Literatura
Corre, Bobbie, corre

Eddie Little era heroinómano a los 14. Pasó por la cárcel por intento de asesinato, logró limpiarse y escribió Un día más en el paraíso (Sajalín), espejo de una vida al límite.

Eddie Little
Eddie Little falleció en 2003, a los cuarenta y siete años.

publicado
2019-10-08 09:40

“Siento que estoy destinado a acabar metido en un blues. Palizas, chirona, la puta muerte, nada tan terrible, ni de cerca, como que hieran mis sentimientos”. Quien habla así es Bobbie Prine, el protagonista adolescente deUn día más en el paraíso, novela que dio a conocer en Estados Unidos a un tipo duro llamado Eddie Little (Los Ángeles, 1955-2003). Esa voz angustiada de un chaval de 14 años, politoxicómano y delincuente, hábil reventador de máquinas expendedoras, es el propio novelista: el peligroso Eddie era apenas un quinceañero cuando fue detenido por asaltar farmacias.

Después se escapó de un reformatorio para largarse a Boston y ascendió en su carrera como ladrón profesional junto a un instructor que lo iluminó por los caminos del crimen. Con una acusación de intento de asesinato que lo llevó a la cárcel, pasados ya los 40 escribió esta novela y una continuación, Steel Toes, que publicó poco antes de morir en un motel de Los Ángeles. No duró mucho siendo un tipo con buenas costumbres, pero sí lo suficiente para revisar sus años salvajes y contarnos la historia de su alter ego Bobbie Prine.

VACÍO EXISTENCIAL

Devastados los sueños hippies y con la herida de Vietnam sangrando a borbotones, en Un día más en el paraíso solo quedan un montón de drogas y un enorme vacío existencial. “Esto fue hace mucho tiempo, antes del grunge, antes del punk, antes de que el rock and roll se convirtiese en una institución dirigida por graduados universitarios”, apunta la voz del protagonista. Se trata de una novela cruda y desesperanzada, por momentos bastante dolorosa, que no ahorra detalles escabrosos y describe las andanzas muy al límite del rabioso Bobbie, cuya vida emprende un nuevo rumbo tras recibir una paliza de un guardia de seguridad y ser apadrinado por Mel, un médico excombatiente que sabe muy bien en qué consiste ser un delincuente de altos vuelos.

Por allí andan también Rosie, la novia portorriqueña de Bobbie, que pese a ser tan joven como él ya ha pasado por la experiencia de prostituirse, y la pareja del grandullón Mel, una maternal Syd que los recibe como si fuesen los mejores alumnos de Bonnie y Clyde. Los cuatro se suben a un coche y empiezan a cometer robos por medio país con la misma voracidad que sus adicciones: litros de whisky y cargamentos de speed y heroína. También algunas lecturas filosóficas que intentan calmar los ánimos.

SERES DESARRAIGADOS

La historia agita un cóctel alucinatorio en el que las drogas, el sexo y la adrenalina alimentan la doble sensación de poder y fragilidad de Bobbie, que se siente “un conejo atrapado por los faros de un camión, paralizado, viendo cómo toneladas de acero arrasan con todo”. Y nosotros, que lo seguimos en su viaje con sus tres acompañantes, acabamos experimentando ese mismo carrusel emocional cuando nos lo dibuja sin florituras, explorando a fondo su desarraigo.

Es cierto que Eddie Little, recurriendo a su agitada biografía, sabe construir un buen catálogo de personajes sugerentes y estrafalarios, algunos bastante enloquecidos, y que no se le discute la autoridad cuando describe la planificación de los robos. Habla de lo suyo, del arte de desvalijar y salir corriendo, y lo hace sin despeinarse. Pero al final, entre tanto miedo adolescente y tanta soledad a los pies de la heroína, entre tanta sensación de frío y desamparo, el niño que esnifaba pegamento con ocho años nos acaba conmoviendo por su agudeza para el detalle.

En una fiesta bajo luces estroboscópicas, durante un formidable viaje de peyote, Bobbie ve a Syd agarrada al brazo de Mel y los describe como una pareja de niños perdidos que se han quedado atrapados en unos cuerpos envejecidos. “Me pregunto si no ha sido eso lo que ha sucedido”, dice. Y no se nos ocurre mejor síntesis de la perplejidad que suscita el paso del tiempo.

ADAPTACIÓN AL CINE

En 1998, un año después de su publicación, Larry Clark adaptó Another Day in Paradise en una de sus películas más conocidas, con James Woods, Melanie Griffith, Vincent Kartheiser y Natasha Gregson Wagner en los papeles protagonistas. En aquella época, Eddie estaba limpio y tenía trabajo, cuidaba su salud y escribía sobre forajidos en LA Weekly. Aunque deja entrever otras intenciones y opta por un final impactante y extrañamente poético, la película sintetiza con bastante fidelidad la trama de la novela. No nos sorprende que su lectura entusiasmase al director de Kids, que en los años 90 se estaba erigiendo en un incómodo cronista de adolescentes extraviados.

La experiencia con el ingobernable Bobbie Prine es altamente satisfactoria, y mucho más si somos aficionados a las viejas historias de delincuentes, aunque en este caso la narración esté atravesada de cabo a rabo por los infiernos de la heroína. Nuestro hombre es blanco, pero sería el perfecto destinatario de The Devil is Dope, aquel alegato de The Dramatics dirigido a los jóvenes de Harlem de su misma generación. Y es que el chaval no para de meterse: “La sangre borbotea al entrar por la aguja a modo de salvación y al apretar el cuentagotas este se vacía en mis venas; Jesús líquido se lleva mis miedos y mis problemas, que se esparcen con el viento igual que el polvo en un sifón”. Invoquemos a otras divinidades más aconsejables para que Sajalín se anime a editar Steel Toes.

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