Energía nuclear
Comunicar la esperanza o alternativas económicas en entornos en crisis, como el cierre de centrales nucleares I

Este artículo tiene su origen en las notas que la autora tomó para hablar de alternativas económicas como el cierre de la central nuclear de Almaraz. Fue el 5 de octubre, en Navalmoral de la Mata (Cáceres), durante el homenaje a la memoria de Francisco López Paquillo, un compañero muy querido de Ecologistas en Acción Extremadura, que falleció en julio de 2019 de un cáncer de pulmón.

Movimiento Ibérico Antinuclear

publicado
2019-11-11 07:18

En 2016, en un artículo del diario El Confidencial hablaban sobre el trabajo temporal en las centrales nucleares. Un apicultor del entorno de Trillo (Guadalajara) decía: “la recarga supone un empujón económico para la comarca. Es quizás uno de los pocos efectos positivos de tener la central aquí, porque es verdad que se reactiva la economía. Pero es un espejismo de unos pocos días. El resto del tiempo pasa como siempre, que la central desactiva cualquier otra oportunidad de emprender y, aunque trae muchas subvenciones, se reparten siempre entre los mismos y para poner la misma calle 12 veces. Y para la gente de la zona ya no trae tanto trabajo como antes. Hace años, yo tenía amigos que empezaban en Trillo y se hacían tres recargas seguidas. Ahora te hacen falta tres padrinos para entrar. Si no es con enchufe, no entras, porque aunque haya caído a la mitad sigue siendo un buen jornal. A base de echarle horas, pero un buen jornal".

Aun así las personas que viven en el entorno de las centrales nucleares se aferran al argumento de los puestos de empleo, pese a que las cifras del INEM, trimestre a trimestre, nos muestran que su nivel de desempleo es igual al de cualquier otra comarca del territorio nacional. Y las estadísticas de población muestran año a año la misma pérdida significativa de habitantes, porque ni siquiera las personas que trabajan en las centrales nucleares quieren vivir junto a ellas.

Desde el movimiento ecologista llevamos años ofreciendo análisis racionales de la situación, para desmontar los argumentos tanto de los ingenieros que defienden la producción de energía nuclear, como de quienes habitan cerca de ellas y no quieren mirar otras posibilidades de futuro. Y nos replican diciendo que queremos volver a las cavernas. A las cavernas no, pero al tiempo de Roma con agua corriente y calefacción radiante en las viviendas sí que me gustaría. Eso sí, quitando la parte del imperio. La ingeniería no debe estar reñida con la utopía.

Las personas que viven en el entorno de las centrales nucleares se aferran al argumento de los puestos de empleo, pese a que las cifras del INEM, trimestre a trimestre, nos muestran que su nivel de desempleo es igual al de cualquier otra comarca del territorio nacional.

El ser humano, pese a su pasado nómada, o debido al mismo, siente ansiedad ante los cambios y ante las situaciones de inseguridad. Una reacción normal ante el miedo es negarlo y yo creo que eso es lo que hacen la mayoría de las personas que deben convivir cada día con una situación de estrés como es la posibilidad de un accidente, algo que escapa nuestro control.

Por otra parte, nuestro país ha sufrido a lo largo de su historia muchas épocas de carencia, y tenemos como conjunto social una pobre percepción de nuestras capacidades. Al hacer la evaluación perceptiva de nosotros mismos, de manera inconsciente nos vemos siempre en inferioridad respecto a otras naciones. Yo sustento este argumento al mirar nuestros parques tapizados de costoso césped. Si tuviéramos una autoestima sana sabríamos encontrar la belleza que existe en nuestros ecosistemas sin necesidad de malgastar recursos irremplazables en sembrar de verde lo que según la epoca del año es amarillo, verde o marrón, y es perfecto para nuestro clima y nuestras aguas. Pero no.

Uno puede observar a menudo que las personas que más lucen símbolos patrios son las que más se esfuerzan por que su entorno no se parezca a su patria. Todas esas casa con piscina y césped, con aire acondicionado y grandes cristaleras, siguiendo una arquitectura que niega el orgullo de vivir en el sur de Europa. Pero así somos los seres humanos, un cúmulo de contradicciones. Siempre negando las partes del instinto y la emoción que dominan la raíz de nuestro pensamiento lógico.

Y llegamos a la parte central de esta reflexión. Por naturaleza, los humanos buscamos las condiciones para sobrevivir asegurándonos obtener alimento, refugio y afecto, pero lo hacemos como seres emocionales que desarrollan procesos cognitivos. No podemos hacerlo sin involucrar las tres partes de nuestro cerebro: reptiliano, límbico y neocortex, o lo que es lo mismo instinto, emoción y razón.
Por eso, presentar argumentos lógicos no es la forma óptima de comenzar nuestra comunicación. Y de aquí parte mi propuesta para lograr hacernos entender: ¿qué tal si empatizamos con las preocupaciones de esas poblaciones, e ilusionamos desde la emoción, amando?

Sabemos de sobra que el mercado laboral español sigue sin recuperar un tercio del empleo que se destruyó con la crisis de 2008. Lo sabemos porque también lo padecemos. Las personas ecologistas necesitamos trabajar como cualquiera en esta sociedad, y muchas veces lo hacemos en precario, de modo que el miedo al desempleo no nos es ajeno. El Instituto Nacional de Estadística en su informe de cierre del tercer trimestre de 2018 indica que en España hay 19,52 millones de personas ocupadas, que son 2,57 millones más que en 2014 (que es el año en que cesa la pérdida de empleo), pero para volver a los niveles de empleo de 2008 queda por generar un 28,6% del empleo perdido en términos cuantitativos.

¿Qué tal si empatizamos con las preocupaciones de esas poblaciones, e ilusionamos desde la emoción, amando?

Paradójicamente el Producto Interior Bruto (PIB), el indicador que refleja el aumento del volumen de negocio del país, tienen registros muy por encima de los previos a la crisis: la actividad económica es claramente mayor mientras el volumen de empleo es menor.

Una explicación sencilla que se puede leer en los diarios nacionales es que la construcción moderó su tasa de crecimiento interanual hasta el 5,2%, frente al 6,4% del primer trimestre. Mientras la agricultura se hundió un 4,6%, después de haber tenido crecimiento 0 en el primer trimestre, y el sector servicios tuvo un crecimiento moderado de un 2,8% frente al primer trimestre de 2019. Justo los sectores donde depositamos nuestras mayores esperanzas de futuro.

Las ecologistas tenemos claro que el PIB no es la herramienta que nos da la radiografía del bienestar de la gente, sin embargo sigue siendo el referente de la política económica en los telediarios que son el medio de información de masas por excelencia. Por eso, sería bueno que al comunicar tuviéramos presente que esas personas a las que en realidad envidiamos, porque a fin de cuentas, ¿qué es lo que más nos gustaría a nosotras? Pues lo que esas personas disfrutan, una vida centrada en la familia y las amistades, ¿y qué nos impide a nosotras llevar esa vida?

Las cosas que sabemos, por ejemplo del PIB: que un bosque sólo existe si se tala y se vende su madera. Si se deja vivo, no tiene valor para el PIB, y por tanto no mejora la economía. Que el gasto en alumbrado, público o privado, mejora el PIB y no importa si ese gasto sirve para alumbrar a alguien o no. Que la mala salud hace subir el PIB, porque genera gastos en cuidados y medicinas. Un país enfermo con dinero para pagar sus medicinas, tendrá mejor PIB que un país sano. Que el el exceso de vehículos, que genera más accidentes y mayor consumo de combustibles fósiles, enfermedades respiratorias y otros males, hace subir el PIB. Mientras que el transporte público no aparece. Que para rematar nuestra tristeza, y nuestra vergüenza, los políticos decidieron en 2014 que la prostitución y el narcotráfico se tuviesen en cuenta a la hora de calcular el PIB, porque lo hace subir.

Como explica la economista Mariana Mazzucatto en su libro El valor de las cosas (Taurus, 2019), el cálculo del índice da prioridad “a la producción por encima del bienestar” como consecuencia del contexto histórico en que se formalizó (el esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial) y con la premisa de que es producción todo aquello que tiene un precio.

Y ya sabemos que en el sistema capitalista, desde el principio, a las cosas importantes no se les puso precio. Adam Smith se olvidó, curiosamente, de cuantificar el trabajo doméstico de cuidados, la socialización de la primera infancia, que nos construye como personas emocionalmente sanas y por lo tanto aptas para desarrollar nuestro trabajo, esa que no se hace en la escuela sino en el seno de la familia, donde normalmente somos las mujeres quienes más nos esmeramos en amar, escuchar y consolar. Y lo hacemos mientras lavamos, cocinamos y contamos cuentos. A eso, en términos modernos y para ponerle valor, se le llama “educación no formal” y ahora se puede obtener en la familia, o en asociaciones, e incluso en la escuela formal, cuando la pagas por horas.

En un estudio de 2014 titulado La inseguridad laboral y sus consecuencias en un contexto de crisis económica realizado por Beatriz Sora, Amparo Caballer y José María Peiró, afirman: “La actual situación del mercado laboral hace prácticamente inviable que desaparezca la preocupación generalizada por la pérdida del empleo. En consecuencia, resulta necesario adoptar medidas adicionales que contemplen el estresor de la inseguridad laboral desde su perspectiva tanto individual como colectiva (clima de inseguridad laboral). Así pues, es importante adoptar medidas que mejoren la situación del mercado laboral y las estrategias de contratación de forma que se incremente los puestos de trabajo con niveles de estabilidad razonables que permitan reducir las experiencias de inseguridad. Por tanto, resulta muy interesante contribuir a la eficacia de las organizaciones de forma que éstas creen empleo y además es necesario promover la iniciativa emprendedora con el fin de ampliar el tejido productivo creador de empleo de calidad”.

Y ya sabemos que en el sistema capitalista, desde el principio, a las cosas importantes no se les puso precio. Adam Smith se olvidó, curiosamente, de cuantificar el trabajo doméstico de cuidados, la socialización de la primera infancia.

Sé que las ecologistas nos hemos cargado de tareas y responsabilidades, y yo vengo a pedirles un sobre esfuerzo más: la responsabilidad de mantener viva la esperanza y contagiarla. Porque, como nos decía Charles Peguy en 1912:

La Esperanza es una niña de nada.
Pero esa niñita de nada atravesará los mundos.
Esa niñita de nada.
Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos.

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