: Vengo justo de debatir eso con colegas cercanos como Miguel Ángel del Arco: la aparente debilidad analítica del término de control social frente a otros, como por ejemplo “programas de gobierno”. Yo estoy de acuerdo con que el control social como concepto es débil, pero no porque sea una categoría pequeña, sino porque se ha utilizado quizá para demasiadas cosas. Y entonces se ha diluido su componente interpretativo, ese que nos permite entender fenómenos políticos y sociales. Porque si tenemos que ponerle tantos apellidos al control (control social, control moral, control biopolítico, control en positivo, control en negativo, control coercitivo…), lo que estamos reflejando realmente es un poco la debilidad analítica del concepto. Por eso yo a veces hablo de control de manera muy limitada y otras de control social de forma amplia, como dispositivo de control. ¿Por qué? Pues porque para mí, como historiador, el control se tiene que rastrear en prácticas, y desde hace años esto implica poner el foco sobre nuevas tipologías de documentos, nuevos archivos que han permitido abrir el debate sobre las políticas de violencia franquista más allá de las manifestaciones de violencia física, las penas de muerte, las cárceles, etc., Entender la violencia como un rastro más poroso y más cotidiano. Prefiero para esa dimensión hablar siempre de dispositivos de control, es decir, de cualquier herramienta que intente fijar unas conductas permitidas y sancione otras consideradas fuera de la legalidad, permitiendo procesar esos comportamientos no permitidos. Esta redefinición de la categoría de control social me parece lo suficientemente amplia como para recoger toda una pluralidad de manifestaciones de la violencia franquista más allá de la violencia física, y al mismo tiempo me permite concretar esa violencia en gestos, en prácticas, en un informe policial, una denuncia de la fiscalía, una inspección; pero también, y por eso este libro para mí es importante, entender cómo ese control franquista es también el intento de crear una realidad, que hacemos bien en no creérnosla del todo.
Y el primer dispositivo de control para mí, a partir de este libro, es el propio Archivo. Son los propios archivos franquistas los que intentaron crear una realidad con una finalidad: la de buscar el delito a partir de la sospecha. Y, por tanto, ahí hay una proyección de control total. ¿Qué eso fue más un deseo que una realidad? Por supuesto que el régimen no pudo controlar todo, y por supuesto que hubo espacios para la disputa. Ese control de la vida más biopolítico —ahí podemos debatir con otros enfoques más foucaultianos— nunca fue total.
PSL: Una cosa que me parece muy interesante de tu libro y de tu manera de investigar es que entiendes que las prácticas son fines en sí mismos también, no solo medios para obtener algo. Hay que estudiarlas también de esa manera, lo cual , como tú dices, implica entender que esos sujetos piensan con una finalidad. Es ahí donde me surgen dudas sobre si la finalidad del Archivo era el mero control social, es decir, la categoría que tenemos hoy disponible; porque se queda muy limitada. Si para definir el franquismo te quedas en el control social, asumes el supuesto de que aquello fue una simpledictadura que se contentaba con controlar social y políticamente a la población. Pero desde el momento en que el subtítulo de tu libro incluye la palabra Cruzada, el asunto se desborda: no hay modo de justificar que una Cruzada declarada para exterminar y convertir aspire finalmente a mero control poblacional. Una cruzada como la que justifica la guerra de 1936 tiene por objetivo otra cosa, mucho más ambiciosa, que yo creo que a los españoles de este tiempo aún se nos escapa. Por eso yo, por precaución, nunca uso el término dictadura, que me parece que es uno de los conceptos más problemáticos que hemos heredado en la cultura política posfranquista, y que en parte alimenta el rearme de la extrema derecha. Porque la palabra, el término “dictadura” ha cambiado de significado y se ha suavizado. El régimen de Franco fue otra cosa mucho más erradicadora de libertades y radicalmente pervertidora del orden social que una dictadura.
Pero quiero terminar entrando en otra dimensión muy interesante de tu libro, y es su esfuerzo narrativo y formal, pues está atravesado por la voz del autor, que se incorpora al relato de hechos a cada tanto, con su voz reflexiva, lo que hace que se llene de interrogaciones y preguntas, muchas de los cuales no reciben respuesta, lo cual revela una actitud, digamos estética y literaria distintiva que supongo que puedes justificar.
Entre esos recursos uno que has utilizado es lo que se llama una “metodología vicaria”, que consiste en ponerte en la cabeza de estos archivadores y arquitectos del Archivo que estudias. Y eso conlleva casi automáticamente hacerte la pregunta de si no estás naturalizando a los sujetos que trabajas, y de dos maneras complementarias: una, legitimando hasta cierto punto su catadura moral; y dos, reduciéndolos a lo que nosotros hoy asumimos como “lógico” que que alguien como ellos hiciera. Hay tres o cuatro momentos muy claros en tu relato en que, introduciendo tu voz subjetiva, asumes que lo que hacían esos sujetos era lo “normal” y esperable en su situación a la hora de buscar información, etc. ¿Y si en lugar de eso, dejamos abierta la posibilidad de que todo lo que hicieran fuese más bien anormal? Porque así marcamos la diferencia con aquello que nosotros no entendemos, porque no forma parte de nuestra lógica.
AP-O: Sí, la pregunta es buenísima, Pablo, gracias por hacerla, porque no suele salir. El tema de la voz para mí era una cuestión esencial en este libro, en primer lugar, porque es una suerte de llamada de atención profesional, no corporativa pero sí profesional, de carácter epistemológico, pues corremos el riesgo de reproducir el archivo como que contiene una imagen objetiva del pasado. ¿Cómo dirigirme también a mis colegas y recordarles este riesgo? Pues con la voz personal. Mi punto de honestidad aquí, lo que justifica la voz subjetiva, es que empiezo reconociendo que el primero que no entendió que el archivo era parte de un programa de gobierno fui yo cuando comencé mis investigaciones sobre la violencia franquista. Entonces, la voz personal, en primer lugar, va por ahí, como expresión de mi toma de conciencia. En segundo lugar, tiene que ver también con la experiencia, con la experiencia en el archivo y entender que el archivo no es un viaje al pasado, sino que el archivo es un lugar de tensiones también hoy. Y aquí está la cuestión del acceso, ¿no? Es un libro que también intenta explicar por qué esta investigación toma la forma que toma y por qué surge esta investigación. Espero que en poquitos años se pueda hacer entrando al archivo de la policía franquista, o a la documentación de la policía franquista en el archivo del Ministerio del Interior. Y la voz propia también creo que tiene que ver con una cuestión de alarma, y es una reflexión metodológica sobre cómo de cerca está la voz del historiador o de la historiadora en el presente respecto de la voz del poder en el pasado, cómo de posible es que reproduzcamos las intenciones de jueces, de policías, de secretarios judiciales o de archiveros en el pasado si no tomamos distancia con ese programa de gobierno que fue la creación de documentación sistematizada por parte del régimen franquista. Papeles que atrapan habla de todo eso: papeles que atraparon conductas en el pasado que fueron reconvertidas en delito, pero que en ese acto, si no ponemos distancia, en ese acto de documentalización, de producción de documentación, esa intención primera, esa finalidad primera del franquismo nos puede atrapar todavía como historiadores e historiadores y también a los públicos que nos leen.
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