Más despacio, por favor

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca habíamos vivido con tanta prisa. ¿Qué dice de nosotros una vida en la que descansar parece un fracaso?
Frontera Serbia - 9
La prisa se ha convertido en una forma de vida. Entre el trabajo, las obligaciones y la obsesión por rendir más, apenas queda espacio para el descanso. Jose Ángel Sánchez Rocamora
Economistas sin Fronteras
9 jul 2026 08:40 | Actualizado: 9 jul 2026 14:47

La escena se repite a diario. Mensajes y mensajes que se acumulan en la bandeja de entrada, listas de tareas que desbordan antes si quiera de alcanzar a cumplirlas, compromisos que aguardan su turno en una agenda ya inútil por sobrecargada y plazos que se multiplican y superponen sin poder hacer nada por evitarlo. Otra vez la maldita contractura en el cuello, la punzada en la boca del estómago, la respiración que se acelera… Y vuelta a empezar. De nueve a cinco. De lunes a viernes. De septiembre a agosto. Y cuando acaba el trabajo, toca enfundarse el disfraz de doer.

¿Aún no has visto la última peli de [inserte aquí el nombre o la plataforma del momento]?, hay que moverse, preparar un hyrox, 10.000 pasos –mínimo– al día, uf, medita, te veo estresada; ¿has probado a ir a pilates?; compra y cocina para toda la semana, ¡ah!, y acuérdate de la dichosa proteína… Una espiral de tareas, siempre pendientes, que nos hace correr agotados de un lado a otro y acabar nuestros días pegados a una pantalla, preguntándole a la IA qué nos pasa, incapaces de nombrar el malestar que nos atraviesa y alimentar los vínculos que nos constituyen. La falta de tiempo como símbolo de estatus, dicen.

Y esa cantinela se expande desde el trabajo a nuestra propia vida, donde en lugar de rendirnos, descansar y sucumbir a la inacción, nos dedicamos a seguir haciendo sin descanso. Otra vez ese Pepito Grillo que nos exige más y más y que se cuela, machaconamente, en los espacios más íntimos y recónditos, donde el tiempo y su gestión amenaza también en convertirse en algo capitalizable. Otra vez esa racionalidad capitalista que infiltra todos los espacios de nuestra vida y que impone su lógica sobre aquellos vínculos que debieran permanecer vedados al imperativo productivista, convirtiendo la propia vida en otro centro de trabajo. Si en la oficina trabajamos para nuestra empresa, al salir de ella debemos trabajarnos para ser mejores.

Esta sucesión inabarcable de ocupaciones y la ausencia de control sobre la propia biografía entronca con un malestar generacional que Anne Helen Petersen describe con una lucidez exquisita en su ensayo No puedo más (Capitán Swing, 2017). A través de sus páginas, colmadas de testimonios personales, la periodista retrata descarnadamente el tiempo en que vivimos, la vida que nos deja el cada vez menos tiempo liberado del trabajo y, con ello, las alternativas que se ahogan en esta carrera apresurada que libramos a diario y que nos condena a una existencia precaria, heterónoma, subordinada a la próxima exigencia. Así, sumidos en la tiranía del ahora, con las prisas pisándonos los talones, ¿cómo es posible imaginar formas de vida más emancipatorias si vivimos a destajo?

Es precisamente en estos malestares donde los discursos de autoayuda y autoexplotación encuentran un filón promocional, proponiendo soluciones transitorias que se conjugan siempre en singular, siempre a corto plazo y siempre sin pausa. Los métodos de las personas altamente eficaces, el club de las 5 AM, las técnicas de manifestación, la activación a golpe de burpee… En definitiva, disciplinar nuestros deseos, capitalizar nuestro ocio, optimizar nuestras capacidades y, sobre todo, seguir adelante. Sin queja, sin lamento, sin descanso. Recuerden, dormir es de pobres, dirán algunos gurús.

Más allá de la obscena simplicidad de estos mensajes y la salida individual que proponen, su principal reclamo consiste en plantear una narrativa profundamente aspiracional, estratégicamente desprovista de sus contextos y condiciones estructurales. Y, quizás más importante, ofrecer como alternativa un estado de cosas que no cuestiona cómo este ritmo vertiginoso cortocircuita nuestros horizontes vitales, sesga profundamente nuestra atención y nos convierte en autómatas de la prisa, agotados, cada vez menos humanos y, por ello, menos libres, esperando con ansia el próximo respiro con el que recomponernos de una aceleración que nos extenúa hasta el límite.

En este contexto frenético, cada cual activará sus propios resortes defensivos: la huida al pueblo, la gran renuncia, la mudanza al campo; otros se alienarán confiando que un trago u otra pastilla les permita relajarse un rato, respirar hondo y dormir tranquilos al menos una noche.

Por eso, ahora que despuntan los primeros flecos del verano y con él las viejas promesas de imaginar otra relación con el trabajo, de recuperar el tiempo lento y entregarnos sin reservas al dolce far niente, es momento de interrumpir esa inercia. Parapetada del bochorno sofocante de estos días y rodeada de notas con las que sueño con terminar este texto, me pregunto si, paradójicamente, la apuesta más revolucionaria en un mundo que no para de correr y correr, de exigirnos y apretar nuestras tuercas es parar. Reapropiarnos de nuestro tiempo, frenar en seco, aminorar el ritmo e interrogar, desde esa pausa vacía, la enfermiza relación que nos liga con el tiempo.

Ahora que el calor nos aletarga y aligera poco a poco nuestras cargas es momento de sucumbir a la pereza, de parar el tiempo que se consume en un bucle interminable de tareas, de olvidar el horario que se desborda en objetivos, siempre incompletos, incumplidos, pendientes. De abrazar la vida que se escurre entre tantísimas obligaciones. De soñar con un tiempo, por fin libre, liberado del trabajo.

De renunciar a la exigencia productivista, de resistir el imperativo neoliberal tan seductor y perverso del siempre más que agita el fantasma de la carencia para mantenernos ocupados. Si como dice Juan Evaristo Valls Boix, antes que una estación, “el verano es la vindicación más alta de la pereza”, quizás este es el momento de ir más despacio.


Sobre este blog
Economistas sin Fronteras Somos una Organización no Gubernamental de Desarrollo (ONGD), fundada en 1997 por un grupo de profesores y catedráticos universitarios, activamente comprometidos y preocupados por la desigualdad y la pobreza. Nuestro objetivo principal es contribuir a generar cambios en las estructuras económicas y sociales que permitan que sean justas y solidarias.
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