23 ago 2026 06:00

Los bancos en las calles siempre tienen sentido pero, en las noches de verano, resultan indispensables en los barrios donde las casas asfixian la posibilidad de dormir. 

Quizás por eso, porque son un lugar donde despistar, al menos por un rato, al calor, se llenan de personas que a veces charlan entre ellas y, otras, permanecen solas.

No todos los bancos de todos los barrios se llenan de gente en las noches de verano. Hay barrios con casas que mantienen la temperatura permanentemente confortable y, por eso, los bancos durante la noche se ocupan, si acaso, para esperar a que el perro haga su pis después del paseo nocturno.

No te cruzas la ciudad para sentarte en un banco que está más rodeado de vegetación y, por lo tanto, está más fresco

Las personas que se sientan en unos u otros bancos son diferentes y, por eso mismo, no son intercambiables. Digamos que, si vives en un barrio donde las casas ahogan en las noches de verano, usas tus bancos. No te vas a esos otros que están más vacíos. No te cruzas la ciudad para sentarte en un banco que está más rodeado de vegetación y, por lo tanto, está más fresco. No te sientas en los bancos de un barrio donde la gente se marcha de vacaciones para esquivar el calor del asfalto.

No lo haces a no ser que, buscando un poco de aire acondicionado, te metas en el metro y te cruces la ciudad de punta a punta, y decidas salir, por qué no, a sentarte en uno de esos bancos que tienen alrededor árboles que crecen en alcorques impolutos. Entonces, mientras estás ahí, quizás mirando el móvil, quizás mirando el cielo en busca de alguna estrella que resista la luz de la ciudad, entenderás que ese es un lugar que está vetado para ti cuando dos policías se acercan a pedirte la documentación. 

Mientras estás ahí, entenderás que ese es un lugar que está vetado para ti cuando dos policías se acercan a pedirte la documentación

Te da rabia, claro. Sabes que tú también tienes derecho a estar en ese banco. Porque los bancos son de todas las personas. Están en la calle, en un sitio público. Te enfada, claro. Y por eso le dices a los policías que no entiendes por qué te piden la documentación si tú no estás haciendo nada más que tomar el fresco. Y ellos, sin ni siquiera mirarse, te tiran al suelo, te inmovilizan, te pegan. Y tú, con tu rabia y tu enfado, les gritas que te suelten, que no puedes respirar, que te hacen daño. Y ellos no se molestan ni siquiera en decir que están haciendo su trabajo.

No hay nadie mirando. Y como tú tienes ligada la dignidad a poder tener rabia y a poder enfadarte, les gritas que no pueden hacer eso, que tú no estabas haciendo nada. Y ellos, quizás sin hablar, quizás cruzándose una mirada, te meten en el coche haciendo los mismos movimientos mecánicos, repetidos sobre los cuerpos de otras personas que se parecen a ti, y te llevan a la comisaría donde, en otro banco donde no corre nada de aire, pasarás el resto de la noche. 

De ese otro banco te levantarán, sin que te hayan quitado las esposas, sin que sepas qué hora es porque te quitaron el móvil y todo lo que llevabas encima, para tomarte declaración y soltarte de nuevo a la calle con un papel que dice que estás acusado de cometer un delito de atentado contra agente de la autoridad.

Es agosto en Madrid. Sigue haciendo calor. 

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