El atentado contra Franco que puso a prueba el determinismo

Tres días antes del golpe militar que dio comienzo a la Guerra Civil, un grupo libertario planeó acabar con la vida del futuro dictador.
14 jul 2026 06:00

¿Está la Historia escrita de antemano? ¿Somos meras víctimas del determinismo, que nos somete a la inevitabilidad de los acontecimientos? O, por el contrario, ¿la voluntad o el azar tienen un peso importante en los caminos que recorremos como humanidad? En definitiva, ¿somos libres?

Esta noche, Antonio no está para la reflexión, sino para la acción. A la hora convenida, una mujer de mediana edad le abre la puerta de la cantina de la Comandancia Militar de Canarias, en la plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife. Tras él entran dos hombres más. Se miran con rostro serio. Los cuatro son libertarios. Antonio, de apellidos Vidal Arabí, es el cerebro y líder de la operación. Tiene mujer y nada menos que seis hijos. Es marmolista y vive en la isla desde la dictadura de Primo de Rivera, cuando tuvo que huir desde Barcelona, donde nació hace 38 años, lo que le convierte en el mayor de los tres hombres. Los otros dos son el tinerfeño Antonio Tejera, ‘Antoñé’, y el también barcelonés Martí Serasols, ‘El Catalán’, exiliado en el archipiélago desde 1934. Todos están afiliados a los sindicatos locales de la Confederación Nacional del Trabajo y, además, son miembros de los grupos de la Federación Anarquista Ibérica. La mujer es María Culí, ‘Maruca’, compañera de Antoñé, propietaria del restaurante Odeón y regente de la cantina. Es la noche del 14 de julio de 1936. El comando reunido tiene ante sí su toma de la Bastilla particular. Van a intentar liquidar al comandante militar de Canarias. El objetivo, de conseguirse, podría tener una repercusión incalculable. ¿El motivo? El nombre del comandante: Francisco Franco.

El futuro dictador apenas lleva tres meses en el cargo, donde ha sido enviado por el Gobierno del Frente Popular. La dispersión geográfica de algunos generales de renombre derechista es una de las escasas medidas tomadas para afrontar el golpe de Estado que todo el mundo, salvo a parecer los gobernantes, considera inminente. Efectivamente, Franco está en el ajo. Lleva meses al tanto de los preparativos, aunque sin comprometerse del todo, para cabreo de los jefes golpistas. Sanjurjo, jefe del complot, está que trina con “Franquito”, como le llama. Pero justo hoy, un día después del asesinato del político José Calvo Sotelo en Madrid, ha enviado un mensaje al general Emilio Mola para confirmar su participación.

En medio de un silencio abrumador, María señala una trampilla en el techo de la cantina. Los tres hombres ascienden y llegan a una azotea. Desde allí contemplan las escasas luces de la ciudad, cuyos habitantes duermen, ignorantes de que el destino de España está en ese mismo momento en el filo de la navaja. Recorren un pasillo situado encima del jardín, teniendo cuidado de que la falta de luz no les haga dar un paso en falso que alerte a los soldados. El corredor está conectado directamente con la puerta de la cámara donde descansa Franco. Según la información conseguida, ésta siempre está abierta. No esta noche. Empujan. No abre. Golpean con fuerza. Imposible, está atrancada. Lo que el comando no sabe es que al círculo de Franco han llegado rumores sobre la preparación de un atentado, por lo que se han tomado medidas de protección extra. Desde dentro de la habitación se oye una voz aguda que parece de una colegiala en plena pubertad pero pertenece a quien será “Generalísimo”: “¡Auxilio, pistoleros!”. Al menos ésa es la versión de Antoñé: los biógrafos propagandistas de Franco por supuesto la niegan. La guardia redoblada, formada por cuatro soldados y un cabo, descubren al comando y comienzan a disparar. Los tres anarquistas emprenden la retirada. Les persiguen por las calles de Santa Cruz, pero logran desaparecer en la noche. La misión ha fracasado.

Del cementerio a Filadelfia

Tres días después, comienza la sublevación del Ejército en África. En Tenerife el golpe triunfa rápidamente. Antonio Vidal está preparado para evitar su detención. Ha habilitado como refugio una tumba en el cementerio de San Rafael y San Roque. Posteriormente sale —literalmente— de entre los muertos y consigue alcanzar la península, donde combate en la Columna Sur-Ebro, dirigida por un compañero de sindicato, el ebanista Antonio Ortiz. Después se convierte en agente del Servicio de Información del Ejército de Tierra republicano. Tras la derrota se instala en Francia con su familia, pero la invasión nazi hace a su mujer regresar a España con sus hijos. Él no puede volver, si lo hace está perdido. En 1941 se embarca hacia Estados Unidos. Ahora es Martín Herrera Mendoza. Gracias a gestiones de amigos, Antonio Vidal Arabí había fallecido oficialmente en 1937 en un bombardeo en el frente de Majadahonda. Vive en Filadelfia y crea una nueva familia. Hasta 1958, envía apoyo económico a la antigua. Muchos años después, ya anciano, el antes Antonio y ahora Martín regresa a España. Nunca cuenta su historia, ni siquiera cuando padece demencia. Fallece en 1996, y su segunda familia no descubre su pasado hasta hace pocos años, cuando se publica un libro con su fotografía en el que aparece su correspondencia con la revolucionaria Emma Goldman.

Comentan sus familiares estadounidenses que Martín-Antonio se quedaba muchas veces “serio y callado”. Puede ser que, en esos momentos, pensara en el determinismo y en el libre albedrío. En si habría habido golpe si él hubiera tenido éxito aquella noche tinerfeña del 14 de julio de 1936. En si habría habido guerra, en si habría habido revolución, en si habría habido dictadura. En lo que habría sido su vida. En lo que habrían sido todas nuestras vidas.

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