Miramos el mundo. Miramos guerras, desplazamientos, destrucción. Miramos imágenes que se repiten en bucle en pantallas. Hay algo profundamente voyeurista en esa forma que tenemos hoy de mirar la violencia del mundo. El voyeur no participa. El voyeur mira desde una distancia segura. Y esa distancia no es casual, está cuidadosamente construida. Esa distancia tiene forma jurídica. Gracias al búnker del derecho, observamos los escenarios de violencia del mundo.
Un derecho que funciona no como herramienta, sino como relato
El derecho internacional fue concebido como un sistema de normas destinado a regular el comportamiento de los Estados y limitar el uso arbitrario del poder. Su legitimidad descansa en el vínculo entre la norma y su fuerza material. Pero si la norma establece que determinadas acciones tendrán consecuencias y esas consecuencias nunca llegan, algo se rompe.
El derecho se convierte así en un decorado que permite a los actores del sistema internacional mantener la apariencia de civilización, de Estados de derecho. Todo sigue existiendo en el plano formal, pero ese vínculo entre la norma y la fuerza material que debía sostenerla, su anclaje, se ha roto. Entonces el derecho deja de funcionar como herramienta y empieza a funcionar como relato.
El derecho deja entonces de ser un marco para la acción y se convierte en una coartada para no actuar, un refugio para la inacción. El resultado es una forma particularmente sofisticada de anestesia social
Un relato en el que la escenografía jurídica nos permite mantener la ilusión dramática de que el sistema funciona, o funcionará; que el orden internacional sigue ahí —aunque un genocida y un magnicida le hayan quitado el velo—; que las instituciones siguen cumpliendo su papel. En definitiva, nos proporciona una ficción de tranquilidad, un colchón en el que los espectadores occidentales podemos dormir a pierna suelta.
Mientras las normas existan —aunque no se apliquen— podemos seguir repitiendo el mismo mantra civilizatorio: yo cumplo mi parte, acato las normas; que el sistema cumpla la suya, aplique las normas. El derecho deja entonces de ser un marco para la acción y se convierte en una coartada para no actuar, un refugio para la inacción. El resultado es una forma particularmente sofisticada de anestesia social.
Volver a la sociedad civil
Delegamos nuestra angustia política, nuestra soberanía y nuestra responsabilidad en un dispositivo institucional que ya no opera en lo real. Las guerras, exterminios y genocidios ilegales que suceden ante nuestros ojos no hacen más que aumentar y nosotras seguimos invocando el derecho internacional una y otra vez, como si la plegaria a una instancia superior que debiese actuar por nosotras pudiera sustituir a nuestra acción política. No lo hacemos para salvar a las víctimas. Lo hacemos para salvarnos a nosotras mismas de la necesidad de ser radicales.
Si el derecho no actúa, si la mala fe está institucionalizada, estamos solas frente a la barbarie. Dejemos de mirar a las instituciones y organicémonos en barricadas, no en trincheras. Volvamos a la sociedad civil, a los sindicatos, a las asociaciones vecinales y recuperemos nuestra soberanía política. Las calles, los lugares, los territorios son nuestros. Y el derecho, también.
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