Opinión
“Nadie puede desaparecer del todo”: una reflexión a propósito del estreno de ‘La bola negra’

La memoria es el antídoto. No como una mera nostalgia o sinónimo de venganza, sino como lucha y herramienta para la democracia. Federico escribió en Así que pasen cinco años: “hay que recordar hacia mañana”.
La Bola Negra 2
Fotograma de 'La bola negra'.

Profesor Contratado Doctor de la Universidad Internacional de La Rioja. Investigador de la Asociación “Todos los niños robados son también mis niños”



25 sep 2026 09:45

Hay películas que cuentan una historia y películas que reabren una herida. La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pertenece a las segundas. Premiada por su dirección en Cannes y elegida para representar a España en los Óscar, construye una necesaria genealogía queer de nuestro país. Importan sus premios, pero más las preguntas que deja: ¿Cuántas vidas pueden ser expulsadas del relato común y qué cuerpos, voces e imágenes le faltan todavía a España para ser una democracia plena?

La película, envuelta en significativos momentos musicales y en una portentosa banda sonora de Raül Refree, se inspira en La bola negra, novela inacabada de temática homosexual de Federico García Lorca, y en La piedra oscura, de Alberto Conejero. El resultado no adapta una única obra: entrelaza materiales, épocas y lenguajes para imaginar lo que la violencia y el silencio dejaron inconcluso.

La historia se despliega en tres tiempos. En 1932, Carlos (Milo Quifes), único personaje abiertamente homosexual del borrador de la novela, es rechazado como socio de un casino. En 1937, Sebastián (Guitarricadelafuente), trompetista incorporado al bando golpista, oculta su sexualidad para sobrevivir y se rinde ante Rafael (Miguel Bernardeau), combatiente republicano. En 2017, Alberto (Carlos González) descubre los silencios que rodean las historias queer de la Guerra Civil y su vínculo con Lorca. El elenco sigue con Penélope Cruz interpretando a una cupletista, Lola Dueñas dando vida a la compleja madre de Alberto, y una historiadora encarnada por Glenn Close, reivindicando la homosexualidad de Federico y explicando el proyecto literario inconcluso del que nace el filme.

En el casino que retrata Federico, el procedimiento de admisión exigía que los socios votaran mediante bolas blancas o negras. Bastaba una bola negra para excluir al aspirante, en este caso por homosexual. Aquella bola es ese dolor transgeneracional que las personas LGTBIAQ+ llevamos atragantado en el pecho. La victimización y el trauma se heredan, pero también se hereda la lucha, a veces en forma de películas como esta. Somos depositarios de las reivindicaciones que nos han permitido llegar hasta aquí y custodios de su continuidad ante el retroceso de derechos. Reivindicar prácticas, expresiones, identidades, orientaciones y afectos no normativos es un acto de resistencia: es vomitar esa bola negra y usarla de tope en la puerta del armario para que no vuelva a cerrarse.

El arte nos ayuda a hacer más pequeña esa bola negra. De esto Federico, con las limitaciones de su tiempo, sabía mucho. En El amor duerme en el pecho del poeta escribió: “Yo te oculto llorando, perseguido / por una voz de penetrante acero”, y terminó con una advertencia que todavía nos alcanza: “¡Mira que nos acechan todavía!”. El arte nos ayuda a hacer más pequeña esa bola negra que llevamos atragantada en el pecho.

Cuando persiste la LGTBIfobia, la libertad del arte debe ofrecernos lugares seguros donde sentirnos reconocidos. La memoria LGTBIAQ+ no es una nota al pie de la memoria democrática, sino una dimensión imprescindible. La persecución no castigó sólo ideas políticas: reprimió cuerpos, deseos y maneras de amar. Estas fueron violencias de género perpetuadas por el franquismo. Recuperar esas vidas no añade diversidad a un relato ya cerrado, obliga a reescribir el relato entero bajo un enfoque integral de género.

Nadie desaparece por completo mientras alguien pronuncie su nombre, pero toda desaparición impuesta perdura cuando el Estado no busca, no identifica, no investiga ni repara.

La piedra oscura de Conejero convierte esa memoria en la escena de las últimas horas de Rafael Rodríguez Rapún, último gran amor de Federico. Tras el asesinato del poeta, se incorporó al frente republicano y murió en 1937 a consecuencia de las heridas recibidas en combate. Conejero imagina su encuentro con Sebastián, el joven soldado que lo custodia en un hospital militar, y convierte una habitación casi desnuda en un espacio de transmisión. En esa habitación, la memoria deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad. Rafael sabe que puede morir y necesita confiar al soldado una misión: salvar los textos de Federico, impedir que los asesinos maten también sus palabras. Al final, pregunta: “No voy a desaparecer del todo, ¿verdad? Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?”. La frase contiene una esperanza y una acusación. Nadie desaparece por completo mientras alguien pronuncie su nombre, pero toda desaparición impuesta perdura cuando el Estado no busca, no identifica, no investiga ni repara.

España sigue habitada por esa ausencia: personas asesinadas en fosas y cunetas, y menores de edad víctimas de desaparición forzada. A estos cuerpos “los” desaparecieron porque no importaban, y eran más prescindibles aún si formaban parte de un género desviado. Mientras no aparezcan, se produce una triple desaparición: primero, la sustracción o eliminación física; después, el borrado documental, social y afectivo; por último, la desaparición institucional que nace de la falta de búsqueda, verdad y justicia. Cada día de demora actualiza el daño y revictimiza. Ese continuum de violencias ya no pertenece sólo al pasado, sino que compromete al Estado democrático.

Frente a ello opera una memoria analgésica, aquella memoria oficial que conmemora sin incomodar, administra reconocimientos sin abrir todos los archivos y convierte el duelo en ceremonia para calmar el dolor sin tratarlo jurídicamente. En 2025, el Gobierno reconoció entre otros a Federico como víctima de la guerra y la represión franquista. Ante la necesidad de ir más allá, en 2026 la ARMH volvió a pedir la desclasificación de documentos sobre el asesinato de Federico. No basta honrar al símbolo mientras se mantienen zonas de sombra sobre la víctima, por no mencionar los topes a la justicia. No rechazo el homenaje ni la reparación simbólica, rechazo que se convierta en sustituto disuasorio para alcanzar una justicia integral.

Por eso debemos pensar la desaparición desde tres derechos inseparables. El habeas corpus reclama el cuerpo sustraído y la obligación de localizarlo. El habeas data exige los datos: archivos, expedientes, nombres, filiaciones y documentos sin los cuales no hay identidad ni acceso a la verdad, mediante diversas formas de censura. El habeas imago reivindica las imágenes reelaboradas y huellas sensibles de una vida —fotografías, películas, voces—, porque también se desaparece a alguien al privarlo de representación. Representar significa devolver a alguien una posición en el mundo, es hacerlo reaparecer frente a la barbarie del acto desaparecedor. Cuerpo, información e imagen sostienen presencia, identidad y memoria. Sin los tres, la reparación queda incompleta.

No hemos localizado el cuerpo de Federico ni conocemos registros sonoros de su voz. Conservamos manuscritos, fotografías, testimonios y música, pero no su cadáver ni su timbre. Esto es muy simbólico, tal vez él no quiere ser encontrado mientras este país no imparta una justicia integral a las víctimas.

Su ausencia aparece presentida en Fábula y rueda de los tres amigos: “Comprendí que me habían asesinado […] Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron”. En Gacela de la muerte oscura escribió: “pero que todos sepan que no he muerto”.  Y en la pieza surrealista El paseo de Buster Keaton, el protagonista, abrumado por el miedo a la muerte, es asesinado de un disparo en un campo de grillos. Ocho años más tarde, la realidad imitó trágicamente al arte en el camino entre Víznar y Alfacar.

Federico representó su desaparición antes de que ocurrieran los hechos. Y varias creaciones recientes lo hacen a posteriori, rodean ese vacío sin fingir llenarlo.

Federico representó su desaparición antes de que ocurrieran los hechos. Y varias creaciones recientes lo hacen a posteriori, rodean ese vacío sin fingir llenarlo, como ya hemos visto en la película de Calvo y Ambrossi y en el teatro de Conejero. Son una constelación estética de habeas contra la desaparición. La exposición Lorca y el archivo. Memoria en movimiento interroga cómo los documentos conservan y transforman su figura. En la obra de teatro documental Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva de María San Miguel y Proyecto 43-2, objetos, testimonios e imaginación viajan hasta el fondo de la tierra. En escena se reconstruye un esqueleto (¿será el de Federico o el de todos los Federicos que siguen desaparecidos?). Con la ternura del hueso a hueso, el teatro ensaya el gesto que la democracia debe completar: reunir el cuerpo disperso y devolverle forma e identidad. El arte no exhuma, pero puede enseñarnos a mirar la fosa sin apartar los ojos. La oscuridad aciaga de la fosa que vacía los ojos, la boca y el estómago de esta democracia.

En la encrucijada paradójica de la desaparición sin muerte se situó “90 años sin tumba”, homenaje de la Fundación Pedro Zerolo, el Archivo Arkhé y la Red Memorialista LGTBIQ+. Noventa rosas rojas, una por cada año transcurrido desde su asesinato y desaparición, cubrieron Ruina, instalación de Eugenio Merino que recrea el cuerpo del poeta y hace visible la tumba ausente. Las flores no llenan una fosa, pero dibujan su contorno. No sustituyen la justicia, pero denuncian su ausencia. Federico es símbolo para las sexualidades no normativas por haber sido asesinado por el franquismo. Y porque su desaparición no puede separarse de las demás.

“Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?”, pregunta Rafael. Quisiera abrazarlo contra mi pecho, como si mi corazón pudiera devolverle algo de justicia y responderle que no,  que ni él ni las personas desaparecen por completo mientras alguien reclame justicia. Hay que abrir los archivos, devolver imágenes, recuperar datos, buscar e identificar cuerpos, investigar responsabilidades y reparar. Sólo entonces la memoria dejará de administrar ausencias y las flores no crecerán únicamente sobre cuerpos desconocidos. Sólo entonces el Estado dejará de crear falsas soluciones para mantener la impunidad y la pregunta de Rafael podrá recibir una respuesta que no sea únicamente poética, sino también política y jurídica. Ningún Estado democrático debería permitir que alguien continúe desapareciendo.

La memoria es el antídoto. No como una mera nostalgia o sinónimo de venganza, sino como lucha y herramienta para la democracia. Federico escribió en Así que pasen cinco años: “hay que recordar hacia mañana”.

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