Economía feminista
Finanzas feministas: Cuando el dinero sirve para sostener la vida
“Tú recuerda ser buena persona”, se asegura mi abuela de recordarme cada vez que una videollamada de las nuestras se acerca a su fin. A modo de conclusión, a modo de consejo. A veces he podido asemejarlo a la persecución individual de tener que ser constantemente “una versión mejor de mí misma”, pero creo que eso no es a lo que ella se refiere.
Me parece que las redes sociales, la obsesión por la construcción de la marca personal y el cada vez más acentuado individualismo han corrompido un poco el trasfondo del mensaje y a veces Lladós se cuela en mis sueños para susurrarme que soy un “panza” y un “mileurista”. “Ser una mejor versión de ti mismo” y “ser mejor persona” son dos ideas que pudieran parecer tangentes en algún punto, pero claramente una carece de la dimensión de entender que en el mundo también hay otras personas, y la otra no.
Quizás como las finanzas éticas o la economía feminista. A veces el apellido de estos conceptos resignifica completamente lo que pretendemos contar. La palabra economía proviene del griego oikonomía, formada por Oikos (casa, patrimonio) y nemein (administrar, distribuir, gestionar). Literalmente significa “administración del hogar” o gestión del patrimonio. Posteriormente, el término evolucionó para abarcar la gestión de recursos a nivel nacional y estatal. Posteriormente, el término se asoció con conceptos como bolsa, especulación o mercados financieros. Posteriormente, nació Estados Unidos y Wall-Street. Posteriormente, nos hemos ido cargando la economía.
En el actual marco económico neoliberal y patriarcal, el relato asocia beneficio solamente a rendimiento monetario y este prima sobre cualquier necesidad de defender la vida o el planeta. Como si beneficiosa no fuese una red práctica de transporte público asequible, guarderías, ganadería extensiva o servicios de acompañamiento a víctimas de violencia de género.
Frente al “sálvese quien pueda”, el último informe Avanzando hacia unas finanzas feministas publicado por la XES y FETS, que obtiene su legitimidad no (solamente) por el carácter feminista de las entidades coautoras, sino por el proceso de cocreación con una diversidad de entidades feministas plurales que han participado en la articulación del documento, representando la diversidad de las mujeres de varios territorios de toda Iberoamérica, define la financiación feminista como “la que no depende únicamente de la cuenta de resultados y el balance, que entiende el trabajo reproductivo como un aporte esencial a la economía, que ofrece plazos largos y flexibles, así como condiciones que se adapten a las necesidades y las realidades de las organizaciones, y que va unida al acompañamiento y la formación financiera de las iniciativas con las que se relaciona”.
Históricamente, las mujeres han sido invisibilizadas –o directamente excluidas– del ámbito financiero. Lejos de ser una cuestión de interés o capacidad, esta exclusión responde a un sistema económico diseñado desde una mirada patriarcal, que no tiene en cuenta las necesidades, tiempos y formas de organización de las economías feministas, explican desde el informe.
Finanzas éticas acordes a la vida
Hace 30 años en Europa los bancos e instituciones financieras que nacieron para ser entidades de captación de ahorro, intermediación financiera y promoción de la actividad económica, ya habían perdido el rumbo y sentido de su creación. “Esto ha hecho necesario el nacimiento (mediante un proceso de abajo hacia arriba) de una nueva generación de bancos sociales e instituciones financieras, agrupados bajo el nombre de ‘Finanzas Éticas’. Estas organizaciones tienen el objetivo de lograr un impacto positivo en la captación y uso del dinero. […] Responden cada vez más a las necesidades de quienes están excluidos del sistema financiero, y a las necesidades de ahorradores e inversores que quieren lograr un impacto social y ambiental positivo con sus ahorros”, puede leerse en la carta ética de FEBEA, la Federación Europea de Bancos Éticos y Alternativos.
El sistema financiero tradicional se ha alejado de la economía real, basándose en la especulación y la generación de deuda que asfixia especialmente a las personas excluidas del sistema. El trabajo reproductivo o de cuidados queda muchas veces dentro de la economía sumergida, no remunerada y desprestigiada. Además, las mujeres suelen hacerse cargo de los hogares y del sostenimiento de las comunidades, por lo que tienden menos a abandonar a las personas a su cargo para perseguir objetivos y ambiciones personales. Las finanzas éticas, por el contrario, proponen un retorno a la función original de la banca: ser un instrumento de desarrollo territorial y promoción de la inclusión social. En este marco, los derechos básicos como la vivienda, la salud o la educación no son mercancías, sino pilares que deben protegerse de la lógica del lucro cesante.
Las cooperativas y proyectos feministas que se estudian en el informe ponen en el centro el cuerpo, la vida y las necesidades de las mujeres y disidencias que las conforman. Es a partir de estas necesidades donde se configuran las condiciones laborales y las relaciones económicas: horarios, espacios de trabajo, aportaciones de capital, estructuras y procesos de toma de decisión están diseñados de acuerdo con la realidad de sus componentes. No realidades y necesidades ilusorias de crecimiento de un sistema sin rostro, sino realidades y necesidades de personas con nombre y apellido.
Las finanzas éticas y las finanzas feministas convergen en la premisa de que la economía debe ser un instrumento al servicio de la sostenibilidad de la vida y el bien común, desplazando el lucro individual como objetivo único. Ambas visiones comparten un compromiso con la justicia social y ambiental, actuando como motores de inclusión para colectivos históricamente excluidos y priorizando la inversión en la economía real frente a la especulación. Ambas visiones rechazan los “parches” estéticos y exigen una cirugía estructural en nuestra relación con el entorno.
Asimismo, coinciden en que una gobernanza democrática y participativa, donde la transparencia y el reparto del poder aseguren que se escuchen todas las voces, propone estructuras reales sólidas y diversas y aseguran decisiones que pongan en valor el bien común.
Parece simple cuando te paras a pensarlo: apoyar una actividad económica que responda a necesidades reales y beneficie a las comunidades (otro café de especialidad no es una necesidad real), con instrumentos financieros que la apoyen sin especulación y sin poner el lucro como único fin. Pero luego complejizamos los sistemas y las estructuras, y el propósito se diluye. Aunque no siempre.
El informe recientemente publicado nos da las claves para una economía y finanzas que estén acorde a nuestros retos como sociedad: alma comunitaria, adaptar el trabajo a la vida, mirada feminista interseccional y desafiar a la hegemonía económica. Y si alguna vez dudas de qué decisión, mirada o estructura será la correcta para avanzar hacia una economía más solidaria: “Tú recuerda ser buena persona”.
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