Cómic
Clara Lodewick dibuja el limbo que Europa ofrece a los migrantes menores de edad no acompañados
“Nada, me temo que nada”, empieza a responder con cierta resignación Clara Lodewick (Bruselas, 1996) al ser preguntada qué puede hacer un cómic con respecto a las experiencias que viven los menores de edad que llegan a Europa solos, especialmente cuando se trata de uno que pretende reflejar esa realidad en sus viñetas y quizá incidir sobre ella. Lodewick es la autora de Moheeb en el aparcamiento (Garbuix Books, 2026), una novela gráfica protagonizada por un adolescente afgano atrapado en un parking a las afueras de la capital de Bélgica mientras se resuelve su situación administrativa.
La recepción que ha obtenido desde la publicación original en francés hace un año le hace ser cauta sobre las posibilidades de intervención en lo real de un producto cultural como este: “La gente que lo está leyendo, maestros, trabajadores sociales, educadores o algunas personas que acogen en su casa a menores extranjeros indocumentados, me dice que reconocen la situación. Pero esto es desde este lado de la historia, desde el lado de Moheeb no tengo una respuesta, evidentemente, no creo que ellos tengan tiempo ni 30 euros para gastarse en un cómic”. Pero Lodewick también es consciente de que mostrar, fabular y generar discurso en torno a lo invisible puede ayudar a desatar nudos, aunque se haga desde fuera, como es su caso.
Moheeb, el personaje principal del segundo cómic creado por la autora belga, es un chico afgano de 17 años que vive en un no lugar, un aparcamiento. Allí pasa un verano esperando la respuesta a su solicitud de asilo. Se sienta en un banco, fuma, da patadas a un balón y espera. Sobre todo, espera. Son momentos terribles y aburridos, dice Lodewick. Y también dañinos. “Moheeb es un adolescente, quiere hacer cosas y también quiere irse. Donde está parece que está a salvo, pero realmente no lo está: tiene problemas, le reaparecen traumas. Ese momento de espera también es peligroso, puede tener problemas de salud mental, depresiones, riesgo de suicidio. Parece que cuando llegan aquí después de un viaje superlargo, cargado de adrenalina, ya está todo bien, pero no es así”, resume la escritora y dibujante.
En las páginas de Moheeb en el aparcamiento, Lodewick construye una historia mínima de corte costumbrista en la que aparece un catálogo de personajes que se pueden interpretar como imágenes de las diferentes actitudes ante la migración y las personas desplazadas que se observan en el país de llegada. La espera y la falta de respuesta institucional son el escenario donde crece esa narración. Moheeb y dos amigos que están en su misma situación de paréntesis vital, aunque se lo toman de distinta manera, se acercan a una asociación que apoya a migrantes y ponen cara a otros que llegaron antes que ellos. Moheeb conoce en el aparcamiento a Hugo, un joven belga que se interesa por su vida pero que un día desaparece. Entra entonces en escena su madre, con quien Moheeb también entabla una amistad peculiar.
Lodewick explica que ha querido contar una historia con varios puntos de vista sobre los mismos hechos, que suceden en el microcosmos que es el aparcamiento, y las reacciones que suscita la presencia de Moheeb allí. Hay también algunos elementos simbólicos como los coches, el paso de trenes o el río cuya orilla está cerca del aparcamiento, y en muchas páginas aparecen de fondo ciertos animales como pájaros, insectos, gatos, perros o caracoles que sufren o provocan distintos daños. Ahí parece que la autora quiere lanzar algún mensaje, según confirma: “Cuando Moheeb está en el aparcamiento pasan muchas pequeñas cosas a su alrededor. Él está esperando, pero también mira todas esas cosas pequeñas que ocurren. Quizá sí me gustaría decir a la gente que mire a lo que ocurre a su alrededor, que sea consciente de estas pequeñas cosas a las que no quiere mirar”.
Moheeb en España
Moheeb es un migrante menor no acompañado. En la terminología oficial, en España un menor no acompañado es la persona extranjera menor de 18 años cuyo país de nacionalidad no pertenece a la Unión Europea (UE) ni a la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC) que llegue a territorio español sin venir acompañada de un adulto responsable de ella, ya sea legalmente o con arreglo a la costumbre, apreciándose riesgo de desprotección del menor, o mientras tal adulto responsable no se haya hecho cargo efectivamente del menor. También lo es cualquier menor extranjero que una vez en España se encuentre en aquella situación. En la terminología no oficial, a estos menores se los ha llamado de todo y han sido objeto de campañas de insultos y criminalización por parte de la extrema derecha y los sectores más beligerantes contra la migración. También han sido víctimas de ataques en los centros de acogida.
Según el Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI), a 31 de diciembre de 2025 en España había un total de 20.201 personas de 16 a 23 años menores tuteladas o jóvenes extuteladas, el 59% de ellas en alta laboral. Cuatro años antes, esa cifra era 7.879. En ese periodo se ha producido un crecimiento absoluto de 12.322 personas y una variación del 156,4%.
El 6 de abril, la Comunidad de Madrid anunció que dejará de acoger a menores migrantes no acompañados, según lo expresó la consejera de Asuntos Sociales, Ana Dávila, en una carta al ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, en la que rechazó los nuevos traslados de menores no acompañados sin que haya cobertura jurídica, al haber expirado los plazos previstos, y advirtió que emprenderá acciones legales si el Gobierno central intenta prolongar de facto el sistema extraordinario de reparto entre comunidades. Un reparto que ha sido impugnado por las comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular, como es el caso de Madrid, que al no presentarse impidieron que se celebrase la Conferencia Sectorial sobre esta materia programada el 8 de abril.
El Consejo de Ministros aprobó en agosto del año pasado el decreto de capacidad ordinaria del sistema de protección y tutela de personas menores de edad extranjeras en las comunidades y ciudades autónomas. El Ministerio de Juventud e Infancia anunció que con esta norma “se da cumplimiento a la disposición adicional undécima introducida en la Ley Orgánica 4/2000, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social, introducida tras la aprobación del Real Decreto-ley 2/2025, por el que se aprueban medidas urgentes para la garantía del interés superior de la infancia y la adolescencia ante situaciones de contingencias migratorias extraordinarias”.
Este decreto regula lo que se conoce como sistema de reparto extraordinario y otorga las plazas que cada comunidad autónoma debe acoger solidariamente, en apoyo a Canarias y Ceuta, que son los lugares más habituales de llegada. La ministra Sira Rego calificó la aprobación como “un punto de inflexión en el desarrollo del proceso de acogida vinculante, digna y solidaria de la infancia migrante no acompañada que llega a nuestro país”.
Sin embargo, la aplicación ha sido muy discutida por algunas comunidades autónomas, no solo Madrid. En septiembre, un ataque racista contra el centro de menores migrantes previsto en Monforte de Lemos explicitó la estrategia política de la Xunta de Galicia para afrontar la llegada de niños, niñas y adolescentes migrantes no acompañados. Galicia debe hacerse cargo de 886 menores según el Real Decreto 2/2025, una cifra ampliada posteriormente a 940. Pero la respuesta del Ejecutivo gallego ha sido recurrir la normativa ante el Tribunal Constitucional y concentrar en Monforte el primer centro específico para menores migrantes de la comunidad, con 80 plazas.
“Creo que todo el mundo debería interesarse por este tema”, opina Clara Lodewick, quien subraya que, al fin y al cabo, se trata de niños solos “y como persona adulta yo me siento responsable de ellos cuando llegan a mi país, de alguna manera”. Cuando ella era adolescente, cerca de su escuela en Bruselas había una iglesia ocupada por un grupo grande de afganos sin papeles. Empezó a ir, al principio por curiosidad, y luego ya asiduamente. Allí conoció a chicos de su edad, de 15 o 16 años, e hizo buenas migas con algunos de ellos. “No entendía su situación, por lo que estaban pasando, porque no se informaba de ello”, recuerda. Tampoco entendía que no tuvieran derechos por no tener papeles. Entonces pensaba que las personas con menos derechos eran los niños, pero ahí descubrió que las personas en situación irregular tienen incluso menos derechos. “No es que no los tuvieran, sino que no tenían acceso a ellos. Esto me abrió los ojos y ahora, cuando he tenido la oportunidad de hacer un nuevo libro, he querido hablar sobre esto”.
Y así lo ha hecho en un cómic de 210 páginas que llega a librerías hoy, miércoles 20 de mayo de 2026, en el que su autora ha tomado como guías los dibujos de Shin'Ichi Abe, un dibujante japonés que publicó en la revista Garo en los años 70, y las novelas del escritor Kazuo Ishiguro “porque trata de lo no hablado, de la gente a la que no se escucha”. Como conclusión, Lodewick reflexiona sobre el papel que este medio puede jugar: “El cómic es una parte muy importante de la cultura en Bélgica y en Francia. La derecha odia la cultura porque esta habla sobre gente diferente y nos ayuda a conocer otras historias, otros mundos. Gracias a la cultura abrimos los ojos, los oídos, y esto es algo que estos políticos no quieren. El trabajo de los cómics es este”. Hecho está, pierde cuidado. Cuestión diferente es qué pasará, qué provocará, una vez publicado. Y para adivinar eso podemos volver al principio de este artículo.
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