La razón por la que Gaza, Colombia o Ceuta realmente no te importan

La solidaridad se agota y no es un defecto moral. Lo urgente es qué hacemos con esa verdad incómoda, ahora que las reglas que nos protegen de nuestro cansancio se están aflojando
Colombia terremoto Chocó - 10
A dos semanas del terremoto la vida cotidiana convive con las ruinas de edificios y casas derrumbadas por el terremoto del pasado 10 de agosto, en Colombia. Lisandro Concatti
Global Shapers Community, Economistas sin Fronteras
30 sep 2026 15:54 | Actualizado: 30 sep 2026 17:25

Quizá estés cansado de las banderas palestinas, de las campañas de donaciones para Venezuela, Colombia o Nepal, de los actos de reivindicación saharaui. Tantas luchas, tantas catástrofes, y pareceque nunca llegamos a todos los incendios. Es casi un tabú decirlo, pero los grandes temas de nuestro tiempo nos dejan de importar con rapidez. Nos cansamos de escuchar el sufrimiento ajeno y acabamos metiendo la cabeza en la tierra, como un avestruz, cuando nos inundan de víctimas, daños y urgencias.

No, no es falta de carácter. Es un asunto de economía, aunque no de la que imaginas. La solidaridad es un recurso, uno limitado. Piensa en la escena más habitual. Aparece un titular sobre una catástrofe y casi todos reaccionamos, con intriga, curiosidad o morbo. Después llega el punto de quiebre: comprometerse o ignorarlo. Si estás leyendo esto, probablemente te cuentas entre los primeros, pero cuidado, tiene truco. El compromiso inicial se alimenta de entusiasmo y buenas intenciones, y conviene desconfiar de la buena voluntad. No porque sea ilegítima, sino porque suele prometer más de lo que logra.

Os planteo un ejercicio. ¿Por cuál de estas causas te has movilizado, o al menos te has puesto a investigar, en los últimos meses? La guerra de Ucrania, la limpieza étnica en Birmania, la explotación de trabajadores migrantes bajo el sistema de kafala en los países del Golfo, la mutilación genital femenina, la persecución de migrantes en Estados Unidos, los brotes de ébola en el Congo, la censura de la prensa en El Salvador, Nicaragua o Irán. Quizás unos te suenen, quizás otros no, es normal. Hay causas que reconoces como relevantes y que, aun así, sientes que te importan menos que otras cosas. Y de ahí surge la pregunta: ¿existe una escala de prioridades para la empatía?

La respuesta corta es sí, pero usualmente no es racional o consciente. La compasión es muy sensible a la emoción, a la identificación y al sesgo ideológico. Nos conmueve más una víctima con nombre y rostro que una multitud abstracta contada por centenares o miles. Y la distancia, cultural o geográfica, solo lo empeora. Luego de la invasión a Ucrania, la Unión Europea activó en 8 días un sistema de protección temporal automática para quienes huían. A quienes escapan del Sahel y llegan a Lampedusa o Ceuta les toca la ventanilla del asilo individual. Ambos conflictos tienen consecuencias directas para Europa, pero uno se sintió para muchos como un ataque a “gente como nosotros”. A esto se suman las burbujas ideológicas en las que vivimos y los criterios de los medios y algoritmos sobre qué merece ser “un asunto importante”[1].

Alguien podría objetar que todo esto es solo falta de cultura o de una empatía más profunda en la que debemos trabajar. La evidencia apunta a otra cosa, esa teórica fuerza del bien también se agota entre los más comprometidos. La “fatiga por compasión”, término popularizado por Charles Figley[2], describe el desgaste de quienes cuidan a personas traumatizadas, un cuadro cercano al estrés postraumático por exposición constante al dolor ajeno. Con mayor exposición al dolor, la empatía colapsa y se puede llegar hasta la indiferencia.

Entonces, ¿por qué insistimos en fundar proyectos de futuro sobre algo tan voluble? Históricamente, la respuesta fue institucional. Sin estructura, la voluntad se disuelve, el compromiso se fatiga y muere. De ahí las ONG, asociaciones y organismos multilaterales, nuestro intento por sistematizar la compasión para que sobreviva a nuestro cansancio.

No es una idea nueva. En Ulises y las Sirenas (1984), Jon Elster la llamó precompromiso, una forma de lidiar con nuestra racionalidad limitada e imperfecta. Según Elster, lo sensato es atarse de antemano a algo más firme que la voluntad[3]. Como Ulises, al saberse débil frente al canto de las sirenas, pide a sus hombres que se tapen los oídos y que lo aten al mástil del barco y así sortear su debilidad. Nosotros somos Ulises y la institucionalidad es el mástil, un soporte fuerte frente a la comodidad de mirar hacia otro lado. Durante la segunda mitad del siglo XX, el orden internacional basado en reglas fue el mástil, uno con imperfecciones enormes ya que en buena parte del Sur Global nunca se aplicó del todo.

Pero ¿quién ata a quién al mástil? ¿Quién define hacia dónde rema el barco? Ahí el diseño del sistema que gestiona nuestra aldea global (mundo) no sale bien parado. Su democratización es una promesa aún sin cumplir. Para muchos será sorprendente saber que la gobernanza de la ayuda al desarrollo ha descansado sobre un organismo que no es Naciones Unidas. El Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD), un organismo formado exclusivamente por países de la OCDE, es el foro administrador que fija las reglas de los fondos que palian todas estas crisis globales, pero irónicamente cuenta con la voz de solo algunos pocos países en desarrollo.

Sumado esto, la institución que nos protege de la fatiga nos quita, a la vez, el rostro. Adela Cortina, en ¿Para qué sirve realmente la ética? (2013), recoge la diferencia entre dilemas personales e impersonales. Cuando la situación es directa (dar cinco euros a un niño que tenemos delante), mucha gente responde. Cuando se trata de dárselos a una organización para que atienda a un niño que no vemos, la voluntad se debilita y aparece el “ya se ocupará otro” u otra excusa más o menos fundamentada[4]. Lo saben bien quienes piden medidas de adaptación al cambio climático. Todos las aceptan como necesarias y urgentes (bueno, excepto quienes niegan el fenómeno), pero nadie quiere pagar la factura. La abstracción se comió el sueño: asuntos de vida o muerte convertidos en procedimientos burocráticos, juntas y comités para evaluar genocidios evidentes y una arquitectura de la que nadie conoce más que el logo.

Hoy, ese mástil institucional parece ser menos rígido que antes, menos eficaz y muchos se preguntan para qué seguimos atados. Las sogasea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30% en dos años, y 25 de los 33 misea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30% en dos años, y 25 de los 33 misea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30% en dos años, y 25 de los 33sea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30% en dos años, y 25 de los 33 s se están aflojando, y la metáfora de Elster, muy válida para los ochenta, hoy se enfrenta a cantos de sirena que vienen en móviles, ordenadores, publicidad dirigida y disponible a cualquier hora. Entonces ¿qué más da que colapse?

Sería injusto nombrar solo los fallos del sistema internacional. Lo peor del derrumbe es que arrastra también la confianza en lo que sí funcionaba. La erradicación de la viruela en 1980, en coordinación con la OMS; el Protocolo de Montreal (1987), que frenó la destrucción de la capa de ozono y el efecto preventivo de las misiones de mantenimiento de la paz para evitar la recaída en conflictos son buenos ejemplos. Sin el mástil, el mundo sería mucho peor, pero estos efectos no tienen titulares o son material pobre para la viralidad y el escándalo. Lo que funciona nadie lo recuerda.

Esta miopía ha hecho que sea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30% en dos años, y 25 de los 33 miembros del CAD la redujeron en 2025. Y sería tentador culpar al trumpismo y la disolución de USAID o a la ultraderecha global, colocando a la soberanía y el gasto en defensa sobre cualquier otro criterio, pero según el experto José Antonio Alonso las fallas vienen desde antes. Las grietas en el andamiaje que el propio Estados Unidos ayudó a crear se sostenían bajo el supuesto de la irrelevancia del Sur Global y hegemonía occidental que hoy está en entredicho.

¿Y ahora qué? Alonso describe una suerte de “reconversión”, una postura poscínica del sistema. Ya no hace falta que se justifiquen los sesgos de los países donantes o pretender cierta valoración por los derechos humanos. Con esta tendencia del Trade over Aid se financiará solo lo que las potencias busquen mantener o aprovechar. Si antes el sistema parecía amañado, ahora sería un trueque descarado.

Si la guerra, hambruna o inundación sucede en una zona o país con poco interés geoestratégico, no habrá agencia posible para la gestión de esos intereses. Por eso el asunto va más allá de las decisiones del CAD y de cómo se reparte la ayuda. Lo que se decide es el paradigma con el que ordenamos nuestras prioridades y cómo distribuimos esa empatía global que sabemos es limitada.

El profesor Alonso habla de múltiples escenarios de futuro, aprovechando el final de la agenda de desarrollo vigente, que van desde el más halagüeño, donde hacemos un pacto global más robusto, hasta el puramente transaccional. Según él, a lo que es más posible aspirar sería a acuerdos mínimos, anclados a Naciones Unidas, mientras las naciones con más recursos siguen sus intereses. Algo que recuerda más a una tregua que a la cooperación mutua, un mundo en el que hay reglas básicas (aún menos ambiciosas que las actuales) y donde la inequidad y la utopía quedan en segundo plano.

Sinceramente, y con respeto a Alonso, no estoy de acuerdo, pienso que somos mejores que eso y los escenarios más conformistas nos costarán mucho más en el futuro. Pero, ciertamente en la trayectoria actual estamos eligiendo, por inercia, una alternativa que no está entre las mejores.

No hace falta que Gaza, el Congo o Colombia te quiten el sueño, tu compasión es esperanzadora, pero no indispensable. Lo que sí puede hacer es empujar para construir un mástil nuevo, uno que dé trámite a los sesgos que rigen nuestra empatía y proteja a la gente detrás de los titulares. Hace falta un sistema de incentivos para que esas reglas sigan en pie cuando nuestra atención se haya ido a otra parte. Ulises no necesitó dejar de oír a las sirenas, necesitó un mástil fuerte y una tripulación que siguiera remando. Nuestra tarea no es ser inmunes al canto, sino asegurarnos de que el barco tenga quién reme cuando nosotros ya no podamos.


[1] Moeller, S. D. (2002). Compassion fatigue: How the media sell disease, famine, war and death. Routledge.

[2] Figley, C. R. (Ed.). (1995). Compassion fatigue: Coping with secondary traumatic stress disorder in those who treat the traumatized. Psychology Press.

[3] Elster, Jon (ed.) (1984). Ulysses and the Sirens: studies in rationality and irrationality. Paris: Editions de la Maison des sciences de l'homme.

[4] Cortina, A. (2013). ¿Para qué sirve realmente la ética? Paidós.


Sobre este blog
Economistas sin Fronteras Somos una Organización no Gubernamental de Desarrollo (ONGD), fundada en 1997 por un grupo de profesores y catedráticos universitarios, activamente comprometidos y preocupados por la desigualdad y la pobreza. Nuestro objetivo principal es contribuir a generar cambios en las estructuras económicas y sociales que permitan que sean justas y solidarias.
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