Opinión
Oriana Méndez explora la dialéctica infinita del amor en ‘Llanuras sucesiones’
Son, eran y serán Dos. Dos en una ciudad que se expande laberinto. “Dos como una multitud”. Porque las multitudes se componen de uno y otro, uno y otro, uno y otro que se contraponen y se suceden. Así ocurre también con las palabras en las Llanuras sucesiones de Oriana Méndez. El libro, publicado por Chan da Pólvora en gallego y La uÑa RoTa en castellano, recoge una multitud de dos voces enlazadas en la dialéctica infinita del amor. Esta “lengua encadenada, de caballos” galopa una llanura que es la lesión resultante del impacto inevitable de “caer en el fondo de la vida”, convertida esta en un astro que solo podemos conocer “a partir de su propia estela”. Dos comparten la esencia del planeta y el animal herido: la gravitación terrible de un depredador y la precipitación de la vida sobre la vida. Dos viajan. Dos conversan.
“Se escuchan mutuos se comprenden solamente
mediante filamentos hilos
ni siquiera cabos
hebras de raciocinio
prendidos de sus propias memorias
¿cómo deberían decirse a sí mismos?”
Dos se dicen una fuerza creadora que hace madurar los frutos sin que exista el árbol, una llave sin puerta, una metáfora que sustituye el sentido por “algunas ondas de dolor”, “algunos cuchillos que acarician la mirada”. Oriana cita al comienzo del libro las siguientes palabras de Antón Lopo: “El significado es una cinta que avanza”. Así, la lectura de este libro no puede presuponer que una cosa significa otra cosa. Aquí Dos se significan mutuamente en un “desdoblamiento universal” que es, al mismo tiempo, íntimo, una cinta impulsada nada más que por un deseo líquido, pletórico, incansable.
“Lo que se dicen es
en una lengua futura: solo después
después de su manifestación
podría romper a ser interpretado”
Sin embargo, los versos de Llanuras sucesiones nos invitan a guardar nuestra “secreta comprensión”. Méndez nos ofrece un libro de poemas de amor desviándose, como es habitual en ella, de las formas habituales de la literatura. No es este un libro diáfano en la medida en que en una primera lectura pasamos por alto muchos elementos, pero sí es un libro diáfano en la medida en que accedemos a él como accedemos al horizonte, al mar en calma, al hilo tenso de un tejido a punto de quebrarse. Llanuras sucesiones presenta una línea horizontal, un lugar que recorrer y no en el que adentrarse. No por ello es ni mucho menos un libro con una estructura narrativa con un comienzo y un final, pues se sitúa “fuera del tiempo”.
“Aquí y allí iba desplazando el tiempo
y la fractura del tiempo
la cronología estaba suspendida
por una razón precisa:
abrazo es un decir de dos
no acontece un suceso y después otro
es más bien una duración en el sueño”.
Aunque no encontramos un comienzo o un final, sí vemos un espacio “después de la llanura” donde buscar, y también una procedencia de Dos: un órgano invertido, una concavidad, un refugio que es abandonado por la intemperie abrasiva de esta planicie en la que la diferencia entre el rostro y la máscara de palabras no es más que un interrogarse. Las imágenes se derrumban en el momento en que son construidas, siendo la disolución la cumbre de su propia existencia. La forma en que la poeta lleva lo dicho al decir provoca que la lectora, como Dos, “vea precisamente lo que no puede ver”. En Llanuras sucesiones, el deseo impulsa el discurso hacia adelante. Es esa “plétora escrita que naranja nos deshace” también la que nos hace, la que hace Dos, la que hace discurrir un río que pierde caudal y crece sin detenerse como la noche implacable de los abrazos.
“¿permanece alguna sustancia capaz
algo que por sí solo pueda proliferar
que contenga semilla de alguna clase viva
dispuesta a desatarse?”
Recientemente coincidí con una buena amiga en un recital de Oriana Méndez. Hablando de uno de los poemas de Llanuras sucesiones, me contó que al principio no entendía mucho de lo que quería decir, pero que sabía que era un poema de amor porque había muchas preguntas. Efectivamente, el poemario nos ofrece el interrogante como un impulso, un “querer” que nos conduce al siguiente en una sucesión de sombras que conducen a sí mismas.
Cierra el libro en su edición en gallego un posfacio de María do Cebreiro, que escribe: “Ante la finitud de las cosas, es la apertura a los otros lo que nos salva”. El hecho de leer un libro, el hecho de escribir un libro, el hecho de escribir sobre un libro forman parte también de la escisión que supone el encuentro con el otro. Y realmente creo que hay algo de salvación en recorrer esta herida salvaje “a medio camino entre la subjetividad y el mundo”.
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