Opinión
Las cifras que Noboa no cuenta: la migración como subsidio invisible de Ecuador

Mientras el mandatario neoliberal ecuatoriano celebra estabilidad macroeconómica pero oculta que la remesas son lo que sostiene el día a día de las familias. Con 7.729 millones de dólares en 2025, las remesas de la diáspora ecuatoriana por el mundo, superan ya las exportaciones de petróleo.
Daniel Noboa
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, durante su informe presidencial en la Asamblea Nacional el pasado 24 de mayo

Cuando Juan Luis Guerra compuso “El Niágara en bicicleta” a mediados de los noventa, retrató una tragedia caribeña que, irónicamente, treinta años después se ha convertido en la banda sonora de la salud pública en el Ecuador contemporáneo.

El pasado abril mis padres vinieron a visitarme a España y una de las conversaciones más largas que tuvimos fue sobre la renovación de su seguro médico privado. Llevan más de una década pagándolo y les avisaron que iba a subir de precio: casi mil dólares al mes para dos personas mayores. Convocamos a una asamblea familiar y entre pros y contras, mi madre con el papel de los pagos sobre la mesa y mi padre en silencio, concluimos que no podían dejarlo. Si se daban de baja, perderían todo, porque por su edad ya ningún otro seguro los quiere. La diferencia es pequeña en el papel y enorme en la vida.

La imagen surrealista de intentar cruzar una de las cataratas más grandes del mundo en una frágil bicicleta es la representación exacta del calvario que viven hoy miles de ecuatorianos frente a un Estado en retirada. No es una exageración: es una frase que se repite en los mensajes de WhatsApp que me llegan a cualquier hora desde allá. “Estamos hechos pedazos”.

Hay algo que me quedó de esa conversación que no es exactamente tristeza. Es más parecido a la sensación de reconocer algo que ya sabías pero que hasta ese momento no habías visto del todo: que un derecho, en este caso la salud, el acceso a un médico cuando te duele algo, se haya convertido en un gasto defensivo individual.

La pregunta de cómo un país presenta una caída rápida y profunda en tiempo de paz: sin guerra civil, sin catástrofe climática destructiva tiene una respuesta bastante incómoda: parte de llegar hasta aquí tiene que ver con el ajuste. El gobierno ecuatoriano ha ido cumpliendo con lo que le exige el FMI: reducir el gasto, recortar salarios públicos y “racionalizar” la nómina del Estado. En la práctica, eso se traduce en despidos, en menos personal en los hospitales y en el abandono sistemático de las instituciones que sostienen la vida. Aunque en campaña se prometió proteger el sector salud, desde 2025 y especialmente en 2026 empezaron las desvinculaciones de personal sanitario, con gremios médicos denunciando entre 900 y 1.200 profesionales afectados en la última ola. El Ministerio de Salud habla de optimización; los hospitales y los médicos hablan de vacíos asistenciales, cirugías suspendidas y servicios sostenidos por debajo de su capacidad mínima.

Pero el presidente Daniel Noboa tiene una lectura diferente de la realidad cotidiana de los ecuatorianos. En su último Informe a la Nación ante la Asamblea Nacional, destacó la ejecución de más de un millón de operativos, el desmantelamiento de 551 estructuras criminales y la puesta en marcha de un nuevo centro de máxima seguridad. Afirmó que la pobreza bajó del 26% al 21,4% a diciembre de 2025. El dato procede del INEC pero tiene una trampa que el propio instituto señala: la variación no es estadísticamente significativa. Y lo que el presidente no mencionó es que en el mismo período la pobreza extrema aumentó, alcanzando el 10,4%, su nivel más alto desde 2022.

Mientras el Gobierno defiende una gestión histórica, plataformas de verificación independientes como Ecuador Chequea y Lupa Media revelaron que más de la mitad de las afirmaciones presidenciales analizadas resultaron imprecisas o falsas, y que la afirmación sobre la pobreza “no tiene respaldo estadístico a nivel nacional”.

Noboa, como buen aprendiz de la nueva derecha radical populista, le habla a la clase trabajadora no desde la igualdad sino desde la defensa de la propiedad, del orden y del miedo al otro. El príncipe bananero acusado de vínculos con el narco celebra que la banca crezca, y es ahí donde está el truco. Si queremos entender cómo se rompió Ecuador, hay que mirar ese doble movimiento: por un lado, la destrucción de capacidades estatales; por el otro, la captura del sentido común por un discurso que convierte la precariedad en mérito y la dominación en libertad.

El hilo de la diáspora ecuatoriana

Vamos a tirar del hilo migrante, que es el que personalmente me toca y que Noboa omitió. El informe presidencial se presenta sobre una arquitectura de datos asépticos, pero ignora deliberadamente el cimiento humano que los permite: el exilio. Mientras el mandatario celebra estabilidad macroeconómica, el Banco Central revela una realidad paralela: el ingreso de 7.729 millones de dólares en remesas durante 2025, una cifra que ya supera las exportaciones de petróleo. El éxito de Noboa no es de gestión: es de exportación. La inversión social de la que se jacta 525 millones de dólares palidece frente a ese flujo. Las remesas son catorce veces superiores a esa inversión. Ecuador hoy no exporta solo productos, exporta personas para que sus dólares mantengan a flote una ficción de prosperidad en la que ellas ya no tienen lugar.

En ciudades como Madrid, Milán o Nueva York, miles de ecuatorianos sostienen con su esfuerzo físico los servicios de cuidados, la hostelería, la construcción y al mismo tiempo mandan dinero a casa para cubrir lo que el Estado dejó de cubrir. Quienes estamos al otro lado del charco encadenamos jornadas dobles o triples para sostener hogares que el Estado dejó de proteger. El país expulsa a su gente y después sobrevive gracias al dinero que esa misma gente manda de vuelta. Es una transferencia silenciosa de una responsabilidad que debería ser pública.

En el relato épico de la nación se invisibilizan los cuerpos que cruzan fronteras, que limpian casas ajenas, que sostienen vidas desde la distancia. En 2025, el flujo migratorio cerró con un saldo negativo más salidas que entradas, una tendencia que no ha parado desde 2020. Solo en 2025 se registraron más de 3,13 millones de salidas de ecuatorianos al exterior. La precariedad de un lado y del otro no es un accidente: es el resultado de una gestión política que ha dejado a la ciudadanía pedaleando en el vacío, intentando sobrevivir a un sistema que, como en la letra de Guerra, se ha quedado sin anestesia.

La precariedad globalizada

Lo que sucede en Ecuador no es un caso exótico ni lejano a lo que empieza a pasar en Europa. No digo que sea lo mismo: los contextos son distintos, las instituciones tienen otro peso, la historia no se repite mecánicamente. Pero hay algo en la estructura del problema que se parece demasiado para ignorarlo. El deterioro de la sanidad pública. La crisis de vivienda que convierte el alquiler en una carrera imposible. La precarización laboral que hace que tener un trabajo ya no signifique tener seguridad.

La trampa del neoliberalismo ha conseguido agotarnos. El agotamiento también tiene consecuencias políticas. Cuando sobrevivir ocupa todo el tiempo disponible, la política colectiva queda para después. Y el después no llega. Una sociedad exhausta tiene menos tiempo para organizarse, protestar, imaginar alternativas, aunque esta posibilidad en Ecuador también se vea imposibilitada por la militarización de las calles y el fantasma de la persecución política.

Los últimos resultados electorales en distintas comunidades autónomas españolas hablan de una ciudadanía agotada, cansada de discursos abstractos, cada vez más vulnerable a promesas simples de orden, control, castigo. No porque la gente quiera necesariamente menos democracia, sino porque demasiadas veces la democracia dejó de sentirse como una experiencia concreta de protección.

La degradación política sostenida erosiona la capacidad colectiva de reflexionar lúcidamente sobre temas complejos. La democracia, como idea, sigue ahí. Como amparo cotidiano, se va haciendo invisible. Y cuando eso ocurre, los hombres fuertes que ofrece el patriarcado empiezan a parecer inevitables. No porque sean una solución. Sino porque la pregunta ya no es qué ofrece cada opción, sino quién al menos parece dispuesto a actuar.

En mi familia haremos malabares para pagar el seguro de salud privado. No porque creamos en la privatización de los servicios básicos, sino porque a mis padres no les queda otra. Una encrucijada forzada, disfrazada de libertad, en la que tienes que seguir eligiendo entre opciones que no elegiste. Esa resignación, esa sensación de sostener algo que podría caerse si lo sueltas, es también política.

Lo que se rompe aquí no se queda aquí. Lo que pasa aquí también golpea allá, porque la precariedad de la clase obrera no se detiene en la frontera: se reparte y termina habitando el mismo cuerpo

A veces siento alivio por estar lejos de Ecuador. Otras veces, culpa. La mayoría del tiempo las dos cosas llegan juntas y no hay manera de separarlas. Es la condición de quien migra. Ahora tengo que dejar mi piso en España porque mi casera no me renueva el contrato, en medio de una crisis de vivienda que hace casi imposible sostener una vida con un solo salario, con una sola respiración. Entonces se me alinean las fichas: esto es algo más grande. Lo que se rompe aquí no se queda aquí. Lo que pasa aquí también golpea allá, porque la precariedad de la clase obrera no se detiene en la frontera: se reparte y termina habitando el mismo cuerpo.

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