Los hermanos Ross te enseñan esos (muchos) otros Estados Unidos que no suelen asomar en el cine de Hollywood

El festival de cine independiente estadounidense Americana dedica la retrospectiva de su nueva edición a dos cineastas que desafían los límites entre realidad y ficción: usan técnicas del documentalismo para explorar qué sucede en los marcos narrativos que han diseñado para que los habiten actores no profesionales.
Fotograma de la película ‘Gasoline rainbow’ de los hermanos Ross
Fotograma de la película ‘Gasoline rainbow’ de los hermanos Ross.
15 mar 2026 06:00

El segundo largometraje de los hermanos Ross, Tchopitoulas, era una especie de Jo, ¡qué noche! de no-ficción que mostraba la larga noche de vagabundeo de un niño, dos de sus hermanos y su perro por una Nueva Orleans festiva, musical, canalla, viva y oscura. Las estampas de los tres chicos afroamericanos de familia numerosa (y aparentemente problemática) se alternaban con fragmentos de espectáculos eróticos, de interpretaciones de músicos callejeros, de charlas entre desconocidos en espacios públicos.

La sorpresa es que Tchopitoulas era una composición: los cineastas estuvieron recorriendo la ciudad con su cámara digital durante ocho meses, e incorporaron algunas secuencias entre la pequeña odisea de los chicos. Después de un primer largo documental de apariencia más ortodoxa, 45365, el dúo comenzaba a trabajar claramente las zonas híbridas, inciertas, de eso que suele llamarse documental de creación.

Posteriormente a la presentación de este segundo largometraje, llegarían nuevas propuestas. En sus últimos filmes, quizá han dado una vuelta de tuerca a la relación de su cine con la realidad, retomando y reforzando el uso de un marco narrativo claro. Por el camino, tal vez han reforzado el atractivo de su cine, que continúa alejado de las convenciones de Hollywood, que sigue siendo observacional, pero que sigue siéndolo de una manera que puede ser potencialmente más seductora.

Para Bloody nose, empty pockets, escenificaron el último día de funcionamiento de un bar de Las Vegas preparando un local y rodando durante tres días en Nueva Orleans con una mezcla de actores y humoristas de la escena local y (¿supuestos?) parroquianos descubiertos por los cineastas en bares de la ciudad. El resultado tiene algo de sit-com amarga, o de reality show de autor, que desprende una rara autenticidad. En Gasoline rainbow, reclutaron a diversos adolescentes para encarnar a un grupo de amigos que se embarcan en un viaje para celebrar el final del instituto y abrazar lo que vendrá. El resultado es una bella película de carretera y de iniciación (agridulce, de nuevo) a la vida adulta. Y el rodaje de guerrilla hizo que el viaje fuese real. O casi.

Con cinco largometrajes a las espaldas, los Ross han visitado Barcelona con ocasión de la retrospectiva que les dedican el Festival Americana y la Filmoteca de Catalunya. El festival termina el domingo 15 de marzo, pero las proyecciones del ciclo se extenderán hasta el día 31 del mismo mes. Algunos de los largometrajes están disponibles en plataformas como Filmin o Mubi.

La realidad ya no es lo que era

En las entrevistas que han concedido a lo largo de los años, este dúo de cineastas de Ohio ha mostrado un cierto hartazgo ante la insistencia de crítica y público en conocer qué situaciones mostradas en sus películas son reales y qué situaciones son escenificadas. “Para mí no es tanto ficción o no ficción, sino usar todas las herramientas a nuestra disposición para alcanzar una verdad mayor. Acostumbramos a trabajar con actores no profesionales en entornos reales para conseguir colectivamente llegar a algo que puede no ser la realidad, pero que es algo verdadero”, explica Turner Ross.

“Algunas de nuestras películas a veces pueden ser difíciles, por esta inconcreción sobre si las cosas son reales o escenificadas, pero creo que eso puede generar buenos debates”, considera Turner Ross

Esa forma de trabajar genera indeterminaciones interesantes. Una escena de crueldad, por poner un ejemplo, no se recibe de la misma manera si el publico piensa que es realidad documentada o es una ficción. ¿La incertidumbre abre la puerta a que el público se relacione de manera más abierta con las imágenes, que las piense de una manera menos condicionada por la artesanía narrativa y estética de los autores que están detrás? “Así lo espero. Supongo que algunas de nuestras películas a veces pueden ser difíciles, por esta inconcreción sobre si las cosas son reales o escenificadas, pero creo que eso puede generar buenos debates”, considera Turner Ross. “Esperamos que complique las cosas para bien”, desea su hermano Bill, quien aclara que “por eso dejamos de etiquetar lo que hacíamos con cualquier etiqueta relacionada con el documental, aunque usemos muchas de las técnicas de la no-ficción, porque muchos de los esqueletos narrativos están evaluados, o preparados”.

Ambos cineastas recalcan que no están interesados en el documental en clave periodística. Y también hay algo de condicionamiento logístico en sus planteamientos: “Nos parece más interesante, y también más viable, alcanzar la verdad de algo a través de un acercamiento donde construimos un marco que no intentando pescar esa verdad”, afirma Turner Ross.

Esta naturaleza de construcción o modelado de un entorno no implica, ni mucho menos, que los realizadores rechacen el azar: “Sabemos lo que queremos encontrar, sabemos lo que deseamos terminar encontrando, pero mucho de lo mejor que hacemos es capturar cosas que no habíamos anticipado que encontraríamos”, continúa Turner Ross. “Por eso trabajamos con esta libertad, sin dictar a cada persona del grupo lo que tiene que hacer. Creamos un contexto y guiamos a los actores en ese contexto, pero estamos más interesados en la expresión accidental de los individuos en el marco que hemos diseñado”, concluye.

Sin tesis en unos Estados Unidos de tiempos muertos

Hasta ahora, los largometrajes de los Ross parecen mostrar una cierta aversión a generar discursos o defender tesis de una manera explícita. Turner considera que ambos hablan a menudo de temas que no necesariamente terminan apareciendo explícitamente en la pantalla. Pone como ejemplo una cierta tendencia, que ambos cuestionan, a relatar la historia de los Estados Unidos en clave mitificadora, generadora de mitos más o menos unitarios.

Esos mismos temas no están del todo explicitados en la pantalla, pero acaban condicionando la manera de plantear sus proyectos: “Nuestra cultura es mitificadora, pero no hay una sola América, ni una sola historia de América. Si queremos hacer películas con otras personas y para otras personas, tenemos que estar abiertos a diferentes puntos de vista. Aunque nosotros tengamos unas ciertas creencias personales y políticas, colaboramos con gente que puede tener las opuestas, así que intentamos mantenernos abiertos”, explica Turner. El propósito del cineasta es no limitarse “a decir ‘esto es lo que pensamos que es el mundo’, mientras descartarmos otros puntos de vista. Nos parece más interesante hacer preguntas susceptibles de crear un debate fuera de la sala que reunir a la audiencia con el propósito de contestar sus preguntas”.

Con todo, se pueden ver hilos temáticos posibles en la filmografía de los Ross Brothers. E intereses recurrentes, como un cierto gusto por los medios tiempos, las esperas, las situaciones de tedio, que son un porcentaje significativo de nuestras vidas, aunque el cine no suela ir por esta linea. “Creo que el espacio entre las notas siempre es más interesante que las notas mismas. El grueso de nuestras vidas son esos momentos. Los espacios intermedios, los momentos de pausa, son parte de nuestro proceso, porque sabemos que queremos ir del punto A al punto B, pero hay ese espacio intermedio que es el interesante. Y lo mejor es lo que sucede cuando nos desviamos, lo que sucede cuando no tenemos presente a dónde teníamos que ir, lo que sucede ahí cuando estamos mirando aquí”, afirma Turner Ross.

Películas como Bloody nose, empty pockets o Gasoline rainbow también pueden verse como retratos de sensaciones de ausencia de futuro, o de frustración ante un futuro nada prometedor. Los adolescentes de este último filme parecen escépticos ante lo que puede depararles la vida. ¿Es algo representantivo de ciertas personas y de ciertas circunstancias, o es algo más compartido, más estructural, en unos Estados Unidos donde a la larga resaca posindustrial se le ha unido el crac financiero, el efecto Wallmart, la concentración de riqueza alrededor de los gigantes tecnológicos y tantas otras sacudidas económicas?

Los últimos filmes de los Ross hablan de finales que no son solo cierres, sino finales de etapa que abren el camino a otra cosa posible

La misma premisa de Bloody nose, empty pockets, por ejemplo, puede funcionar en clave alegórica: gente bebiendo y haciendo tiempo mientras espera el final, con la gentrificación como posible tema paralelo de fondo. Con todo, los últimos filmes de los Ross hablan de finales que no son solo cierres, sino finales de etapa que abren el camino a otra cosa posible. Así que un cierto clima elegíaco se combina con la expectativa de que quizá (¿solo quizá?) pueda venir algo que merezca la pena.

Los proyectos del dueto llegan a ser de largo desarrollo, y los periodos de montaje suele extenderse durante muchos meses. La sostenibilidad de todo ello se basa en que montan y filman para otros cineastas y artistas, incluida Taylor Swift, y en que mantienen unos presupuestos muy bajos, de subsistencia, para poder mantener el control de su obra. “Colaboramos con productoras, organizaciones, inversores privados, y todo ello se ha ido convirtiendo en una manera de trabajar sostenible... No nos volvemos ricos, pero vivimos vidas ricas”, explica entre risas Turner.

Para terminar, Bill declara que esta visita al festival Americana ha supuesto una bonita manera de descansar de la tarea de montar su próxima película, que presentarán en 2027: “Intentamos abordar toda la historia americana en 90 minutos y deconstruir todos los mitos y las estupideces sobre los que se construyó el país”.

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