Contigo empezó todo
La brutal pandemia que no detuvo al movimiento obrero

La lucha social siguió adelante pese a la gripe de 1918, que causó la muerte de más del 1% de la población española.

23 may 2020 06:00

De 1918 a 1920 una pandemia de gripe extremadamente letal se abatió sobre el mundo, provocando alrededor de 40 millones de muertes. El propio virus era extremadamente dañino, causando víctimas de todas las edades. El grupo de riesgo entonces resultó ser el compuesto por las personas de 25 a 34 años, seguido de las de 15 a 24. El virus Influenza A del subtipo H1N1 multiplicaba su letalidad debido a los escasos recursos médicos de la época que, sobre todo al principio, empeoraron las cosas debido al hacinamiento de enfermos, así como a la escasa salubridad en la inmensa mayoría de hogares españoles. Según el estudio del epidemiólogo Antoni Trillo de 2008, 260.000 personas perdieron la vida en España. El 1,25% de la población de aquel entonces.

Se era consciente del papel de las aglomeraciones en la propagación de la enfermedad. Por este motivo, las autoridades suspendieron las clases y actos públicos de relevancia.

Sin embargo, la vida social siguió adelante. Entre muchos otros, este fue el caso de las dos grandes centrales sindicales, la CNT y la UGT. La primera estaba aún limitada, esencialmente, a Catalunya. Del 28 al 30 de junio de 1918, entre las dos grandes oleadas de gripe de ese año, celebró el Congreso de Sants, que a posteriori resultaría clave en el inmediato crecimiento fulgurante de la Confederación. 153 delegados se reunieron en el barrio barcelonés, tras las preceptivas reuniones de los sindicatos en los que se agrupaban 75.000 afiliados. Por su parte, la UGT celebró su XIII Congreso, en Madrid, del 30 de septiembre al 10 de octubre, justo en pleno ascenso del segundo rebrote de la pandemia, el más letal de todos.

“La mala ocurrencia de morirse”

Todo indica que la pandemia se desató en los cuarteles del Ejército estadounidense. El presidente, Woodrow Wilson, consultó con su alto mando militar respecto a la conveniencia de transportar a las tropas a Europa, inmersa en la I Guerra Mundial. Así se hizo, dado que los generales temían que la noticia perjudicara gravemente al bando aliado. La gripe arrasó Europa como un ciclón, al pasar desde las tropas a la población civil. Al parecer, el virus llegó a España en los cuerpos de jornaleros españoles que trabajaban en Francia. De ahí alcanzó los cuarteles españoles. El Gobierno no tuvo mejor idea que licenciar a los reclutas, que lo expandieron por todo el país. Mientras que los Estados inmersos en el conflicto bélico censuraron todo lo relacionado con la enfermedad, en España esta copó las portadas de los periódicos.

Como decíamos, el movimiento obrero siguió adelante. El congreso cenetista, por ejemplo, no solo no apostó por una cuarentena generalizada (que nadie planteó) sino por todo lo contrario: una amplia campaña de propaganda, con mítines todo lo masivos que se pudiera, para levantar al sindicato fuera de Catalunya. No solo fue la CNT. Los tres años de gripe (1918-1920) fueron los conocidos como “trienio bolchevique”, con un huracán de manifestaciones, huelgas y motines por la carestía de la vida. Es en 1919, asimismo, cuando se produce la mítica huelga de La Canadiense, que desembocó en la conquista de la jornada de ocho horas. Es especialmente digna de mención la huelga en las pompas fúnebres de Barcelona que empezó el 8 de octubre de 1918, sobre la que Solidaridad Obrera señalaba que era ridículo que los patrones se negaran al aumento salarial, ya que estaban haciendo “el negocio del siglo”.

La gripe afectaba a todas las clases sociales (hasta el rey Alfonso XIII enfermó) pero, como siempre, se cebaba más con los menos pudientes. Si algún “experto” les hubiera planteado el confinamiento, seguramente se le habrían reído en la cara, pero eso no significa que socialdemócratas y sindicalistas revolucionarios ignoraran el problema. En su prensa la gripe fue un tema recurrente, que les sirvió para reiterar sin descanso la necesidad de establecer un sistema social donde la ciencia estuviera al servicio del pueblo y donde la salubridad e higiene de trabajadores y trabajadoras mejoraran radicalmente. En el Congreso de los diputados, los dirigentes del PSOE criticaron duramente la gestión gubernamental, arremetiendo contra la negligencia al expandir el virus, el retraso en la llegada de suministro médico y la falta de profesionales en muchas zonas rurales. Tras un intercambio de pareceres amistosos entre el ministro de Gobernación y su antecesor en el cargo, Julián Besteiro tomó la palabra con sorna para comentar que todo parecía que había sido admirable, menos los enfermos, que tenían “la mala ocurrencia de morirse”.

La vida por encima del miedo a la muerte

Un testimonio ilustrativo sobre la actitud de la época es la que refleja en sus memorias, La revuelta permanente, Joan Ferrer, una de las figuras de la CNT en la provincia de Barcelona:

“Las fechas del congreso coincidieron con la epidemia de gripe que se abatió sobre Barcelona, y en la que la gente moría como bandadas de moscas. Recuerdo que estábamos obcecados con la creación del [Sindicato] Único y que salías del trabajo, o de la célula de la organización que teníamos en la calle de Mercaders, y te topabas con los furgones cargando cadáveres. Una vez, en la calle de Carders, vi sacar de una misma casa a seis muertos, uno detrás de otro. Entonces parecía que te tironearan hacia la realidad, y exclamabas: ‘¡Recristo, qué epidemia más cruel hay!’ Pero después continuaba la obsesión del Sindicato Único, y pasabas por encima de aquella miseria que, de cebarse en ti, no podrías eludir, te mataría”.

Alguno incluso se lo tomaba con una filosofía peculiar, como un tabernero del que habla Ferrer: “El tabernero decía: ‘Yo esta no la agarro, aquí tengo la medicina’, y sacaba una botella de ron. Bebió tanto que un día le dio el delírium tremens, del que murió”.

Morían como bandadas de moscas, furgones cargaban cadáveres, salían muertos unos detrás de otros… Pero la gente siguió socializándose, abrazándose, enamorándose, viviendo y luchando. Porque la vida era mucho más que esquivar la muerte.

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