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Fotograma de la serie ‘Heated Rivalry’.

¿Por qué el romance queer ‘Heated Rivalry’ nos devuelve algo de esperanza en el futuro?

Todas estamos seguras en ‘la cabaña’ que nos ha dado la serie que en español han traducido como ‘Más que rivales’.

Este viernes 5 de febrero, llegaba a España Heated Rivalry, o Más que rivales, como se ha traducido al castellano. A decir verdad, decir que llegó a España este pasado viernes sería, de alguna manera, mentir. Esta serie, creada por Jacob Tierney y que ha llevado a la pequeña pantalla los libros de Rachel Reid —de la saga Game Changers— ,vio la luz por primera vez el 28 de noviembre de 2025, pero tan solo en Canadá y Estados Unidos, donde se estrenó respectivamente en Crave y HBO Max.

El éxito fue claro desde el primer episodio: en su primera semana acumuló aproximadamente 30 millones de minutos vistos, y a finales de diciembre la serie ya superaba 300 millones de minutos de reproducción semanal, con un promedio de alrededor de 9 millones de espectadores por episodio en Estados Unidos.

Desde entonces, no solo en estos dos países, sino que en todo el mundo se descargaron VPNs, se crearon grupos de Telegram donde se enviaban enlaces “piratas” a los capítulos, con subtítulos puestos por fans que decidieron hacer de la serie un fenómeno. En cuestión de semanas, Heated Rivalry se convirtió en la serie más vista de finales de 2025, las redes sociales se llenaron de edits con las imágenes de sus protagonistas, y cientos de jóvenes empezaron a escribir fanfics con historias alternativas de sus personajes.

Heated Rivalry muestra la historia del canadiense Shane Hollander y el ruso Ilya Rozanov, los jugadores estrella de la competición ficticia Major League Hockey (lo que sería NHL) y archirrivales en el juego, pero que desde el inicio de sus carreras se ven envueltos en una relación, al principio sexual, pero que conforme avanza la serie se convierte en algo más profundo (y que explora temas de identidad, amor y rivalidad).

La historia de Ilya y Shane no tardó en hacerse viral también en España a través de esos canales de Telegram, carpetas de Drive y otro sinfín de alternativas ocultas. Hasta Movistar+, la plataforma que obtuvo los derechos y que emite la serie en España desde este 5 de febrero, era consciente de que poca gente la vería por primera vez por vías oficiales: “Dos semanas y Más que rivales será toda vuestra (otra vez)”, se leía en los tweets oficiales de la plataforma de streaming.

Ahora bien, ¿a qué se debe tal obsesión? Porque es la palabra que mejor se ajusta a lo que Hollander y Rozanov han provocado. Yo misma caí en el fenómeno Heated Rivalry hace escasamente un mes, a través de una escena que se coló en mi feed de X y que me llevó, irremediablemente, a buscar estos canales ocultos para vivir la historia de estos jugadores de hockey. Investigando en redes sociales, cuando fui consciente del fenómeno del que ya formaba parte —ayudada por un algoritmo completamente forzado a ello— me di cuenta de dos cosas: la primera, éramos mujeres las mayores consumidoras de esta serie gay; y la segunda, éramos, en su mayoría, millennials —lo que para nada excluye a la generación Z de este fenómeno—.

Intimidad sin misoginia

Sophie Gilbert, en su libro ‘Chica contra Chica: cómo la cultura pop enfrentó a una generación de mujeres contra sí mismas’ escribe: “La cultura popular no es una fuerza inocua; no pasamos por la adolescencia —viendo películas, leyendo libros, escuchando bromas y todo tipo de diálogos— rodeados de un campo de fuerza invisible que repele las malas ideas. Aprendimos muchísimo de las historias que nos encontramos”. Desde hace tiempo, cuando miro a las historias con las que mujeres millennial crecimos y que romanizamos —Chuck y Blair en Gossip Girl; Hannah y Adam en Girls; Rachel y Ross, en Friends; o incluso Marcos y Eva en Los Serrano; o Lucas y Sara en Los Hombres de Paco— se me hace prácticamente imposible disfrutarlas de nuevo. El control, las dinámicas de poder, la falta de comunicación afectiva y todas las situaciones que llevan a las parejas a elegir las opciones más tóxicas posibles hacen muy difícil, a día de hoy, poder empatizar con lo que era “romántico” a finales de los noventa y principios de los 2000.

Lucie Vallée, que ayuda a las mujeres a tener relaciones emocionalmente seguras y equitativas, ha analizado el fenómeno y explica: “Heated Rivalry nos da la mujeres algo de lo que hemos estado hambrientas en los romances mainstream: intimidad sin misoginia. El romance y el sexo ocurren sin desequilibrios de poder de género, cosificación femenina ni amenazas”.

Una de las razones a las que se atribuye el gran éxito de la serie son la cantidad de escenas sexuales explícitas, lo que ha puesto el foco en cómo las mujeres —y en su mayoría heterosexuales— consumimos porno gay, incluso más que el propio colectivo LGTBIQ+.

En Chica contra Chica, Gilbert observa cómo “[el porno] es el producto cultural definitorio de nuestros tiempos, aquello que ha moldeado cómo pensamos sobre el sexo y, por tanto, cómo nos pensamos […] ha adiestrado a gran parte de la cultura popular para que veamos a las mujeres como objetos: como cosas a silenciar, refrenar, fetichizar o brutalizar”. De esta manera, Más que Rivales —así como cualquier contenido gay— supone un espacio seguro; algo que “permite a las mujeres disfrutar del deseo sin estar ‘dentro’ de él. Pueden observar el anhelo, la pasión y el sexo sin proyectarse en el peligro, el juicio o la exigencia de desempeño”, explica Vallée.

Sin embargo, a diferencia de otras ficciones queer más amables, aquí el sexo no es la meta, sino el lugar donde comienza todo. La intimidad física aparece desde el inicio como una forma de escape, y consumirla no libera a los protagonistas, sino todo lo contrario. Lo que el sexo supone para Ilya y Shane puede resonar, de alguna manera, en su audiencia. En Heartstopper, otra serie queer de gran éxito —pero claramente enfocada a la generación Z a la que pertenecen sus personajes—, Charlie, uno de los protagonistas, dice: “creo que también cuenta; el sexo puede ser muchas cosas”, refiriéndose a todas las formas en las que una pareja puede disfrutar de ese acto. Algo que los millennials hemos aprendido y verbalizado gracias a una generación posterior, más libre, comunicativa y sana en el terreno sexual.

Resignificando la nostalgia millennial

La serie se remonta, en sus primeros episodios, a 2008, cuando sus protagonistas se conocen y empiezan a experimentar. Una década, la de los 2000, en la que quienes nacimos en los noventa también comenzábamos a hacerlo. Primeras experiencias que, en muchos casos, se ocultaban o se contaban con vergüenza.

Y si algo es Más que Rivales es millennial: primero porque lo son sus protagonistas y porque es a esa época dosmilera donde nos traslada desde el principio. Su primera escena bien podría haber salido fácilmente de cualquier episodio gris de Skins y no han sido pocos quienes han visto un guiño a Hilary Duff y Chad Michael Murray en Una cenicienta moderna en la escena final del capítulo cinco. Pero si algo nos ha llevado directamente de vuelta a la adolescencia ha sido escuchar de nuevo “All The Things She Said”, de t.A.T.u, que ya se ha coronado como la canción de la serie y que parece haber resignificado el tema del dúo ruso.

En Chica contra Chica, Gilbert menciona la canción como “un vídeo pop que adaptaba varios fetiches a la vez: chicas menores de edad, uniformes escolares, camisetas mojadas y chicas enrollándose con chicas”. Hoy, más que sexualización, cuando reproducimos la canción vemos a Shane e Ilya queriendo estar juntos. Desde que se estrenó el episodio en el que suena el tema, sus reproducciones se duplicaron en Estados Unidos, con un aumento de aproximadamente el 135%. La canción superó los 700 millones de streams.  

En un momento en el que los treintañeros estamos nostálgicos y dispuestos a consumir cualquier cosa que nos devuelva a nuestra adolescencia —como demuestran los éxitos de las giras de Hilary Duff, Avril Lavigne o los Jonas Brothers, entre muchos otros—, que nuevas series resignifiquen los contenidos que añoramos nos ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos.

Las mujeres queremos nuevas masculinidades

Ahora bien, creer que el éxito de esta serie se basa solo en el sexo o en la nostalgia de un grupo generacional no puede estar más equivocado. El capítulo más visto de la serie es el quinto, el cual es también el más valorado por el público en IMDb, con una puntuación de 9.9–10/10 —empatando con Breaking Bad como el capítulo mejor valorado de la historia de la televisión—. En este capítulo no hay ninguna escena sexual.

La explicación de esto la dio Connor Storrie, el actor que encarna a Ilya, “la razón por la cual la mujeres están tan obsesionadas con historias gays es porque están cansadas del concepto del ‘hombre hetero’, y esta es la única manera que tienen de poder ver una forma de masculinidad que se siente accesible e interesante para ellas”. Lo que el actor definió es lo que se conoce como ‘nuevas masculinidades’, alternativas al machismo tradicional que promueven formas de “ser hombre” basadas en la igualdad de género, la corresponsabilidad, la empatía y la no violencia.

Y es una realidad que, aún hoy, es difícil encontrar este tipo de masculinidades, por lo que cuando damos con ejemplos que las recrean, los abrazamos como espacios seguros o, incluso, como esos hombres que podrían no existir en la vida real. “La vulnerabilidad masculina es lo que las mujeres realmente fantasean”, tiene claro Vallée, “en estas series, los hombres son emocionalmente abiertos, son tiernos y expresivos de formas que los personajes masculinos heterosexuales rara vez lo son”.

En la trama de los jugadores de hockey esto se hace mucho más presente debido al contexto en el juegan ambos. Ilya y Shane son los jugadores estrella de la NHL, la liga profesional de hockey sobre hielo más importante del mundo, históricamente asociada a una masculinidad rígida, agresiva y profundamente conservadora.

El efecto ‘Heated Rivalry’

El mundo del deporte, en general, se concibe como un entorno agresivo donde la representación LGTBIQ+ es escasa o nula. En este contexto, la serie ha vuelto a abrir el debate sobre la importancia de la visibilidad. El hockey arrastra un contexto homófobo bien documentado, basado en el silencio, las bromas normalizadas y la presión del grupo. Escándalos recientes, como la polémica en torno al Pride Tape o la negativa de algunos jugadores a participar en noches del Orgullo alegando que “desvía la atención del juego”, muestran cómo la inclusión sigue viéndose como algo externo al deporte.

Ahora bien, desde el estreno de la serie, el impacto ha sido profundo. La serie ha atraído nuevos públicos al hockey y ha empujado a ligas, clubes y medios deportivos a hablar de diversidad con mayor claridad. El actor, Hudson William, quien encarna a Shane Hollander, ha dicho que ha recibido mensajes que deportistas profesionales quienes se han visto representados por la serie. El mayor ejemplo ha sido el de Jesse Kortuem, jugador que ha declarado que la historia de Heated Rivalry le ayudó a sentirse listo para salir del armario públicamente.

El fenómeno no se ha limitado al mundo del deporte. En Rusia —recordemos que uno de sus protagonistas en ruso—, donde la homosexualidad está fuertemente estigmatizada y reprimida a nivel legal y social, Heated Rivalry es un éxito no oficial, consumido de forma clandestina y muy popular entre jóvenes, convirtiéndose en un acto de resistencia.

Cuando recién había visto la serie y navegaba por un algoritmo completamente sumergido en el fenómeno, me topé con una publicación que decía “en una época en la que el contenido explícitamente queer está volviendo silenciosamente y sin que nos demos cuenta al armario, que una serie como Heated Rivalry haya resultado ser el éxito global que estamos viendo solo puede traducirse en algo positivo”. En un momento donde las tradwifes nos quieren devolver a la cocina, donde la violencia incel está presente en cada conversación en redes sociales  y donde los productos mainstream siguen apostando por las representaciones tradicionales, que el fenómeno más grande del año esté siendo Heated Rivalry hace “un poco más sencillo tener algo de esperanza en el futuro”.

Me encantaría poder decir que el éxito de este romance queer significa que el retroceso social que parece que estamos viviendo es meramente superficial, pero sería pecar de ingenua. Por ahora, lo que si nos está dando Más que Rivales es una reconciliación con nuestra adolescencia —a las millennials— y “una cabaña” (the cottage), donde poder acudir para sentirnos seguras. Y creo es ahí donde radica el éxito del fenómeno ‘Heated Rivalry’.

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