Olatz González: “La imagen es poderosa porque escapa completamente al control del realizador”

“Antropóloga purista” por autodefinición y cineasta, Olatz González apuesta por el uso de la imagen como objeto antropológico en sí mismo y por un cine etnográfico despojado de sentido.

Olatz González
Olatz González. Víctor Serri

publicado
2018-02-09 06:30:00

Roy Wagner decía que la cultura no aparece hasta que es confrontada. Olatz González Abrisketa (Bilbao, 1973), doctora en Ciencias Políticas y Sociología, profesora de Antropología Social en la Universidad del País Vasco, añade: “Y en el momento en que es confrontada, se transforma”.

“Antropóloga purista” por autodefinición y cineasta, Olatz González apuesta por el uso de la imagen como objeto antropológico en sí mismo y por un cine etnográfico despojado de sentido. Ella lo tiene claro: es el espectador, quien, a medio camino entre sujeto pasivo y activo, debe conferir el sentido a las imágenes. De esta manera, el espectador es el que genera su propio conocimiento antropológico de la escena que visualiza, tan válido como cualquier otro. Ese conocimiento, no obstante, es finito, ya que, como remarca en esta entrevista, la realidad nunca es una, como tampoco es uno el ser humano.

Bajo los influjos del perspectivismo, es decir, la construcción de uno mismo a partir de la alteridad, Olatz González tiene claro qué lugar ocupan conceptos clave como cultura, realidad o individuo.

La utilización de imágenes en investigación antropológica siempre ha estado en un segundo nivel. Parece que, ahora, la tendencia cambia. ¿Por qué se ha esperado tanto?
Las imágenes en antropología siempre se han usado, pero no de la manera que se usan ahora. El cine y la antropología nacieron en paralelo. Franz Boas hizo trabajos antropológicos experimentales con su propio cuerpo y con la imagen. No es cierto que la imagen haya estado marginada de la antropología, pero sí lo ha estado de la academia. En estos momentos, la academia se enfrenta al reto de generar criterios para poder valorar ese uso de las imágenes, el producto audiovisual antropológico. El encaje entre lo académico y lo audiovisual aún resulta muy complicado.

El mundo de la academia es tremendamente obtuso…
Eso es normal, porque los académicos suelen alcanzar un cierto nivel de conceptualización, y eso debe continuar así, en mi opinión. No obstante, ahora, con las herramientas que tenemos, es muy fácil producir un producto audiovisual, ya que cualquiera puede hacer una película con el móvil. Esto hace que tengamos un acceso a lo audiovisual que antes no existía, pero dentro de la academia aún hay cierta resistencia a la imagen, básicamente porque los profesores tienen problemas a la hora de evaluar esos productos audiovisuales antropológicos. No hay unos criterios para saber si un producto es válido o no. En estos momentos nos encontramos con un alumnado que exige poder presentar esa clase de trabajos, así que habrá que hacer un esfuerzo de reciclaje para incorporar lo audiovisual a la evaluación.

La dicotomía entre objetividad y subjetividad ya no es un problema para nadie y se debe considerar como algo pasado

El antropólogo no tiene manera de evaluar un producto audiovisual antropológico, pero el espectador tampoco. Una cinta audiovisual no deja de ser una selección de imágenes, un plano, una iluminación… Hablamos de productos totalmente subjetivos. ¿Cómo se respeta el pacto con el espectador? ¿Cómo sabe este que lo que está viendo es cierto y no ha sido manipulado? ¿Crees en la objetividad?
La objetividad no existe ni siquiera en la ciencia. Los científicos deciden sobre qué hacen investigación. Dirigen la mirada hacia lo que para ellos es pensable. La dicotomía entre objetividad y subjetividad ya no es un problema para nadie y se debe considerar como algo pasado. No podemos salir del universo humano.

Lo que hace la ciencia es medir aquello que puede ser medido, y la efectividad de esa medición nos genera la ilusión de objetividad, pero hay cientos de cosas que en cada época quedan fuera de esa posibilidad de medición, porque son inconcebibles, inconmensurables. Siempre hay un contexto y una toma de decisiones.

Al tratar con la imagen, hay cierto nivel de significado desde el momento en que tú decides cómo grabar un plano. Tú decides qué va a estar dentro de esa imagen. Aun así, no eres completamente dueña de esa imagen, porque la audiencia va a hacer de ella una interpretación y va a encontrar significados que tú no has encontrado o no has sido capaz de anticipar. La imagen es poderosa porque escapa completamente al control del realizador.

En el cine antropológico y etnográfico que tú haces, ¿cómo sabe el espectador que lo que cuentas es cierto y no ha sido manipulado?
En antropología esto se resolvió cuando Clifford Geertz escribió sobre la autoridad. Él decía que la buena antropología no depende de la concordancia entre lo que tú cuentas y los hechos, sino en cómo se cuenta, cómo recibe el lector, en este caso, lo que tú cuentas. Cuando hablamos de verdad y de realidad, tenemos que ser conscientes de que la realidad es un pacto de construcción de unos significados y unas relaciones. Lo que no podemos es colocar la realidad fuera del momento de interpretación.

No se puede comparar el periodismo y el pacto que se adquiere con el lector con la antropología. El antropólogo debe ofrecer un relato antropológico que genere pensamiento y que tenga una coherencia interna, pero no puede ser verificado. La honradez y la franqueza de lo que se cuenta es ético-metodológica, pero no hay posibilidad de una verificación. No podemos olvidar que la cultura se genera en el momento en que suceden los hechos. La antropología no tiene una verdad intrínseca, porque la cultura es movimiento y proceso, pero sobre todo encuentro. La cultura no aparece hasta ser confrontada y por eso se transforma constantemente. Además, el trabajo de campo actúa performativamente sobre los sujetos estudiados, por lo tanto, nunca se van a comportar de la misma manera. Su comportamiento no es aséptico ni inmune a esa presencia.

Cuando te interesas por la vida de alguien, indagas y le preguntas por ella, esa persona va a hacer una reflexión sobre su propia vida, y es ahí donde se genera el hecho cultural: en el encuentro, en el momento en que el sujeto reflexiona sobre lo que es, ya sea informante o antropóloga. La ciencia mecanicista y objetivista de los siglos XVIII y XIX no ofrece un marco válido de legitimidad a la antropología. La cultura no se puede validar. Los documentales ofrecen un encuentro, no ofrecen una realidad objetiva ni objetivable, porque la realidad también es en movimiento.

Tú sugieres que el espectador se transforme en antropólogo y le dé su propio sentido a lo que visualiza. Entonces hablamos de múltiples antropologías… Ninguna es mejor y todas son válidas, entiendo.
En las películas etnográficas o antropológicas, el espectador debería recibir el contexto y así convertirse un poco en el antropólogo cuando se enfrenta al campo, cuando se acerca a una realidad desconocida. ¿Qué nos dice la realidad? Mi trabajo como cineasta y antropóloga consiste en acercar esas realidades que son ajenas, la alteridad, a través de una película. Como dice Alain Bergala, el cine posibilita el encuentro con la alteridad, que no deja de ser la realidad del otro que me interpela. Por eso debe ser un acto limpio, sin demasiado discurso y sin sentido adherido. Debe otorgar el protagonismo al objeto, a la especificidad de eso que se graba, que no es lo mismo que sea objetivo. Simplemente se trata de ocultar lo máximo posible la inteligencia y la sapiencia del realizador.

¿No buscan la antropología, o la sociología, patrones a partir de la deducción? ¿Cómo puede saber un espectador que ciertos comportamientos culturales responden a un hecho u otro si no se le explica?
No hay que explicárselo.

¿No hay que ayudarle a comprender el significado de ciertas cosas, de imágenes, de objetos?
No, nunca. No hay que pretender que el espectador conozca el significado de las cosas. Él tiene que hacer sus propias construcciones de sentido. En ese sentido, el espectador genera otro conocimiento, que resulta igual de válido. Cada persona, dependiendo de su propia realidad, hará una construcción u otra. Pretender que una imagen genere el mismo sentido y creer que ese sentido es absoluto, es una falacia.

Las personas tenemos varios niveles de posición en el mundo dependiendo de con quién nos relacionamos en cada momento

¿Qué pasa si se genera o se interpreta un sentido opuesto a lo que el cineasta / antropólogo quiere transmitir?
¡Da igual! Entiendo la obsesión por el ajuste con la realidad, pero… ¿quién conoce la realidad? El conocimiento antropológico no remite a una validación objetiva, remite al pensamiento, a hacer relaciones, y dependiendo de tu historia, vivencias, conocimientos, etcétera, harás unas relaciones u otras.

Una de las teorías más importantes en la antropología contemporánea es la de Viveiros de Castro, el perspectivismo: lo que en realidad existen son perspectivas. La perspectiva no es cómo un sujeto ve la realidad o desde dónde la ve. La perspectiva es una posición relativa, no en el sentido de ser arbitraria, sino relacional. Eres dependiendo de quién te mire, cómo te mire y dependiendo de en qué posición estás respecto a la otra persona. Me gusta más el concepto de punto de vista, ya que retiene tanto la subjetividad de la perspectiva como el ser objeto de otra mirada. Las personas tenemos varios niveles de posición en el mundo dependiendo de con quién nos relacionamos en cada momento.

La multiplicidad de roles, la construcción a partir del otro.
La multiplicidad de roles que desempeñamos constituye nuestra esencia. El tema es que nunca terminas de construirte, lo que Gilbert Simondon llama la individuación: no puedes individuarte porque eres un ser vivo. Un diamante está individuado, no una persona. O bueno, podemos decir que nos individuamos a perpetuidad, porque tomamos posiciones y nos relacionamos de manera constante.

Olatz González, en un momento de la entrevista
Olatz González, en un momento de la entrevista. Víctor Serri

Para obtener una imagen limpia y despojada, ¿debemos prescindir, por ejemplo, de voces en off o música?
No necesariamente. Si tú crees que tu película gana con una voz en off, adelante. Yo adoro las voces en off de Rouch, Herzog, Varda o de Jørgen Leth. A veces es un elemento más en juego, simplemente. El sentido que tan nocivo me parece para el cine no tiene que ver con qué herramientas se usan, tiene que ver con el “quiero decir esto, quiero decir lo otro, quiero abrir los ojos a este sector de la población que no es consciente de esto…”. Eso es el sentido: intentar imponer tus ideas sobre el material.

Para mí, realizar una película consiste en lo opuesto: intentar despojarla de la pretensión educativa e incluso de lo ideológico, por imposible que parezca. No pensar “con este plano, lo que quiero decir es esto”. La guía es estética: cómo puedo mostrar esta alegría, de qué manera soy fiel a ese color, qué tipo de plano transmite mejor lo que para mí es esta gente. Y si se considera que la voz en off ofrece un matiz que mejora la película, que se use. Aunque no es fácil.

No obstante, hablamos de trabajos antropológicos parciales, ya que hay elementos que la cámara no puede captar, como la frialdad de unas manos o un olor. Hablemos del cine documental de Ken Loach, ¿se podría considerar un trabajo antropológico, en cierta manera? Uno de sus trucos es no dar nunca el guión completo a los actores, para, mediante el factor sorpresa, conseguir interpretaciones más realistas. De todas maneras, sus películas están cargadas de sentido y dejan poca posibilidad la interpretación, ya que la carga ideológica es muy fuerte.
Lo que Ken Loach hace es intentar que sus actores no generen un sentido en la escena. En el cine, las imágenes se saturan fácilmente y en la mayoría de las ocasiones, en lugar de ver una imagen, ves lo que piensa el director. Eso es horrible. Eso es como cuando alguien intenta ser ocurrente. A mí, ese tipo de productos audiovisuales no me dicen nada.

En el caso de Ken Loach, todas las películas llevan su sello. El sello Loach suele ser inconfundible. Lleva veinte años trabajando con Paul Laverty, quien se ocupa de los guiones. Sea como sea, su cine es inconfundible.
Sí, el estilo. A mi particularmente me gustan más los directores que cambian y que intentan ir contra sí mismos. A nivel antropológico, a mí lo que me interesa es descolonizar el pensamiento, ir en contra de uno mismo, no intentar transmitir lo que yo pienso sobre la realidad, sino ponerlo en cuestión y acercarme a gente que sea distinta a mí. Yo siempre intento trabajar con gente que ponga en cuestión mi propia ideología.

En una ocasión escribiste: “Con frecuencia la situación del objeto tradicional de la antropología, culturas o grupos subyugados o sometidos a duras condiciones de existencia y en peligro de desaparición, ha provocado un sesgo social en los trabajos de antropología que incide sólo en lo inhumano e injusto de la situación y en la búsqueda de culpables, o que centra la argumentación en un sentimiento de pérdida cultural. En ellos, el objeto (nunca mejor dicho) aparece reducido a su condición de víctima y, a pesar de que la película pueda o no remover la conciencia del espectador, mantiene intactas las estructuras jerárquicas que pretende romper”. ¿Está cambiando esta tendencia?
Sí, ha cambiado mucho. Durante los últimos tiempos, los estudios de ciencia y tecnología han cambiado el objeto de estudio. Se está escribiendo mucho sobre cómo nos gobiernan las élites, cómo gestionan las administraciones… Ahora se mira más hacia el poder, no obstante, se continúa trabajando con grupos marginados.

La idea no es con quién se trabaje, sino la posición que adopta el antropólogo: si el antropólogo quiere denunciar, es probable que victimice a la comunidad de estudio, y se tratará de un trabajo antropológico deficiente, porque la antropología busca mostrar la complejidad de toda vida, mostrar todas sus dimensiones. Esto lo explica y critica Loïc Wacquant en Merodeando las calles. Se trata de acercarse a la gente, de mostrar su día a día, sus relaciones. No me gusta la mirada documental que parte de una idea preconcebida que quiere validar con imágenes, sino el asombro, el descubrimiento. No me gusta lo moralizante.

¿Cuánto tiempo se debería dedicar para obtener un buen trabajo de campo?, ¿se puede llegar a un conocimiento real con poco tiempo de estudio de una comunidad?
Se puede perfectamente. Hay grandes antropólogos que han hecho trabajos de campo cortos. Fíjate en Lévi-Strauss, con escaso trabajo de campo ha marcado la antropología. El trabajo de campo no tiene que ver con una observación participante prolongada, sino con la calidad de los momentos durante los que se realiza la observación, con la capacidad de relacionar matices, con la capacidad de encontrar los elementos cualitativos de la escena… También tiene que ver con la propia capacidad de análisis y de mirada incisiva.

Es deseable dedicar tiempo a las cosas, a todas, pero no es un requisito indispensable para hacer buena antropología. Los trabajos de campo prolongados dan acceso a otro tipo de conocimiento, más encarnado. Quizás por eso Lévi-Strauss estaba obsesionado con encontrar las estructuras elementales del pensamiento.

Se adquieren productos distintos…
El tiempo forma parte de las posibilidades de una etnografía y eso es lo que vale a la hora de escribir: la honestidad con lo que se ha hecho y hasta dónde se ha llegado es la que ofrece el camino para saber qué tipo de producto es posible. El producto debe ser acorde al tipo de etnografía realizada, ahí radica su éxito y no en que se haya estado más o menos tiempo, aunque en este caso como en la mayoría de las cosas, cuanto más tiempo dedicas mejor lo vas a hacer.

Vivimos en la época de la categorización, pero también en la época de la confluencia. ¿Cómo ves que la antropología beba de la sociología, sobre todo, y de otras disciplinas, y viceversa?
Soy bastante purista. Para mí, lo propio de la antropología son la observación participante y la descripción etnográfica, no la entrevista o el análisis del discurso, por ejemplo. Nos podemos mezclar en los límites, ceder o adoptar herramientas, pero no olvidar la esencia de nuestro trabajo. A mí me interesan mucho el arte, la filosofía, determinada sociología, pero si perdemos la especificidad del trabajo que realizamos, ¿qué es lo que ofrecemos?

En antropología, hasta hace poco, se usaba el cine como medio y tú apuestas por usarlo como fin. Ee cine como producto final.
Exactamente. Cuando yo me refiero al cine etnográfico hablo de hacer un producto que genere una forma de acercamiento al conocimiento antropológico que no tiene que ver con discursos, con sentidos. Se trata de ofrecer una experiencia etnográfica: acércate a este mundo, mira lo que hace esta gente y saca tus propias conclusiones. Otra cosa es utilizar grabaciones como metodología de campo o incluso películas para realizar análisis. Pero los tres modos de acercamiento a la imagen han existido en la antropología desde sus inicios. Pero sí, yo utilizo mayoritariamente el primero.

Lo que se dice de la democratización de la cultura, de que la cultura es para todos, es una mentira

¿Qué cabida tiene este tipo de cine en festivales y circuitos comerciales?
Menor. Estos productos audiovisuales tienen un público limitado. Pero es cierto que cada vez la gente se interesa más por el documental, pero hay poco dinero, no existe una industria como tal, y si existiera, quizás sería peor.

A veces hay películas documentales que funcionan muy bien en la taquilla, como The act of killing, que estuvo varias semanas en cartelera. Lo que se dice de la democratización de la cultura, de que la cultura es para todos, es una mentira. Solo si se convierte en religión o producto de consumo, como sucede hoy en día con los grandes museos y la gestión cultural, puede ser la cultura algo mayoritario.

Todos tenemos cultura, nos enfrentamos a las cosas de maneras diversas, pero somos relativamente predecibles, actuamos y pensamos en concordancia con una tradición, con un mundo, con un modo de hacer. La cultura resquebraja un poco eso, y por eso siempre ha sido y será marginal.

Paul Klee decía que el arte hace un llamado a un pueblo que aún no existe. Por eso el arte suele aceptarse, ser aprehendido por la mayoría, al cabo de muchos años de haberse producido. El arte es arte en la medida en que te cortocircuita en algún sentido. Hay que sufrir cierto desapego para hacer y sentirse conmovido por el arte y a la mayoría de gente le gusta estar conectada, ser parte de algo, comprender.

Nosotros, como dice Castaneda, vivimos en un universo simbólico en el que ingresamos desde la infancia, vivimos en una descripción del mundo y rechazamos cualquier cosa que la ponga en cuestión. Lo que hacen el arte y la cultura es precisamente eso. Ofrecen otras formas de ver y de pensar. Mejor dicho, otros mundos. Estos procesos difícilmente pueden ser masivos, creo.

1 Comentario
#8258 19:03 11/2/2018

Gracias por el artículo¡ y qué gran descubrimiento Olatz Gonzalez

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