Ann Nocenti, una narradora por la justicia social en la corte de Stan Lee

Los tebeos de superhéroes como Daredevil o Longshot escritos por Ann Nocenti en los años 80 aportaron nutritivas dosis de conciencia crítica a un medio que no iba sobrado de ella. En 2018, la guionista regresó a las viñetas con ‘Semillas’, una fábula inquietante y profética ilustrada por el dibujante español David Aja.
Ann Nocenti
La guionista Ann Nocenti y el dibujante John Bolton en una firma de ejemplares en una librería de Londres en 1988. Imagen cortesía de Ann Nocenti.

El mes de octubre fue muy ajetreado para la guionista, periodista y directora de documentales Ann Nocenti. La fecha de entrega de varios trabajos se precipitó sobre su mesa y la asistencia al salón del cómic de Nueva York, cita ineludible celebrada entre los días 8 y 11, le dejó poco margen para no fallar a esos compromisos. A punto de cumplir 70 años, Nocenti sigue empeñada en comunicar y contar historias. Es a lo que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a través de diferentes vías expresivas. La más exitosa y por la que será recordada es la escritura de cómics de superhéroes. También es la causa de que, aunque le sorprenda, un medio de comunicación le pregunte desde España por unos tebeos que escribió hace cuatro décadas.

En plena era Reagan, Nocenti ofreció a millones de lectores adolescentes un discurso a favor de la justicia social y contra la desigualdad profundo pero divertido, cuestionador pero no panfletario. Lo hizo en los guiones que escribió para la editorial Marvel, una de las dos gigantes del negocio del cómic de superhéroes. Los tebeos firmados por Nocenti combinaban sin aspavientos el sentido de la maravilla característico de este tipo de historietas con una inquietud política menos frecuente en ellas. Sus superhéroes eran tan terrenales como fantásticos. Lo consiguió sin haber sido previamente una lectora asidua del género, sin conocer a fondo los grandes clásicos o las rutinas narrativas que rigen las historias de los vigilantes enmascarados que combaten el mal con sus superpoderes. Tal vez esa ignorancia le permitió crear sin ataduras, de modo que sus guiones supusieron un soplo de aire fresco que no siempre fue bien recibido. Pero lo suyo resultó una afortunada casualidad acompañada por el talento necesario para forjarse una voz propia y reconocible en un mundillo, el del cómic de superhéroes, que vivió una esplendorosa primavera en aquellos años 80.

“Escribir y editar cómics no era algo que quisiera, más bien era algo que no sabía que quería”, reconoce Nocenti al ser preguntada por El Salto

Nocenti empezó a trabajar en Marvel en 1982 tras responder a un anuncio en el Village Voice de una oferta de empleo en una editorial. Ser guionista no entraba en sus planes, si lo acabó siendo fue más por necesidad que por vocación. “Escribir y editar cómics no era algo que quisiera, más bien era algo que no sabía que quería”, reconoce Nocenti al ser preguntada por El Salto. Ella recuerda que en aquel momento no tenía claro el camino que iba a tomar. Acababa de terminar los estudios de arte —pintaba, hacía grabados y fotos— y buscaba trabajo como artista gráfica. “Pero algo más me impulsaba: en un viaje a Guatemala llené un cuaderno con relatos de corte periodístico”, añade. El arte o el periodismo parecían entonces las opciones más lógicas por las que apostar, pero Marvel, la editorial detrás del anuncio, se cruzó en su travesía. 

Aunque el puesto que ofrecía era de secretaria del Editor Jefe, Jim Shooter, Nocenti se las apañó para ser contratada como Editora Asistente y formar parte del Marvel Bullpen, esa manera romántica de llamar a la curiosa organización laboral impuesta por el demiurgo de la Casa de las Ideas, Stan Lee: un batiburrillo compuesto por los empleados y los creadores que trabajaban en las oficinas de la editorial en Nueva York. “Nadie ejercía de mentor para los recién llegados, pero si eras un poco esponja podías observar, escuchar y empaparte del proceso de creación de los cómics”, comenta Nocenti. Ella llegó a ser editora en algunos títulos protagonizados por héroes mutantes, que vivían un enorme éxito bajo la mano del guionista Chris Claremont, y pronto tendría la oportunidad de escribir sus propias historias. Su escasa experiencia no iba a ser un obstáculo, teniendo en cuenta cómo era su proceso creativo entonces y el estado de su cuenta corriente: “Había optado por el arte y también estudié cine, así que tal vez ya pensaba en imágenes. Pero la historia siempre es lo primero en los cómics, una historia contada a través de imágenes. Nunca fui una ilustradora lo suficientemente buena como para dibujar para Marvel, una alternativa razonable para mí habría sido desarrollar un estilo artístico personal e independiente y dibujar mis propias historias. Pero vivía al día y siempre necesitaba un trabajo. Si no dibujas tus propios cómics, parte del oficio consiste en asegurarte de que la historia ofrezca algún elemento visual con el que el artista pueda jugar. Y la historia mejora si nace de algo que llevas muy dentro”.

El debut como escritora regular, no puntual, ocurrió en las páginas de Spider-Woman, una colección a la que las malas ventas habían condenado al cierre y en la que su aportación fue matar a la protagonista. Sin medias tintas. Poco después firmó el guión de La bella y la bestia, una miniserie de cuatro números protagonizada por dos personajes del entorno mutante. Su primer trabajo relevante fue Longshot, junto al dibujante Arthur Adams, también novato. En esta serie de seis números publicada entre 1985 y 1986 crearon un grupo de personajes que tendrían su recorrido posterior en el universo Marvel. El raro privilegio de moldear sus propias creaciones desde la nada siendo unos principiantes les fue concedido por la editora Louise Simonson. Y su respuesta estuvo a la altura. 

Primera página del cómic ‘Longshot’, de Ann Nocenti y Arthur Adams
Primera página del cómic ‘Longshot’, de Ann Nocenti y Arthur Adams. Imagen: Panini.

Longshot es un ser proveniente de otra dimensión que llega a la Tierra perseguido por unos guerreros monstruosos. No recuerda los motivos de su huida ni sabe nada de su pasado. Es un personaje amnésico, desubicado e ingenuo, que se relacionará con tipos peculiares de la sociedad civil —una en la que ya existen superhéroes— para rescatar a un bebé secuestrado, hacer de extra en una película de ciencia ficción o intentar robar a una compañía eléctrica. Una de las preguntas que atraviesa la miniserie es si el conocimiento otorga la libertad o más bien lo contrario. Quizá Nocenti planteó con Longshot una metáfora sobre su propia llegada al mundo del cómic. 

Diseñado con una imagen espectacular, la habilidad de Longshot parece ser la suerte, que le permite salir airoso de situaciones comprometidas mientras averigua, al mismo ritmo que quien lee el cómic, los detalles de su vida, en los que figuran una historia de esclavos, experimentos con modificación genética y una rebelión. Ahí entra en escena Mojo, dictador ególatra que controla mediante la televisión el Mojoverso, el espacio del que procede Longshot. No es arriesgado pronosticar que Nocenti encontró la inspiración para crear a Mojo en un magnate llamado Donald Trump. Cuarenta años después de su publicación, esta obra redonda sigue conservando una frescura que la convierte en un cómic importante y que aún se puede disfrutar. Para Nocenti, que en aquel tiempo estaba finalizando la carrera de Relaciones Internacionales, fue una inmejorable tarjeta de presentación como guionista novel que, poco después, tuvo que afrontar un reto mayúsculo.

En ese mismo año 1986 empezó a escribir la serie de un personaje carismático de Marvel: Daredevil, el abogado ciego Matt Murdock que por el día defiende en el juzgado causas perdidas y por la noche se enfunda el traje de superhéroe que imparte justicia a puñetazos. La guionista sucedió en el cargo a Frank Miller, quien resucitó la colección mensual de Daredevil entre 1979 y 1983 y pocos meses antes de la llegada de Nocenti había regresado para firmar su relato definitivo con este personaje: los siete números de “Born again”, con los lápices de David Mazzucchelli. Según muchas opiniones, el mejor cómic de superhéroes jamás publicado. Las comparaciones iban a ser inevitables y el listón estaba altísimo. Tras un primer año de aterrizaje, sin un dibujante fijo y con historias que concluían en cada número, Nocenti se asentó, tomó las riendas y empezó a elaborar tramas a largo plazo que definirían el tono de su Daredevil. Ayudó mucho que John Romita Jr. se consolidase como dibujante habitual de la serie, formando un dúo creativo que daría grandes momentos. A España estos tebeos llegaron a partir de 1989 de la mano de Ediciones Forum, que publicó precisamente desde la entrada de Romita Jr., quedando inédito el primer año de Nocenti en la serie.

En Viñetaria (Cátedra, 2024), una exhaustiva investigación sobre la presencia de mujeres en la historia del cómic, Elisa McCausland y Diego Salgado, colaboradores de El Salto con su sección Ruido de Fondo, apuntan que cada tebeo de superhéroes que escribe Nocenti supone “un estudio y hasta un cuestionamiento del concepto” y que, cuando interviene en un personaje consolidado como Daredevil, lo que hace es subrayar “su dimensión social, su fragilidad de carácter y su inmadurez a la hora de asumir las consecuencias de sus actos”, también valorar la personalidad de las mujeres que le rodean. Los guiones de Nocenti, resumen, “indagan en la masculinidad tóxica del superhéroe y los potenciales emancipadores de superhéroes y supervillanas”. En ese sentido sobresale la creación de María Tifoidea. Se trata de un personaje complejo que padece un trastorno de identidad disociativo por el que, como Mary Walker, se enamora de Matt Murdock, pero que, como Tifoidea, quiere matar a Daredevil. Nocenti se resta méritos y asegura que fue fruto del trabajo en equipo con Romita Jr. y Ralph Macchio, editor de la serie, para “crear una contraparte villana que reflejara la tensión entre el justiciero Daredevil y Matt Murdock, un defensor de la justicia legal que se ciñe estrictamente a las normas, así fue como concebimos a María Tifoidea, una villana con múltiples personalidades”. El enfrentamiento con ella parte en dos la etapa de Nocenti al frente de Daredevil, que concluyó en 1991. Hasta entonces había localizado las historias en el barrio neoyorquino de la Cocina del Infierno, donde Murdock, sin la licencia para poder ejercer de abogado, apoya a una asociación vecinal con sus conocimientos jurídicos y asesora a la defensa legal de un niño ciego por la acción contaminante de una empresa. Tras el combate-romance con Tifoidea, y la traición a su novia Karen Page, emprende un errante viaje por la América profunda donde se topa con dos perfiles antagónicos: Brandy Ash, una activista por los derechos de los animales que reniega de su padre narcotraficante, y Número Nueve, un experimento sexy y servicial programada genéticamente para obedecer el mandato social patriarcal. Las conversaciones entre los tres incluyen brillantes diálogos que reflejan algunas preocupaciones feministas de finales de los años 80.

En ese periplo lejos de su residencia habitual, el Daredevil de Nocenti también se encuentra con Mefisto, la encarnación del diablo en el universo Marvel, con quien mantendrá una discusión casi filosófica. Y por ahí aparecen asimismo varios miembros de la Familia Real de Los Inhumanos, una raza modificada genéticamente y exiliada en la Luna, enviados a la Tierra para encontrar al hijo de sus monarcas, Rayo Negro y Medusa. Esta historia procede de otro trabajo escrito por Nocenti, la novela gráfica —mejor papel, enfoque adulto, precio más caro— sobre Los Inhumanos publicada en 1988 y dibujada por Bret Blevins. En ella la guionista abordó el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo con una sugerente vuelta de tuerca: la embarazada reina Medusa se enfrenta al Consejo Genético, el vetusto y masculino ente que ordena la natalidad de Los Inhumanos y en el que participa su marido, cuyo dictamen es que ese hijo no debe nacer.

El autor de cómic Michel Fiffe aprecia especialmente que Nocenti nunca menosprecia a su público y que siempre añade un toque adicional de “disección cultural” a todo lo que escribe

Ann Nocenti es uno de los nombres a los que Michel Fiffe rinde homenaje en las primeras historias de su cómic COPRA, publicado entre 2012 y 2025 y recuperado este año en España por la editorial Moztros. Al valorar su obra, Fiffe vaticina que ella “será siempre la guionista definitiva de Daredevil” ya que aportó a su mundo “una especie de crudeza elegante que resultaba absolutamente hipnótica”. Él considera que las historias que escribió para que las dibujara Romita Jr. alcanzan “un nivel de maestría que parece irreal si tenemos en cuenta el ritmo al que trabajaban. Constituyen un referente increíble dentro del cómic estadounidense de superhéroes”. Fiffe aprecia especialmente que Nocenti nunca menosprecia a su público y que siempre añade un toque adicional de “disección cultural” a todo lo que escribe: “No resulta frío ni cruel, pero sí adopta una postura crítica frente a determinados ideales, algunos de los cuales son elementos intrínsecos de los géneros en los que ella trabaja. Puede tratarse de violencia, propaganda, religión o sexo, pero siempre al servicio de enriquecer sus historias”.

Nocenti y Blevins también se encargaron en 1990 del especial de verano de Los Nuevos Mutantes. Y aquí la palabra “especial” cumple plenamente con su significado. “Un mutante en Megalópolis”, así se titula, es un cómic explícitamente ideológico en el que Nocenti advierte de manera desenfadada pero muy lúcida sobre los riesgos derivados de que las empresas de comunicación generen realidad y no se limiten a ser la ventana a través de la que se mira el mundo, esa idea pueril con la que aún hoy se presentan. Uno de los personajes que desfilan por sus páginas se llama Consenso Manufacturado, en homenaje a Noam Chomsky. Pero Nocenti también plantea que donde hay riesgo puede haber oportunidades: mientras algunos de los jóvenes pupilos del profesor Xavier se embarcan en una alucinada teleaventura en vídeo en la que conocerán de cerca los vínculos entre la política y el periodismo, un grupo de niños consigue llamar la atención de la tele con una acción de protesta por los vertidos contaminantes a un río. Y si sales en la tele, existes. “Un mutante en Megalópolis” mezcla con acierto dos historias y dos polos opuestos —el tono disparatado de un fanzine underground y la gravedad de una novela de tesis— para concluir, como ya hiciera el teórico de la comunicación Marshall McLuhan, que el medio es el mensaje.

“Resulta difícil crear una obra excepcional que logre trascender las exigencias del género. Cuando se trabaja con plazos mensuales, una se convierte en una pieza más de un mecanismo que funciona a una velocidad vertiginosa”, dice Nocenti sobre el ritmo de los tebeos de superhéroes

Leyendo los cómics de superhéroes firmados por Nocenti se percibe una poco disimulada voluntad de evitar algunos clichés del género y se detecta que quizá ella se sentía más cómoda escribiendo sin la obligación de la continuidad industrial de las series mensuales, que impone un ritmo complicado de casar con la búsqueda de nuevos caminos. Sus palabras hoy confirman esa intuición. “Al escribir una serie de superhéroes, donde los temidos plazos de entrega son implacables y constantes, la historia debe centrarse en los elementos propios del género: la dualidad entre la vida del superhéroe y su identidad civil, así como sus relaciones con villanos y otros superhéroes. Resulta difícil crear una obra excepcional que logre trascender las exigencias del género. Cuando se trabaja con plazos mensuales —donde la trama debería haber estado lista ayer, las páginas llegan constantemente, los guiones deben reescribirse de la noche a la mañana y enviarse al rotulista—, una se convierte en una pieza más de un mecanismo que funciona a una velocidad vertiginosa”. Ella asegura que guarda el mejor recuerdo de las pocas historias breves que escribió, ya que le ofrecían una mayor autonomía. Como ejemplo cita las que realizó con el dibujante John Bolton en la serie Classic X-Men: “Tanto John como yo teníamos una inclinación surrealista, de corte dadaísta, y allá por los años 80 y principios de los 90, antes de que las películas convirtieran esta propiedad intelectual en algo valioso, contábamos con mayor libertad para jugar con los X-Men”. También recuerda otra publicada en Marvel Fanfare e ilustrada por Mazzucchelli sobre Ángel, el personaje alado de la Patrulla-X, que cae herido al patio de una abuela religiosa quien se pregunta si de verdad será un ángel caído.

La Belén Gopegui de los tebeos de superhéroes

En un artículo publicado en 2023 en la página web de La Nave Invisible, un proyecto literario dedicado a la fantasía, la ciencia ficción y el terror escritos por mujeres, se lee que, en cierto modo, Ann Nocenti es la Belén Gopegui de los cómics. Es una comparación llamativa, que invita a saber más. Micol Lagarde Rodríguez, su inventora, explica que se basó en el hecho de que ambas son lo que en Estados Unidos se denomina peyorativamente Social Justice Warriors, es decir, profesionales progresistas, defensoras de los derechos civiles, que hacen una lectura crítica de la actualidad en su obra. Para ella, tanto la novelista autora de La conquista del aire como la guionista estadounidense son escritoras que “se enfrentan al mundo con un ojo muy aguzado y al teclado del ordenador con una lengua también muy afilada”, aunque sus estilos literarios sean “muy distintos”. 

Según esta bibliotecaria y ávida lectora de las dos, Nocenti es una rara avis en el cómic superheroico porque su principio creativo es el mismo que el de Gopegui: “No le interesa realmente continuar el legado de la serie que ha heredado, ajustándose al canon que establecieron anteriores guionistas, sino que utiliza a los personajes como vehículos para plantear su discurso”. Profundizando en la comparación, Lagarde Rodríguez señala que, para ambas, los personajes tienen menos importancia que lo que personifican y son como títeres a su servicio con los que expresan sus intereses y preocupaciones. En realidad, concreta, lo que hacen las dos es escribir artículos de fondo “ficcionados”, “cosa que, al fin y al cabo, no resulta extraña, pues ambas están conectadas con el mundo del periodismo”. Pero también subraya que existe un matiz importante que las distingue “del resto de la literatura activista”, haciéndolas especialmente interesantes: su falta de complacencia. “Sus lecturas son incómodas no solo porque veamos nuestro reflejo en ellas, sino porque no dan soluciones fáciles”, opina.

Ann Nocenti en 2016
Ann Nocenti, en la exposición de arte urbano ‘Magic City: The Art of the Street’ en Dresde (Alemania) en 2016.

Estudiosa de los tebeos de superhéroes en general y de los de Nocenti en particular, Lagarde Rodríguez sostiene que su escritura se reconoce de inmediato, aunque no sea precisamente por su exquisita calidad literaria. “Es errática, brusca, entrecortada. Recuerda más a la madeja mental que tiene una persona en la cabeza, saltando de un pensamiento a otro y al mismo tiempo describiendo lo que ve y siente, que al habla articulada. Es una muestra más del carácter punk, do it yourself, de su acercamiento al medio del cómic: en vez de estudiar los clásicos para seguir sus pasos, entra a saco, cual elefanta en cacharrería, y no le importa que sus diálogos sean chirriantes, estén trufados de onomatopeyas incoherentes y a menudo parezcan desacompasados de la imagen”. Añade que esa falta de familiaridad con los recursos y arquetipos del género le dio audacia para introducir, sin reticencias, conceptos y personajes que no se ajustaban a los esquemas tradicionales, como lo que hizo con Spider-Woman al poco de empezar a escribir la serie. Lagarde Rodríguez recuerda que la reacción del fandom fue tan virulenta que le afectó: “Ella solo había pretendido escribir algo entretenido, pero en ese momento comprendió cuán estrecho era el vínculo entre los cómics y su público”. También menciona otro suceso posterior en el que Nocenti se enfrentó a la ira de la audiencia, cuando en la sección del correo del lector de Daredevil se recibieron cartas pidiendo que echaran a “esa comunista” por considerar que sus discursos eran antiamericanos. 

Ella distingue como la principal seña de identidad de los guiones de Nocenti la introducción de subtramas de corte sociopolítico, entrelazadas con el argumento principal superheroico y a menudo conducidas por personajes secundarios de la calle, como pueden ser niños y niñas, gente marginada, activistas o personas de clase trabajadora. “No es que esto fuera algo muy extraño en los cómics de los años 80, pero en el caso de Nocenti la voz de estos personajes tiene el mismo peso que la de los protagonistas, precisamente porque son meros vehículos para los temas que ella quiere sacar a la luz: la idea va antes que la épica”.

¿Y cuáles son esas materias que Nocenti trató? Lagarde Rodríguez las separa en dos. Por un lado, los asuntos concretos que abordó en cada cómic “y que suelen ser varios a la vez, incluso demasiados para resolverse bien”: especismo, violencia de género e institucional, corrupción, machismo, cultura basura, gentrificación, destrucción del medio ambiente, globalización, precariedad laboral, consumismo, American way of life, neoliberalismo y manipulación mediática. “Es decir, todas las enfermedades del mundo occidental al que pertenece, pero también todas las luchas que tratan de erradicarlas”, resume.

Y por otro, “de forma transversal y menos explícita quizá”, perforan sus historias temas “más metafísicos” como la identidad y el conflicto entre realidad y ficción, que están “estrechamente vinculados entre sí”. Los personajes de Nocenti, valora esta experta, tienen dificultades para conocerse a sí mismos o para reconciliarse consigo mismos. “A algunos les borraron la memoria y su mente es una tabula rasa, otros tienen recuerdos confusos o personalidades múltiples disociadas que se alternan al mando de su cuerpo y su cerebro, y aquellos juegan con una doble faceta de persona corriente y superhéroe que acaba por causarles cierto trastorno bipolar. Como resultado, todos ellos revelan cierta inseguridad en la relación con su entorno, que les resulta potencialmente engañoso y poco sólido: no pueden quitarse de encima la duda de si lo que están viendo o experimentando es real o fruto de su imaginación”.

Para la experta en cómic Micol Lagarde Rodríguez, es obvio que en todos los trabajos de Nocenti están presentes la lucha de clases, el conflicto social y “algo poco habitual en este género, la economía y su impacto en la población”

Para Lagarde Rodríguez, es obvio que en todos los trabajos de Nocenti están presentes como telón de fondo la lucha de clases, el conflicto social y “algo poco habitual en este género, la economía y su impacto en la población”. También menciona la alienación y la explotación del individuo inmerso en el sistema capitalista. A ella le gusta que Nocenti rara vez dé una respuesta única y clara a los interrogantes que plantea y entiende que su obra se sitúa en una línea de pensamiento influida por intelectuales como Chomsky, Naomi Klein o Jean Paul Sartre.

Una manera de sintetizar lo que Nocenti propone en sus cómics de los años 80 es decir que coloca al llamado sueño americano, esa noción idílica de la igualdad de oportunidades para prosperar de la que supuestamente disfrutan todos los ciudadanos estadounidenses, frente a un espejo para que este le muestre su imagen real. Sin embargo, ella lo refuta: “Supongo que se trata más bien de observar lo que te rodea. Incorporé a mis relatos lo que veía en las calles de Nueva York, por tanto quizá sería más preciso decir que tenía la mirada de un documentalista. Algunas de las historias surgieron de la vida misma”.

Semillas de un mundo diferente

Después de despedirse de la edición y escritura en Marvel, Nocenti firmó en 1993 el guión de Kid Eternity en DC, la otra gran editorial de superhéroes, en lo que fue la antesala de su adiós a los cómics en favor del periodismo y el audiovisual. “No es tanto que me cansara de escribir sobre superhéroes, sino que deseaba contar otro tipo de historias en otros medios”, recuerda. Así, se dedicó a publicar reportajes y editar revistas de perfiles muy diferentes, unas especializadas en cine, otras en vida social y también otra destinada a la población reclusa. Durante cuatro años impartió clases de producción audiovisual en Haití y ha codirigido dos documentales sobre Baluchistán. “Al final, todo consiste en contar historias. Es un oficio para toda la vida, un eco del mundo que nos rodea, y he tenido una suerte inmensa al poder ganarme la vida como narradora durante tanto tiempo”, reconoce. En los últimos años ha vuelto a escribir cómics, como dos miniseries de Capitana Marvel y Tormenta en Marvel, pero admite que valora “muchísimo las pocas ocasiones en las que pude trabajar en proyectos ajenos al género de superhéroes”. 

Página del cómic ‘Semillas’, de Ann Nocenti y David Aja
Página del cómic ‘Semillas’, de Ann Nocenti y David Aja. Imagen cortesía de la editorial Astiberri.

Una de esas raras ocasiones supuso su excelente regreso al mundo de las viñetas en 2018. Fue con Semillas, publicada en cuatro entregas por la editorial Dark Horse en su sello Berger Books, dirigido por la mítica editora Karen Berger, quien fuera responsable en DC de Vertigo, la casa que publicó obras maestras como Sandman o Los Invisibles. Con Berger también lanzó Nocenti su siguiente trabajo en 2019: Ruby Falls, dibujado por la italiana Flavia Biondi e inédito en España. Estos dos títulos “siguen siendo, a mi parecer, los mejores cómics que he hecho nunca”, opina la guionista.

En Semillas, ilustrada por el vallisoletano David Aja y publicada en nuestro país en 2021 por Astiberri en un tomo, Nocenti juega con varias historias simultáneas en las que un muro separa a quienes han rechazado la tecnología de quienes siguen con ella; una directora de periódico sin escrúpulos presiona a su fotógrafa para que consiga la exclusiva de su vida aunque sea mentira; las abejas se extinguen y con ellas tal vez el planeta; y una humana y un alien protagonizan un romance. Es una obra que comparte universo con otras ficciones previas en géneros como el terror o la ciencia ficción, pero, al mismo tiempo, tiene un sabor único, muy propio. Aja, ganador en 2013 del premio Eisner al mejor dibujante por la serie Ojo de Halcón de Marvel, realiza un extraordinario trabajo gráfico en el diseño de páginas y viñetas de una historia que nació de los miedos y obsesiones que tenía Nocenti en aquella época. Ella asume que muchas se han convertido en realidad algunos años después. “No me sorprende que la gente sea capaz de intuir el futuro, especialmente cuando se trata de cambios evolutivos en la tecnología, la naturaleza y la sociedad, así como de las consecuencias imprevistas de cualquier revolución. Quizás lo único que aún no se ha hecho realidad sea la historia del alienígena Race que se enamora de la humana Lola, pero, con el tiempo, tal vez incluso ese aspecto que hoy no parece profético termine siéndolo…”. No lo descartemos, señora Nocenti, no lo descartemos. Y cuando pase, alguien recordará que ya se contó en un cómic.

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