Análisis
El modelo económico que está en juego en Colombia

La propuesta económica que disputa la segunda vuelta promete orden, pero su programa real es ajuste fiscal sobre los de siempre, desregulación, reprimarización y disciplinamiento social.

Director del Centro de Pensamiento Vida

4 jun 2026 11:15

El 21 de junio Colombia elige si el cambio de modelo que se inició en 2022 se consolida o si se revierte definitivamente. El cambio de modelo es lo que en esencia inició el gobierno de Gustavo Petro: no un conjunto de programas aislados, sino una ruptura con un viejo paradigma primario-exportador, financiarizado y socialmente excluyente, y el intento de otra lógica, aquella en la que el Estado vuelve a orientar la economía y las decisiones se ordenan a partir de quién más las necesita, no solo por prioridad ética o social sino también por sentido económico.

Para esto, conviene ver los resultados. La pobreza monetaria cayó a su nivel más bajo desde que existe serie comparable: cerca de 2,6 millones de personas salieron de ella, los trabajadores se benefician más de los dividendos del crecimiento económico y esto se refleja en que el ingreso de los hogares de abajo y del medio creció en niveles históricos y más rápido que el de los de arriba. En el trabajo, se instauró el salario mínimo vital y se decretó el mayor aumento en décadas, a partir de una idea simple: más ingreso es más demanda interna, y más demanda interna es más producción nacional. En el campo, la reforma agraria avanzó y se gestionó la entrega de más de 700.000 hectáreas para familias campesinas, indígenas y afrodescendientes, en un contexto de crecimiento agropecuario. La transición energética es realidad y por primera vez en décadas las exportaciones no extractivas superaron a las extractivas.

Ese último dato evidencia el corazón de una apuesta de fondo: la soberanía productiva. Durante generaciones, Colombia ató su suerte a los precios internacionales de unas pocas materias primas, de modo que cada caída del petróleo o del carbón se traducía, tarde o temprano, en menos empleo, menos inversión y más deuda, como si el destino del país se decidiera por fuera de sus fronteras. Diversificar la canasta exportadora, agregar valor, producir lo que consumimos y depender menos de lo que se extrae del subsuelo es, precisamente, lo que permite que una nación decida su propio rumbo en lugar de padecer el de otros. Pero ese giro apenas comienza y es frágil: una política industrial no se construye en un trimestre de buenas cifras, sino con años de continuidad y de corrección sobre la marcha. Abandonarlo ahora sería volver a entregarle el porvenir nacional a la volatilidad de los mercados, justo cuando empezábamos a disputarlo.

Cada una de esas cifras cuenta, pero lo decisivo es lo que las articula, pues esta revolución de Petro comenzó por los que menos tienen y la famosa consigna en todo el continente latinoamericano “Por el bien de todos, primero los pobres” se ha convertido en el criterio rector de la política económica y social. Eso es lo que distingue un modelo de una mera suma de medidas. No se trató de repartir con más equidad unos subsidios, sino de redefinir para quién y para qué funciona la economía.

Este modelo bajó a la vida cotidiana, que es donde de verdad se mide su amplitud. No fueron solo indicadores agregados, sino derechos que se recuperaron y gente concreta que empezó a sentirlos

Y conviene insistir en algo que suele perderse entre las cifras macroeconómicas: este modelo bajó a la vida cotidiana, que es donde de verdad se mide su amplitud. No fueron solo indicadores agregados, sino derechos que se recuperaron y gente concreta que empezó a sentirlos. Se restituyeron garantías laborales que llevaban años cediéndose, se creó un pilar solidario que asegura un bono pensional a cerca de dos millones de personas mayores que jamás pudieron pensionarse, y la educación pública recibió una inversión sin precedentes. Un modelo se reconoce, justamente, porque se nota en la mesa, en el salario, en la vejez y en las aulas, no solo en los informes oficiales. Esa amplitud social es la que convierte un puñado de programas en un proyecto de sociedad, y la que explica por qué tantos hogares, por primera vez en mucho tiempo, sienten que el Estado juega a su favor.

Sin embargo, ese cambio de modelo está lejos de consolidarse. Buena parte quedó trabada en el Congreso, en los tribunales y en la resistencia de quienes se beneficiaban del orden anterior. La pregunta de fondo no es si hubo avances, sino qué hacer con una transformación inconclusa. Y en esto no hay término medio: o se profundiza o se revierte, incluso perdiendo los avances que la sociedad colombiana alcanzó previo al gobierno Petro.

El modelo neoliberal que durante cuarenta años predicó apertura sin condiciones, Estado mínimo y mercado como árbitro único se ha agotado, hasta el punto de que lo admiten sus antiguos defensores

El contexto internacional hace esa decisión más urgente. El modelo neoliberal que durante cuarenta años predicó apertura sin condiciones, Estado mínimo y mercado como árbitro único se ha agotado, hasta el punto de que lo admiten sus antiguos defensores. El mundo ha vuelto a la política industrial, a los aranceles estratégicos, a la protección de cadenas productivas clave y a discutir sin complejos sobre soberanía y desarrollo. En ese tablero, el rumbo que Colombia empezó a tomar no es una rareza ideológica: está en sintonía con los países que pretenden decidir su propio destino económico. Revertirlo ahora sería remar contra la corriente de la historia.

A esa urgencia externa se suma una razón interna. Durante décadas, Colombia ha oscilado cada cuatro años entre avances frágiles y restauraciones que los desmontan, gastando una enorme energía social en levantar lo que el siguiente gobierno se dedica a derribar. Esa intermitencia es, en sí misma, una forma de parálisis: ninguna reforma alcanza a echar raíces, ningún cambio llega a volverse irreversible, y el país termina siempre regresando al punto de partida.

O avanzamos hacia converger con potencias latinoamericanas como Brasil o México, o el abismo libertario amenaza con convertirnos en Haití o Argentina

Las transformaciones de fondo que ha iniciado Petro, una reforma agraria, una reindustrialización, un sistema de protección social, no maduran en un solo periodo presidencial; necesitan tiempo, continuidad y la posibilidad de corregirse sin empezar de cero. Por eso la estabilidad no es lo contrario del cambio, sino su condición: es lo único que permite que un rumbo deje huella en lugar de evaporarse con el siguiente resultado electoral. El país enfrenta una coyuntura entre la profundización del cambio estructural y el abismo libertario que no pretende solo devolvernos al pasado sino acabar con todas las conquistas sociales que al pueblo colombiano le han costado sangre y esfuerzo. O avanzamos hacia converger con potencias latinoamericanas como Brasil o México, o el abismo libertario amenaza con convertirnos en Haití o Argentina.

Por eso la continuidad que propone Iván Cepeda representa una segunda fase concreta, y significa pasar del reconocimiento de la economía popular a su financiamiento real e inclusión productiva, significa convertir la reforma agraria, hoy reparación histórica, en producción moderna y soberanía alimentaria: que el país produzca lo que consume en lugar de importar su propia dependencia. Significa que la reindustrialización pase a convertirse en política industrial verde y popular. Y significa sostener y ampliar lo que ya demostró funcionar: salarios dignos, derechos laborales y demanda interna como motor, con el mismo criterio de siempre: los de abajo primero.

Petro abrió el cambio de modelo y lo hizo dar frutos medibles. Cepeda puede convertirlo en un proyecto de país

Frente a esto, la otra opción no oculta su naturaleza. El modelo que disputa la segunda vuelta promete orden, pero su programa real es ajuste fiscal sobre los de siempre, desregulación, reprimarización y disciplinamiento social. Es la restauración, pero más cruel y autoritaria, del modelo que se empezó a desmontar, el mismo que concentró la riqueza en la cima y dejó al campo sin tierra y a los hogares sin ingreso, el mismo modelo que el mundo ya está abandonando.

La pregunta del 21 de junio es si el país se atreve a terminar de romper con aquel modelo, manteniendo el criterio que dio resultados: primero los que menos tienen. Petro abrió el cambio de modelo y lo hizo dar frutos medibles. Cepeda puede convertirlo en un proyecto de país: estable, profundo y a salvo del próximo vaivén electoral. Eso es lo que está en juego.


Simón Gómez-Azza es director del Centro de Pensamiento Vida. Miembro del comité redactor del programa de gobierno del Presidente Petro 'Colombia Potencia Mundial de la Vida 2022-2026' y de la coordinación del empalme presidencial. Trabajo en Desarrollo Productivo, Política Industrial y Economía Política.

 


Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...