Cine
El vicio del poder “demócrata” en Hollywood

El Partido Demócrata tiene un fiel altavoz en Hollywood. Desde el fuero interno de la industria del entretenimiento norteamericano ha brotado una corriente de cine político e histórico afín, e incluso, propagador de las doctrinas del partido liberal de Estados Unidos. La actual El vicio del poder es la última muestra de una tradición cinematográfica que goza de la colaboración de las espadas más respetadas e influyentes de la meca del cine.

El vicio del poder
Fotograma de El vicio del poder

publicado
2019-03-10 06:00:00

El domingo 24 de febrero tuvieron lugar los grandes festejos del universo cinematográfico. Entre los nominados, un Christian Bale que partía como uno de los favoritos (aunque finalmente fue Rami Malek, por su interpretación de Freddie Mercury, quien le arrebató la estatuilla dorada) gracias a uno de esos trabajos que encandilan a los miembros de la Academia.

Su transfiguración en Dick Cheney es de las que cumplen con los requisitos para levantar admiración en los corrillos de Hollywood: dar vida a un personaje histórico mediante una transformación física radical (e insalubre) que, a su vez, implique capas y capas de látex y maquillaje hasta convertir al actor en un sujeto prácticamente irreconocible.

La película que acercó a Bale a su primer Oscar como actor protagonista se entronca en esa tradición de un cine político que ha servido de muleta para imprimir la ideología del partido azul en el celuloide global. El nuevo foco de esa corriente hollywoodiense recae en Adam McKay, un cómico reconvertido en un cineasta de un cierto ademán crítico. Asociado principalmente con su amigo y colega el también cómico Will Ferrell, McKay ha puesto el dedo en la llaga (pero sin ejercer demasiada presión) al sistema que lo cobija y a las esferas que mueven los hilos.

Por ejemplo, sus dardos hacia los causantes de la crisis económica en La gran apuesta calaron en la Academia, hasta el punto de entrar en liza con las mejores películas de esa cosecha y proporcionarle un Oscar al mejor guion adaptado. Esos entresijos del poder bursátil, financiero y mediático que han vuelto a acaparar su interés al frente de Succession, una de las sorpresas del catálogo de series de HBO del pasado curso.

Y aún de más reciente estreno (el pasado viernes 22), esta vez para la plataforma Amazon, participa en This Giant Beast That Is The Global Economy, una docuserie centrada en las interconexiones de la economía global donde, a través del anfitrión Kal Penn, conserva su sello cómico y desenfrenado. El mismo que insufla personalidad en su último largometraje.

En El vicio del poder, el director norteamericano plantea, bajo cierta mirada ácida y en un tono casi satírico, las bambalinas sulfurosas de la Administración Bush (hijo) a través de los tejemanejes de su pieza política más retorcida e influyente, el vicepresidente Cheney. En su pretensión por denunciar ese período convulso en el escenario global, como ya ocurría en su intento por destripar las vergüenzas y vilezas del poder económico en La gran apuesta, McKay rebaja la gravedad de los hechos, decide mutilar la profundidad y la rigurosidad en pos de una simplificación y un trato desacomplejado sobre los cruciales acontecimientos de la historia reciente. Decisión que toma para fortalecer el entretenimiento de su conjunto, una función que nunca pierde de vista gracias a su ritmo trepidante y al montaje y la realización chispeante.

Sin embargo, esos ajustes activan cierta banalización alrededor del período histórico que pretende desmenuzar, y, aún más paradójico, el dibujo del protagonista de la aciaga función absorbe trazas de humanismo. Así, el retrato resultante no es tanto el de un político mezquino capaz de diseñar infames estratagemas con tal de acumular dividendos en su organigrama empresarial, sino la de un crápula espabilado, un oportunista que utilizó el poder en su propio beneficio y en el de su familia. La misma simplicidad expositiva, de claros subrayados y trazo hiperbólico, servida por una corrosión que no resulta tan devastadora como se pretende, traza puentes con el estilo de otro azote del republicanismo (el documentalista Michael Moore), y pone de manifiesto el color político que subyace en el discurso de la obra.

No es el primero en mantener una mirada marcadamente tendenciosa; antes que él, una retahíla de directores y actores hicieron uso de su posición de relevancia e influencia para impulsar una agenda demócrata dentro y fuera de las salas. Estrellas actuales de enorme peso como George Clooney, Steven Spielberg, Tom Hanks, Alec Baldwin, J.J. Abrams, Barbra Streisand, Michael Douglas, Will Ferrell, Leonardo DiCaprio, Meryl Streep, Jack Black, Scarlet Johansson, Lena Dunham y hasta el denostado Harvey Weinstein, no han escondido su apoyo al partido del asno, ya sea mediante cuantiosas donaciones o aireando su simpatía con algunos de los candidatos.

Aunque la plana política sabe que el acicate más efectivo en estas confluencias de poder lo obtienen cuando el mensaje progresista queda sublimado en las distintas formas de entretenimiento auspiciadas por los satélites hollywoodienses.

El citado Michael Moore es una de las armas arrojadizas más constantes, crispadas y a su vez, desvergonzadamente subjetivas de la escuadra progresista de Hollywood en contra las administraciones republicanas.

También Alec Baldwin, y su parodia de Trump en Saturday Night Live, ejercen su presión semanal contra el actual mandatario. Lee Daniels y Jay Roach, y su cine de denuncia y político timorato y liviano, se ha convertido en otro apoyo de la agenda demócrata. Obras como Caza al espía, Cambio de estrategia (película de la HBO sobre Sarah Palin), Dios bendiga América, El buen pastor, Recuento (de nuevo Jay Roach, aquí sirviendo un telefilme sobre el escándalo electoral de 2008), Trumbo, El día después de mañana, The Wizard of Lies concurren en la lista que mayor exacerbación causa entre la bancada republicana.

Aunque no es ninguna novedad en el frente, desde el seno de la industria figuras como George Clooney, Steven Spielberg, Rob Reiner y Tim Robbins han contribuido descaradamente a esa línea de defensa de los postulados progresistas. Practicando en algunas fases de su carrera un cine de denuncia, aunque tibio en el cuestionamiento de las estructuras de poder; manifestando una crítica templada, siempre deformada o banalizada por esa voluntad innegociable de facturar un producto que la taquilla no repudie. O bien optando por un cine de perfil hagiográfico, que ponga de relieve las bondades morales y democráticas del personaje en cuestión, especialmente los expresidentes (Lincoln, All The Way, A la sombra de Kennedy).

El gran amigo americano (y su American Way of Life) empezó la conquista desde el cine. Lo apuntaba Costa-Gavras, director político donde los haya: “Todo el cine es político porque todas las películas, en el fondo, esconden cierta ideología y filosofía de su autores”.

Una cita aplicable al entramado de un Hollywood que nunca ha renunciado a ser la gran marquesina al mundo, desde la que poder arrojar una arma de reproducción ideológica, con su estilo de vida y la defensa de un sistema económico implícita en esta.

El momento actual se posiciona en una marcada distancia del cine propagandístico impulsado desde Hollywood en otros tiempos, el más reciente de estos, el cine probélico de la era Reagan. Ahora, sin embargo, el foco de la agenda progresista se ha desplazado a la cuestión identitaria. Las películas de Hollywood intentan conectar con las nuevas realidades sociales denunciadas y perseguidas desde el colectivo LGTB, el feminismo, el #Oscarsaresowhite y otros movimientos en defensa de derechos e igualdades.

Ahí tiene el foco puesto la nueva agenda ideológica de Hollywood, tal y como denota el triunfo de Green Book y la prácticamente paridad entre artistas blancos y negros que desfilaron por la última gala de los Oscar.  

Pero esa apuesta por una cierta igualdad y representación ecuánime no obedece a una decisión propia, sino empujada por las demandas sociales de un entorno al que interesa interpelar para que siga contribuyendo a la taquilla.

Mientras, en la otra corriente, la de un cine de denuncia más adherido a la causa demócrata, esta clase de revisión histórica que capitanea Adam Mckay, parece presentarse más empaquetada que en tiempos anteriores. El mensaje queda ahora supeditado a una forma presuntamente rompedora. Un envoltorio desacomplejado que desvía la atención sobre el supuesto impacto crítico adherido a un contenido que, por otro lado, se presenta en brocha gorda, edulcorado, servido para el entendimiento y disfrute de todos los públicos.

El cine de la contrahegemonía se ha vuelto inofensivo, lúdico, poco acerado y nimio. Una estampa que compone un recreo alejado al de ese cine “político” incisivo de los 70 con Sydney Pollack, Alan J. Pakula, John Frankenheimer (luego les seguirían otros) cuestionando el statu quo en la era Nixon. Parece que el cine combativo de la era Trump sigue adormecido o maniatado por la ingeniería neoliberal. Entre tanto, Hollywood propone una leve crítica (algo blanqueada) de esos períodos oscuros de la historia marcados por el jugo republicano. 

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